Trilce antes de Trilce

Por Víctor Ruiz Velazco*.


El 20 de junio de 1921, el diario La Crónica publicó tres poemas de César Vallejo, de quien se conocía un libro hermoso y desconcertante llamado Los heraldos negros. Bajo el título «Versos de Vallejo», los poemas estuvieron precedidos de
un texto de Juan José Lora, compañero de bohemia del trujillano antes de su partida a Europa. Dieciséis meses después se editó Trilce.

Recién en 1980 Willy Pinto Gamboa descubrió que aquellos poemas publicados en el periódico se trataban de primeras versiones de los poemas XII, XXXII y XLIV de dicho libro. De hecho, aparecen en otro orden (XLIV, XII y XXXII) y seguidos uno del otro, como si se tratase de un solo texto.
En brevísimo resumen, lo original en Trilce, un libro bisagra, está dado por el desarrollo de una «sensibilidad nueva», no plenamente consabida, sin embargo. Y es que aún convive el logro definitivo, casi intemporal, junto al poema tributario de una retórica momentánea, propia de las vanguardias de comienzos de siglo XX. En Trilce hallamos el «timbre humano», el «latido vital y sincero», la «emoción seca, natural, pura», por los cuales se torna un libro inolvidable.

Tómense los tres «borradores» como una discreta celebración por los 90 años de este poemario medular (y los 120 de su autor), y como la oportunidad de acercarnos a los procedimientos estilísticos de Vallejo en pos de una nueva forma de expresión que tradujera aquello que todavía no llegaba a ser palabra, sino «espuma»; o una sensación, un conocimiento inenarrable aún.

«Borrador»

Este piano viaja para adentro,
luego medita, en cerrado reposo,
clavado con diez horizontes.
Se adelanta, se arrastra bajo túneles,
más allá, abajo túneles de dolor,
bajo vértebras que fugan naturalmente.
Otras veces, van sus trompas,
las ansias amarillas de vivir,
van de eclipse,
y se espulgan pesadillas insectiles,
ya muertas para el trueno,
heraldo de los génesis.
Piano obscuro, después ¿a quién atisbas
con tu sordera que me oye,
y tu mudez que me asorda?
¡Oh pulso misterioso!

Escapo de una exaltación
sin causa, peluza a peluza.
Incertidumbre. Ocaso. Servical coyuntura:
un proyectil que no sé dónde va a caer.
Oigo el chasquido de un moscón que muere
que a mitad de su vuelo cae a tierra.
¿Qué dice ahora Newton?
Incertidumbre. Talones que no giran.
En la carilla en blanco de esta hora
escriben cinco espinas por un lado,
y cinco por el otro: Cit! Ya sale…

Novecientas noventa calorías
Brumbbb… Trapachazzzaf
UUuu final y serrana de un dulcero
que se enjirafa al tímpano más alto
y a quien nadie tal vez le compra nada.
¡Ah, quién como los hielos! Pero no:
Quién como lo que va ni más ni menos;
quién como el justo medio.
Mil calorías. Azulea y ríe
su gran cachaza el firmamento gringo.
Baja el sol, empavado,
y alborota los cascos al más frío.
Remeda al coco: Rrooo…
Un tierno auto-carril muerto de sed,
que corre hasta la playa.
¡Oh! ¡Aire! ¡Aire! ¡Hielo!
Si al menos el calor nos acabara
de liquar en sudor, ya que una vez
y hasta la misma pluma
con que escribo, por último, se troncha.
¡Tres trillones y trece calorías!

Publicado en Trilce

XLIV

Este piano viaja para adentro,
viaja a saltos alegres.
Luego medita en ferrado reposo,
clavado con diez horizontes.
Adelanta. Arrástrase bajo túneles,
más allá, bajo túneles de dolor,
bajo vértebras que fugan naturalmente.
Otras veces van sus trompas,
lentas asias amarillas de vivir,
van de eclipse,
y se espulgan pesadillas insectiles,
ya muertas para el trueno, heraldo de los génesis.
Piano oscuro ¿a quién atisbas
con tu sordera que me oye,
con tu madurez que me asorda?
Oh pulso misterioso.

XII

Escapo de una finta, peluza a peluza.
Un proyectil que no sé dónde irá a caer.
Incertidumbre. Tramonto. Cervical coyuntura.
Chasquido de moscón que muere
a mitad de su vuelo y cae a tierra.
¿Qué dice ahora Newton?
Pero, naturalmente, vosotros sois hijos.
Incertidumbre. Talones que no giran.
Carilla en nudo, fabrida
cinco espinas por un lado
y cinco por el otro: Chit! Ya sale.

XXXII
999 calorías
Rumbbb… Trrrapprrrr rrach… chaz
Serpentínica u del bizcochero
enjirafada al tímpano.
Quién como los hielos. Pero no.
Quién como lo que va ni más ni menos.
Quién como el justo medio.
1.000 calorías.
Azulea y ríe su gran cachaza
el firmamento gringo. Baja
el sol empavado y le alborota los cascos
al más frío.
Remeda al cuco: Roooooooeeeis…..
tierno autocarril, móvil de sed,
que corre hasta la playa.
Aire, aire! Hielo!
Si al menos el calor (―――――Mejor
no digo nada.
Y hasta la misma pluma
con que escribo por último se troncha.
Treinta y tres trillones trescientos treinta
y tres calorías.


* Este texto apareció publicado originalmente en Buensalvaje 1, que puedes leer aquí.

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