Fuente: La Voz de Galicia
biografía, ciencias sociales, Política

Una tierra sin promesas

Incluso en las ficciones más descabelladas, como el contar la historia de la fotografía en la cara oculta de la luna, no hay nada que más se aprecie en un libro, que la sinceridad del autor. La tierra prometida, de Barack Obama, ex presidente de los Estados Unidos de América, tiene ese tinte desde la primera página, lo que te hace abrazar su papel con comodidad. Tiene la identidad de ese tipo de relatos que parece que te lo estuvieran contando mirándote a los ojos, tomándose un café un domingo frío, en una terraza, viendo pasar a los ciclistas. El de sentir a un viejo amigo relatando las memorias de su devenir por la vida, sin darse mucha importancia él mismo. Siguiendo el estilo que le impone su franqueza. Por eso esta autobiografía no tiene ínfulas, y La tierra prometida termina siendo una lectura fluida, un relato digno, dividido en siete partes que recorren la vida de uno de los hombres más poderosos del mundo, pidiendo la siguiente taza de café, sin visos de querer pedir la cuenta.

“Una señal que un texto me tiene en su telaraña, es que lo llevo a las comidas”

Obama explica las motivaciones juveniles que lo llevaron a ingresar a la política, y las cuales tenían más que ver con una intención filial, que la de ejercer el poder por el simple hecho de saborearlo. Termina involucrando a la política en la búsqueda de su propio futuro profesional. Es un hombre de familia, que no fanfarronea de su pasado, sino que genera los renglones de su partitura a partir de los fuertes vínculos con su madre, cuya voz, es precisa, corta, pero potente en las decisiones que el joven aspirante a un puesto público va a tomar y lo irá conduciendo por esa senda tortuosa que resulta ser la carrera de un político. A la muerte de su madre, le va a suceder Michelle, su esposa; quien toma ese papel conductor. La franqueza de Brack Obama permite también caer en cuenta que las democracias mejor elaboradas poseen sus máculas propias, como el clientelismo y las traiciones a granel y que no son una exclusividad de nuestro páramo, pródigo en esas cosechas. Obama, creía que combatir las imperfecciones de su sociedad no solo pasaba por un trabajo tibio dentro organizaciones de asistencialismo a los más necesitados, sino que requería de una acción frontal, desde el interior del estado mismo, y eso es lo que paulatinamente, lo va llevando por los senderos de la política. 

Una señal que un texto me tiene en su telaraña, es que lo llevo a las comidas. Sobre todo, en tiempos en que estoy sepultado por las órdenes que recibo o también por las que doy, y mis tiempos para leer se reducen. Entonces, a propósito, postergo unas horas el almuerzo para llegar al comedor en solitario, servirme la sopa fría y la última presa del pollo y seguir leyendo hasta acabar la fruta, sin el riesgo de meterme en una sobremesa. He hecho eso siempre. Mi abuela de parte de padre, cuando me veía, me decía que era una costumbre insana, que mi estómago terminaría plagado de úlceras. Todavía la puedo ver, frente a mí, en la silla de al frente, con la cabeza blanca de la época en que todavía las abuelas usaban las canas de ese color, diciéndome que cierre el libro, que moriría atacado por una peste de letras. He hecho cosas más perjudiciales que comer leyendo. He comido cosas malas, muchas veces, y creo que eso podría haberme abierto mejores heridas en los intestinos. No lo sé, todavía no me los veo.

Desde que obtuve este ejemplar, gracias a mi amigo Arthur Zevallos —a quien yo llamo de buena gana Mc Arthur—, he llevado al voluminoso Obama de 847 páginas a mis almuerzos y cenas y a la veintena de viajes en avión, helicóptero y por tierra que he hecho estos últimos días entre Lima y la pampa de la Quinua, intentando rehabilitar el Obelisco de 44 metros que adorna ese paraje. La tierra prometida, en mis manos, ha viajado por Pisco, Huaytará, Huamanga, la Quinua y tiene manchas de café en la página 33 y en la 278, que son como sus condecoraciones.

La tierra prometida, en mis manos, ha viajado por Pisco, Huaytará, Huamanga, la Quinua y tiene manchas de café en la página 33 y en la 278, que son como sus condecoraciones”.

El ascenso al poder, significa para Obama y su entorno un enorme cambio, si es que no se le puede llamar mejor, un trastorno. Como expresé, siendo él un individuo de familia, la ruptura de ese enorme caudal de experiencias fraternas, no dejan que ese hombre que gobierna a una superpotencia de 327 millones de habitantes y cuyas decisiones inciden en territorios más allá de sus fronteras físicas, pierda su esencia coloquial y ese es un enorme mérito, pues si existe un riesgo en revisar esta (y cualquier) autobiografía, es el de quedar empañado por el tufo de la egolatría. Este tipo de literatura, por más valía que tenga el personaje, el ego puro y duro resulta un cristal empañado de moho. Las descripciones sobre los personajes de su entorno, son acertadas y atildadas, así que uno se involucra rápidamente y termina queriéndolos o aborreciéndolos, de buena gana.

Considero que La tierra prometida, resulta también un texto aleccionador sobre el manejo de la administración pública estadounidense, cuya economía se hallaba en un naufragio difícil de remontar y es allí donde el presidente se encuentra el sinsabor de serlo. A las incomprensiones de la población, se suman el desgaste del modelo y el aprovechamiento del oponente, siempre atento a lanzar la piedra. Obama explica las decisiones impopulares pero necesarias, las trabas y mordazas de su gestión de gobierno, los idas y vueltas en la enorme partida de ajedrez que resultó ser el periodo entre enero de 2009 y enero de 2017 en que llevó las riendas de un país, cuyo compromiso no suele ser solamente para adentro, sino que tiene su brazo extendido en el resto del mundo. A pesar del tamaño del encargo, tiene habilidad para señalar entre sus páginas sus afectos, sus desdichas y la mixtura de ese vaivén que es la gobernanza; ese caldo de cultivo para el desamor.