“Yo he visto el rabo del animal que todos tapan”, entrevista a Blanca Varela por Cesáreo Martínez. (1989)

Alberto Escobar, en su antología de la Poesía Peruana dice textualmente: Blanca Varela es un raro ejemplar caso de silencioso compromiso con la poesía. ¿Qué suscita en ti este juicio?

La verdad es que yo no podría decir algo definitivo, algo coherente al respecto, porque generalmente no me he propuesto, no me he detenido a pensar en torno a esto. Pero creo que en ese juicio hay algo de razón; algo de verdad, no de razón. Porque para mi la poesía no ha sido una cosa pública jamás. Tal vez ese haya sido mi compromiso silencioso, ¿no?  Más allá de eso podría decirte que el ejercicio poético era un aspecto más bien muy importante de mi vida privada.

Claro, entiendo ver en la opinión de Escobar que tu caso es de quien ha apostado única y exclusivamente en la experiencia poética, al margen de la vida pública.

Esa es la idea que quería comunicarte, que para mi la poesía es un caso muy íntimo. Era un problema de definición individual, una búsqueda del ser, un conocimiento de mi misma y a la vez un diálogo conmigo misma. No sé. Yo creo que cada uno trae su propia duda al interior que luego la confronta con las todas las preguntas mayores y humildes de la vida, de tu propia circunstancia, ¿no?

La poesía es una forma de conocimiento de sí mismo. En cuanto a indagación, además de este conocimiento de sí mismo, ¿qué buscaría la poesía? ¿La verdad? ¿La belleza?

No creo. Para mí, lo que busca la poesía es al individuo, al ser mismo. Todo lo demás son formas de la poesía. Son elementos que usa, o por los cuales transita, si tú quieres. En mi caso particular, con ese lenguaje elegante y con el silencio de la poesía, era una forma de tocar dentro de mí algo que fuera realmente firme. Si no fuera firme, digamos algo que fuera por lo menos una referencia permanente de mí misma. Es decir, poder confrontar el mundo exterior con ese pequeñísimo mundo mío, muy oscuro, si tú quieres.

Por eso es que uno de tus libros titula Luz de día.

Claro. La voz es como una luz sobre la piedra. Creo que lo digo en uno de mis trabajos sobre la piedra. Los elementos que uso en mi poesía son la piedra, el pozo, el descenso, la oscuridad. Eso es muy importante, me exaspera; todo el mundo exterior me estremece.

Recuerdo que Abelardo Oquendo alguna vez dijo que tu poesía era “una chispa que brota del choque de dos manos por coger una chispa”. ¿Qué le parece esto?

Sí, recuerdo. Fue una frase muy ingeniosa y generosa. Sí, algo de eso hay. Yo creo que es así. Octavio Paz también dijo en otro momento algo parecido.

HAY QUE TENER UNA CAPACIDAD DE AMOR PARA ESCRIBIR EL PERÚ DE HOY

Los críticos te ubican muy ligada al surrealismo en tus inicios, y sobre todo al grupo conformado por Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, Sebastián Salazar Bondy y Francisco Bendezú. ¿Te sientes muy ligado a ellos?

¿Al surrealismo?

No. Al grupo.

Sí, me siento muy ligada a ellos porque son personas a las que he admirado mucho. Son mis contemporáneos. Algunos, vagamente mayores que yo.

Eielson y Sologuren ya habían publicado.

Ellos publicaron mucho antes que yo. Eran poetas connotados y admirados por todos los que escribíamos.

Tu primer libro es del 1959, si mal no recuerdo.

Sí, pero yo también escribía desde mucho antes. Lo que pasa es que yo he tardado más o menos diez años en publicar un libro estructurado. Es verdad que mis primeros poemas aparecen en el año 1949 o 1950, justo el año en que me voy a Europa. Claro, era un grupo con el que compartía lecturas e inquietudes. Pero yo admiraba a poetas mayores. Westphalen, César Moro, Xavier Abril, los hermanos Peña, eran poetas que yo leía mucho, sin olvidar a Carlos Oquendo de Amat o César Vallejo. La poesía peruana la llegué a conocer justamente a través de Sebastián.

Que era un gran promotor, ¿no?

Además, un gran amigo. Nos conocimos en San Marcos. Éramos muy jóvenes.

Además, tú me dijiste que “Puerto Supe”, escrito en Parías, era una mirada al Perú de aquellos años. Dime como poeta, ¿cómo ves al Perú de nuestros días?

Terrible. Mira, ese poema era un poema de juventud y evidentemente era otro Perú. Ahora habrá que escribir el poema de la madurez. Es decir que hay que tener una enorme capacidad de amor para escribir el Perú de hoy; es decir el poema de la esperanza, ¿no? Porque esto es sencillamente aterrador. Ahora, yo creo que las cosas en el Perú son de esta manera porque desde el principio todo estaba mal porque este país jamás se llegó a formar realmente. Es un país que no ha madurado, en el que no se produjeron las cosas que tenían que producirse.

No se consolidó como nación.

En absoluto, en absoluto. Entonces, estamos pagando las consecuencias de los que yo llamo una bastardía. Yo creo que padecemos una bastardía histórica e intelectual.

Pero ahora se han profundizado nuestros problemas y la bastardía.

Sí, yo creo que es algo muy grave. Porque ha teñido a los más inocentes. Porque había gentes que no eran peruanas, o eran peruanos por el simple hecho de haber nacido en este país, pero jamás se sentían comprometidos con el destino de este país.

Entonces habría que escribir un texto en el que se reencuentren los trozos en los que está dividido este país.

Yo creo que hay muchos esfuerzos. Creo que hay gente que trabaja en esa perspectiva, ¿no? Como Max Hernández que está trabajando en los análisis de los mitos…

Alberto Flores Galindo, Manuel Burga…

Sí, yo creo que a todos nos preocupa esto, porque todos somos víctimas de este proceso. Yo la política peruana prefiero verla desde afuera, porque todo el mundo te habla de un país que no existe. Y siempre te hablan de programas que nunca se cumplen. Entonces, vives una fórmula, una cosa completamente exterior a la realidad del país, ¿no? Soluciones falsas.

ERA RETRAÍDA Y TIMIDONA

Ahora tu mencionas las cosas falsas, mejor dicho, lo falso de las cosas, muchos ven en tu poesía el desenmascaramiento doloroso de las cosas falsas, inclusive del lenguaje poético.

Te contaré. Hoy mismo hablaba con Ana María Gazzolo. Hablábamos de un texto que ha escrito en  Cuadernos Hispanoamericanos sobre mi poesía. Me parece que lo que dice ahí está muy bien. Y entonces sabes qué le dije: que yo soy la aguafiestas de la poesía (risas).  Porque a veces yo digo las cosas duras, ¿no? Hay una especie de desmitificación del lenguaje para acercarme justamente a la verdad. Esto yo lo había visto desde la infancia. Yo era una niña seguramente insoportable. No era muy habladora; más bien era retraída y timidona. Pero cuando decía algo era lapidario, exactamente había visto las cosas…el rabo del animal que todos tapan bajo el vestido elegante, ¿no es cierto?

Eras una niña insoportable. En tu poesía, en efecto, hay algo espantosamente insoportable. ¿Tal vez eso que nos hace sufrir al enfrentarnos a la verdad desnuda?

A mí me hace sufrir mucho. Es decir que yo me siento apenada por los demás. Incluso sufro mucha vergüenza ajena.  Porque pienso que los seres humanos estamos llenos de faltas y errores. Pero también pienso que tenemos esas cosas hermosas que no desarrollamos. Y que este país paradójicamente resulta ser el menos indicado para desarrollar las cosas buenas. Todo el mundo desarrolla una especia de habilidad para sobrevivir. Vivir bien a base de lastimar al ser ajeno. Yo creo que aquí falta un trabajo como el de Octavio Paz. El laberinto de la soledad, por ejemplo, algo que realmente bucee en la personalidad del país, ¿no?

A mi me parece que tú coincides con lo que Pablo Macera dijo hace algunos años en torno a la felicidad. Él dijo que ser feliz en el Perú de algún modo era vergonzoso.

Creo que es algo así. Pero yo no sé de qué felicidad se habla. La felicidad, ¿es la comodidad? ¿El tener dinero, la salud? No. Yo creo que mucho más importante que todo eso es tener una conciencia, una conciencia saludable. Esa conciencia que te hace que puedas compartir con los demás.

Pero tu poesía, me parece, justamente estaría provocando un enfrentamiento con la buena conciencia de la época.

Exactamente. Además, te digo una cosa. Yo he aprendido a callar. En busca de desentrañar la verdad de la vida, he aprendido a ver el mundo con mucho amor, con mucha ternura. A mí la gente me produce mucha ternura, todo me conmueve. Para que algo no me toque, tendría que ser algo…

Muy ajeno a lo humano

Muy alejado, muy ajeno a lo humano.

¿Hay algo de lo humano que no podemos tocar?

Yo creo que hay una parte en nosotros que está absolutamente alterada. Y eso lo he visto incluso entre las grandes sociedades entre comillas. Acabo de volver de Nueva York. Allí tú ves la abundancia, por un lado. Y yo me pregunto que cómo es posible que esa gente tenga tanto sin percatarse que otros no tienen nada. No se dan cuenta. Además, no han pensado en eso ni pensarán tampoco. Tienen abundancia, pero al mismo tiempo producen guerra, drogadicción, prostitución. Entonces, tampoco esas gentes están satisfechas, sobre todo los jóvenes.

Claro, son las contradicciones del sistema

Lo que pasa es que cada individuo nace y hace su vida. Lo que pasa es que muy poco la sociedad lo transforma, lo envejece, ¿no?

Justamente, hablando de ese desenmascaramiento de la falsedad que es la línea dominante de tu poesía, yo quiero hacerte una pregunta. Hay escritores, grandes escritores que consideran que uno de los objetivos del arte es perturbar la buena conciencia de su tiempo. ¿Tu poesía estaría en esa línea?

Me encantaría. No sé si está, no aspiro a tanto. Pero ese sería el gran propósito. Hay seres que solo quieren eso. Por ejemplo, Kafka, ¿no

O Lautreamont.

Exactamente. Claro, claro. O Rimbaud.

Y hace relativamente poquito. Artaud.

Lo que pasa es que hay gentes que asumen esto ya en toda su actividad.

Inclusive con peligro de su vida.

Hay casos así. Otros no podemos ver así. Tal vez por eso es que mi poesía no es tan buena (risas)

“Hasta la desesperación requiere un cierto orden”. Así comienza tu poema “Del orden de las cosas” dedicado a Paz, quien a su vez creyó ver una relación entre tu poesía y tu Cernuda. Quisiera que me hables de tu relación con estos dos poetas.

Cernuda es un poeta que he leído y admiro mucho, pero no me reconozco en él, aunque esto parezca pretensioso. Pero Octavio, ya te lo dije, es una persona a la que admiro mucho, igual que a Westphalen. Son personas que me dieron la señal de lo que era la poesía, me dieron el ejemplo de lo que era la poesía. Esa actitud yo la valoro como algo que no tiene precio, algo que no está en el mercado.

Yo creo que ellos ejercieron en ti algún magisterio con su obra.

Claro, había una relación de ellos con la poesía que yo no veía, digamos, en otro tipo de autores. Una especie de entrega, la poesía era lo más importante de sus vidas.

Sobre todo la conducta y dignidad de escritor.

Sí, la conducta. Hay en ellos una especie de rigor.

Sin hablar del rigor de la escritura, ¿no?

No hay un rigor en la conducta. Yo me sentí muy fascinada por estos seres, cada uno es un momento en mi vida. Pero también tú te encuentras en esos libros, ¿no? Por ejemplo, para mi Rilke es un poeta muy importante.

Creo que toda tu generación bebió de esas aguas.

Claro, mi generación de algún modo es Rilkeana. También leíamos a Baudelaire, leíamos a Mallarmé. Yo, como tú sabes, estuve en Francia con gente joven como nosotros y comprobé que sabíamos muchas veces mucho más que ellos de lo que sabían ellos mismos. Teníamos una mejor visión de lo que era Europa, Siberia, España. Yo me felicito de haber hecho ese viaje tan joven porque aprendí mucho, no de literatura sino de la vida misma. Llegué a sentirme una persona de otro lugar, de la provincia.

De la periferia.

De la periferia. Y al mismo tiempo tenía mi corazón tan maduro para ciertas cosas, como para sentir la necesidad de volver a al Perú.

LA UNIVERSIDAD ES EL LUGAR DONDE APRENDÍ A LEER

Hablando de esa década, la de 1950, en que todos ustedes se fueron a Europa, Pablo Macera (nuevamente vuelvo a Macera) dijo alguna vez que la generación del 50 le debía mucho a Odría.

Porque nos echó…(risas)

Lee la entrevista completa aquí:

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