ESCRITORAS: DIEZ LIBRAZOS EN PEQUEÑOS FORMATOS

El rito de comprar libros no sería lo mismo sin esa batalla interna que estalla al comparar la lista de pendientes con el presupuesto. Si de priorizar se trata, acá te ayudamos con diez librazos que puedes encontrar en ediciones de bolsillo, escritos todos por mujeres brillantes. Historias fascinantes, surreales, trágicas, cotidianas, de amores o de adioses. Desde vidas turbulentas hasta ensayos sobre el arte: todos son excelentes opciones para leer o regalar. Así que… pasa y revisa, sin compromiso.

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Reecuentro de personajes de Elena Garro

Su amante es un hombre silencioso cuando no tiene uno de sus frecuentes ataques de ira. Él la lleva en auto en una peregrinación de carreteras, pueblos y hoteles sin aparente sentido, hasta que el lector descubre lo que pasó, o tal vez no pasó. Ella comienza a sospechar que él es un asesino. A la pregunta a quemarropa él responde que no sabe. Actos sospechosos, maltratos, erotismo trunco. La irrealidad del ambiente, los escenarios inquietantes, las mentiras. Esta novela atrapa sin tregua y obliga a una lectura casi de tirón. Garro siendo Garro.

Qué vergüenza de Paulina Flores

Conflictos de hogar, necesidades de clase media, pequeños triunfos y pesadas derrotas cotidianas. El cuento que abre esta colección llevó a su autora, nacida en Chile en 1988, a ganar el Premio Roberto Bolaño. Hay momentos donde la vida toca vivirla al revés, con desencuentros y corazones abiertos. Un debut literario con calidad pareja y una bella forma de contar lo triste (y todo lo demás).

Leonora de Elena Poniatowska

Premio Biblioteca Breve 2011. El temperamento indomable de Leonora Carrington, pintora surrealista, escritora y, por encima de todo, un espíritu ajeno a convencionalismos y ataduras, es retratado con talento, respeto y severidad. Poniatowska recrea e imagina, pero la bibliografía de la que parte es vasta. Historias de amor torrenciales, turbulentos años en París o México. Una mujer extraordinaria desde los ojos de otra.

Una noche en el paraíso de Lucia Berlin

Arrolladora como un tren, sutil como la melancolía prematura que nace cualquier tarde soleada en la ciudad. Los 77 relatos que publicó Lucia Berlin en vida son casi todo lo que cualquier aspirante a cuentista necesita leer. Esta edición de bolsillo incluye 22 historias hasta ahora inéditas en español: instantes, travesuras en Chile o Nuevo México, días de lluvia o sol en la ciudad; lo bello o lo terrible de la naturaleza humana asomándose en la vida cotidiana de personajes que no son ni buenos ni malos. Prosa limpia, historias magnéticas y el desmesurado talento de Berlin.

Tenemos que hablar de Kevin de Lionel Shriver

Novela epistolar ensamblada con las cartas que le escribe una mujer a su exesposo. La situación es desgarradora: el hijo, Kevin, es un asesino y está preso. ¿Qué pasó? ¿Qué falló? El epígrafe, una cita de Erma Bombeck, es tanto un ensayo a medias de respuesta como de conclusión: “Un niño necesita más nuestro amor cuando menos lo merece”. Kevin tiene problemas, es evidente, pero la maldad debe haber surgido de algún lado. Novela sobre el misterio de la vida, sobre la naturaleza de la maldad y, especialmente, sobre la maternidad. Su adaptación al cine del 2010, protagonizada por Tilda Swinton y Ezra Miller, ha recibido también críticas muy positivas.

La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt de Andrea Wulf

La alucinante vida de Alexander Von Humboldt, polímata, geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador, es revelada con pasión por Wulf, conocida historiadora y escritora británica. El placer de recorrer un mapa con el dedo, volver a la página de la historia y avanzar con voracidad para conocer todas las aventuras y descubrimientos, sea tal vez algo conocido para quienes leyeron libros como los de El señor de los anillos. Pero este, más narrativo que académico, es una genial forma de estimular la imaginación y la curiosidad. Detalle no menor: puede ser un excelente regalo.

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres de Siri Hustvedt

La autora, escritora y feminista, despliega en los ensayos que componen este libro una visión erudita, comprensiva y excepcionalmente lúcida de las cosas que la apasionan: desde el arte o la literatura hasta las neurociencias. El título alude a los primeros textos del libro, donde analiza las obras de varios artistas. La función de la emoción en la percepción artística, el papel del sexo en el arte, todo el asunto de las ‘musas’, despiertan preguntas y reflexiones en Hustvedt. ¿Por qué los biógrafos de Picasso llaman por su nombre de pila a aquellas musas (incluso cuando son mujeres mayores), mientras que otros personajes son presentados con su apellido? El crisol feminista puede ser incómodo para no iniciados, y ese es otro mérito invaluable del libro: abrir una ventana para ver el mundo desde un lugar más amplio, cuestionador y justo.

SPQR. Una historia de la Roma antigua de Mary Beard

Es fascinante conversar con personas que saben mucho de algo y tienen, además, el don de saber contarlo. Es el caso de este libro y de Mary Beard, una de más más grandes autoridades académicas en lo que a Roma y Grecia se refiere. SPQR (Senatus PopulusQue Romanus, El Senado y el Pueblo Romano) es el fruto de 50 años de investigación sobre la antigua Roma. Un pasado que late entre nosotros y algunas de nuestras costumbres e instituciones, este libro es más que la historia de un imperio. Con mapas, ilustraciones y una amena forma de contar, es una exposición entretenida y profunda.

M Train de Patti Smith

Un hombre en un sueño dice que escribir sobre nada es más complicado de lo que parece. Smith recibe el mensaje onírico como una afrenta y como un punto de partida para estas memorias, aunque lejos de escribir sobre la nada, lo hace sobre el todo. Su mirada de felino en descanso mira hacia un lado en la portada: está sentada en una mesita cuadrada, flanqueada por una ventana y la máquina de café. El café 'Ino es el primer capítulo y uno de los escenarios creadores de la vida de la poeta, dramaturga, cantante y viajera estadounidense.

La elegancia del erizo de Muriel Barbery

La profundidad filosófica no es incompatible con la narración fresca y ligera de este libro, al que el adjetivo de bello no le sienta como exagerado o falso. En un edificio vive una mujer mayor, la portera silenciosa y común que, sin embargo, tiene aficiones muy especiales. Su vida se cruza con una niña de 12 años superdotada que vive en el mismo lugar. Ambas tienen una existencia casi secreta. La soledad las une y las reflexiones (algunas, terribles y crudas) las llevan a conocer juntas las alegrías que este mundo duro puede aún dar. Una trama que, en manos más inexpertas, podría ser una historia del montón, se luce con el talento de Muriel Barbery.

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El inicio de "Canadá", de Richard Ford

El estilo brillante y profundo de Richard Ford alcanzó un punto especial en Canadá, su séptima novela (y la última hasta ahora), en 2012, despertando la emoción de lectores y críticos. En Canadá, Dell Parsons, el protagonista de quince años, narra cómo la vida de él y la de su hermana se tuerce, o se termina de torcer, cuando sus padres roban un banco.

La novela es dura y amarga, como la vida misma suele ser, y golpea a los lectores que, entre sus páginas, sienten como propia la pérdida de la inocencia y el descubrimiento de la certeza, feroz y solemne, de que no siempre se puede ganar.

Hoy, en el cumpleaños 77 de Ford (Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016), compartimos las primeras líneas de esta novela, editada por Anagrama. Se puede encontrar la edición clásica o la edición 50 en nuestra librería mientras Ford termina Be mine, su nueva novela aún sin fecha de lanzamiento.

CANADÁ

I

Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales –aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco.

Mi padre, Bev Parsons, era un chico de campo que nació en Marengo County, Alabama, en 1923, y terminó la secundaria en 1939, loco de ganas de entrar en el Army Air Corps de los Estados Unidos, el cuerpo que luego se convertiría en la Fuerza Aérea. Entró en Demopolis, se formó en Randolph, cerca de San Antonio, donde quiso ser piloto de combate, pero como le faltaban aptitudes tuvo que conformarse con convertirse en oficial de bombardero. Voló en los B-25, en los Mitchell ligeros y medios que sirvieron en Filipinas, y luego sobre Osaka, donde sembraron la destrucción en la tierra, tanto entre el enemigo como entre la gente inocente. Era un hombre alto, de más de un metro ochenta (apenas cabía en la carlinga del bombardero), encantador, guapo y sonriente, de cara grande, cuadrada y expectante y pómulos huesudos, labios sensuales y pestañas atractivas, largas y femeninas. Tenía los dientes blancos y brillantes y un pelo negro corto del que se sentía muy orgulloso, lo mismo que de su nombre: Bev. Capitán Bev Parsons. Nunca admitió que Beverly fuera un nombre de mujer para la mayoría de la gente. Venía de raíces anglosajonas, decía. «Es un nombre corriente en Inglaterra. Allí Vivian, Gwen y Shirley son nombres de hombre. Nadie los confunde con mujeres.» Era un hablador redomado, y, para ser sureño, de mente abierta. Tenía unos modales elegantes y complacientes que deberían haberle llevado lejos en la Fuerza Aérea, algo que no sucedió. Cuando estaba en un recinto cualquiera, sus ojos rápidos de color de avellana buscaban a su alrededor y siempre encontraban a alguien que le prestaba atención: mi hermana y yo, normalmente. Contaba chistes viejos con un estilo teatral del Sur; sabía hacer trucos con las cartas y juegos de manos, y separarse el pulgar y volver a pegarlo, y hacer desaparecer un pañuelo y hacerlo aparecer de nuevo. Sabía también tocar bugui-bugui al piano, y a veces nos hablaba con acento dixie1 y otras veces como Amos ’n’ Andy. Había perdido algo de oído al volar en los Mitchells, y era muy sensible a esta deficiencia. Pero tenía un aspecto muy atildado con su «honrado» pelo corto de soldado y su guerrera azul de capitán, y por lo general transmitía una calidez que era genuina y que hacía que mi hermana gemela y yo lo quisiéramos tanto. Tal vez fuera ésa también la razón por la que nuestra madre se había sentido atraída por él (aunque no pudieran ser más diferentes y poco apropiados el uno para el otro), con la mala fortuna de haberse quedado embarazada a raíz de un apresurado encuentro amoroso después de conocerse en una fiesta en honor de los aviadores que habían vuelto del frente. Fue en Fort Lewis, cerca de donde él estaba haciendo un curso de reciclaje como oficial de suministros, en marzo de 1945, cuando ya nadie lo necesitaba para lanzar bombas desde el aire. Se casaron en cuanto lo supieron. Los padres de ella, que vivían en Tacoma y eran inmigrantes judíos oriundos de Polonia, no aprobaron la boda. Los dos eran personas cultas; en Poznań habían sido profesores de matemáticas y músicos semiprofesionales (daban conciertos de música popular), y después de huir de su país en 1918 habían llegado al estado de Washington a través de Canadá, y se habían convertido –quién lo iba a decir– en celadores escolares.
El hecho de ser judíos significaba muy poco para ellos entonces, o al menos para mi madre; felizmente, en aquella tierra donde al parecer no eran judíos, dejaban atrás una vieja, rigurosa y cerrada concepción de la vida.

Pero que su hija única se casara con el hijo único sonriente y parlanchín de unos tasadores de madera escoceses-irlandeses de las tierras remotas de Alabama no se les había pasado nunca por la cabeza, así que pronto desterraron el asunto por completo de su pensamiento. Y aunque desde cierta distancia pudiera parecer que nuestros padres simplemente no estaban hechos el uno para el otro, es más preciso afirmar que la boda de nuestra madre con nuestro padre fue el presagio de una pérdida, y que su vida cambió para siempre –y no para bien–, como seguramente ella habrá pensado tantas veces.
Mi madre, Neeva (diminutivo de Geneva) Kamper, era una mujer menuda, intensa, con gafas, de pelo castaño y rebelde, alguna de cuyas hebras aterciopeladas se le deslizaban por el borde de las mejillas hasta debajo de la barbilla. Tenía cejas espesas y frente reluciente, de piel fina, tras la que se le traslucían las venas, y una tez pálida de vivir dentro de casa que le daba un aspecto frágil, sin que ella lo fuera en absoluto. Mi padre, en broma, decía que la gente de donde él venía, en Alabama, al pelo de mi madre lo llamaba «pelo de judío» o «pelo de inmigrante», pero que a él le gustaba y que a mi madre la amaba. (Ella nunca pareció prestar mucha atención a estas palabras.)
Sus manos eran pequeñas y delicadas, de uñas muy cuidadas (se hacía regularmente la manicura) y bruñidas, de las que solía presumir y con las que gesticulaba con aire ausente. Tenía un talante escéptico, y solía escuchar con gran atención cuando le hablábamos; también tenía ingenio, que a veces podía ser mordaz. Llevaba gafas sin montura, leía poesía francesa, y a menudo utilizaba expresiones como cauchemar o trou de cul, que mi hermana y yo no entendíamos. Escribía poemas con tinta marrón que compraba por correo, y llevaba un diario que nosotros no podíamos leer, y normalmente tenía una expresión de perplejidad ligeramente altiva y como estigmatizada, que llegó
a ser muy propia de ella, si no lo había sido siempre. Antes de casarse con mi padre y de tenernos rápidamente a mi hermana y a mí, se había graduado a los dieciocho años en el Whitman College de Walla Walla, había trabajado en una librería y posiblemente acariciado la idea de convertirse en poetisa y en bohemia, y la esperanza de llegar a conseguir un trabajo de estudiosa profesora en un pequeño college, casada con alguien diferente del hombre con quien se había casado realmente, un profesor universitario probablemente, que le daría la vida para la que ella creía que estaba destinada. En 1960, el año en que tuvieron lugar los hechos, tenía sólo treinta y cuatro años. Pero tenía ya «arrugas marcadas» a ambos lados de la nariz, que era pequeña y rosada en la punta, y los párpados oscuros de sus grandes y penetrantes ojos verde gris le hacían parecer extranjera y un tanto triste e insatisfecha, lo cual era cierto. Su cuello era delgado y hermoso, y su sonrisa repentina e inesperada dejaba al descubierto unos dientes pequeños y una boca en forma de corazón, de jovencita. Una sonrisa que –salvo a mi hermana y a mí– rara vez ofrecía. Nos dábamos cuenta de que era una persona de apariencia poco corriente, vestida las más de las veces con pantalones anchos color verde oliva y blusas de algodón de mangas holgadas y zapatos de cáñamo y algodón que debía de haber encargado por correo en la Costa Oeste, porque no podían comprarse zapatos de ésos en Great Falls. Y cuando se ponía a regañadientes al lado de nuestro padre, alto y guapo y extrovertido, aún parecía más fuera de lo corriente. Aunque eran raras las veces en que «salíamos» en familia, o comíamos en restaurantes, así que apenas podíamos darnos cuenta de cómo aparecían ante el mundo, entre desconocidos. A nosotros la vida en casa nos parecía de lo más normal.
Mi hermana y yo entendíamos perfectamente por qué mi madre se había sentido atraída por Bev Parsons, un hombre de hombros fuertes, hablador, divertido, siempre dispuesto a complacer a cualquiera que se encontrase a su alcance. Pero nunca estuvo demasiado claro por qué se había interesado él por ella, una mujer muy menuda (de poco más de un metro cincuenta), introvertida y tímida, apartada de la gente, artística, guapa tan sólo cuando sonreía e ingeniosa sólo cuando se sentía completamente a gusto. Nuestro padre debía de apreciar de algún modo todo aquello, de percibir que ella tenía una mente más sutil que la de él, y que sin embargo él era capaz de complacerla, lo cual le hacía feliz. Decía mucho en su favor que –más allá de las diferencias físicas– mirara al corazón de las cosas humanas, y yo admiraba eso en él por mucho que mi madre no se diera cuenta de ello.

Carta al teniente Shogún

Novela/autobiografía ¿Dónde empieza una historia?; una historia que no es de ficción. ¿Cuál es el nudo central de una carta dirigida a alguien que quizá la espera desde siempre o intenta por todos los medios esquivarla? ¿Cómo desentrañar en pocas palabras su contenido? El recurso cronológico podría ser válido, pero insulso sin el retorno al nudo: <<¿Por qué no me mataste?>> 

Esa pregunta recorre este libro que, más que una carta dirigida al militar destinatario, aparece como una interpelación al país que venimos construyendo en blanco y negro, de buenos y malos, sin matices, sobre un campo de muertos. De cuerpos despedazados y memorias heridas. De terroristas y supuestos patriotas. O estás conmigo o estás contra mí.

 ” Podríamos empezar por el largo camino a pie de una familia desde la sierra a la ceja de selva ayacuchana que lleva el nombre del mar”.  

Podríamos empezar por el largo camino a pie de una familia desde la sierra a la ceja de selva ayacuchana que lleva el nombre del mar. La Mar. Hay un padre que a la orilla de un río lava los pies de sus hijos. Hay una madre que durante dos días sale a buscar una ternera perdida y regresa con las manos vacías. Hay un niño que sin saber todo lo que le aguarda, está registrando cada detalle. Es el autor de esta carta. Hay un hermano mayor que es su gran compañero. Afuera ha estallado una guerra, aunque en gran parte del país nadie atisbe aún a comprender su magnitud. Sus propiciadores enuncian justicia con cuchillos y dinamita. El hermano desaparece siguiendo esos ecos. El más chico también lo sigue, se hace parte de esa guerra. En ese  camino encuentra a otros chicos como él. Esos niños llevan y usan armas, y repiten proclamas, y en la noche duermen en cuevas y cuecen habas.

En medio de un asalto, un joven teniente ordena a sus soldados detener sus balas frente a ese <<terruquito>>, el único sobreviviente. ¿Quién salva a quién? En ese sengundo se libra el enclenque senderista, pero puede que  también ese teniente, Shogún. En Anatomía de un instante y en Soldados de Salamina, Javier Cercas se centra precisamente en diseccionar esos instantes en los que algunos protagonistas de la historia, de repente, saltan por encima del rumbo natural –cruel– de una contienda. Al hacerlo, protegen algo más que su dignidad o la vida del enemigo. ¿Nos salvan como humanidad?

Los jóvenes soldados eran entrenados jugando fútbol con las cabezas de los terroristas o poniéndolos a dormir con una de sus piernas o un brazo. Olvidamos los peruanos que el costo de la paz en nuestras ciudades lo pagaron otros con sus insomnios, con sus memorias heridas. Eso nunca lo cuenta la historia oficial de buenos y malos. Solo puede venir de un testimonio, de una carta, de alguien que se disecciona a sí mismo para recordar y hacerse preguntas por la posibilidad de aquel instante. Quizás Shogún sí ha estado aguardando esa carta desde siempre. Quizás es el país que somos nosotros el que la rehúye. Pero tarde o temprano, este es un mensaje ineludible.

megustaleer - Shogún - Lurgio Gavilán

EL VERTIGO HORIZONTAL. UNA CIUDAD LLAMADA MÉXICO

Ciudad de México, México DF, DF, Distrito Federal o solo México: todos estos son nombres usados para llamar a una ciudad vibrante, inacabable, multicolor y siempre resiliente a lo largo de su historia. El último libro de Juan Villoro es un peculiar tratado dedicado a la capital mexicana y un recorrido por sus calles. Estructurado audazmente como un viaje con distintas señalizaciones y paradas, esta ruta lleva como equipaje a los personajes, las ceremonias, los sobresaltos, costumbres y lugares que uno se encuentra en una de las metrópolis más complejas y ricas de América.

”En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca”. 

En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca. En los escritos de Villoro lo íntimo se cruza con lo histórico al describirnos su niñez en la colonia Insurgentes Mixcoac, su temprano internamiento en el colegio alemán, su paso como estudiante por la alejada Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa o sus primeros trabajos descubriendo la urbe a pie como periodista.    

Escribir sobre cualquier metrópoli latinoamericana nos lleva al encuentro de las imágenes que la definen y le dan un sabor propio: los placeres del mercado de Tepito, el interminable tráfico, los vendedores callejeros, las luchas con la burocracia o la arquitectura exprés. Villoro, como buen «chilango» o habitante capitalino, acepta a su ciudad tal como es, pero también profundiza en su historia, sus mitos fundacionales y la mutación de sus símbolos cotidianos. En su homenaje, los universos de la calle se combinan con el comentario político y su muy conocido humor aforístico en capítulos sobresalientes como «Si ven a Juan…», «Atlas de la memoria», «Café con los poetas», «El paseo de la abuela» o el monumental «El conscripto». Para deleitarse. Crónica deliciosa y no ficción con buen condimento.

El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México · Villoro, Juan: Anagrama,  Editorial -978-84-339-7124-1 - Libros Polifemo

EL AMIGO

La principal capa de la historia es el duelo. Una escritora neoyorquina, profesora de escritura creativa, pierde a su mejor amigo, también escritor, de edad madura. Él se ha suicidado. La suya es una amistad de toda la vida que comienza cuando la narradora lo tiene a él como maestro, mentor y amante por una noche. «Nuestra relación era de algún modo particular, no siempre comprensible para los demás». Eran otras épocas: el ejercicio de la docencia se mezclaba con el de la seducción.

Poco antes de morir, el suicida deja de dar clase. Un grupo de alumnas se ha quejado de él. Su masculinidad es de otro tiempo, ahora inaceptable. Pero vayamos a lo importante. Una vez muerto, la narradora es convocada por la tercera esposa de su amigo a una reunión; el asunto es pedirle que, por favor, se quede con el perro. Un gran danés arlequín, ya viejo, recogido de la calle. A la Esposa Tres no le gustan los perros. Ella acepta: «Tener aquí a tu perro es tener una parte de ti». Si lo que deseamos es ubicar un conflicto, es este: la protagonista vive en un departamento muy pequeño de Manhattan donde están prohibidas las mascotas.

El primer y más evidente logro de El Amigo es el encuentro de estos dos personajes, solitarios y tristes, que han perdido al hombre más importante de sus vidas. El segundo logro es cómo lo hace”.

El primer y más evidente logro de El Amigo es el encuentro de estos dos personajes, solitarios y tristes, que han perdido al hombre más importante de sus vidas. El segundo logro es cómo lo hace. El tono confesional, la elección de la segunda persona y cómo la sostiene, es notable. El tercer logro es todo lo que se dice y todo lo que no se dice. Cómo ha afectado el cambio generacional a la literatura, el dominio de lo políticamente correcto y la frivolidad de los nuevos aspirantes a escritores, interesados únicamente en los libros que hablan de ellos mismos. Dice Nunez, en realidad lo que quieren no es leer sino ser leídos. No es gratuito que, hacia el final de la novela, Apollo, el gran danés, encuentre sosiego en las lecturas en voz alta de su nueva compañera. Lo que hay, en el fondo, es un profundo y genuino amor por la literatura. Un réquiem. Dos personajes en duelo por algo que se va.

El amigo

EL FUTURO ES UNA MÁQUINA QUE NUNCA SE APAGA

El futuro es una máquina que nunca se apaga es la primera novela de Erick Benites, quien ya había incursionado en la ficción con Caja Negra, un muy interesante libro de relatos de aprendizaje que también podría clasificarse como una novela fragmentada. La prosa de Benites se caracteriza por ser concreta y transparente, un estilo que conversa de manera natural con el universo de su autor: la familia, la Lima de los noventa y una generación que creció frente a la pantalla de un televisor.

”En El futuro es una máquina que nunca se apaga se nos presenta a un narrador atormentado en búsqueda de la verdad”. 
  

En El futuro es una máquina que nunca se apaga se nos presenta a un narrador atormentado en búsqueda de la verdad. Un joven decidido a comprender qué o quién mató a su primo Mauricio (una suerte de antihéroe juvenil), a la par que descubre su propia herida mientras los conflictos del Perú de los ochenta y noventa hacen de telón de fondo. Uno de los grandes méritos de la novela es que a partir de capítulos cortos y episódicos, Benites logra una novela policial de atmósfera asfixiante y enrarecida sin perder de vista la complejidad y fragilidad emotiva de sus personajes. Tal es el caso de la relación entre el narrador y su abuelo, que luego de la muerte del padre asume este rol; o la relación entre en el narrador y Javier, un amigo de la infancia que lo persuade para realizar actos macabros como torturar a Nadir, el hijo de la empleada y que pronto se vuelve parte de un experimento más ambicioso. Benites acierta también al construir una ficción donde los referentes pop que acompañan el relato también lo alimentan. La música de Half Japanese y Nirvana como sinónimo de paranoia y desamparo. La televisión y el sueño imperturbable de clonazepam como un lugar para darle la espalda al mundo y por fin descansar.

El futuro es una máquina que nunca se apaga -

RESINA

Cuentos. Hay narradores que se desempeñan con maestría en un solo registro y a partir de ahí elaboran una voz reconocible. Otros, en cambio, despliegan diversos registros y su manera de imprimir una voz subyace en las pulsiones de las temáticas elegidas. Resina, libro de cuentos de Richard Parra, se ubica dentro del segundo grupo.

”En estos diez cuentos reunidos, Parra varía constantemente su elección de registros narrativos, en una estela que atraviesa clases sociales, géneros, ciudades, regiones y países”. 
  

En estos diez cuentos reunidos, Parra varía constantemente su elección de registros narrativos, en una estela que atraviesa clases sociales, géneros, ciudades, regiones y países. Va desde las voces de los barrios lúmpenes de Lima (en la línea de Lima, hora cero de Enrique Congrains, pero con el humo de la pasta y la lujuria de sus personajes), pasa por los tonos de la clase media, deriva en el contraste de los términos de las crónicas coloniales que se funden con destellos de imaginación, y juega con las mezclas entre el inglés y el español neoyorquino (también en el uso de epígrafes en inglés a lo largo de todo el libro). Si bien las temáticas que Parra enfrenta en sus relatos son variadas, pueden distinguirse intereses que resuenan como eco de fondo a lo largo de todo el libro: la omnipresencia de una sexualidad masculina que se impone sobre la femenina, las drogas y el alcoholismo como una forma de vida entre la sobrevivencia y la pobreza, algunas reflexiones sobre el trabajo de la escritura y el lugar del escritor en las formas que toma la vida literaria. Sobre esta temática en particular, cuentos como “Royal Burger” o “Resina” ponen en evidencia el malestar de quien escribe o cuyos méritos no son reconocidos.

 «Soñé que nos desangrábamos en el arenal, que los gallinazos nos circundaban ávidos. Pero Calandria, piadosa, se levantó y nos sanó con sus tersas manos. Nos volvió a pegar, esta vez por la cabeza. Tú eras hembra, perro, y yo, varón. ¿O tal vez era al revés? Apenas recuerdo. ¿Pesadilla o delirio, Asdrúbal? ¿Deslumbramiento o fantasma? Borrosa quimera. Yo qué sé.», dice uno de los personajes del cuento “Calandria”.

Resina - Richard Parra | Planeta de Libros

MONA

Novela. Una convención de escritores en el fin del mundo se convierte en un feroz  campo de batalla en el que sus colosales egos se ven confrontados en una competencia donde el de egos confrontados . El desprecio por las ideas del contrincante se convierte en se transforma en el arma más nociva e implacable. Aplastar al que discrepa se vuelve la consigna en una lucha donde.  El capital y la valía de cada escritor son otorgados en función del <<exotismo>> de su procedencia, lengua o color. atractivo y prestigio erigidos a partir de una diversidad determinada por quienes ejercen el poder en el ecosistema académico-literario en el que la joven narradora peruana, Mona, se ve inmersa, partícipe de múltiples paradojas En medio de este ecosistema académico-literario, Mona, una joven narradora peruana, es partícipe de múltiples paradojas del gato de Schrödinger que la llevan  a reflexionar sobre. Lo que es <<correcto>> decir y no decir; la postura de moda a la que debería inclinarse,  la cual debe fingir adhesión; la dependencia tecnológica capaz de permitirse y el sutil equilibrio entre  pudor e inhibición necesarios para ligar con alguien. Todo ello la lleva  a evasiones de la realidad,  ya sea consumiendo drogas o mediante pesadillas que la atormentan y generan dudas sobre qué es en verdad imaginario. Una serie de dudas que acaban en formas de evasión de la realidad: sea por drogas o a través de pesadillas que atormentan al personaje y confunden el límite entre lo real y lo imaginario. Pero Mona no es la única. ¿Acaso no son los  festivales, psicodélicos  literarios una psicodelia a mayor escala?

 “Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades literarias y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas.”  

Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades literarias y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas. Un viejo fantasma puritano que, revivido con los rezagos de ideologías otrora consideradas como revolucionarias, sirve como mecanismo de dominación mental y corpóreo, inhibiendo la expresión artística.  Es así que el apetito sexual y su consumación se vuelven gestos de resistencia frente a los distintos niveles de represión social de la actualidad, desde el plano más íntimo que supone el control sobre los cuerpos y la atracción entre estos, hasta el de la planificación genética, temerosa de las olas migratorias capaces de recodificar las estructuras socioculturales del Primer Mundo. La libertad creativa, en sus múltiples manifestaciones, es puesta en cuestionamiento en una magnífica novela en la que  civilización y barbarie se dan cita con un lenguaje que alterna, de buena manera, inteligencia y lujuria. ¿The world is yours?

Mona -

LINCOLN EN EL BARDO

Independientemente del amor por la literatura, podría decirse que existe el amor por un determinado autor, que fluye a la par del primero y, en algunos casos, prolonga su trayecto en solitario, con una providencial ceguera semejante a la de Tiresias. No en vano las casa editoriales explotan esta debilidad de los lectores, sacando a la luz versiones deslucidas de nuestro objeto del deseo, las mismas que, en lugar de defraudarnos, avivan las llamas del amor. No en vano recorremos ávidamente las páginas de Nietochka Nezvánova o de La alquería de Stepanchikovo (dos novelas excepcionales, por cierto, aunque escasamente atendidas) cuando ya hemos concluido la lectura de los ciclos más célebres de Dostoyevski y nos damos en las narices con una suerte de síndrome de abstinencia. Esto podría explicar, también, que uno decida leer el libro de cuentos de un poeta, el poema en prosa de una dramaturga o la tira cómica de un ensayista.

Es probable que Saunders, al pasar del cuento a la novela, haya dado un paso natural y esperado hace mucho, pero cabe la posibilidad de que sus lectores más entregados acusaran el golpe, acostumbrados como estaban a los hallazgos formales que el autor había revelado en sus relatos breves. Y no fueron pocos estos hallazgos. Por ejemplo, en una de sus historias, la madre del protagonista se ha impuesto no volver a usar palabrotas; así, cada vez que va a pronunciar una la intercambia por algo que se parece a los pitidos usados en la televisión para regular el lenguaje ofensivo (fuck por beep, fuck you por beep you, fucker por beeper); de esta forma, sobrepasando incluso la verosimilitud, nos da la sensación de que es el propio autor quien está abusando de su poder para censurar el vocabulario dentro de su ficción. Otro de sus héroes, empleado en un parque de temática medieval, es obligado por su patrón a tomar una droga que arcaíza su forma de hablar, y así tenemos que el discurso en primera persona del narrador-personaje va virando, en una placentera curva involutiva, de un inglés urbano, que podría encontrarse en cualquier diálogo de The Wire, hacia un perfecto anglosajón (en la traducción española parece que estuviésemos escuchando hablar a un caballero andante de atildada retórica). Alguien como Saunders, cuya eficacia literaria ha topado ya con aquello que podría llamarse literatura, a secas, no tenía que probarnos su valor embarcándose en la penosa labor de la novela. Carver, por citar otro caso de cuentista célebre y esporádico, nunca la requirió, por no hablar de Borges o Chejov. “No es la gran cosa”, declaraba Saunders en algunas entrevistas con relación a su novela entonces inédita, “No esperen que sea La guerra y la paz”. Pues bien, Lincoln en el Bardo es esa novela. He aquí algunos apuntes al vuelo.

El argumento es sencillo. El hijo de Abraham Lincoln, Willie (el Lincoln al que se alude en el título) muere de fiebre tifoidea en la Casa Blanca, poco después de una recepción que dan sus padres en medio del fragor de la guerra civil. Su espíritu, confundido aún por el tremendo cambio, yace en el mausoleo donde es colocado su cuerpo. En este lugar sombrío y húmedo, que el lector puede suponer fácilmente como un decorado gótico, Willie se encontrará con toda suerte de espectros que se niegan a atravesar el umbral que los conduce a una, en apariencia, odiosa eternidad. El afán que tiene cada uno de estos personajes muertos por contar su historia, lamentable o tragicómica, en el mejor de los casos, sirve de excusa para elaborar una puesta en escena en la que desfilan voluntades, miedos, deseos de venganza, pasiones y todo tipo de asuntos que, presumiblemente, son los que motivan a prolongar su estancia en el mundo. Esta premisa recuerda poderosamente a la estrategia narrativa de Antología de Spoon River, célebre libro del poeta norteamericano Edgar Lee Masters, en el que un catálogo interminable de muertos (unos ilustres, otros desconocidos) elabora con sus testimonios un fresco de la sociedad americana, su esplendor y su miseria.

En la novela de Saunders cada voz tiene, a su turno, la oportunidad de explayarse sobre lo que fue su vida, con la diferencia de que la dinámica es distinta que en el libro de Lee Masters, ya que les está permitido interactuar entre ellos, produciéndose, en varios momentos, no pocas rencillas. Saunders, aquí, ha propuesto una forma que emparenta la narración con una obra de teatro donde los actores ingresan a trompicones a las tablas, decididos a hacerse con el papel protagónico, algo arriesgado, aunque predecible por parte de sus lectores, de seguro ya acostumbrados a estos riesgos narrativos. Los personajes principales, además de Willie Lincoln, son Hans Vollman, un hombre de avanzada edad que encontró la muerte al caérsele encima una viga, poco antes de consumar el primer encuentro sexual con su segunda y joven esposa, y Roger Beavins III, un joven homosexual que se ha suicidado cortándose las muñecas y desangrándose en una jofaina luego de ser rechazado por su amante y por la sociedad. La novela transcurre entre la visita de Abraham Lincoln al mausoleo para abrazar unas cuantas veces más el cuerpo de su hijo, el descubrimiento por parte de los personajes muertos de su realidad, y la desaparición de los mismos, una vez que son conscientes de que su tiempo en el mundo ha concluido. En ello se va la novela.

“Es, no obstante, la pericia de Saunders la que potencia su obra.”

Contada así, como de oídas, la narración carece de interés. Es, no obstante, la pericia de Saunders la que potencia su obra. Si bien la parte de los diálogos es medular, también se insertan capítulos que consisten en fragmentos de libros, algunos auténticos y otros inventados, ya sea de servidores, allegados o meros contemporáneos del presidente Lincoln, los cuales dotan a la narración de un aura verosímil, hiperrealista, abrumadora. Las descripciones usuales en las novelas, estandarizadas por el punto de vista único del narrador, nos privan de la perspectiva ampliada de un punto de vista coral y, entre comillas, verificable. De esta forma podemos tener la información precisa de cómo se dieron los hechos de primera fuente; así sabemos, por ejemplo, que en la recepción que ofrecieron los Lincoln previa a la muerte de Willie se sirvió “faisán tierno, gordas perdices, filetes de venado y jamones de Virginia” y que “había colmenas, con sus abejas a tamaño real, rellenas de pastel de natillas”, o que al momento de embalsamar el cuerpo inerte del pobre Willie “se usó el método de Sagnet de París”, que este Sagnet “había sido pionero en el uso de cloruro de zinc” y que “se desnudó al chico y se le practicó una escisión en el muslo izquierdo” para inyectarle el cloruro de zinc con una bombilla metálica, algo que podría haberse inventado fácilmente, pero que la novela nos concede como un hecho garantizado por la fuente de la que proviene tal información. Y no solo se limita a coincidir en todo lo que expone, sino que dentro de los mismos fragmentos de los testigos hay, incluso, desacuerdos, interpretaciones varias ya no de un hecho que podría entrañar subjetividades, sino de algo tan diáfano como la presencia o la ausencia de la luna en el cielo la noche de la recepción o las peculiaridades fisionómicas de Abraham Lincoln (algo ya presente en narraciones renombradas, como Rashomon de Akutagawa o los mismos evangelios, aunque en Saunders el logro es la forma):

Tenía unos ojos de color gris oscuro, luminosos y muy expresivos, que cambiaban al compás de su estado de ánimo.

La vida de Abraham Lincoln,
de Isaac N. Arnold

Tenía los ojos de color castaño azulado.

Los informantes de Herndon,
edición de Douglas L Wilson y Rodney O. Davis,
testimonio de Robert Wilson

Tenía el pelo de color castaño oscuro, sin tendencia alguna de calvicie.

La verdadera historia de Mary, la esposa de Lincoln,
de Katherine Helm, testimonio del senador James Harlan.

Tenía el pelo negro, todavía impoluto de blanco.

Sobre la guerra y aledaños, de Nathaniel Hawthorne.

Sin duda, más allá de los artificios, las mejores partes de la novela tienen que ver con la relación entre padre e hijo. Fuera de la novela, el presidente Lincoln es una de las imágenes más veneradas y famosas de su país, quizá tanto o más que Elvis, pero dentro de la novela es un ser frágil, doblemente flagelado por la pérdida de su hijo y por una guerra entre conciudadanos. A la grandeza de su imagen, Saunders parece encajarle un pesar del mismo calibre, tal que propicia en él casi una pérdida de la sensatez y de los protocolos mortuorios (“ahora el desaliñado caballero no dejaba en paz el cuerpecillo; le atusaba el pelo, lo acariciaba y le recolocaba las pálidas manos de muñeco”). Es como cuando al atributo del infinito amor de Dios se le yuxtapone el atributo del rencor infinito para con los que desobedecen sus mandatos. No se explica de otra manera que el presidente Lincoln no pueda llevar su duelo a la altura de su investidura, a pesar de que el siglo XIX era una época en que la muerte se respiraba en el aire y era una presencia cierta, tangible, como habrían sido los dioses para los antiguos griegos. La pérdida de un hijo, si bien es un hecho tremendo, entonces debía ser algo asumido de antemano como una posibilidad muy grande y que finalizaba, quizá, luego de haberse realizado algunas fotografías post mortem y haber depositado el cadáver en su lecho final, pero es cierto, además, que en el ámbito de la ficción estos eventos significativos emocionalmente tienden a magnificarse en los temperamentos fuertes, como se aprecia en el duelo de Rhett Butler tras la muerte de su hija en Lo que el viento se llevó. Este patetismo es descripto por Saunders con gran belleza, por boca de vollman y beavins, casi siempre encadenando un relato que cada quien ayuda a rematar cuando el otro se ha quedado sin palabras para nombrar lo que sucede ante ellos; el lenguaje con que el autor construye estas escenas no es solemne, eventualmente cualquier oscilación pasional en los narradores parece haberse ido desgastando debido a su próxima e inexorable desaparición, a la pérdida de las emociones, quizá el único indicador de la vida. Algo más difícil de notar es que las escenas donde Lincoln se lamenta en el mausoleo, rodeado por la marabunta de espectros admirados por tan ilustre visitante, transcurren en el más absorbente silencio: Lincoln está solo, arrasado por la penumbra, todo el pandemónium que lo rodea, como un callado torbellino, podrían ser las voces superpuestas a un estado de febril tormento que buscan perderlo, pero debe rehuirles. Otro tanto ocurre cuando Willie Lincoln se da cuenta de la verdad. “Muertos, dijo el chico. Estamos todos muertos”. En este instante todo parece volver a su cauce. El hijo está perdido, pero aún queda ese hijo, más demandante y trascendente, del cual el presidente es también padre: su país.

“Sin duda, más allá de los artificios, las mejores partes de la novela tienen que ver con la relación entre padre e hijo”.

Si bien Saunders suele recrear, en sus relatos, distopías que hieren al lector por lo indistinguible de la realidad actual, en esta novela también se nos presenta otro evento distópico, quizá el más viable, el del futuro ineludible de la muerte. En Lincoln en el Bardo el lector que ama la escritura de Saunders encontrará la impronta formal de sus anteriores entregas, la ironía en el abordaje del tema, el inventivo desparpajo en el lenguaje (por cierto, la traducción española corre a cargo de Javier Calvo, a quien ya conocemos por sus versiones de Foster Wallace o DeLillo); los lectores poco familiarizados con su estética hallarán, en cambio, una historia conmovedora y deliciosamente puesta en movimiento. Ambos hallazgos, en última instancia, enaltecen la obra de Saunders.

JAMAS EN LA VIDA

Cuentos. En el libro Clases de literatura, Julio Cortázar compara el cuento con la noción de la esfera: le parece «la forma geométrica más perfecta en el sentido de que está totalmente cerrada en sí misma» pues todos los puntos de su superficie son infinitos y equidistantes del invisible punto central; y agrega: «esa maravilla de perfección que es la esfera como figura geométrica es una imagen que me viene también cuando pienso en un cuento que me parece perfectamente logrado».

En la nueva colección de relatos de Fernando Ampuero encontramos dicha figura geométrica, porque cada uno de los ingredientes de la prosa del autor de Caramelo verde convergen hacia ese punto central invisible: el urbanismo limeño, la savia femenina, los conflictos amorosos, los pasatiempos occidentales, temas realistas, psicológicos, los tiempos de vida. Aunque la mayoría guarde un «orden cerrado», hay un silencio, un final que abre otros, nuevos espacios pero con el mismo orden. 

 “Ampuero no cae en la densidad de las digresiones, en estudios de sus propios personajes o demonios; por el contrario: los expone tal cual, sin atavismos ni maquillajes, con la elasticidad propia del género”.   

Ampuero no cae en la densidad de las digresiones, en estudios de sus propios personajes o demonios; por el contrario: los expone tal cual, sin atavismos ni maquillajes, con la elasticidad propia del género. Así podemos encontrar en relatos como Eclipse sin fin, Una entusiasta, Jamás en la vida, la difícil comprensión de la vida conyugal, la incomunicación que algunas veces expone el peligro, nos lleva al abismo, y las contingencias emocionales. Pero también en relatos como La rabia intacta, Un joven marciano, Noche de carnaval, tenemos observaciones, situaciones marcadas en el tiempo hechos que persisten en la memoria como anécdotas, recursos orales, que el narrador encuentra preciso contar sin escamoteos, pero sí con lenguaje lúdico. El oficio literario y periodístico es otra vertiente imprescindible en los relatos de Ampuero —Poeta y contrabandista, Manicomio— que transita por el camino de su anterior novela corta Lobos solitarios. «Lo difícil de narrar un cuento es decidir cómo empieza», nos dice el narrador mientras va pensando y ensaya una serie de «intentos» por contarnos una historia.

EL MONJE DE MOKA

Biografía. Este es un libro de no ficción escrito bajo los parámetros de una novela. Se puede decir también que es una biografía novelada porque cuenta la vida de Mokhtar Alkhanshali, un joven norteamericano de origen yemení de veinticuatro años que decide convertirse en un emprendedor que importa y comercializa café proveniente de Yemen, país de medio oriente que se encuentra en una guerra civil. Se trata del mismo país donde están sus raíces familiares y donde se puede hallar uno de los mejores cafés del mundo. Por estas razones también se le puede catalogar a este libro como un relato de superación, de crónica bélica y de historia del negocio cafetero.

 “Aunque tiene un rasgo que lo diferencia de los demás: Mokhtar siempre tiene la inquietud de ir en contra de la adversidad “.   

Todo empieza cuando el joven Mokhtar aprende a sobrevivir en el barrio de Tenderloin en San Francisco. Él vive en un pequeño apartamento con sus padres y sus seis hermanos, con los que comparte una sola habitación. Su educación es como la de cualquier pobre norteamericano hijo de inmigrantes. Aunque tiene un rasgo que lo diferencia de los demás: Mokhtar siempre tiene la inquietud de ir en contra de la adversidad. Lo demuestra cuando roba los libros que le gusta leer, cuando consigue su primer empleo en una tienda Banana Republic o cuando se convierte en portero de un edificio de un importante centro empresarial. Allí mismo tendrá su primera experiencia con el café donde surgirá la idea de crear una empresa con análisis FODA, visión, misión y valores. Parte del gran riesgo de este propósito esta empresa será viajar a Saná, capital de Yemen, para negociar con los caficultores y establecer los contactos de envío desde el puerto de Moka.

A través de sus recorridos, En medio de estos viajes, será testigo de los prejuicios contra los musulmanes después del 11S, muy especialmente en los aeropuertos y embajadas. Las diferencias culturales y los conflictos políticos y raciales marcarán una odisea que pondrá su vida en riesgo, convirtiendo su historia en una narración trepidante tan igual como lo ha hecho el mismo Dave Eggers en su aclamada y premiada Qué es el qué.

EL COLGAJO

«Nada de lo que es, es». Philippe Lançon, colaborador del semanario Charlie Hebdo, apunta esta cita en su cuaderno cuando asiste al estreno de Noche de Reyes.Es la víspera del atentado de los hermanos Saïd and Chérif Kouachi. Ninguna señal presagia que, por la mañana del 7 de enero de 2015, los terroristas irrumpirán en la reunión editorial, vociferando «Allahu Akbar»y descargando sus rifles de asalto. Cuando Lançon despierta en una cama de hospital, con la mandíbula destrozada por el impacto de una bala, lee y relee la obra de Shakespeare en busca de la frase. Pero no la encuentra. No existe. «Era como una de esas frases que tan claras son en un sueño y que el despertar borra», escribe. Desde entonces, se convierte en el mantra que lo acompaña en un padecimiento feroz, sometiéndose a una veintena de cirugías para la reconstrucción de su rostro y buscando adaptarse a una vida donde ha desaparecido lo ordinario.

“Lançon afronta su condición con el estoicismo que revela su prosa apaciguada, a ratos nostálgica”.


Pocos libros de memorias son tan inquietantes como El colgajo. Lançon afronta su condición con el estoicismo que revela su prosa apaciguada, a ratos nostálgica. No emite juicio sobre sus verdugos, rara vez menciona la violencia del islam, aunque un manto ominoso envuelva el relato. Lançon medita acerca de los caprichos de su destino, cada circunstancia que lo condujo a la reunión fatídica. La decisión de visitar primero la oficina de Charlie, y no su otro trabajo en Libération. El encuentro prolongado por un debate sobre Sumisión de Michel Houellebecq, lanzado ese mismo día. El libro de jazz que se queda comentando con el dibujante Cabu antes de despedirse. A la distancia, calcula cada minuto que conspiró para que no escapase del baño de sangre donde doce de sus colegas perdieron la vida.   

   A pesar de la deformidad que le recuerda el espejo, de planes desbaratados como el reencuentro con su novia en Nueva York, Lançon no deja de aferrarse al humor y la energía vital. En el quirófano encuentra una lección de anatomía, nutrida por las conversaciones con su cirujana. En la vida de sanatorio consigue el lugar para escribir y volver a Proust o Thomas Mann. Desde ahí atestigua con incredulidad cómo un semanario satírico al borde de la inanición se convierte en la bandera de la libertad. El testimonio de quien elige no sucumbir a la desgracia que le fue impuesta.

El colgajo