Un cuento desconocido de J.D. Salinger: Introducción de Guillermo Niño de Guzmán

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Por Guillermo Niño de Guzmán.


La obra de Jerome David Salinger (1919-2010) suele ser reducida a cuatro libros, sin contar los relatos dispersos en revistas y antologías. El autor siempre se negó a recuperar este último material, aunque, ciertamente, no pudo impedir que aparecieran ediciones piratas de uncollected stories, muy codiciadas por sus devotos lectores. En la época anterior a Internet era difícil conseguirlas, pero había más posibilidades de procurarse un ejemplar fuera de Estados Unidos (en Shakespeare and Company, la mítica librería de París, de vez en cuando se ponían a la venta algunos de esos raros volúmenes). Desde luego, Salinger protestó airadamente al enterarse de su circulación e incluso rompió su silencio en 1974 para declarar al New York Times que prefería que esos cuentos fueran olvidados y que deseaba para ellos «una perfecta muerte natural». No obstante, en la década anterior había llegado a autorizar la publicación de un quinto libro, The Inverted Forest (El bosque invertido), que reunía cinco de esos textos.

Esta colección fue impresa en 1968 en el Japón (donde Salinger contaba con una legión de fanáticos, entre ellos el novelista Haruki Murakami, quien tradujo al japonés El guardián entre el centeno) y contiene, aparte del relato que da título al conjunto, versiones de «Slight Rebellion off Madison», «A Young Girl in 1941 with No Waist at All», «A Girl I Knew» y «Blue Melody».

Tratándose de un escritor tan cuidadoso con sus publicaciones, es razonable suponer que si Salinger permitió la salida de este libro fue porque reconocía su valor. Y, en efecto, los cinco relatos escogidos pueden ser considerados entre los mejores de aquel material disperso; más aun, un par de ellos son tan buenos como sus célebres Nueve cuentos.

«Blue Melody», el relato que cierra el volumen, es mi favorito. Fue difundido inicialmente por la revista Cosmopolitan en setiembre de 1948, acompañado por la siguiente frase: «La saga de Lida Louise, quien cantaba los blues como nadie lo ha hecho antes o después». Sin embargo, a Salinger le fastidió que el editor cambiara el título original, «Scratchy Needle on a Phonograph Record», por el insulso «Blue Melody» («Melodía triste»), tanto así que a partir de entonces solo quiso publicar en The New Yorker.

En la versión que presento, me he inclinado por un título más fiel al original: «El disco rayado». Salinger se inspiró en la trágica muerte de Bessie Smith (1894-1937) para orquestar la trama de su historia. Según la leyenda, la cantante de blues sufrió un accidente en una carretera del sur de Estados Unidos y falleció luego de que un hospital para blancos se rehusara a darle asistencia médica. Si bien más tarde se descubrió que las cosas sucedieron de otra manera, aquel rumor persistía en la época en que Salinger concibió el cuento.

«El disco rayado» fue escrito a principios de 1948 y tiene afinidades con otros cuentos de ese periodo como «Un día perfecto para el pez banana» y «A Girl I Knew». Sus matices sentimentales y su aire trágico nos remiten a los radioteatros que estaban en boga en la época. Asimismo, el breve «cameo» de Joe y Sonny Varioni, personajes de otro relato no recogido en libro, «The Varioni Brothers» (1943), no solo es un guiño al lector sino que corrobora la existencia de vasos comunicantes dentro del universo Salinger. En todo caso, la importancia de «El disco rayado» estriba en que, además de abordar temas característicos de su narrativa (la nostalgia por la infancia, la pérdida de la inocencia y el rechazo al mundo de los adultos), incide en el problema racial, la fascinación por el jazz y el impacto de la guerra.

Como se sabe, el autor fue enrolado por el ejército de su país en 1942. Después participó en el desembarco de Normandía y en la batalla de las Ardenas, así como en la campaña de Alemania, experiencias que comparte con el narrador de la historia. Salinger obtuvo el grado de sargento y perteneció al cuerpo de inteligencia militar. Al parecer, sufrió un trastorno por estrés postraumático, lo que motivó su internamiento en un sanatorio durante algunas semanas. Los horrores de la guerra le dejaron una huella profunda y asoman como la punta de un iceberg en sus notables relatos «Un día perfecto para el pez banana» y «Para Esmé, con amor y sordidez». De ahí la ironía que se advierte en las alusiones bélicas que enmarcan la intriga de «El disco rayado».

Quizá lo único bueno de la guerra para él fueron las conversaciones que sostuvo con su admirado Hemingway, según le reveló al escritor en una carta que le envió desde Alemania en 1946. La contienda había llegado a su fin, pero Salinger aún no había sido desmovilizado. En medio de un país devastado, donde le habían asignado el ingrato papel de interrogar a prisioneros nazis, recordaba con afecto su encuentro con el maestro. Ambos habían congeniado durante la liberación de París, cuando Hemingway «rescató» el Hotel Ritz y su codiciada bodega. Pese a su timidez, el joven sargento se había atrevido a mostrarle sus primeros cuentos, los cuales complacieron al creador de Nick Adams. Por último, el hecho de que Salinger insistiera en llamar Peggy –diminutivo de Margaret– a su única hija (nacida en 1955), es decir, igual que la entrañable heroína de «El disco rayado», resulta un dato curioso que no quiero dejar de mencionar.


Guillermo Niño de Guzmán (Lima, 1955) es periodista y autor de ensayos, traducciones y, sobre todo, cuentos, como los recogidos en Caballos de medianocheUna mujer no hace un verano y Algo que nunca serás.

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