Desvíos para lectores de a pie

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Todo lo que era sólido

Posted on julio 18, 2013

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Reseñas

Todo lo que era sólido

Antonio Muñoz Molina (Jaén, 1956) Seix Barral (2013) ■ 256 páginas


Ensayo. Testimonio sobre la crisis española, el libro se constituye por medio de indagaciones sucesivas en distintos aspectos de la vida cotidiana de las casi cuatro décadas de democracia de España, e incluso en el tiempo fundacional que la permitió. Mediante una voz que oscila con naturalidad entre el ensayo y la crónica, Muñoz Molina nos remite al nacimiento de un país que despertó del marasmo aldeano del franquismo, que no alcanzó a interiorizar jamás los principios de la ciudadanía moderna y que, no obstante, se acomodó entre las potencias del mundo mediante embelecos jurídicos y tratados financieros, a pesar de que nada lo unía a ellas.

La democracia española fue, según el último premio Príncipe de Asturias de las Letras, un sitio negado para el sentido común y el manejo próspero de la cosa pública. En ella, las burocracias y las corporaciones fueron dispendiosas e incompetentes, ninguna ética del trabajo pudo vencer, y nadie concibió que el boato, nacido de los préstamos y de la especulación bursátil, debiera de pagarse algún día. En medio de esa orgía perpetua, los españoles rechazaron las obligaciones mejor vinculadas con la democracia: el espíritu crítico, la planificación, el trabajo honesto y el compromiso con la vida cívica. Abandonada en un feriado permanente, España se sometió al hechizo de los nuevos políticos improvisados, que eran también los nuevos ricos improvisados. De ello trató «todo lo que era sólido» a fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI: un progreso falaz, que nació de la irresponsabilidad más frenética.

Solo por la contundencia de su denuncia, esta es una de las más briosas requisitorias de un escritor a su país y a su generación. Pero también se trata de una inesperada y honesta confesión de ceguera frente a las señales del desbarajuste. Es estremecedora la escena en que el autor, vuelto inquisidor de la desidia nacional, se encierra a leer periódicos viejos y constata que las noticias de las miserias futuras las ha leído a tiempo sin dispensarles la debida atención. La exigencia del credo demócrata, en esta admirable introspección personal e histórica, se convierte así en el deber de la más atenta lectura crítica. Indispensable.
Por Alexis Iparraguirre


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La sed

Posted on mayo 2, 2013

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Reseñas

La sed

Enrique Patiño (Santa Marta, 1971) Seix Barral (2013) ■ 232 páginas


 

Novela. Ocurre al fin lo que todos tememos. En un lugar que podría ser cualquier región de Latinoamérica, la sequía obliga a los hombres a desplazarse. El mundo, árido e infértil, suplica por la lluvia, ahora solo sombra del recuerdo. Las autoridades defienden como pueden las pocas reservas de agua restante: el tesoro contemporáneo. En el ardor, un hombre de trágico pasado encuentra la oportunidad de ayudar a una joven que agoniza. La duda emerge como un oasis en la desolación. La humanidad que le resta le demanda ayudarla. Pero ello sería arriesgar lo poco que le queda, a pesar de que eso mismo no sea nada.

A caballo entre las historias apocalípticas de Mad Max, donde la lucha por el combustible se vuelve tarea de supervivencia, y la ya célebre La carretera, de Cormac McCarthy, historia de un hombre que protege a su hijo de las amenazas de un mundo devastado, La sed, del colombiano Enrique Patiño, traslada las mismas inquietudes que las obras que exploran la mirada al futuro imponen: la pronta escasez de recursos y cómo sobrevivir sin ellos, las técnicas para el escondite y la esperanza de un lugar mejor; las dudas morales que laceran el espíritu de los hombres que buscan ayuda o quisieran brindarla. La aceptación del fracaso y la desaparición inminente de la especie humana, con todo lo que ello implica.

La sed explora (y supera) los recurrentes temores sobre las amenazas ecológicas, la sobrexplotación de recursos naturales y nuestro lugar predador en el mundo. Pero sobresale la mirada íntima de un personaje enfrentado a la duda moral de extender la mano y comprometerse con alguien, símbolo del lazo humano. La circunstancia de la sequía se vuelve entonces, al igual que en el terreno devastado de La carretera, un marco de horror contra el que hay que luchar, pero la verdadera escasez yace en el propio corazón de los hombres, quienes no mueren de sed por falta de agua, mueren de vergüenza al saberse solos sin haber dejado legado.
Por Johann Page.


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Ficcion de una historia, historia de una ficción

Posted on abril 30, 2013

Hhhh
Reseñas

HHhH

Laurent Binet (París, 1972) ■ Seix Barral (2011) ■ 400 páginas ■ 89 soles


Ficcion de una historia, historia de una ficción

Novela.El punto de partida de HHhH es la única pregunta ética que vale la pena formularse desde la literatura: ¿qué se puede contar desde la ficción y qué no? Es decir, ¿hay algún tipo de experiencia que, por sus implicancias reales, no pueda ser literarizada so riesgo de trivializarse? Es un tema central, habida cuenta del famoso aforismo de Adorno sobre la poesía y Auschwitz («Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie»).

Laurent Binet ha hecho de esta interrogación una magnífica novela a partir del atentado que Jozef Gabčík y Jan Kubiš –ambos parte de la resistencia checoeslovaca– perpetraron contra Reinhard Heydrich, el carnicero nazi artífice de la Solución Final y, por entonces, Protector de Bohemia y Moravia. El francés resuelve la cuestión a través de un procedimiento singular: divide la novela en dos relatos que se alternan en capítulos numerados y correlativos. En uno contará el asesinato como si se tratase de un thriller, utilizando elementos del género para crear una bomba de tensión y suspense, a la vez que contextualiza el proceso de resistencia en Europa y ahonda en las biografías de los tres protagonistas. Esta es la parte emocional, sentimental y catártica, storytelling puro. En el otro relato, en cambio, pondrá en duda las convenciones propias de toda ficción histórica –incluyendo la suya– para desenmascarar y reflexionar acerca de la impropiedad de recrear el nazismo, lo que produce una suerte de dialéctica bipolar. Es un juego muy atractivo, de afirmación y negación, de puesta en escena y desmontaje. Este último será el espacio para desglosar un impresionante celo documental, sostener qué fuentes le permiten dudar de lo aparentemente nimio (¿el color del Mercedes Benz en el que iba Heydrich era verde o negro?) hasta lo realmente crucial (¿qué personas reales participaron del complot y deben ser, en efecto, homenajeadas en esta novela?), para soltar así el enorme arsenal de reflexiones, reservas, matices y relaciones que despiertan en su alter ego la labor propuesta.

HHhH tiene un ritmo poderoso que se beneficia bastante bien de este contrapunto y logra que la lectura sea adictiva, quizá porque no solo es fiel a la historia en cuanto a investigación y síntesis, sino que logra lo más difícil: que esta aflore en su retórica correcta. En ella se expresa la angustia y euforia de una doble épica: la primera es la de Gabčík y Kubiš; la segunda, el esfuerzo de encontrar aquella frontera donde comulgan la verdad histórica y la virtud literaria. Este doble motor recorre las páginas con una ironía añadida: a pesar de que los recursos de Binet son posmodernos (hay trazas de política ficción, thriller, metaliteratura y literatura del yo), su compromiso, si no ingenuo, al menos califica de romántico. Binet se resiste a entender la literatura como un espacio diferente al de la vida por lo que, de modo consciente o inconsciente, se empeña en recomponer esos lazos deshechos. Es, claro, una empresa inútil. Como si no quisiera darse cuenta de que, al romper el pacto de verosimilitud, crea de inmediato otro. Este deseo recuerda a la figura del mago que se solaza en confesar al público cómo ha hecho un truco para, de inmediato, hacer otro. O mejor aun, al actor que se sincera ante su auditorio pero es traicionado por el lugar desde el que enuncia su confesión: el tabladillo. Es un extraño efecto. Binet desconfía de la literatura y como remedio propone más literatura: «Mi historia toca su fin y me siento completamente vacío, no solo vaciado sino vacío. Podría detenerme aquí, pero no, aquí la cosa no funcionaría. La gente que ha participado en esta historia no son personajes, o en todo caso, si han llegado a serlo ha sido por mi culpa, aunque no era mi intención tratarlos como tales. Con gravedad, sin hacer literatura o al menos sin desear hacerla, he de contar lo que fue de quienes, al mediodía del 18 de junio de 1942, todavía seguían vivos».

El crítico James Wood recela de esta propuesta, así como de la idea de crear una literatura histórica «moralmente superior» que presenta hechos verificables y funde al autor con el narrador (uno de los objetivos centrales del francés es Jonathan Littell, el autor de Lasbenévolas, a quien acusa de inventar). Wood, por si hiciera falta, propone como contraejemplo una ficción que se ocupa del Holocausto de manera irreprochable: Austerlitz, de Sebald.
La idea de Binet es anacrónica, pero no por ello deja de ser atractiva. Al pretender retrotraerse al siglo XIX, más precisamente, a la época previa al hito jurídico creado por Flaubert al ganar el juicio contra Madame Bovary (1857), Binet hace eco de las palabras de Damián Tabarovsky en su polémico ensayo Literatura de izquierda. El crítico argentino sostiene que, por proteger jurídicamente al autor, la literatura se encapsuló en una zona artificial y aséptica donde ha declinado todo vínculo con la realidad; ha ganado inmunidad para los escritores, sí, pero ha perdido la capacidad de afectar el mundo de la experiencia: «…Si la literatura después de Flaubert es culpable de algo, si por algo mordió el polvo, si algo tuvo que pagar, es la tragedia de su autonomía. La ilusión de autonomía es un salto al vacío que arrojó a la literatura a una zona de fragilidad; desde entonces, debilidad y literatura se han vuelto sinónimos».

Y más adelante: «Después de Flaubert el tema de la literatura no va a ser el mundo, la representación, el acontecer de la narración, sino el lenguaje. La literatura de Flaubert designa el momento del giro lingüístico».

Es un estupendo debate que, sin ir muy lejos, se puede extrapolar a lo hecho por los escritores peruanos con Sendero Luminoso, sobre todo hoy que dicha época se ha vuelto un producto de exportación editorial o, al menos, una moda.

Volviendo a Binet, lo interesante de HHhH es que su experimento resulta feliz. Tanto por sus escrúpulos, como por su maestría narrativa. La peligrosa aventura que emprenden dos personajes en teoría insignificantes pero que, contra toda proporción, han decidido asestar un golpe no solo letal sino psicológico al III Reich, es profundamente conmovedora. Sobre todo porque la novela se cuida de dirigir toda la acción dramática hacia una progresión emocional que culmina en un clímax memorable, un crescendo maravilloso que recuerda a esas últimas páginas de Soldados de Salamina que están tan cerca de la gloria. Mientras Heydrich muere y Gabčík y Kubiš resisten la cacería que se monta para atraparlos, la voz reflexiva pierde relevancia y apenas interrumpe para alertar de la inminencia del final. En palabras de Vargas Llosa: «El lenguaje limpio, transparente, que evita toda truculencia, que parece desaparecer detrás de lo que narra, ejerce una impresión hipnótica sobre el lector, quien se siente trasladado en el espacio y en el tiempo al lugar de los hechos narrados, deslizado literalmente en la intimidad incandescente de los dos jóvenes que esperan la llegada del coche descapotable de su víctima… Todos los pormenores tienen tanta fuerza persuasiva que quedan grabados de manera indeleble en la memoria del lector».

La doble empresa de Binet tiene resultados opuestos: su historia triunfa, lo que significa que su lucha contra la ficción fracasa. Para el lector, esto es una doble recompensa.
Por Jerónimo Pimentel


Recomendados:
Purga. (Sofi Oksanen)
Mi vida querida (Alice Munro)
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Al este de occidente

Posted on marzo 7, 2013

Penkov
Reseñas

Al este de occidente

Miroslav Penkov (Gabrovo, 1982) ■ Seix Barral (2012) ■ 288 páginas ■ 85 soles


Cuentos. Miroslav Penkov es psicólogo y vive desde hace algunos años en Estados Unidos. Su narrativa publicada, escrita en inglés y no en su búlgaro materno, ha recogido merecidos elogios. Este es su primer libro y agrupa ocho relatos. El hilo conductor es Bulgaria. No la nación europea que todos conocemos sino la patria íntima del escritor. Este no es un volumen de anécdotas pintorescas ni estampas turísticas: Penkov es un autor con verdaderas historias que contar.

Algunos cuentos, como el que da título al conjunto, son formalmente impecables. Casi siempre nos topamos con un narrador en primera persona y un tono confesional. Son relatos de largo aliento y lo que pasa en ellos es particular aunque probable: la historia de amor entre dos primos interrumpida por un río que separa sus pueblos, la disputa entre un abuelo comunista y su nieto que aprende inglés para irse a estudiar al extranjero, una pareja de esposos accidentalmente culpables de la muerte de un niño gitano pero imposibilitados de confesarlo, un chico prodigio que se desperdicia viviendo del robo y del engaño. Estos y más personajes desfilan al compás de una melodía agridulce en la prosa de Penkov. Sorprende no solo la destreza sino también la belleza de que es capaz. Sus reflexiones y descripciones calzan un lirismo poco usual en narradores actuales. Lirismo que se hace filudo y peligroso al combinarse con un escepticismo sutil y una ironía muy bien camuflada. Su destreza en los diálogos otorga volumen y calidez a sus personajes, cada uno de los cuales se nos presenta como el resultado de su propia historia.

Los búlgaros de Penkov viven en eterno conflicto, convulsionados como el territorio que los vio nacer y crecer. Hacen frente a sus tragedias personales entre una guerra y la siguiente (la de los Balcanes, las Mundiales, Kosovo), con vecinos siempre en discordia (turcos, serbios, rumanos, alemanes, rusos), con gobiernos que se erigen y colapsan continuamente (el dominio otomano o el yugo comunista) o tratando de encajar en un Occidente ajeno. Buscando, entre todo eso, un respiro para restaurar el bien en sus vidas. Una nación no es una bandera o un mapa sino la propia sangre corriendo por la venas.
Por Dante Ayllón.


Recomendados:
El abanico de sed (Lisa See)
El fotógrafo de cadáveres (Julio Castedo)
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