Fuente: Central
literatura contemporánea, literatura hispanomericana, narrativa

Totalidad sexual del cosmos

Juan Bonilla retrata a un personaje tremendo. Pintora, ensayista y poeta. La mujer más bella de México a inicios del siglo pasado, pionera de las faldas cortas —y de cortarlas— y modelo de revistas eróticas. También la hija del general Manuel Mondragón, fabricante de uno de los primeros fusiles automáticos del mundo, cabecilla del cuartelazo contra el presidente Madero en México y odiado a muerte por los revolucionarios. Esposa de Manuel Rodríguez Lozano, cadete retirado, homosexual y uno de los pintores más conocidos de su tiempo. Amante de Dr Alt, del caricaturista Matías Santoyo y de un capitán de barco español. La pintaron Diego Rivera y Montenegro, la fotografió Weston y el retratista de las élites mexicanas, Antonio Garduño.

Es preciso decir que esta descripción en ningún sentido subordina a la mujer frente a los hombres que la rodearon, sino que ayuda a entender el contexto del personaje y también, da pistas sobre la potencia de su personalidad. Carmen Mondragón, la protagonista de esta historia, rompió cada uno de los códigos de su época. Organizó, en su casa, una exposición con sus desnudos y aunque las fotografías fueron disparadas por Garduño, declaró que la autoría era suya. No le faltaron argumentos: además de ser la modelo, ella dirigió las sesiones. Ella decidió dónde posar, cómo, cuál sería la composición. Asumió su cuerpo como un medio de expresión. Por esa misma razón, renunció a ser estrella de cine: el riesgo dejar de ser un sujeto —que pone las reglas— y convertirse en un objeto —subyugada al director y al marketing cinematográfico— acabó por repelerla. Eso no es todo: también se resistió a vivir a través de un nombre que nunca había elegido. Se bautizó como Nahui Olin y así firmó sus escritos, pinturas y retratos.

“La narración da en el clavo: escrita en tercera persona, pero a la vez emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito”. 

La narración que decide Bonilla da en el clavo: escrita en presente, en tercera persona, pero a la vez, casi emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito. Carmen Mondragón —desde ahora, Nahui Olin— se enfrentó a las ideas de Einstein y escribió sobre el universo con base científica, pero también metafísica. Para Nahui, la vida es eterna si el ser humano comprende su existencia como parte de un todo, constante y en movimiento. Lo finito es el narcisismo de la individualidad.

El autor mantiene la misma lógica: la novela no termina con la muerte de la protagonista, sino que narra también su resurrección, ahora escrita en primera persona desde la perspectiva de Tomás Zurián, un restaurador que se cruza de manera accidental con una fotografía de Nahui Olin y se obsesiona con ella. De inmediato, pone toda su energía en sacarla del foso de la historia y recuperarla. La belleza de Olin, que en su tiempo desquició a los hombres que la conocieron, continúa ejerciendo su poder después de la muerte. Es gracias a Zurián que hoy sabemos de la existencia de la artista.

Bonilla es, sin duda, otra víctima de ese magnetismo. La prueba es esta novela a modo de tributo que, una vez leída, nos convierte también en obsesionados: difícil terminarla sin buscar en Google una foto de Nahui Olin.