Desvíos para lectores de a pie

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Canciones de un disco cualquiera

Posted on enero 24, 2014

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Reseñas

Canciones de un disco cualquiera

José Carlos Picón (Lima, 1979) ■ Lustra (2013) 67 páginas ■ 35 soles


Poesía. Tras su primer poemario, Tiempo de veda, José Carlos Picón vuelve al ruedo poético con un nuevo título de bella factura, Canciones de un disco cualquiera.

El texto se divide en tres partes. En la primera de ellas (sin título), el yo poético busca el sentido último de un sonido interior –brumoso y turbio por momentos, a veces límpido– que habla en voz baja sobre su condición humana y desesperanzada, sobre su extravío; además, en simultáneo, escuchamos esta voz intentando interpretar los oscuros signos de una urbe agresiva compuesta de imágenes fragmentarias y de una vida donde el tiempo transcurre de manera implacable.

El pesimismo, la pulsión de muerte, el desasosiego, las preguntas sobre el amor y la duda constante sobre el sentido (de la existencia, de la poesía, de la palabra, de las cosas…) marcan esta primera parte del poemario, que además es deliberadamente larga, oscura y fragmentaria, lo que genera un efecto de angustia e inseguridad. El mejor ejemplo de esta línea tanática, impregnada por un existencialismo pesimista y cierto malditismo punk, es «Díscola frecuencia», el extenso poema que cierra el primer lado/sección del disco/libro.

El segundo lado, «Lovesongs», es corto y está construido como un contrapeso contra el dolor y el «placer por ser superfluo» que transmite el primero. Si la sección precedente presentaba motivos densos y opacos, como la cercanía de la locura y el deseo de morir, esta segunda entrega poemas de amor cortos –o de resistencia al desamor–, mucho más concretos –como «Tortuga laúd»– y que funcionan dentro del disco casi como singles. Cierra «Mixtapes», con textos donde la presencia de la muerte es latente, como en «El recuerdo de mi abuelo», un logrado poema sobre la atónita contemplación de nuestra finitud.

En el fondo, queda la impresión tras la lectura de que Canciones de un disco cualquiera está escrito justamente para dejar de ser un disco cualquiera; es decir, en un intento a veces fructífero por definirse. Lo vemos con claridad en el satori de «Sentimental Melody (Mirador de Yanahuara)»: tal vez, lo que este libro busca ser es, como en el limpio verso de «La estación», una «…canción que da sentido»; y, por momentos, lo es. Por Teo Pinzás.


Recomendados:
La ladrona de libros (Markus Zusak)
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Cuentos

Posted on enero 23, 2014

Cuentos-Ampuero
Reseñas

Cuentos

Fernando Ampuero (Lima, 1949) ■ Planeta (2013) ■ 452 páginas ■ 49 soles


Relatos. La cuentística de Fernando Ampuero, sin duda el territorio más fértil de toda su obra narrativa de ficción, tiene cuarenta años de historia y puede dividirse en dos etapas claras: la compuesta por sus libros de juventud (Paren el mundo que acá me bajo y Deliremos juntos), a principios de los setenta; y la que llega hasta nuestros días –en forma, por cierto– pero que comenzó con su vuelta a la literatura en los años noventa, de donde son Malos modales y Bicho raro, de 1994 y 1996, respectivamente, sin ninguna duda lo mejor de toda la producción ampueriana, que de hecho ganó cuando el autor puso el primer pie en una redacción, hace ya décadas, convirtiéndose, de paso, también en un periodista de polendas. De esos conjuntos son historias realmente memorables, antológicas: del primero, además del homónimo, «Taxi Driver sin Robert de Niro» (que estaría, por descontado, en cualquier selección del cuento peruano que se precie), «Kim Novak en París» o «Mi buena estrella»; del segundo, «Bicho raro», «Criaturas musicales» y «Cuarto del oeste». De ese desbalance en sus distintos tiempos como narrador no podía salir una antología perfecta, cosa que es casi una quimera. Pero conocedor de sus limitaciones de muchacho –y acaso demasiado concesivo con sus trabajos recientes–, para esta nueva reunión de sus cuentos (quizá hayan sido demasiadas), el autor ha querido seleccionar solo lo que él considera «la carnecita», y lo que permite ver con claridad, más allá de la obvia evolución de un novel medio experimental a un escritor curtido y claro en sus objetivos, los motivos que hacen de la suya una obra reconocible y entrañable. Su prosa, que tiende a la primera persona, es limpia, sin artificios, directa: Ampuero sabe contar una historia, darle verosimilitud, oralidad, sin que ello le reste brillo y vuelo poético en sus mejores momentos, ni mucho menos. Busca en la realidad que lo circunda, la que conoce bien. Y de ahí saca extrañamiento y, en ocasiones, belleza.

Acaso conquistado por aquellos memorables libros de los noventa, opino que el conjunto resiente cuando el autor se deja llevar por el camino fácil, el de menor potencia y fascinación, de la mayoría de piezas de Mujeres difíciles, hombres benditos. Saque usted sus conclusiones. Por Conrado Chang.


Recomendados:
Una vida plena (L. J. Davis)
Apuntes de un vendedor de mujeres (Giorgio Faletti)
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El cuerpo en que nací

Posted on enero 23, 2014

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Reseñas

El cuerpo en que nací

Guadalupe Nettel (México, 1973) ■ Anagrama (2011) ■ 196 páginas ■ 93 soles


Novela. El cuerpo como protagonista, guía o centro. El cuerpo que tiene que ser disciplinado y controlado, pero que escapa a este control: en la literatura de Guadalupe Nettel el cuerpo anormal o defectuoso deja de ser un estorbo para convertirse en el origen mismo de la perturbación social. Nettel demuestra que no se necesita retratar las «grandes historias» para escribir una literatura que no pierda de vista lo social como punto de referencia: a través de la exploración de eventos mínimos de la niñez, El cuerpo en que nací construye lo macro desde la política de lo íntimo.

El cuerpo en que nací, la segunda novela de Nettel, se presenta como una autobiografía donde la autora expone las vivencias de su infancia desde un diván. Una psicoanalista sin voz ni cuerpo la escucha sin responder y asiste a la canibalización de los recuerdos que conforman los excesos de su personalidad. En definitiva, lo excesivo es la marca que desde un inicio sitúa la novela en el contexto de la anormalidad. La protagonista tiene una mancha en el ojo que no le permite ver bien, por lo que tiene que usar un parche y someterse a varios tratamientos en busca de una cura. Además de la invasión médica dentro de un cuerpo que es tanto ajeno como propio, la enfermedad se convierte en una marca que hace la diferencia, que convierte a la niña en una outsider. El extrañamiento que este cuerpo produce en la mirada de los otros son huellas que marcan el tono con que la autora relata la historia. Y esa mirada de los otros se materializa en la familia y en los compañeros de escuela, quienes siempre nos recuerdan que el cuerpo en que nacimos no solo es nuestro, sino también de quienes nos miran, y con ello deciden nuestra suerte.

Limitada por su problema visual, la narradora se encuentra entre dos percepciones diferentes: la que ella tiene sobre sí misma y la que depende de la observación juiciosa y constante de los otros. Los puntos de escape a este conflicto son la escritura, el sexo confundido con juegos infantiles, los viajes entre México y Francia, y las relaciones con otras personas, que determinan las entradas y salidas entre los espacios de normalización y los de liberación. Nettel narra con pericia cómo la infancia se convierte en un campo de batalla entre lo que se enseña para estandarizar lo considerado anómalo (y los traumas y manías que se producen como consecuencia de ese proceso); y las rebeldías que buscan perturbar a quienes intentan imponer límites. Por otro lado, que la enfermedad sea un componente de la novela permite que esta le dé un matiz diferente a lo que de otro modo sería una historia limitada a la narración traumática de la niñez.

En El cuerpo en que nací, explorar el pasado constituye una liberación: entender que la estructura que nos ha construido tal como somos es, al mismo tiempo, el fundamento de lo social, la historia mínima que se repite a gran escala y que de ese modo constituye el imaginario colectivo. Nettel explora la familia, la escuela, el sistema médico y el flujo de personas desde la óptica de lo anormal, de lo excesivo, desde todo aquello que puede desafiar el ordenamiento natural de la sociedad. Y por esa razón es precisamente el cuerpo que nos tocó el lugar desde el cual podemos entender las estructuras sociales complejas que nos han producido y, sobre todo, cuestionarlas. Por Jennifer Thorndike


Recomendados:
Una vida plena (L. J. Davis)
Suicidio perfecto (Petros Márkaris)
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Lugar de la memoria y del amor

Posted on enero 23, 2014

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Reseñas

Lugar de la memoria y del amor

El Museo de la Inocencia ■ Orhan Pamuk(Estambul, 1952) ■ Debolsillo (2011) ■ 648 páginas ■ 41 soles


Novela. Estambul, 1975, un día cualquiera. Kemal entra a una boutique en busca de un regalo para su prometida, Sibel, y en vez de ello, se encuentra con Fusun. La atracción es inmediata.

Durante cientos de páginas, Pamuk nos sumerge –¡nos arrastra! – con minuciosidad por la odisea amorosa de Kemal y Fusun, un acaudalado empresario treintañero educado en Estados Unidos y su jovencísima pariente lejana, de familia humilde y tradicional. Sexo, adrenalina, candor, revelaciones y promesas se superponen velando la realidad –se acerca el día de la petición de mano, importante ritual social– o tragándosela en el camino. Pero en pleno triángulo amoroso todo se rompe. Y el destino se torna un desafío. Llegan la incertidumbre, la corrosiva culpa y la paralizante sensación de abandono. La obsesión de Kemal por Fusun se filtra en cada pensamiento.

Entonces empieza una extraña forma de placebo: la recolección interminable de objetos que su amada tocó, usó, deseó o contempló. A menudo las cosas son las únicas huellas de una vida solitaria y perderlas equivale a perder los pilares de la identidad.

Las seiscientas cincuenta páginas del libro se dividen en 83 capítulos breves. Absolutamente absorbente durante las primeras páginas mientras se desenvuelve el torbellino amoroso; denso y repetitivo a lo largo de los días de soledad; fresco y directo hacia el final, cuando el protagonista narra sus viajes por numerosos museos de autor en Europa, el ritmo desigual de la novela es el correlato sintáctico de los procesos emocionales de Kemal: seguimos los pensamientos del protagonista de una manera asombrosamente real. Por eso, cuando el narrador, Kemal, cuenta que le encargó a Orhan Pamuk, un viejo conocido, que escriba su historia, uno siente que algo se desencaja. ¿No era esto una ficción? Un par de páginas después hay un mapa y un ticket de entrada. ¿En serio este tipo recolectó todo lo que su amada tocó? ¿Es posible esta exagerada historia de amor? Imaginen guardar uno, dos, tres objetos al día durante varios años. Un afán, una demencia heroica que se traduce en una habitación repleta de objetos que hablan sobre un amor, sobre una ciudad y sobre una época. Ese es el Museo de la Inocencia. Y existe. Es real.

Esta monumental obra no solo es la primera novela que Orhan Pamuk escribe después de haber recibido el Premio Nobel en 2006: es también un experimento fascinante. Pamuk ha construido su propio museo. Uno que expone, a través de innumerables objetos cotidianos, la naturaleza del amor, la nostalgia y la pasión. Y en el bosquejo de los vínculos y relaciones devela también la constante tensión entre Oriente y Occidente, la identidad de una sociedad cuyo sentido común oscilaba entre el recato de los tradicionalistas musulmanes y la desenfadada vanguardia occidental. Un Estambul muy conservador para considerarse europeo y lo suficientemente progresista para no considerarse islámico. El golpe de Estado de principios de los años ochenta (con sus toques de queda y las calles llenas de militares) es, por ejemplo, el telón de fondo de las visitas de los amantes.

Un libro como ninguno, que difumina las fronteras de la ficción. En palabras del autor, El Museo de la Inocencia son «dos representaciones de una misma historia» Por Paloma Reaño.


Recomendados:
La mujer a 1000° (Hallgrimur Helgason)
La tienda de los recuerdos perdidos (Anjali Banerjee)
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La sangre de la aurora

Posted on enero 23, 2014

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Reseñas

La sangre de la aurora ■ Claudia Salazar Jiménez (Lima, 1976) ■ Animal de invierno (2013) ■ 96 páginas ■ 29 soles


Novela. Dejando de lado los ejes temáticos (la guerra interna, la representación de la mujer como una minoría en el marco de los conflictos sociales, la violencia y el desarraigo a los que son sometidas, la reciente historia del Perú entendida desde lo femenino-corporal y la exploración de este cuerpo sensible), esta novela narra las peripecias de tres mujeres en el marco de la llamada «guerra popular». Tres historias, tres caminos, tres voces distintas que se articulan de modo fragmentario y complementario y que sirven de espejo entre sí mismas, produciendo contraste y armonía a la vez: Marcela, la terrorista; Melanie, la periodista; y Modesta, la comunera, participan de una época marcada por la violencia y la destrucción extremas que, sin embargo, define sus sentimientos, pensamientos e identidades. Tres entelequias, tres psiquis, tres experiencias que al sumarse dan cuenta de la experiencia general de lo que ha sido (y, en alguna medida, aún es) ser mujer en el Perú. Hay mucho talento en el desarrollo de diversos recursos literarios (técnicos, estructurales, estéticos). La polifonía (multiplicidad de voces traducida en multiplicidad de existencias, experiencias y visiones críticas de la realidad donde lo «real» aparece como una construcción individual de carácter eminentemente empírico, es decir, que deriva de la vivencia); el uso «poético» del lenguaje en la construcción de cada episodio (especialmente aquellos momentos donde la violencia se manifiesta de modo más claro y donde la forma en que los personajes entienden dichas circunstancias oscila entre la determinación y la confusión); el extendido uso del monólogo interior mezclado con la narración en tercera persona (que logra un interesante contrapunto entre la experiencia subjetiva y la objetiva, en favor de la verosimilitud); y una narración fragmentada que lleva a la construcción, más que de tres historias individuales, de una sola realidad que las engloba y de la cual ninguna de las protagonistas puede sustraerse (de hecho, la ruptura con la linealidad es reflejo de estas experiencias). Estos son, a mi parecer, los logros de una novela que ha dado mucho que hablar y que sin duda distingue a Claudia Salazar entre las narradoras peruanas actuales. Por Severo Falcón.

Recomendados: Colegiala (Osamu Dazai) El sonido de mi voz (Ron Swanson)
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Herrera el nuevo, el mismo

Posted on enero 23, 2014

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Reseñas

Herrera el nuevo, el mismo

La transmigración de los cuerpos ■ Yuri Herrera (Actopan, 1970) ■ Periférica (2013) 134 páginas ■ 52 soles


Novela. . En medio de una epidemia que viene convirtiendo la ciudad –cualquier ciudad, acaso en cualquier parte de México– en un pueblo fantasma, el Alfaqueque ve interrumpidos sus lances con La Tres Veces Rubia cuando recibe un llamado del Delfín, pope de la familia Fonseca. Sucede que su hijo Romeo ha sido aparentemente secuestrado por el clan rival, los Castro. Y el Alfaqueque es un arreglador, un tipo que se gana la vida desfaciendo entuertos con el poder de su labia. Nadie busca más sangre, los Fonseca solo quieren al suyo de vuelta. Pero la cosa no es tan sencilla porque los Fonseca, a su vez, tienen en su casa a la Muñe Castro. Ahora, el verdadero problema, lo que las partes y el Alfaqueque ignoran, es que los hijos de ambas familias están muertos. Bajo la constante inminencia de la violencia, al héroe de esta novela negra diurna, calurosa y sin crimen le toca entonces, acompañado de sus fieles Vicky y el Ñándertal, realizar un intercambio limpio de cuerpos.

Con solo tres novelas breves publicadas (cuatro, si incluimos una para niños), el mexicano Herrera se ha convertido en uno de los referentes más visibles dentro del panorama de la nueva narrativa escrita en español, tanto en Latinoamérica como en los Estados Unidos y España. Y eso es bueno.

Es bueno que exista Yuri Herrera.

Desde la muy premiada Trabajos del reino (de 2003, reeditada y popularizada en 2008), pasando por Señales que precederán el fin del mundo (2009) y hasta el libro que me traigo entre manos, la obra de Herrera resulta, a mi juicio, ejemplar. Porque más allá de la ambientación en algo que se parece al presente de sus recurrencias –las formas de la violencia, el honor, la desesperación, el amor, el destino, la cultura popular–; y de sostener siempre tensa la cuerda entre tradición y posmodernidad en sus historias, Herrera ha escogido, de alguna manera, convertirse en un escritor «premoderno», digamos «a la antigua», en el mejor de los sentidos, y escribe un solo libro. Salta, pero no se aleja. Ha escogido, hasta hoy, serle fiel a un estilo personalísimo, lírico y potente. Siempre expresivo, (re)cargado de significado, esculpido línea a línea. Por todo ello, aunque no haya previsto sus tres primeras novelas como una trilogía –dice Herrera–, ha logrado ya una breve y compacta «obra». (Es decir, habría que ahorrarnos desde ya eso de definirla luego como una tetralogía, y una pentalogía…). A sus logros debemos agregar su aliento épico y mítico: hay algo de profeta enloquecido y de cuentacuentos de cantina en la voz narrativa de sus historias. Algo que desconcierta, divierte y siempre seduce sin decaer (quizá sus novelas siempre deban ser breves). Otra gracia es su habilidad para crear situaciones desesperadas y extremas donde sembrar personajes inolvidables (de nombres extraños o desopilantes). Como el Alfaqueque: «Con el tiempo descubrió que lo suyo era navegar con bandera de pendejo y luego sacar labia. Verbo y verga, verbo y verga, qué no. En una ocasión una muchacha le había confesado algo que Vicky, su amiga la enfermera, le había dicho como advertencia antes de presentarlos: ‘Míralo, y si no te gusta no hables con él porque te van a dar ganas de cogértelo’». Todo lo dicho significa que cualquiera de sus novelas es una puerta de acceso fiable al mundo de Yuri Herrera. Esta, por ejemplo. Por Dante Trujillo


Recomendados:
Última resaca (Patrick Hamilton)
Cuervos (John Connolly)
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El perenne diletante

Posted on enero 23, 2014

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Reseñas

El perenne diletante

La infancia de Jesús ■ J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) ■ Mondadori (2013) ■ 271 páginas ■ 79 soles


Novela. ¿Podría suceder que, alcanzada la celebridad, el creador se proponga jugar una broma pesada a los admiradores de una obra indiscutida? Más aún, ¿podría pasar que el creador busque –de manera no tan evidente, acaso bajo el pretexto de una propuesta lúdica incomprensible para el resto de los mortales– echar por tierra su casi unánime aceptación? Me recuerdo a mí mismo, en un tiempo ya bastante lejano (para mi pesar), viajando de mochilero a través de ciudades europeas y aprovechándome de la inmotivada hospitalidad de estudiantes amigos de amigos. En una ocasión ingresé a algún museo para observar la colección de uno de mis pintores favoritos, y dentro de ella me encontré con un lienzo cuya monótona neutralidad solo era violentada por un par de puntos como lunares distantes y otra figura que parecía una araña extraviada. Que mi recuerdo sea exacto, o que el título de la obra haya sido «Paisaje» o «Pintura», es lo de menos aquí. Recuerdo sí que me dije algo como: «Esto no puede ser verdad, este artista merecidamente célebre tiene que estar burlándose de todos los que venimos hasta aquí para admirar su obra…».

No diré que aquella experiencia me hiciera desconfiar de uno de mis pintores predilectos (todavía lo es), pero sí puedo afirmar que, al menos durante unos minutos que por lo visto me marcaron para siempre, logró despertar en mí un sentimiento de amargura, confusión y lejanía, que bien podría definirse como crispación.

He escrito crispación, no decepción. La diferencia entre ambas palabras será importante.

De esto me acordaba mientras, sin demasiado entusiasmo, avanzaba por las páginas de La infancia de Jesús, la última publicación del Nobel surafricano J.M. Coetzee; una novela en clave de parábola, que parece escrita para probar la paciencia de sus lectores, habitada por personajes que desconocen su pasado e inmigran a un país remoto en el que aprenderán una nueva lengua y donde cualquier tentación de diferenciarse o trascender será opacada por el peso de un pragmatismo exasperante. Que el título de este libro sea La infancia de
Jesús –y que, además, coincida con el que los traductores del alemán adjudicaron al último del Papa Ratzinger– es un misterio añadido al hecho mismo de su existencia. Pero tal
vez eso no sea algo importante a estas alturas.

La infancia de Jesús me hizo pensar bastante en Verano (2009), la notable novela con la que Coetzee cierra su ciclo autobiográfico. Y esta asociación tal vez no tenga solo que ver con que ambos libros sean del mismo autor. De hecho, no pensé especialmente en Desgracia –la que para muchos es la obra cumbre de Coetzee, y sin duda sigue siendo la más popular–, El maestro de Petersburgo o Elizabeth Costello, por citar algunos de los títulos más conocidos de una obra literaria cuya solidez difícilmente alguien podría poner en tela de juicio. Pero, en cambio, sí evoqué aquel tono despojado y carente de indulgencia que es recurrente en los que dan testimonio de quien en vida fue el escritor John Maxwell Coetzee. Y es que en Verano Coetzee, haciendo uso de un registro polifónico, se arriesga a hablar de un Coetzee muerto en la ficción, como quien lo hace de un pobre diablo que carece de los rasgos que hacen de alguien una persona exitosa, según los mandatos de esa dictadura del mainstream en que se ha convertido la vida global. El Coetzee de Verano es un personaje que no ha logrado dejar ninguna huella profunda en quienes lo conocieron de cerca –incluyendo colegas y amantes–, pero sí varias dudas y, sobre todo, un sentimiento de crispación que con el tiempo se convertirá en el combustible que alimentará esos testimonios nada afectuosos. Se trata de un solterón huraño, que vive con su padre y parece capaz de hablar sobre varios temas, aunque sea imposible considerarle un
especialista en materia alguna. Un diletante. Y esto último es dicho con un
marcado sesgo descalificatorio.

De nuevo aparece la crispación.

Sus biógrafos cuentan que durante los años sesenta, siendo aún bastante joven, J.M. Coetzee decidió abandonar su trabajo de programador en la IBM porque la rutina del trabajo le resultaba insoportable. Esto podría haber representado toda una declaración de intenciones para alguien de la generación del escritor surafricano. La vida corporativa –ese amasijo de relaciones económicas, de identidades y códigos de conducta, que hoy en día parece ocupar el lugar de las relaciones de fidelidad de la época feudal– genera seguridad y prestigio social, pero no era el ideal de un joven cuya vocación totalizadora le llevaría a hacer de la literatura su oficio principal. Podría ser también un pretexto para emprender una reflexión –en clave de metáfora– sobre los grandes temas de la existencia humana. Una reflexión que incluso podía hacerse en silencio. Como dentro de uno de los pasajes de Desgracia, en el que el lector infiere que los violadores de una granjera blanca son de raza negra, sin que sea necesario que se mencione de manera explícita. Estamos en plena caída del Apartheid y un veterano profesor universitario realiza una especie de peregrinaje expiatorio –el hombre está muy crispado–, en el que busca encontrarse con su hija granjera y un país interior con el que jamás podrá sentirse identificado del todo. Las contradicciones de una época son puestas de manifiesto. En silencio.

¿Qué es lo que busca J.M. Coetzee con un texto como La infancia de Jesús? ¿Es que el Nobel indiscutible juega con sus lectores, o acaso se mofa de la arrogante estupidez de los grandes grupos editoriales? Me niego a concluir que se trate simplemente de una novela mala. Convengo en que no es el libro a recomendarse a quien busque iniciarse en la obra de Coetzee. Se trata más bien de un texto que crispa, que no es lo mismo que decir que decepciona. Por Octavio Vinces


Recomendados:
Dos cuentos maravillosos (Carmen Martín Gaite)
Don de lenguas (Rosa Ribas y Sabine Hofman)
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