INSECTOS, POETAS, NARRADORES

De todos los insectos que pueblan la literatura, hay uno con luz propia que, por brillante y noctámbulo, fascina a los poetas: la luciérnaga. A diferencia de las estrellas, pueden tenerlas en la mano y verlas titilar; o, mejor aún, pueden contemplarlas en los bosques cuando se extienden como un manto de luminarias. Tal vez solo la mariposa y la «inefable libélula» los embelesen al mismo nivel que la luciérnaga.

Pero esto, en efecto, es cosa de poetas. Son otros los insectos de interés para los narradores, a juzgar por algunos de sus célebres cuentos y novelas donde campean las moscas y las cucarachas, por citar a dos bichos que ahora vienen a mi memoria. Estos insectos, de por sí desagradables, repugnan además por su carga simbólica asociada a las miserias de la condición humana. En su novela Memorias del subsuelo (1864), Dostoievski ilustra así el oprobio de la baja autoestima: «Declaro solemnemente que muchas veces he deseado convertirme en un insecto, pero ni siquiera he sido digno de eso». ¿Quién nos habla ahí? Un hombre solitario, que se declara enfermo y malvado; un sujeto sin nombre, pero que tiene voz y monologa en un agujero (hábitat regular de los insectos); un pobre diablo que nos endilga un rabioso testimonio nihilista y cuya enfermedad es la propia conciencia de sí mismo (su frenética lucidez para reconocerse como un bicho); un hombre atormentado, en fin, que se queja y despotrica del mundo.  ¿Y con qué insecto se compara?  Con una mosca. «(Soy) más inteligente, más culto y más noble que nadie, pero una mosca al fin y al cabo». Y poco después, en un intento por contrarrestar su soledad, decide un día buscar a sus compañeros de escuela y ratifica su sentir: «Ninguno de ellos prestó atención a mi llegada, cosa verdaderamente extraña, ya que no nos habíamos visto desde hacía años. Me consideraban, evidentemente, como un ser insignificante, como una mosca. Ni siquiera en la escuela me trataban así, a pesar de que allí me detestaban. Comprendí que debían de despreciarme por haber fracasado en mi carrera, y también por mi aspecto miserable, por mis viejas ropas, que eran, a sus ojos, la prueba evidente de mi incapacidad y de mi desdichada situación».

También en esa línea, ya se sabe, se encuentra Franz Kafka, lector aprovechado del novelista ruso, aunque él dará un paso adelante. En su desconcertante relato, La metamorfosis (1915) —cuya traducción correcta, según Borges, debería haber sido «la transformación»—, Gregorio Samsa despierta una mañana y en el acto descubre que ya no es el mismo individuo de siempre. No ha despertado de una pesadilla, sino en una pesadilla. La estrategia narrativa de Kafka, a criterio del novelista John Updike, parte de una breve premisa fantástica, expuesta en la primera frase del relato, donde el autor informa que Samsa despierta transformado en un monstruoso insecto, y luego, dado que se trata de un bicho que continúa pensando como ser humano, prosigue con un largo desarrollo realista donde el protagonista se esfuerza inútilmente por cumplir sus rutinas laborales y familiares. (Es decir, estamos ante otra metáfora que expresa la nulidad del individuo en razón de su insignificancia e incapacidad para alcanzar logros). 

Claro que no fueron estos los primeros bichos en la literatura. Ya el poeta Ovidio, en La metamorfosis, Libro VI (Año 8 D.C.), recreó el mito griego de Aracne, joven distinguida en el arte de tejer y bordar. Alentada por los agasajos de sus admiradores, Aracne afirmó poseer una destreza superior a Palas, diosa de la sabiduría y la artesanía, a quien desafió a medir sus virtudes de igual a igual en un certamen. Palas tejió un tapiz inspirada en su victoria sobre Poseidón; y Aracne, no sin perfidia, tejió un telar que representaba las infidelidades de los dioses. Furibunda por la envidia y la irreverencia de una mortal, la diosa destruyó ambos tapices e incluso golpeó a su rival en la cabeza. Sabiéndose perdida, Aracne cogió entonces una soga y se ahorcó. Algunos exégetas de Ovidio opinan que la diosa se apiadó de la joven y, tras verter sobre la soga el jugo de una hierba (Hécate), convirtió en hilo la soga y en araña a la envanecida Aracne. ¿Se apiadó la diosa? A mí me parece más bien una feroz venganza. Impidió que Aracne muera, es cierto, aunque la condenó a un nefasto destino. «Vive, sí, pero cuelga, malvada», le dijo. ¡A tejer telarañas por una eternidad! (Indudablemente la zoología clasifica a las arañas entre los arácnidos, no como insectos, pero esto da igual. Mucha  gente confunde a unos y otros debido a las semejanzas de su estructura corporal).  

“Y es por ello que, con inolvidable sentido del horror y del suspenso, el mexicano Juan José Arreola nos hizo sentir el deambular silencioso y amenazante de una araña negra que puede medir hasta diez centímetros y cuya picadura es letal; el nombre de esa araña dio título a su cuento, «La migala» (1952)”.

Las arañas, en todo caso, no siempre cuelgan. También caminan por el suelo o las paredes, especialmente de noche. Y es por ello que, con inolvidable sentido del horror y del suspenso, el mexicano Juan José Arreola nos hizo sentir el deambular silencioso y amenazante de una araña negra que puede medir hasta diez centímetros y cuya picadura es letal; el nombre de esa araña dio título a su cuento, «La migala» (1952). Ahí se configura, al igual que en la novela de Dostoievski, otro personaje anónimo como  narrador. Este nos dice que una peligrosa migala se halla en su casa. Se le ha escapado de la caja donde la tenía, pero no hace esfuerzos por capturarla. Es un hombre que ya no le encuentra sabor a la vida: sufre penas de amor. Y en adelante, en sus noches insomnes —no puede dormir porque sabe que la araña ronda por su dormitorio a oscuras—, libra una batalla con su miedo y su inercia suicida, dejando al azar su supervivencia. El narrador da vueltas a la idea de matarse ante el abandono de Beatriz, su novia, con la actitud obsesiva de los hombres que ya no tienen nada que perder. 

El sujeto tiene rota la columna vertebral, por lo que no vemos acción o movimiento alguno, pero al menos Quiroga recurre a mostrarnos el agitado pensamiento del moribundo (para lo cual cambia de persona gramatical: pasa de la tercera persona a la primera), donde sí ocurren cosas. En verdad, ocurre una alucinación”.

Siguiendo con otros autores de América Latina, habría que añadir asimismo al uruguayo Horacio Quiroga que nos entregó «Las moscas» (1935), relato de sorprendente éxito entre los lectores de su época. En mi opinión, un texto extraño: narra una historia sobre la agonía de un hombre que se encuentra en medio de la jungla, recostado en un tronco. El sujeto tiene rota la columna vertebral, por lo que no vemos acción o movimiento alguno, pero al menos Quiroga recurre a mostrarnos el agitado pensamiento del moribundo (para lo cual cambia de persona gramatical: pasa de la tercera persona a la primera), donde sí ocurren cosas. En verdad, ocurre una alucinación. El moribundo piensa que está en un hospital citadino con médicos que lo visitan y manifiestan crueles teorías sobre las moscas que se le aproximan, señal de que morirá pronto.

He citado Las moscas por un motivo que justifica su memoria. Al parecer, Julio Cortázar, lector de Quiroga, se inspiró en este relato para escribir su excelente cuento «La noche boca arriba» (1956). Aquí, del mismo modo, vemos a un moribundo. En un primer momento, parece ser un motociclista accidentado (esto es lo que el autor nos hace creer) al que internan de emergencia en un hospital y trasladan al quirófano. La historia avanza con el fluir de la conciencia del accidentado que, tras ser atado a la mesa de operaciones y quedar dormido, recuerda un vívido sueño en el que, en vez de ser un motociclista (o un «motero», según dicen hoy), es un guerrero moteca atrapado en la jungla por una tribu enemiga. El sueño va y viene en paralelo, pues el accidentado es sedado y despierta varias veces. Hacia el final sabemos que en realidad el protagonista de la historia es el moteca, quien peleaba en la guerra florida contra los aztecas, y por tal razón yace en un lecho de piedra  (no en la mesa del quirófano) donde será sacrificado a los dioses. ¿Y dónde figura el insecto en este cuento? En el sueño del guerrero, un sueño de ciencia ficción en toda la regla, ya que este acontece en un mundo futuro.

En las últimas frases del cuento, Cortázar escribe: «… el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas». 


Fernando Ampuero (Lima, 1949). Escritor, dramaturgo y periodista. Es autor de los libros de cuentos Bicho Raro (1996), Íntimos y salvajes (2017), Lobos solitarios y otros cuentos (2018), Jamás en la vida (2019) entre otros. Entre sus novelas destacan Puta linda (2006), El peruano imperfecto (2011) y Sucedió entre dos párpados (2015). En el 2018, ganó el Premio FIL Lima de literatura.

EL VERTIGO HORIZONTAL. UNA CIUDAD LLAMADA MÉXICO

Ciudad de México, México DF, DF, Distrito Federal o solo México: todos estos son nombres usados para llamar a una ciudad vibrante, inacabable, multicolor y siempre resiliente a lo largo de su historia. El último libro de Juan Villoro es un peculiar tratado dedicado a la capital mexicana y un recorrido por sus calles. Estructurado audazmente como un viaje con distintas señalizaciones y paradas, esta ruta lleva como equipaje a los personajes, las ceremonias, los sobresaltos, costumbres y lugares que uno se encuentra en una de las metrópolis más complejas y ricas de América.

”En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca”. 

En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca. En los escritos de Villoro lo íntimo se cruza con lo histórico al describirnos su niñez en la colonia Insurgentes Mixcoac, su temprano internamiento en el colegio alemán, su paso como estudiante por la alejada Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa o sus primeros trabajos descubriendo la urbe a pie como periodista.    

Escribir sobre cualquier metrópoli latinoamericana nos lleva al encuentro de las imágenes que la definen y le dan un sabor propio: los placeres del mercado de Tepito, el interminable tráfico, los vendedores callejeros, las luchas con la burocracia o la arquitectura exprés. Villoro, como buen «chilango» o habitante capitalino, acepta a su ciudad tal como es, pero también profundiza en su historia, sus mitos fundacionales y la mutación de sus símbolos cotidianos. En su homenaje, los universos de la calle se combinan con el comentario político y su muy conocido humor aforístico en capítulos sobresalientes como «Si ven a Juan…», «Atlas de la memoria», «Café con los poetas», «El paseo de la abuela» o el monumental «El conscripto». Para deleitarse. Crónica deliciosa y no ficción con buen condimento.

El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México · Villoro, Juan: Anagrama,  Editorial -978-84-339-7124-1 - Libros Polifemo

EL AMIGO

La principal capa de la historia es el duelo. Una escritora neoyorquina, profesora de escritura creativa, pierde a su mejor amigo, también escritor, de edad madura. Él se ha suicidado. La suya es una amistad de toda la vida que comienza cuando la narradora lo tiene a él como maestro, mentor y amante por una noche. «Nuestra relación era de algún modo particular, no siempre comprensible para los demás». Eran otras épocas: el ejercicio de la docencia se mezclaba con el de la seducción.

Poco antes de morir, el suicida deja de dar clase. Un grupo de alumnas se ha quejado de él. Su masculinidad es de otro tiempo, ahora inaceptable. Pero vayamos a lo importante. Una vez muerto, la narradora es convocada por la tercera esposa de su amigo a una reunión; el asunto es pedirle que, por favor, se quede con el perro. Un gran danés arlequín, ya viejo, recogido de la calle. A la Esposa Tres no le gustan los perros. Ella acepta: «Tener aquí a tu perro es tener una parte de ti». Si lo que deseamos es ubicar un conflicto, es este: la protagonista vive en un departamento muy pequeño de Manhattan donde están prohibidas las mascotas.

El primer y más evidente logro de El Amigo es el encuentro de estos dos personajes, solitarios y tristes, que han perdido al hombre más importante de sus vidas. El segundo logro es cómo lo hace”.

El primer y más evidente logro de El Amigo es el encuentro de estos dos personajes, solitarios y tristes, que han perdido al hombre más importante de sus vidas. El segundo logro es cómo lo hace. El tono confesional, la elección de la segunda persona y cómo la sostiene, es notable. El tercer logro es todo lo que se dice y todo lo que no se dice. Cómo ha afectado el cambio generacional a la literatura, el dominio de lo políticamente correcto y la frivolidad de los nuevos aspirantes a escritores, interesados únicamente en los libros que hablan de ellos mismos. Dice Nunez, en realidad lo que quieren no es leer sino ser leídos. No es gratuito que, hacia el final de la novela, Apollo, el gran danés, encuentre sosiego en las lecturas en voz alta de su nueva compañera. Lo que hay, en el fondo, es un profundo y genuino amor por la literatura. Un réquiem. Dos personajes en duelo por algo que se va.

El amigo

EL FUTURO ES UNA MÁQUINA QUE NUNCA SE APAGA

El futuro es una máquina que nunca se apaga es la primera novela de Erick Benites, quien ya había incursionado en la ficción con Caja Negra, un muy interesante libro de relatos de aprendizaje que también podría clasificarse como una novela fragmentada. La prosa de Benites se caracteriza por ser concreta y transparente, un estilo que conversa de manera natural con el universo de su autor: la familia, la Lima de los noventa y una generación que creció frente a la pantalla de un televisor.

”En El futuro es una máquina que nunca se apaga se nos presenta a un narrador atormentado en búsqueda de la verdad”. 
  

En El futuro es una máquina que nunca se apaga se nos presenta a un narrador atormentado en búsqueda de la verdad. Un joven decidido a comprender qué o quién mató a su primo Mauricio (una suerte de antihéroe juvenil), a la par que descubre su propia herida mientras los conflictos del Perú de los ochenta y noventa hacen de telón de fondo. Uno de los grandes méritos de la novela es que a partir de capítulos cortos y episódicos, Benites logra una novela policial de atmósfera asfixiante y enrarecida sin perder de vista la complejidad y fragilidad emotiva de sus personajes. Tal es el caso de la relación entre el narrador y su abuelo, que luego de la muerte del padre asume este rol; o la relación entre en el narrador y Javier, un amigo de la infancia que lo persuade para realizar actos macabros como torturar a Nadir, el hijo de la empleada y que pronto se vuelve parte de un experimento más ambicioso. Benites acierta también al construir una ficción donde los referentes pop que acompañan el relato también lo alimentan. La música de Half Japanese y Nirvana como sinónimo de paranoia y desamparo. La televisión y el sueño imperturbable de clonazepam como un lugar para darle la espalda al mundo y por fin descansar.

El futuro es una máquina que nunca se apaga -

EL CASO FONSECA

Cuentos. El descubrimiento de Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) es, para cualquier lector entusiasta, un hallazgo genial. Escritor de culto, apartado de apariciones mediáticas, comenzó a publicar en los años sesenta y sigue aún hoy haciéndolo. Cuentista infatigable y también novelista —aunque muchos nos quedemos con sus cuentos— que no huye de las temáticas sociales o políticas. Ha sido celebrado por la crítica (con el Premio Premio Camões y el Juan Rulfo a cuestas) a la vez que censurado por la ley en alguna oportunidad.

Queda corto el calificativo de “escritor policiaco”, lo de Fonseca va más allá, hacia la exploración total de lo humano. Su obra no teme a ningún aspecto de nuestra realidad, por trillado o sórdido. Si bien su libertad descarnada puede espantar a muchos defensores de lo políticamente correcto, su La provocación nunca es gratuita: sirve siempre a sus indagaciones. Fonseca es un narrador contundente por exceso de lucidez, que se balancea sobre la dualidad frágil y destructiva que habita en nosotros. Ardiente y visceral a la vez que frío o exquisito, según sea el caso, es capaz de abordar todo asunto con una finura y naturalidad envidiables: lo rutinario o lo tabú de la sexualidad, la fascinación por el universo femenino, el feroz individualismo de la gran urbe, el mundo criminal, los vicios cotidianos o el mismísimo quehacer literario.  

 “Su prosa, carismática y ágil, ejerce una seducción magnética desde la primera página ”.  

Su prosa, carismática y ágil, ejerce una seducción magnética desde la primera página. A la vez rítmica y vertiginosa, reflexiva desde lo filosófico o lo psicológico sin perder la intensidad, poética incluso sin dejar de ser precisa e irónica. Tiene lugar también para la frase lapidaria: sabiduría que parte de la erudición, pero que nunca se desvincula de la experiencia vital. Su escritura, potente y subversiva, lo vuelve, a sus años, más fresco y vivaz que muchos escritores jóvenes actuales.

 “Adentrarse en sus páginas es arriesgarse a empatizar con sus personajes: criaturas amorales, poseedoras muchas veces de una ética particularmente oscura o retorcida”.  

Adentrarse en sus páginas es arriesgarse a empatizar con sus personajes: criaturas amorales, poseedoras muchas veces de una ética particularmente oscura o retorcida. Seres precipitados a ceder antes sus pulsiones más básicas; capaces de lo impensable, movidos por la soledad, el resentimiento, el amor, la mezquindad o el placer. Hombres y mujeres que, quizá por su inconfesable naturaleza, imperfecta y contradictoria, o por la ciudad febril en la habitan, donde se trenzan el lujo y la miseria, son      arrojados irremediablemente hacia las fauces de la violencia, la corrupción o la lujuria

Me parece que esta parte dice lo mismo que lo anterior, aunque con otras palabras. Ojo que le sobran poco más de treinta palabras al texto.

Este año, la editorial Tusquets terminó de publicar sus cuentos completos —hasta la fecha— en tres tomos que abarcan cincuenta años de su producción. Así podemos apreciar su obra, panorámicamente, liberándose de cierto lastre literario para, dinamizada por las técnicas del guion cinematográfico o  la franqueza de la oralidad, volverse una voz precisa y cruda: filuda o explosiva como un arma homicida. Contemplamos así su palpitante y peculiar estilo en mutación, como la efervescente vida urbana que retrata en sus relatos: ese caos en equilibro que, al igual que aquella oscuridad a la que miramos con el temor de vernos reflejados, nos devuelve la mirada. Imperdible.

Todos los cuentos de Rubem Fonseca en 3 tomos ¡Imperdible! | Aristegui  Noticias

JAMAS EN LA VIDA

Cuentos. En el libro Clases de literatura, Julio Cortázar compara el cuento con la noción de la esfera: le parece «la forma geométrica más perfecta en el sentido de que está totalmente cerrada en sí misma» pues todos los puntos de su superficie son infinitos y equidistantes del invisible punto central; y agrega: «esa maravilla de perfección que es la esfera como figura geométrica es una imagen que me viene también cuando pienso en un cuento que me parece perfectamente logrado».

En la nueva colección de relatos de Fernando Ampuero encontramos dicha figura geométrica, porque cada uno de los ingredientes de la prosa del autor de Caramelo verde convergen hacia ese punto central invisible: el urbanismo limeño, la savia femenina, los conflictos amorosos, los pasatiempos occidentales, temas realistas, psicológicos, los tiempos de vida. Aunque la mayoría guarde un «orden cerrado», hay un silencio, un final que abre otros, nuevos espacios pero con el mismo orden. 

 “Ampuero no cae en la densidad de las digresiones, en estudios de sus propios personajes o demonios; por el contrario: los expone tal cual, sin atavismos ni maquillajes, con la elasticidad propia del género”.   

Ampuero no cae en la densidad de las digresiones, en estudios de sus propios personajes o demonios; por el contrario: los expone tal cual, sin atavismos ni maquillajes, con la elasticidad propia del género. Así podemos encontrar en relatos como Eclipse sin fin, Una entusiasta, Jamás en la vida, la difícil comprensión de la vida conyugal, la incomunicación que algunas veces expone el peligro, nos lleva al abismo, y las contingencias emocionales. Pero también en relatos como La rabia intacta, Un joven marciano, Noche de carnaval, tenemos observaciones, situaciones marcadas en el tiempo hechos que persisten en la memoria como anécdotas, recursos orales, que el narrador encuentra preciso contar sin escamoteos, pero sí con lenguaje lúdico. El oficio literario y periodístico es otra vertiente imprescindible en los relatos de Ampuero —Poeta y contrabandista, Manicomio— que transita por el camino de su anterior novela corta Lobos solitarios. «Lo difícil de narrar un cuento es decidir cómo empieza», nos dice el narrador mientras va pensando y ensaya una serie de «intentos» por contarnos una historia.

EL COLGAJO

«Nada de lo que es, es». Philippe Lançon, colaborador del semanario Charlie Hebdo, apunta esta cita en su cuaderno cuando asiste al estreno de Noche de Reyes.Es la víspera del atentado de los hermanos Saïd and Chérif Kouachi. Ninguna señal presagia que, por la mañana del 7 de enero de 2015, los terroristas irrumpirán en la reunión editorial, vociferando «Allahu Akbar»y descargando sus rifles de asalto. Cuando Lançon despierta en una cama de hospital, con la mandíbula destrozada por el impacto de una bala, lee y relee la obra de Shakespeare en busca de la frase. Pero no la encuentra. No existe. «Era como una de esas frases que tan claras son en un sueño y que el despertar borra», escribe. Desde entonces, se convierte en el mantra que lo acompaña en un padecimiento feroz, sometiéndose a una veintena de cirugías para la reconstrucción de su rostro y buscando adaptarse a una vida donde ha desaparecido lo ordinario.

“Lançon afronta su condición con el estoicismo que revela su prosa apaciguada, a ratos nostálgica”.


Pocos libros de memorias son tan inquietantes como El colgajo. Lançon afronta su condición con el estoicismo que revela su prosa apaciguada, a ratos nostálgica. No emite juicio sobre sus verdugos, rara vez menciona la violencia del islam, aunque un manto ominoso envuelva el relato. Lançon medita acerca de los caprichos de su destino, cada circunstancia que lo condujo a la reunión fatídica. La decisión de visitar primero la oficina de Charlie, y no su otro trabajo en Libération. El encuentro prolongado por un debate sobre Sumisión de Michel Houellebecq, lanzado ese mismo día. El libro de jazz que se queda comentando con el dibujante Cabu antes de despedirse. A la distancia, calcula cada minuto que conspiró para que no escapase del baño de sangre donde doce de sus colegas perdieron la vida.   

   A pesar de la deformidad que le recuerda el espejo, de planes desbaratados como el reencuentro con su novia en Nueva York, Lançon no deja de aferrarse al humor y la energía vital. En el quirófano encuentra una lección de anatomía, nutrida por las conversaciones con su cirujana. En la vida de sanatorio consigue el lugar para escribir y volver a Proust o Thomas Mann. Desde ahí atestigua con incredulidad cómo un semanario satírico al borde de la inanición se convierte en la bandera de la libertad. El testimonio de quien elige no sucumbir a la desgracia que le fue impuesta.

El colgajo

Borges pop

Se ha instalado ya como un lugar común o una manía sacrosanta dentro de las tertulias y actividades librescas: hablar de literatura y citar a Borges. O, por lo menos, pensar en él o en algunas de sus frases. “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Sí, delicioso lugar común que establece cercanía entre los lectores pero que a la vez entabla una correspondencia secreta con una posible “sabiduría” venida del universo de los libros. “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. De nuevo Borges, y nadie más que él, con su figura encorvada y ciega capaz de resistir tanta muletilla y obviedad por parte del lector al conjurarlo, fomentando su grandeza que, con el paso de los años, parece haberse consolidado no tanto por su literatura, sino más bien por su imagen pop.

Circunstancia paradójica esta, pero no insólita. Son varios los casos de escritores que cuanto menos se los lee más célebres se vuelven en el imaginario popular, convirtiéndose primero en íconos y luego en indiscutibles clichés. Podríamos pensar así en David Foster Wallace y en su tan poco leída y excesivamente citada La broma infinita, o en Rimbaud o Kafka, autores cuyos rostros o frases aparecen hasta en tiradas de tacitas personalizadas (en camisetas, post de redes sociales, hoteles o cafés temáticos, copys de influencers, etcétera) y cuya obra la más de las veces se desconoce casi por completo.

Sin ninguna duda, Jorge Luis Borges pertenece a esta casta de escritores –casi siempre muertos–, los cuales no pueden faltar como materia de intercambio o esnobismo en todo lo relacionado con la cultura y las artes literarias. Es decir, Borges como absoluto arquetipo del lugar común. Es decir, Borges como elemento pop.

Carlos Fuentes en La nueva novela hispanoamericana decía acerca del lugar común: “Después de todo, el lugar común es un sitio de encuentro, una posibilidad inicial de diálogo y, como tal, posee ciertas virtudes que nuestro mundo de esferas aisladas no debe sacrificar”. Imposible sacrificar a Borges a estas alturas, pues –y permítase el cliché– Borges es la Literatura. Desde luego, este lugar común podría funcionar tranquilamente en James Joyce, en Kafka o en generaciones enteras de escritores y poetas, pero aplicándolo a Borges toma otra carga de especial significado. Y esto porque Borges tuvo algo que los otros –“sus mayores”– no gozaron: el registro audiovisual. 

A través de todo el material fotográfico y fílmico que se tiene de Borges, podemos estar muy cerca del mito, comprenderlo, asimilarlo, condescender a su universo literario por vías mucho más rápidas y seguras. De ahí que todo el mundo, a veces sin haberlo leído, sepa cómo hablaba Borges, qué autores le gustaban, cómo eran sus gestos, a quién desdeñaba, en fin, cómo era cada una de esas señas particulares que lo resumían. Alan Pauls ha dicho que los íconos alusivos de Borges –“los ojos estrábicos; las manos cruzadas sobre el puño del bastón; el pelo blanco y lacio” – son populares y ya están instalados en la memoria literaria como lugar común, y todo en él es “crecientemente masivo, condenado a terminar menos en un libro que en los suplementos culturales, la radio o la televisión”[1].   

En efecto, la era del Homo Videns ha convertido a Borges en una figura pop, en un mito accesible a todos, y, por eso mismo, en un cliché. Por paradójico que pueda parecer, el autor de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es dentro del universo literario/cultural el más popular de los escritores, incluso muchísimo más pop que los escritores llamados “populares”. Hoy ya no es posible decir “conjetura”, “conjunción” o “paradoja” sin pensar en Borges, del mismo modo que es inevitable prever plagios si se emplean sinécdoques como “la unánime noche” o “fatigar bibliotecas”.

Todas estas pequeñas promulgaciones hacen de Borges un lugar común en el imaginario literario y no necesariamente un escritor que, como diría J. M. Coetzee, renovó más que ningún otro el lenguaje de la ficción[2]. Pero quizá todo esto sea en principio culpa de Borges, pues a pesar de haber escrito condenadamente bien, es indudable que ayudó a forjar su destino pop, y no solo como figura, sino también en el plano artístico. 

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Cuando el crítico literario Javier Aparicio Maydeu escribió en 2002 un artículo sobre Historia argentina de Rodrigo Fresán, dijo algo que ahora puede parecer desconcertante: “¿Un Borges pop? Tal vez Borges y lo pop formen un oxímoron…”[3]. Bajo otro punto de vista diríase que en lugar de oxímoron, Borges y lo pop forman un absoluto pleonasmo. Esta misteriosa amalgama parece venir desde mucho antes de que Borges sea Borges, es decir, ese escritor tocado por la fama y recurrente visitante a programas televisivos. Casi como un sistema paradojal, el encuentro de Borges con lo pop se lleva a cabo cuando este precisamente no es nada popular.

Siendo un completo desconocido, Borges tiene un primer flirt con la cultura pop dentro de su propia literatura. Más allá de sus reconocidos signos vitales como escritor –la reflexión metafísica, las proezas técnicas o retóricas, la especulación, la erudición intolerable, la perfección del estilo, etcétera–, Borges es también un reivindicador de los géneros populares y utiliza sus formas no tanto ya como una expresión estética en sí misma, sino también como pura política. Alan Pauls nos vuelve a decir que Borges fue “el escritor más peleador de la literatura argentina” y convirtió “la literatura en un gran campo de batalla, los libros en armas, las palabras en golpes”. Según Walter Benjamin la política es sinónimo de oposición y bajo este precepto podría decirse que Borges tuvo gran esencia política, pues todo en su postura literaria es resistencia, contraste, provocación: Quevedo versus Góngora. Cervantes versus Quevedo. Dostoevisky versus Tolstoi. La alta literatura versus la “literatura popular”. Cita alegremente a Wells, a Chesterton, a Kipling, a Wilde, a Stevenson, solo para provocar y seguir haciendo política literaria. Agrega Alan Pauls: “La discordia y la violencia nunca ceden en Borges. El tango solo le importa en la medida que puede oponérsele a la milonga; escribe sobre Almafuerte solo para pelearse con Lugones, y se pelea con Lugones”. Oposición e irreverencia, quizá estas dos palabras podrían definir a ese primer Borges. De ahí que haya sido un defensor agresivo de los géneros populares sin proponérselo del todo; tal vez en primera instancia por oposición a la feligresía de la “alta cultura”, pero luego, quizá, por simple gusto estético.

De esta manera incursiona tempranamente en lo pop, apropiándose de sus sistemas formales solo para violentarlos dentro de su propia órbita. Hace relatos policiales –incluso inventa a Bustos Domecq, autor de cuentos detectivescos, y se burla del género–, compone milongas, explora en las ficciones sobre gauchos y guapos cuchilleros, escribe cuentos fantásticos desde la concepción popular anglosajona, erige poemas con palabras pop como “morfina”, “film cinemático”, “hambre sexual”, “plano ultra-espacial”, “anarquismo”[4], y, por supuesto, tantea con la oralidad argentina sin caer en lo estrictamente oral[5].

Pero ahí no queda todo. Otro factor que vincula a Borges con lo pop se encuentra definitivamente en sus conferencias literarias, donde su voz y su ritmo –a diferencia de la voz y el ritmo en sus escritos– admiten cierta condescendencia y se vuelven amables con el receptor. Es pues en este punto donde Borges toma conciencia por primera vez de que existe un público, una masa, y que ya no podrá escribir ni hablar más para sí mismo, sino para otros, para rostros extraños que no solo lo escucharán, sino también lo grabarán y, como en muchas de sus ficciones, lo volverán un ser infinito al reproducirlo[6].  

Consciente de estos protocolos de índole divulgativa, Borges se transforma, es decir, se vuelve pop una vez más. De inmediato aprovecha las posibilidades del registro sonoro y se establece desde entonces y para siempre como el escritor más oral y hablado de la literatura latinoamericana. Alan Pauls se hace aquí la siguiente pregunta: ¿Por qué el decir de Borges es más popular que su literatura? Se responde así: “En parte porque la voz viaja más y mejor que lo escrito, y porque es un material más sensible a la lógica reproductiva de los medios de comunicación (…) Borges escrito fascina pero es inapelable; el Borges oral propone un hechizo menos costoso y tal vez más conmovedor, el de una voz expuesta, siempre en peligro, desnuda. Dulce revancha del lector humillado: Borges, al hablar se da el lujo de necesitarnos”. En efecto, Borges por primera vez se entrega por completo a su público y se vuelve la versión más amable, más “humana”, más pop, de su literatura.     

Ahora bien, no puede olvidarse que Borges utilizaba todas estas categorías de la cultura popular para contrarrestar con ellas un discurso oficial y crearse un espacio literario propio que hoy por hoy lo redefine. A más de treinta años de su muerte, esto solo puede demostrar dos cosas inapelables: su enorme dimensión política y cómo lo pop en su universo no es un oxímoron, sino un absoluto pleonasmo.   

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El Borges público: esa figura que se paseaba con mucho gusto frente a las cámaras y sets de televisión; esa figura que, “al cabo de los años”, ha derivado inevitablemente en un ícono pop. De este otro Borges nunca puede saberse cuándo está hablando en serio o en broma, cuándo está aburrido o muy cómodo, cuándo agotado o enérgico. Hay un episodio que, como casi todo en Borges, se ha vuelto un lugar común para describir su conducta en la televisión live action. El suceso ocurre durante su segunda entrevista en el programa A fondo de La 2 (TVE), conducida por el periodista Joaquín Soler Serrano. Allí se le menciona algunos nombres de los autores jóvenes del momento. Se le pregunta por Julio Cortázar y Borges se disculpa por no haber seguido su obra luego de haberle publicado Casa tomada. Se le consulta por Gabriel García Márquez y alaba Cien años de soledad (aunque en otra entrevista diría que “con 50 años hubiera sido suficiente”). Se le menciona a Mario Vargas Llosa y lo desdeña sin asco. Finalmente, el periodista le pregunta por su autor favorito y Borges, entre sorprendido y feliz, le responde: “Bueno… hay un joven Virgilio que promete mucho, eh”, y se parte de risa ante la duda del entrevistador. En otra oportunidad, Borges muestra todo su esplendor mientras un periodista en Roma trata de ponerle en aprietos con la siguiente pregunta: “¿Borges, en su país todavía hay caníbales?”. A lo que el autor de Ficciones responde con algo mucho más provocativo todavía: “Ya no. Nos los comimos a todos”.

Travieso y divertido, Borges es la hilaridad personificada. “Siempre jodiendo” podría decirse sin ningún temor de caer en la ofensa, ya que son todas estas señas las que componen en parte la figura pública de Borges y muestran por qué a la postre ha derivado en tanta popularidad y lugar común.

Uno de los principales atractivos de su imagen pop es que a pesar de haber nacido en el siglo XIX, Borges parece un contemporáneo nuestro o, por lo menos, alguien muy cercano gracias a la ilusión de los medios tecnológicos. Nunca hemos visto ni veremos a James Joyce o a Marcel Proust, mucho menos a Franz Kafka, tomando el pelo a periodistas o meando en suntuosos urinarios mientras son fotografiados. Ni siquiera a Hemingway, el terrible y legendario Hemingway, quien siempre aparece solemne y manso en los pocos registros audiovisuales que se tienen de él. En cambio en Borges, pese a toda su estampa decimonónica y erudita, la travesura pública sí es posible. Así vemos en él no solo a la Literatura, sino también al humano o al Dios hecho hombre, y eso en definitiva lo populariza. De ahí que más allá de la admiración que deriva la figura de Jorge Luis Borges, también hay otra cosa que deriva de su nombre: el afecto puro.

He ahí la razón por la cual Borges ha proliferado fuera de su literatura, convirtiéndose prácticamente en una marca o un producto intercambiable. Desde frases imposibles adjudicadas a él hasta memes de burla con su gato Beppo. Desde polos con estampas de su rostro hasta tatuajes con sus versos más famosos. Desde creepypastas protagonizadas por su persona hasta canciones dedicadas a su honor. Si se googlea su nombre aparecen, según la analítica web, cerca de 40 millones de entradas de búsqueda, superando por mucho a las 21 millones de entradas de Gabriel García Márquez, 11 millones de Mario Vargas Llosa y 7 millones de Julio Cortázar.       

Algunos hechos han alimentado más esa popularidad. Por ejemplo, el saber por su viuda María Kodama que estaba encantado con Pink Floyd y que para celebrar su cumpleaños ponía “Run like hell” a todo volumen. Nada de Mozart, Brahms o Chopin. Solo Pink Floyd y, a veces, The Beatles. También están las graciosas selfies con Vasco Szinetar, fotógrafo venezolano, quien dijo que la foto con Borges iluminó su proyecto de “Retratos frente al espejo” como una opción de vida fotográfica en el tiempo[7]. Y, claro, también están las míticas fotografías de Borges meando en los suntuosos baños del antiguo Colegio de San Idelfonso en México D.F. El fotógrafo Rogelio Cuellar, responsable de las estampas, cuenta que había sido bautizado por Borges como “El Duende” y que cuando el autor de El Aleph sintió el click de la cámara dijo en doble sentido: “El duende ya está haciendo travesuras”. Cosas como estas, además de no tener problema alguno en dar su número de teléfono a la salida de sus conferencias y entrevistas, han colocado a Borges en el centro de la esfera pop.

Desde hace ya buen tiempo se volvió usual que músicos famosos mencionaran encuentros no comprobables con Borges en algún momento de sus vidas. Luis Alberto Spinetta, por ejemplo, cuenta en Mastropía. Conversaciones con Luis Alberto Spinetta que conoció a Borges y charlaron largo y tendido sobre literatura y política. Por su parte, Joaquín Sabina y Facundo Cabral aseguran haberse cruzado con Borges en algún bar de la ciudad. Incluso confiesa María Kodama que en un hotel de Madrid, Mick Jagger vio a Borges y se arrodilló a sus pies y dijo: “Maestro, he leído todos sus libros”. A lo que Borges, entre sorprendido y halagado, preguntó quién era. “Soy Mick Jagger”, dijo el cantante. “Ah, contestó Borges, uno de los Rolling Stones”[8].

Pero como si todo esto no bastara, algunos músicos y grupos musicales han llevado a Borges a sus propias creaciones. Charly García en “Córrete Beethoven”, Divididos en “Qué tal”, Ariel Leira  en “Sin tu amor”, Miguel Mateos en “Bar imperio” o Salta La Banca en un “Vals para Jorge”. A juzgar por su referencia inmediata a Borges, los casos más extremos en pleitesía son los de la banda argentina llamada literalmente Cuentos Borgeanos y los del álbum de hip-hop “Curso básico de poesía”[9] compuesta por Rapsusklei, Sharif y Juaninacka, en donde entre canción y canción se escuchan extractos de la voz de Borges recitando un poema o dictando una sentencia. Se sabe también que en 1999 Pedro Aznar llevó adelante el ambicioso proyecto de musicalizar varios poemas de Borges y tocar en vivo esa música en el Teatro Colón. El resultado fue un show con artistas invitados como Rubén Juarez, Mercedes Sosa, A.N.I.M.A.L. y otros.

De esta manera, Borges como ícono pop ha penetrado en campos que no son necesariamente los campos en los que se descarga el interés por la literatura: el cine, la televisión, el internet. Mick Jagger, en su debut como actor en la película Performance(1970), aparece recitando un extracto de El Sur; Umberto Eco basa un personaje principal de su famosa novela El nombre de la rosa en la figura de Borges; en internet se pueden hallar foros con creepypastas o historias de Borges en los que aparece en comisarías, programas de televisión matutina, bares de dudosa reputación e, incluso, peleando a cuchillo con un peronista.

Llegados a este punto, valdría recordar que Borges era un opositor del deporte más popular del planeta. Parte de su agenda política en la vejez fue desacreditar el fútbol y, cada que podía, soltar un dardo venenoso en su contra. Así aparece nuevamente el Borges peleador, contrincante, eterno disidente. Pero esta vez ya nada tiene que ver con la literatura ni con la oficialidad culta de su época, espacios que ha conquistado con mucha justicia, sino más bien entra en disputa con el gran público, con la canalla, con el gusto generalizado del mundo.

Durante la final del Mundial de 1978, reñido entre Argentina y Holanda, Borges se las arregla para cometer la herejía más grande a su patria: convoca, a la misma hora del encuentro, una conferencia sobre “La inmortalidad” en su biblioteca, la cual se llena de simpatizantes. Dos años después, en una entrevista para el programa televisivo “La gente”, dirigido por Augusto Bonardo, declara: “Qué raro que no censuren a Inglaterra su mayor pecado: la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol. Qué raro que nunca se critique esto. El futbol fue severamente condenado por Kipling y por Shakespeare en Hamlet. ‘Esos bajos jugadores de fútbol’, dice Shakespeare. Y Kipling muchas veces, desde luego. Dos máximos poetas de Inglaterra lo condenaron. Y aquí, en Argentina, la gente lo alaba”.   

Aunque parece no darse cuenta de lo que hace, esta nueva política en Borges –bajo los términos del marketing y la publicidad– arrastra una demagogia invertida, es decir, en lugar de entrar en populismos archiconocidos, ataca el populismo pero solo para disfrazar su misma búsqueda: captar la atención pública, entrar al mundo pop y ganarse, nuevamente, su propio espacio.    Con todo, quizá lo más evidente de la popularidad de Borges sea algo que Adolfo Bioy Casares previó como algo escandaloso: aquello de que hoy en día todo el mundo conoce a Borges, aunque muy pocos –poquísimos– lo lean. ¿Qué otra característica más pop que esa puede haber para identificarla? Francamente, ni una sola.


[1] Alan Pauls, El factor Borges.

[2] J. M. Coetzee, Costas extrañas.

[3] Javier Aparicio Maydeu, Un Borges “pop”. Diario El País. 02 de noviembre, 2002.

[4] Jorge Luis Borges. Insomnio. (1920)

[5] Recuérdese que en un ensayo mencionó que el Corán no hay camellos porque Mahoma no tenía por qué saber que para escribir un texto específicamente árabe tenía que haber camellos: los camellos eran para Mahoma parte de su realidad, no podía distinguirlos; por el contrario, “un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página”. Mahoma sabía que podía ser árabe sin camellos, al igual Borges sabía que podía escribir en argentino sin caer en una falsa o impostada oralidad. 

[6] Si se hace un rápido repaso de los audios en video de sus conferencias en YouTube, podrá verse que su disertación sobre Ulysses de James Joyce tiene más de 140 mil reproducciones; su ponencia sobre la Poesía, 350.748 mil reproducciones; su charla sobre La divina comedia, 143.565 reproducciones; su conferencia sobre el Budismo, 276.753 reproducciones; sobre la ceguera, 134.191 reproducciones; sobre Las mil y una noches; 73.778 reproducciones, etcétera.  

[7] Entrevista a Vasco Szinetar (Venezuela 1948), realizada por Almuneda Cruz. Diario El Día. https://cutt.ly/jgACDuC

[8] Entrevista a María Kodama. Diario La Nación.https://cutt.ly/qgA0ERe

[9] Aquí el enlace de YouTube del álbum “Curso básico de poesía”: https://cutt.ly/lgA9Mqa

Totalidad sexual del cosmos

Juan Bonilla retrata a un personaje tremendo. Pintora, ensayista y poeta. La mujer más bella de México a inicios del siglo pasado, pionera de las faldas cortas —y de cortarlas— y modelo de revistas eróticas. También la hija del general Manuel Mondragón, fabricante de uno de los primeros fusiles automáticos del mundo, cabecilla del cuartelazo contra el presidente Madero en México y odiado a muerte por los revolucionarios. Esposa de Manuel Rodríguez Lozano, cadete retirado, homosexual y uno de los pintores más conocidos de su tiempo. Amante de Dr Alt, del caricaturista Matías Santoyo y de un capitán de barco español. La pintaron Diego Rivera y Montenegro, la fotografió Weston y el retratista de las élites mexicanas, Antonio Garduño.

Es preciso decir que esta descripción en ningún sentido subordina a la mujer frente a los hombres que la rodearon, sino que ayuda a entender el contexto del personaje y también, da pistas sobre la potencia de su personalidad. Carmen Mondragón, la protagonista de esta historia, rompió cada uno de los códigos de su época. Organizó, en su casa, una exposición con sus desnudos y aunque las fotografías fueron disparadas por Garduño, declaró que la autoría era suya. No le faltaron argumentos: además de ser la modelo, ella dirigió las sesiones. Ella decidió dónde posar, cómo, cuál sería la composición. Asumió su cuerpo como un medio de expresión. Por esa misma razón, renunció a ser estrella de cine: el riesgo dejar de ser un sujeto —que pone las reglas— y convertirse en un objeto —subyugada al director y al marketing cinematográfico— acabó por repelerla. Eso no es todo: también se resistió a vivir a través de un nombre que nunca había elegido. Se bautizó como Nahui Olin y así firmó sus escritos, pinturas y retratos.

“La narración da en el clavo: escrita en tercera persona, pero a la vez emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito”. 

La narración que decide Bonilla da en el clavo: escrita en presente, en tercera persona, pero a la vez, casi emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito. Carmen Mondragón —desde ahora, Nahui Olin— se enfrentó a las ideas de Einstein y escribió sobre el universo con base científica, pero también metafísica. Para Nahui, la vida es eterna si el ser humano comprende su existencia como parte de un todo, constante y en movimiento. Lo finito es el narcisismo de la individualidad.

El autor mantiene la misma lógica: la novela no termina con la muerte de la protagonista, sino que narra también su resurrección, ahora escrita en primera persona desde la perspectiva de Tomás Zurián, un restaurador que se cruza de manera accidental con una fotografía de Nahui Olin y se obsesiona con ella. De inmediato, pone toda su energía en sacarla del foso de la historia y recuperarla. La belleza de Olin, que en su tiempo desquició a los hombres que la conocieron, continúa ejerciendo su poder después de la muerte. Es gracias a Zurián que hoy sabemos de la existencia de la artista.

Bonilla es, sin duda, otra víctima de ese magnetismo. La prueba es esta novela a modo de tributo que, una vez leída, nos convierte también en obsesionados: difícil terminarla sin buscar en Google una foto de Nahui Olin.

Aquello que perdimos en la arena

Cristina es solo una niña cuando llega a Chepén, junto a su familia, para prodigarse un futuro holgado. Sus raíces chinas se confrontan con la magia del norte, las costumbres de los amarres y de los baños de florecimiento, y también con una familia mejicana, patriarcal, con rigurosos rituales religiosos y familiares, que se muda al segundo piso de su casa. Esto la fascina. El mismo efecto le produce el desierto, que adopta como un espacio de aprendizaje que compartirá con sus amigos y con su primer amor: Santiago. Hasta ahí, todo se narra con asombro y un lenguaje, por momentos, poético. Pero cuánto puede soportar la inocencia de una niña si sabemos que estamos ante el Perú de la revolución de Velasco, cuando aparecen las semillas de los movimientos terroristas en un país que está a punto de cambiar radicalmente.

“Aquello que perdimos en la arena, escrito por Julia Wong, es una pieza de arquitectura". 

Aquello que perdimos en la arena, escrito por Julia Wong, es una pieza de arquitectura. La simetría es el componente fundamental para narrar la historia de Cristina. Aprende de la familia de arriba, y de la suya, la de abajo. El desierto del Perú le arrebata, por un ideal, a Santiago, su amor de juventud; sucederá lo mismo con su esposo alemán y el desierto del Sahara. Su padre piensa que Velasco es un traidor; su madre, en cambio, un reivindicador social. Para Cristina, el mundo es la confusión de paradigmas.

 Antes esto, ella recurre a las siete locas: mujeres brillantes y valientes que le muestran que puede decidir sobre su vida, más allá del mandato familiar o amical. Sin embargo, es Kerouac quien se va materializando a medida avanzan las páginas, cuando Cristina, herida por los cambios, por todo lo que ha perdido en la arena, inicia un nuevo viaje. La niña de las primeras páginas, tímida, llena de asombro y preguntas ha desaparecido y se ha convertido en una mujer enigmática, sin ataduras, que construye su propio camino. El beatnick lo hubiera querido así.

Julia Wong ha escrito una novela de ingenuidad y perversión, alimentada por referentes literarios, musicales y urbanos, que inquieta hasta la última página.

AQUELLO QUE PERDIMOS EN LA ARENA - Librería El Virrey