«Lo que pasa con su padre es que puede hablar de manera hermosa hasta de las cosas más horribles»

En “Gabo y Mercedes: una despedida”, Rodrigo García nos entrega una crónica de los últimos días del Nobel colombiano, dándonos un vistazo del lado más humano del Gabo y de su eterna compañera, Mercedes a través del recuerdo y la melancolía. Hoy les compartimos un fragmento del libro, ya disponible en nuestra librería.

5.

Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma, y sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta. Me aterra la idea de tomar apuntes, me avergüenzo mientras los escribo, me decepciono cuando los reviso. Lo que hace al asunto emocionalmente turbulento es el hecho de que mi padre sea una persona famosa. Más allá de la necesidad de escribir, en el fondo puede acecharme la tentación de promover mi propia fama en la era de la vulgaridad. Tal vez sería mejor resistir al llamado, y permanecer humilde. La humildad es, después de todo, mi forma preferida de la vanidad. Pero, como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil.

Unos meses antes una amiga me pregunta cómo le va a mi padre con la pérdida de la memoria. Le digo que vive estrictamente en el presente, sin la carga del pasado, libre de expectativas sobre el futuro. Los pronósticos basados en la experiencia previa, considerados de significancia evolutiva así como uno de los orígenes de la narración, ya no juegan un papel en su vida.

-Entonces, no sabe que es mortal –concluye-. Qué suerte tiene.

Por supuesto, el panorama que le describo está simplificado. Adaptado de la realidad. El pasado todavía juega un papel en su vida consciente. Cuenta con el eco lejano de sus notables habilidades interpersonales para hacerle a cualquiera con quien converse una serie de preguntas seguras: «¿Cómo va todo?», «¿Dónde vives ahora?», «¿Cómo está tu gente?». A veces se arriesga a un intercambio más ambicioso y se desorienta a mitad del camino, pierde el hilo de la idea o se queda sin palabras. La expresión de desconcierto en su rostro (así como el bochorno que lo atraviesa por un instante, como una bocanada de humo en la brisa) revela un pasado en el que la conversación era tan natural para él como respirar. Conversación ingeniosa, divertida, evocadora, provocadora. Su grupo de amigos de más edad apreciaba el hecho de que fuera un gran conversador casi tanto como el de ser buen escritor. Tampoco ha dejado del todo atrás el futuro. Al anochecer suele preguntar: «¿Adónde vamos esta noche? Vayamos a un lugar divertido. Vamos a bailar. ¿Por qué? ¿Por qué no?». Si le cambian de tema varias veces, se le olvida.

A mi madre la reconoce y se dirige a ella de manera alternativa como Meche, Mercedes, La Madre, La Madre Santa.

Hubo algunos meses muy difíciles, no hace mucho, en que recordaba a su esposa de toda la vida, pero creía que la mujer que tenía frente a él, asegurando tratarse de ella, era una impostora.

- ¿Por qué está aquí esta mujer dando órdenes y manejando la casa si no es nada mía?

Mi madre reaccionaba con rabia.

- ¿Qué le pasa? –preguntaba con incredulidad.

-No es él, mamá. Es la demencia.

Ella me miraba como si tratara de engañarla. Sorprendentemente, ese periodo pasó y en su mente ella recuperó el lugar que le pertenecía como su acompañante principal. Es el último lazo. A la secretaria al conductor, a la cocinera, que han trabajado en la casa durante años, los reconoce como personas familiares y gente amable que le brinda seguridad, pero ya no sabe cómo se llaman. Cuando mi hermano y yo lo visitamos, nos mira larga y detenidamente, con una desinhibida curiosidad. Nuestros rostros tocan algo distante, pero ya no nos reconoce.

- ¿Quiénes son esas personas en la habitación de al lado? –le pregunta a la empleada del servicio.

- Sus hijos.

- ¿De verdad? ¿Esos hombres? Carajo. Es increíble.

Hubo un periodo más desagradable hace un par de años. Mi padre estaba plenamente consciente de que la memoria se le esfumaba. Pedía ayuda con insistencia, repitiendo una y otra vez que estaba perdiendo la memoria. El precio de ver a una persona en ese estado de ansiedad y tener que tolerar sus interminables repeticiones una y otra y otra vez es enorme. Decía: «Trabajo con mi memoria. La memoria es mi herramienta y mi materia prima. No puedo trabajar sin ella, ayúdenme», y luego lo repetía de una u otra forma muchas veces por hora y por media tarde. Era extenuante. Con el tiempo pasó. Recobraba algo de tranquilidad y a veces decía:

-Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo,

O

-Todos me tratan como si fuera un niño. Menos mal que me gusta.

Su secretaria me cuenta que una tarde lo encontró solo, de pie en medio del jardín, mirando a la distancia, perdido en sus pensamientos.

- ¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?

-Llorar.

- ¿Llorar? Usted no está llorando.

-Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda?

En otra ocasión le dijo:

-Esta no es mi casa. Me quiero ir de la casa. A la de mi papá. Tengo una cama junto a la de él.

Sospechamos que no se refiere a su padre sino a su abuelo, el coronel (y que inspiró al coronel Aureliano Buendía), con quien vivió hasta que tuvo ocho años y quien fuera el hombre más influyente en su vida. Mi padre dormía en un colchoncito en el piso junto a su cama. Nunca volvieron a verse después de 1935.

-Es lo que pasa con su padre –me dijo su asistente-. Puede hablar de manera hermosa hasta de las cosas más horribles.

ESCRITORAS: DIEZ LIBRAZOS EN PEQUEÑOS FORMATOS

El rito de comprar libros no sería lo mismo sin esa batalla interna que estalla al comparar la lista de pendientes con el presupuesto. Si de priorizar se trata, acá te ayudamos con diez librazos que puedes encontrar en ediciones de bolsillo, escritos todos por mujeres brillantes. Historias fascinantes, surreales, trágicas, cotidianas, de amores o de adioses. Desde vidas turbulentas hasta ensayos sobre el arte: todos son excelentes opciones para leer o regalar. Así que… pasa y revisa, sin compromiso.

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Reecuentro de personajes de Elena Garro

Su amante es un hombre silencioso cuando no tiene uno de sus frecuentes ataques de ira. Él la lleva en auto en una peregrinación de carreteras, pueblos y hoteles sin aparente sentido, hasta que el lector descubre lo que pasó, o tal vez no pasó. Ella comienza a sospechar que él es un asesino. A la pregunta a quemarropa él responde que no sabe. Actos sospechosos, maltratos, erotismo trunco. La irrealidad del ambiente, los escenarios inquietantes, las mentiras. Esta novela atrapa sin tregua y obliga a una lectura casi de tirón. Garro siendo Garro.

Qué vergüenza de Paulina Flores

Conflictos de hogar, necesidades de clase media, pequeños triunfos y pesadas derrotas cotidianas. El cuento que abre esta colección llevó a su autora, nacida en Chile en 1988, a ganar el Premio Roberto Bolaño. Hay momentos donde la vida toca vivirla al revés, con desencuentros y corazones abiertos. Un debut literario con calidad pareja y una bella forma de contar lo triste (y todo lo demás).

Leonora de Elena Poniatowska

Premio Biblioteca Breve 2011. El temperamento indomable de Leonora Carrington, pintora surrealista, escritora y, por encima de todo, un espíritu ajeno a convencionalismos y ataduras, es retratado con talento, respeto y severidad. Poniatowska recrea e imagina, pero la bibliografía de la que parte es vasta. Historias de amor torrenciales, turbulentos años en París o México. Una mujer extraordinaria desde los ojos de otra.

Una noche en el paraíso de Lucia Berlin

Arrolladora como un tren, sutil como la melancolía prematura que nace cualquier tarde soleada en la ciudad. Los 77 relatos que publicó Lucia Berlin en vida son casi todo lo que cualquier aspirante a cuentista necesita leer. Esta edición de bolsillo incluye 22 historias hasta ahora inéditas en español: instantes, travesuras en Chile o Nuevo México, días de lluvia o sol en la ciudad; lo bello o lo terrible de la naturaleza humana asomándose en la vida cotidiana de personajes que no son ni buenos ni malos. Prosa limpia, historias magnéticas y el desmesurado talento de Berlin.

Tenemos que hablar de Kevin de Lionel Shriver

Novela epistolar ensamblada con las cartas que le escribe una mujer a su exesposo. La situación es desgarradora: el hijo, Kevin, es un asesino y está preso. ¿Qué pasó? ¿Qué falló? El epígrafe, una cita de Erma Bombeck, es tanto un ensayo a medias de respuesta como de conclusión: “Un niño necesita más nuestro amor cuando menos lo merece”. Kevin tiene problemas, es evidente, pero la maldad debe haber surgido de algún lado. Novela sobre el misterio de la vida, sobre la naturaleza de la maldad y, especialmente, sobre la maternidad. Su adaptación al cine del 2010, protagonizada por Tilda Swinton y Ezra Miller, ha recibido también críticas muy positivas.

La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt de Andrea Wulf

La alucinante vida de Alexander Von Humboldt, polímata, geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador, es revelada con pasión por Wulf, conocida historiadora y escritora británica. El placer de recorrer un mapa con el dedo, volver a la página de la historia y avanzar con voracidad para conocer todas las aventuras y descubrimientos, sea tal vez algo conocido para quienes leyeron libros como los de El señor de los anillos. Pero este, más narrativo que académico, es una genial forma de estimular la imaginación y la curiosidad. Detalle no menor: puede ser un excelente regalo.

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres de Siri Hustvedt

La autora, escritora y feminista, despliega en los ensayos que componen este libro una visión erudita, comprensiva y excepcionalmente lúcida de las cosas que la apasionan: desde el arte o la literatura hasta las neurociencias. El título alude a los primeros textos del libro, donde analiza las obras de varios artistas. La función de la emoción en la percepción artística, el papel del sexo en el arte, todo el asunto de las ‘musas’, despiertan preguntas y reflexiones en Hustvedt. ¿Por qué los biógrafos de Picasso llaman por su nombre de pila a aquellas musas (incluso cuando son mujeres mayores), mientras que otros personajes son presentados con su apellido? El crisol feminista puede ser incómodo para no iniciados, y ese es otro mérito invaluable del libro: abrir una ventana para ver el mundo desde un lugar más amplio, cuestionador y justo.

SPQR. Una historia de la Roma antigua de Mary Beard

Es fascinante conversar con personas que saben mucho de algo y tienen, además, el don de saber contarlo. Es el caso de este libro y de Mary Beard, una de más más grandes autoridades académicas en lo que a Roma y Grecia se refiere. SPQR (Senatus PopulusQue Romanus, El Senado y el Pueblo Romano) es el fruto de 50 años de investigación sobre la antigua Roma. Un pasado que late entre nosotros y algunas de nuestras costumbres e instituciones, este libro es más que la historia de un imperio. Con mapas, ilustraciones y una amena forma de contar, es una exposición entretenida y profunda.

M Train de Patti Smith

Un hombre en un sueño dice que escribir sobre nada es más complicado de lo que parece. Smith recibe el mensaje onírico como una afrenta y como un punto de partida para estas memorias, aunque lejos de escribir sobre la nada, lo hace sobre el todo. Su mirada de felino en descanso mira hacia un lado en la portada: está sentada en una mesita cuadrada, flanqueada por una ventana y la máquina de café. El café 'Ino es el primer capítulo y uno de los escenarios creadores de la vida de la poeta, dramaturga, cantante y viajera estadounidense.

La elegancia del erizo de Muriel Barbery

La profundidad filosófica no es incompatible con la narración fresca y ligera de este libro, al que el adjetivo de bello no le sienta como exagerado o falso. En un edificio vive una mujer mayor, la portera silenciosa y común que, sin embargo, tiene aficiones muy especiales. Su vida se cruza con una niña de 12 años superdotada que vive en el mismo lugar. Ambas tienen una existencia casi secreta. La soledad las une y las reflexiones (algunas, terribles y crudas) las llevan a conocer juntas las alegrías que este mundo duro puede aún dar. Una trama que, en manos más inexpertas, podría ser una historia del montón, se luce con el talento de Muriel Barbery.

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Los espacios sin Eco

En su testamento, Umberto Eco, el famoso semiólogo y escritor italiano, dejó la petición de que no se realizaran homenajes ni se organizaran celebraciones en su memoria durante, al menos, 10 años. Pero el poder de su legado casi impide que a cinco de su muerte —falleció a los 84 años el 19 de febrero del 2016— no se puedan, siquiera, escribir unas palabras para recordarlo.

Hablar de Eco es inevitablemente hablar de semiótica, la que alguna vez llamó “la teoría de la mentira”, y luego “la teoría de decir lo contrario de la verdad”. ¿A qué se refería con esto? No apelaba, por cierto, a la deconstrucción, a que todo podía ser interpretado, sino a que, gracias a las posibilidades del lenguaje, el ser humano podía contar historias, imaginarlas, incluso.

Para Marcos Mondoñedo, profesor de Teoría Literaria en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, las investigaciones del semiólogo italiano —aunque de acuerdo a una entrevista realizada por François-Bernard Huyghe se consideraba, más bien, un filósofo— se desarrollaban a partir de Charles S. Peirce, una de las figuras fundacionales de la semiótica. Peirce nunca dejó de estudiar las relaciones entre el pensamiento, la percepción y la significación. Basado en ellas, la propuesta de Eco es una teoría del “interpretante”, concepto clave para pensar esas relaciones. En pocas palabras, un interpretante es un signo que representa a otro signo y que puede ser la base de otro. La realidad misma es esto para Eco: una remisión constante.

Mondoñedo nos da un ejemplo de esto: “Una puesta de sol puede ser el signo de una sensación melancólica; esta puede convertirse en el tema de un breve poema, el cual podría comentarse en una revista literaria y, si un muchacho lo leyera en el momento preciso, podría decidirse a escribir, y con uno de sus poemas enamorar a una joven sensible… Eco llamaba a esto una ‘semiosis ilimitada’, una forma de entender el universo como una trama compleja y delicada”.

Pero dentro de las tramas complejas y delicadas del universo, Eco se ocupaba de cuestiones que, en su época, aún eran menospreciadas, como los productos televisivos. “Todavía en esos años se menospreciaban los productos televisivos, las series policiales como Starsky and Hutch, Miami Vice, Columbo; también la cultura pop”, apunta la poeta y ensayista Giovanna Pollarolo.

Para Pollarolo, las reflexiones de Eco sobre lo popular y la cultura de masas son un muy buen punto de partida para entender estas discusiones. “Apocalípticos e integrados fue un libro muy citado en una discusión que, aunque parezca zanjada, no lo está”.

Poco después, sigue Pollarolo, vino el boom de El nombre de la rosa, “esa novela que gustó por igual a apocalípticos por su densidad, complejidad, erudición; como a integrados, por su inscripción en un género popular como era considerado el policial”.

Para el poeta y crítico literario Ricardo González Vigil, como novelista, Eco acertó plenamente una sola vez, con El nombre de la rosa, título que considera una obra maestra que fusiona la novela histórica y el policial, híbrido que ha ejercido una enorme influencia en la literatura mundial —aunque apunta que lamentablemente, más en best-sellers sin su profundidad para ahondar en una época y en la condición humana de siempre, y sin su destreza verbal y expresividad en el manejo original de la estructuración narrativa.

Para González Vigil, aunque no carecen de interés El péndulo de Foucault y La isla del día de antes, en mayor o menor medida padecen el lastre de su erudición y su afán por probar una tesis. Es decir, pesa ahí el ensayista más que el creador de ficciones.

Claro ejemplo de esto se puede encontrar también en Número cero, un redondo ensayo sobre los medios de comunicación que busca pasar como novela. Cada uno de los personajes del Domani —diario donde trabaja el protagonista— representa un ámbito de esa prensa que alguna vez fue importante, pero hoy se haya venida a menos.

Alineándose con el Eco ensayista, Pollarolo rescata los ensayos reunidos en Cinco escritos morales, en los que reflexiona sobre problemas como la guerra, la migración, el periodismo desde una perspectiva ética.

La particularidad de las reflexiones de Eco es que mantienen su resonancia y vigencia, como si hubieran sido escritas ayer. Por ejemplo, dentro de Cinco escritos morales se encuentra una conferencia de 1995 sobre el fascismo eterno. Allí Eco no solo revela alguna de las claves del fascismo que fue, sino del que aún puede ser. De esa conferencia se desprende Contra el fascismo, libro en el que se sintetiza 14 claves para reconocer esa lacra. En 1995 Eco ya hablaba del culto a la tradición, la acción por la acción, la vida por la lucha, la xenofobia. Probablemente habría mirado con espanto, por ejemplo, lo ocurrido a inicios de año en el Capitolio estadounidense.

Además, aún sin conocer a gran escala el boom de las redes sociales, Eco ya era en 2012 un adversario de nuestra obsesión por los medios de comunicación. En una entrevista a El Tiempo los catalogaba como “uno de los males de nuestro tiempo” y vaticinaba que “así como mucha gente logró sobrevivir a la peste, también podrán sobrevivir muchos a los medios de comunicación”. Y en esa misma línea, en una entrevista a LaStampa criticaba cómo las redes sociales “le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”. Calificaba este hecho como “la invasión de los imbéciles”.

Pese a todo su conocimiento, Umberto Eco no se respaldaba en la tradición. No creía que la lectura o el libro se iba a acabar con el ingreso de las nuevas tecnologías… pensaba que al igual que la rueda o la cuchara, el libro no moriría jamás. Al contrario, invitaba a pensar en cómo los textos de Shakespeare o Kafka se verían en las pantallas de un celular. Pensaba, además, que el mundo podría vivir sin el Ulises de Joyce. Era un pensador al que le gustaba ir contracorriente, como un salmón. Además, también tenía sentido del humor, como cuando con fina ironía comentaba que Dan Brown era un invento suyo, un personaje de El péndulo de Foucault.

A cinco años de su muerte, esa mezcla única en la cultura occidental aún se extraña, sobre todo en tiempos convulsos como los actuales. Pollarolo, por ejemplo, señalaba que le encantaría leer qué opinaría sobre la pandemia, la cuarentena, el encierro, las vacunas. Sin duda, no es la única.

El inicio de "Canadá", de Richard Ford

El estilo brillante y profundo de Richard Ford alcanzó un punto especial en Canadá, su séptima novela (y la última hasta ahora), en 2012, despertando la emoción de lectores y críticos. En Canadá, Dell Parsons, el protagonista de quince años, narra cómo la vida de él y la de su hermana se tuerce, o se termina de torcer, cuando sus padres roban un banco.

La novela es dura y amarga, como la vida misma suele ser, y golpea a los lectores que, entre sus páginas, sienten como propia la pérdida de la inocencia y el descubrimiento de la certeza, feroz y solemne, de que no siempre se puede ganar.

Hoy, en el cumpleaños 77 de Ford (Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016), compartimos las primeras líneas de esta novela, editada por Anagrama. Se puede encontrar la edición clásica o la edición 50 en nuestra librería mientras Ford termina Be mine, su nueva novela aún sin fecha de lanzamiento.

CANADÁ

I

Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales –aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco.

Mi padre, Bev Parsons, era un chico de campo que nació en Marengo County, Alabama, en 1923, y terminó la secundaria en 1939, loco de ganas de entrar en el Army Air Corps de los Estados Unidos, el cuerpo que luego se convertiría en la Fuerza Aérea. Entró en Demopolis, se formó en Randolph, cerca de San Antonio, donde quiso ser piloto de combate, pero como le faltaban aptitudes tuvo que conformarse con convertirse en oficial de bombardero. Voló en los B-25, en los Mitchell ligeros y medios que sirvieron en Filipinas, y luego sobre Osaka, donde sembraron la destrucción en la tierra, tanto entre el enemigo como entre la gente inocente. Era un hombre alto, de más de un metro ochenta (apenas cabía en la carlinga del bombardero), encantador, guapo y sonriente, de cara grande, cuadrada y expectante y pómulos huesudos, labios sensuales y pestañas atractivas, largas y femeninas. Tenía los dientes blancos y brillantes y un pelo negro corto del que se sentía muy orgulloso, lo mismo que de su nombre: Bev. Capitán Bev Parsons. Nunca admitió que Beverly fuera un nombre de mujer para la mayoría de la gente. Venía de raíces anglosajonas, decía. «Es un nombre corriente en Inglaterra. Allí Vivian, Gwen y Shirley son nombres de hombre. Nadie los confunde con mujeres.» Era un hablador redomado, y, para ser sureño, de mente abierta. Tenía unos modales elegantes y complacientes que deberían haberle llevado lejos en la Fuerza Aérea, algo que no sucedió. Cuando estaba en un recinto cualquiera, sus ojos rápidos de color de avellana buscaban a su alrededor y siempre encontraban a alguien que le prestaba atención: mi hermana y yo, normalmente. Contaba chistes viejos con un estilo teatral del Sur; sabía hacer trucos con las cartas y juegos de manos, y separarse el pulgar y volver a pegarlo, y hacer desaparecer un pañuelo y hacerlo aparecer de nuevo. Sabía también tocar bugui-bugui al piano, y a veces nos hablaba con acento dixie1 y otras veces como Amos ’n’ Andy. Había perdido algo de oído al volar en los Mitchells, y era muy sensible a esta deficiencia. Pero tenía un aspecto muy atildado con su «honrado» pelo corto de soldado y su guerrera azul de capitán, y por lo general transmitía una calidez que era genuina y que hacía que mi hermana gemela y yo lo quisiéramos tanto. Tal vez fuera ésa también la razón por la que nuestra madre se había sentido atraída por él (aunque no pudieran ser más diferentes y poco apropiados el uno para el otro), con la mala fortuna de haberse quedado embarazada a raíz de un apresurado encuentro amoroso después de conocerse en una fiesta en honor de los aviadores que habían vuelto del frente. Fue en Fort Lewis, cerca de donde él estaba haciendo un curso de reciclaje como oficial de suministros, en marzo de 1945, cuando ya nadie lo necesitaba para lanzar bombas desde el aire. Se casaron en cuanto lo supieron. Los padres de ella, que vivían en Tacoma y eran inmigrantes judíos oriundos de Polonia, no aprobaron la boda. Los dos eran personas cultas; en Poznań habían sido profesores de matemáticas y músicos semiprofesionales (daban conciertos de música popular), y después de huir de su país en 1918 habían llegado al estado de Washington a través de Canadá, y se habían convertido –quién lo iba a decir– en celadores escolares.
El hecho de ser judíos significaba muy poco para ellos entonces, o al menos para mi madre; felizmente, en aquella tierra donde al parecer no eran judíos, dejaban atrás una vieja, rigurosa y cerrada concepción de la vida.

Pero que su hija única se casara con el hijo único sonriente y parlanchín de unos tasadores de madera escoceses-irlandeses de las tierras remotas de Alabama no se les había pasado nunca por la cabeza, así que pronto desterraron el asunto por completo de su pensamiento. Y aunque desde cierta distancia pudiera parecer que nuestros padres simplemente no estaban hechos el uno para el otro, es más preciso afirmar que la boda de nuestra madre con nuestro padre fue el presagio de una pérdida, y que su vida cambió para siempre –y no para bien–, como seguramente ella habrá pensado tantas veces.
Mi madre, Neeva (diminutivo de Geneva) Kamper, era una mujer menuda, intensa, con gafas, de pelo castaño y rebelde, alguna de cuyas hebras aterciopeladas se le deslizaban por el borde de las mejillas hasta debajo de la barbilla. Tenía cejas espesas y frente reluciente, de piel fina, tras la que se le traslucían las venas, y una tez pálida de vivir dentro de casa que le daba un aspecto frágil, sin que ella lo fuera en absoluto. Mi padre, en broma, decía que la gente de donde él venía, en Alabama, al pelo de mi madre lo llamaba «pelo de judío» o «pelo de inmigrante», pero que a él le gustaba y que a mi madre la amaba. (Ella nunca pareció prestar mucha atención a estas palabras.)
Sus manos eran pequeñas y delicadas, de uñas muy cuidadas (se hacía regularmente la manicura) y bruñidas, de las que solía presumir y con las que gesticulaba con aire ausente. Tenía un talante escéptico, y solía escuchar con gran atención cuando le hablábamos; también tenía ingenio, que a veces podía ser mordaz. Llevaba gafas sin montura, leía poesía francesa, y a menudo utilizaba expresiones como cauchemar o trou de cul, que mi hermana y yo no entendíamos. Escribía poemas con tinta marrón que compraba por correo, y llevaba un diario que nosotros no podíamos leer, y normalmente tenía una expresión de perplejidad ligeramente altiva y como estigmatizada, que llegó
a ser muy propia de ella, si no lo había sido siempre. Antes de casarse con mi padre y de tenernos rápidamente a mi hermana y a mí, se había graduado a los dieciocho años en el Whitman College de Walla Walla, había trabajado en una librería y posiblemente acariciado la idea de convertirse en poetisa y en bohemia, y la esperanza de llegar a conseguir un trabajo de estudiosa profesora en un pequeño college, casada con alguien diferente del hombre con quien se había casado realmente, un profesor universitario probablemente, que le daría la vida para la que ella creía que estaba destinada. En 1960, el año en que tuvieron lugar los hechos, tenía sólo treinta y cuatro años. Pero tenía ya «arrugas marcadas» a ambos lados de la nariz, que era pequeña y rosada en la punta, y los párpados oscuros de sus grandes y penetrantes ojos verde gris le hacían parecer extranjera y un tanto triste e insatisfecha, lo cual era cierto. Su cuello era delgado y hermoso, y su sonrisa repentina e inesperada dejaba al descubierto unos dientes pequeños y una boca en forma de corazón, de jovencita. Una sonrisa que –salvo a mi hermana y a mí– rara vez ofrecía. Nos dábamos cuenta de que era una persona de apariencia poco corriente, vestida las más de las veces con pantalones anchos color verde oliva y blusas de algodón de mangas holgadas y zapatos de cáñamo y algodón que debía de haber encargado por correo en la Costa Oeste, porque no podían comprarse zapatos de ésos en Great Falls. Y cuando se ponía a regañadientes al lado de nuestro padre, alto y guapo y extrovertido, aún parecía más fuera de lo corriente. Aunque eran raras las veces en que «salíamos» en familia, o comíamos en restaurantes, así que apenas podíamos darnos cuenta de cómo aparecían ante el mundo, entre desconocidos. A nosotros la vida en casa nos parecía de lo más normal.
Mi hermana y yo entendíamos perfectamente por qué mi madre se había sentido atraída por Bev Parsons, un hombre de hombros fuertes, hablador, divertido, siempre dispuesto a complacer a cualquiera que se encontrase a su alcance. Pero nunca estuvo demasiado claro por qué se había interesado él por ella, una mujer muy menuda (de poco más de un metro cincuenta), introvertida y tímida, apartada de la gente, artística, guapa tan sólo cuando sonreía e ingeniosa sólo cuando se sentía completamente a gusto. Nuestro padre debía de apreciar de algún modo todo aquello, de percibir que ella tenía una mente más sutil que la de él, y que sin embargo él era capaz de complacerla, lo cual le hacía feliz. Decía mucho en su favor que –más allá de las diferencias físicas– mirara al corazón de las cosas humanas, y yo admiraba eso en él por mucho que mi madre no se diera cuenta de ello.

Poemas peruanos de amor, deseo y soledad

A fuerza de palabras, corazones abiertos, tacto fino y mucho oficio, las y los poetas han erigido colosales o íntimas obras de amor, desamor y locura. A continuación, una selección de poemas de factura peruana.

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El primer viaje que hice contigo

Giovanna Pollarolo

fue de Tacna a la Boca del Río
un sábado de invierno por la mañana.
Compraste dos Inca Kolas y dos mixtos en el Italia
y yo saqué a escondidas dos toallas de mi casa.
Había apenas una tenue resolana
zurumbe,
acá llaman zurumbe a la neblina de mediodía que refresca y alivia
los calores del verano, te expliqué;
no era verdad, pero la palabra te gustó y me creíste
a pesar del invierno.
Te hablé de una playa llamada Pozo Redondo
que parecía de postal:
algún día levantaré ahí una casa para mi vejez, dije
y te fui indicando el camino.
Cuando llegamos empezó a brillar el sol
la playa también te pareció hermosa
como el sueño de la casa mirando al mar, en lo alto.
Ahí mismo, en la arena
junto a la inmensa roca que nos protegía del viento
hicimos el amor por primera vez.
El sol cegaba mis ojos, pero creo que fui feliz.
Anochecía cuando regresamos
y yo me senté muy cerca de ti, juntas nuestras manos.
Mirando la carretera, mirándonos
nos detuvimos varias veces
te gustaba el olor limpio del desierto
y el silencio y las estrellas y el cielo despejado.
Juramos que nos amaríamos siempre.

Tuve que detener el auto al costado de la carretera
lloré hasta cuando el sol me hizo saber que era mediodía
y el calor me agobiaba.
Entonces me soné la nariz
y el pañuelo se llenó de sangre.
Se me ha roto el corazón, pensé.

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La muchacha mala de la historia

María Emilia Cornejo

Soy
la muchacha mala de la historia
la que fornicó con tres hombres
y le sacó cuernos a su marido.

Soy la mujer
que lo engañó cotidianamente
por un miserable plato de lentejas,
la que le quitó lentamente su ropaje de bondad
hasta convertirlo en una piedra
negra y estéril,
soy la mujer que lo castró
con infinitos gestos de ternura
y gemidos falsos en la cama.

Soy
la muchacha mala de la historia.

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Letanía del solitario

Juan Gonzalo Rose

Cada tarde te pierdo,
como se pierde el tiempo
o la esperanza.
Cada tarde,
definitivamente,
te pierdo
como se pierde la paciencia.
Cada tarde
dices no.
Mueves la cabeza y dices no.
Mueves la tierra y dices no.
No mueves los labios y tu silencio dice no.
Infatigablemente,
cada tarde,
mi café solitario obscurece el planeta.

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Cuatro boleros maroqueros

Antonio Cisneros

1
Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa más aburrida del suburbio
no habrían primaveras
ni otoños ni inviernos ni veranos
                                                Pero no

Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.

2
Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
              Gran Estilo
              Gran Velocidad
              Gran Altura.

3
Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.

4
No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.

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Pero llegaste

Magda Portal

TÚ    para quien mis brazos
se abrieron en cruz
i las arañas del sueño tejieron
la seda infinita de la amnesia
TÚ    conquistador ilusionado
de mis tribus salvajes de tristeza
donde llevaste la religión de una
alegría   nueva como los aeroplanos
sobre las selvas vírgenes
 Hoi el traje de nuestras almas
es el arcoíris de la sonrisa.

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El poeta a su amada

César Vallejo

Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.
En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.
Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.
Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

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Fragmentos de una alabanza inconclusa

Eduardo Chirinos

Debe haber un poema que hable de ti,
un poema que habite algún espacio
donde pueda hablarte sin cerrar los ojos,
sin llegar necesariamente a la tristeza.
Debe haber un poema que hable de ti y de mí.
Un poema intenso como el mar,
azul y reposado en las mañanas,
oscuro y erizado por las noches
irrespetuoso en el orden de las cosas, como el mar
que cobija a los peces y cobija también a las estrellas.
Deseo para ti el sencillo equilibrio del mar, su profundidad
y su silencio, su inmensidad y su belleza.
Para ti un poema transparente,
sin palabras difíciles que no puedas entender,
un poema silencioso que recuerdes sin esfuerzo
y sea tierno y frágil como la flor que no me atreví a enredar
alguna vez en tu cabello.
Pero qué difícil es la flor si apenas la separamos del tallo
dura apenas unas horas,
qué difícil es el mar si apenas le tocamos se marcha lentamente
y vuelve al rato con inesperada furia.
No, no quiero eso para ti.
Quiero un poema que golpee tu almohada en horas de la noche,
un poema donde pueda hallarte dormida, sin memoria,
sin pasado posible que te altere.
Desde que te conozco voy en busca de ese poema,
ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,
la música se suspende en un hilo
donde cuelga tristemente tu recuerdo.
Ahora pienso en ti y pienso
que después de todo conocerte no ha sido tan difícil
como escribir este poema.

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Poemas a un híbrido

Alessandra Tenorio

entonces
yo acabé sentada haciendo poemas
mientras él viajaba a 30 kilómetros por segundo en el intento de
olvidarme
y tú dormías
dormías como duermes siempre
tranquilo            seguro
sabiendo que yo estaría para ti a la mañana siguiente
porque me querías mucho
sí, yo también te quería mucho pero -a veces - quería dar
vuelta a la llave
correr muy rápido y alcanzar su huida
pero cuando un hombre huye no es el destino de una mujer
detenerlo
a veces                               sólo puedes contemplarlo
y                                          aunque seas una estatua de sal
tratar de lanzarle el dedo meñique para que no se caiga
y decirle todo eso que las palabras calla
sólo los dedos meñiques al aire te pueden decir

corría por las calles de Cajamarca
en un intento de mover mi mente
así sería aprender a trotar todos los días
distancias pequeñas pero aclaradoras
quizá habíamos inventado una rutina
y el olvido
empezaba a ser un sinónimo proporcional a nuestra velocidad

****

y en mi camino
tú eras esa puerta de escape
esa tangente                                   que quizá yo debía tomar
por eso fui a resolver mis preguntas al Café de la paz
pero tú                               no eras una persona de respuestas
a ti         te gustaba sembrar preguntas
ver las cejas en arco de la gente
los ojos expectantes       y                           las pocas palabras
allí empezó la guerra fría
y yo salí del café derrotada
muchas preguntas
ninguna respuesta
y mi corazón pateando latas

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Vietato

Rossella Di Paolo

Cierro puertas
y ventanas
de mi casa
como un puño
en mitad

de la calla
mi casa cerrada
mi boca cerrada
nadie sabrá
que estuviste aquí
desordenando
los papeles de mi mesa
los dedos de mi mano
mi corazón
ya por fin cerrado.

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Monsieur Monod no sabe cantar

Blanca Varela

querido mío
te recuerdo como la mejor canción
esa apoteosis de gallos y estrellas que ya no eres
que ya no soy que ya no seremos
y sin embargo muy bien sabemos ambos
que hablo por la boca pintada del silencio
con agonía de mosca
al final del verano
y por todas las puertas mal cerradas
conjurando o llamando ese viento alevoso de la memoria
ese disco rayado antes de usarse
teñido según el humor del tiempo
y sus viejas enfermedades
o de rojo
o de negro
como un rey en desgracia frente al espejo
el día de la víspera
y mañana y pasado y siempre
noche que te precipitas
(así debe decir la canción)
cargada de presagios
perra insaciable (un peu fort)
madre espléndida (plus doux)
paridora y descalza siempre
para no ser oída por el necio que en ti cree
para mejor aplastar el corazón
del desvelado
que se atreve a oír el arrastrado paso
de la vida
a la muerte
un cuesco de zancudo un torrente de plumas
una tempestad en un vaso de vino
un tango
el orden altera el producto
error del maquinista
podrida técnica seguir viviendo tu historia
al revés como en el cine
un sueño grueso
y misterioso que se adelgaza
the end is the beginning
una lucecita vacilante como la esperanza
color clara de huevo
con olor a pescado y mala leche
oscura boca de lobo que te lleva
de Cluny al Parque Salazar
tapiz rodante tan veloz y tan negro
que ya no sabes
si eres o te haces el vivo
o el muerto
y sí una flor de hierro
como un último bocado torcido y sucio y lento
para mejor devorarte
querido mío
adoro todo lo que no es mío
tú por ejemplo
con tu piel de asno sobre el alma
y esas alas de cera que te regaléy que jamás te atreviste a usar
no sabes cómo me arrepiento de mis virtudes
ya no sé qué hacer con mi colección de ganzúas
y mentiras
y con mi indecencia de niño que debe terminar este
                                                                     [cuento
ahora que ya es tarde
porque el recuerdo como las canciones
la peor la que quieras la única
no resiste otra página en blanco
y no tiene sentido que yo esté aquí
destruyendo lo que no existe
querido mío
a pesar de eso
todo sigue igual
el cosquilleo filosófico después de la ducha
el café frío el cigarrillo amargo el Cieno Verde
en el Montecarlo
sigue apta para todos la vida perdurable
intacta la estupidez de las nubes
intacta la obscenidad de los geranios
intacta la vergüenza del ajo
los gorrioncitos cagándose divinamente en pleno cielo
de abril
Mandrake criando conejos en algún círculo
del infierno
y siempre la patita de cangrejo atrapada
en la trampa del ser
o del no ser
o de no quiero esto sino lo otro
tú sabes
esas cosas que nos suceden
y que deben olvidarse para que existan
verbigracia la mano con alas
y sin mano
la historia del canguro —Aquélla de la bolsa o la vida—
o la del capitán encerrado en la botella
para siempre vacía
y el vientre vacío pero con alas
y sin vientre
tú sabes
la pasión          la obsesión
la poesía          la prosa
el sexo             el éxito
o viceversa
el vacío congénito
el huevecillo moteado
entre millones y millones de huevecillos moteados
tú y yo
you and me
toi et moi
tea for two en la inmensidad del silencio
en el mar intemporal
en el horizonte de la historia
porque ácido ribonucleico somos
pero ácido ribonucleico enamorado siempre


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60 años en la Orilla

¿Quién soy yo,
 ser sin forma
que el océano roe?
François Mauriac

Si existe eso que se conoce como autores de culto en el Perú, Luis Hernández sería de todos modos uno de ellos. Su obra, compuesta de tres poemarios publicados en vida —Orilla (1961), Charlie Melnik (1962) y Las constelaciones (1965)—; y muchísimos cuadernos manuscritos que regalaba a sus amigos, compilados por primera vez, junto a los libros mencionados, en Vox Horrísona (1978), ha generado lectores que continúan leyendo con devoción los versos del único poeta que pudo ser Premio Nobel de Física si no lo hubieran impedido “el mar, la cerveza y un amor”.

En Vox Horrísona (una obra abierta, en continuo enriquecimiento a medida que se suman manuscritos hallados) suelen destacar, precisamente, esos cuaderno ológrafos, opacando la obra édita. Poco se recuerda Orilla, que acaba de cumplir 60 años desde su publicación por ese sello también legendario, La Rama Florida, dirigido por el gran Javier Sologuren.

***

Para Teo Pinzás, editor de Pesopluma —la casa peruana que se propuso poner en papel nuevamente una obra que sobrevivía en viejos ejemplares y fotocopias—, Orilla, si bien un libro de aprendizaje, también permite prefigurar algunos tópicos a los que Hernández recurriría luego en su poesía. “Lo más notable, creo, sería la influencia de la Generación del 27 española y, muy concretamente, de Juan Ramón Jiménez, que se puede palpar no solo en la construcción de los poemas (por estancias numeradas) y la onda lírica que cruza todo el conjunto, sino sobre todo en la prosodia de los versos”, comenta.

La periodista Ana Nuñez, fan declarada de ese poeta al que se le tiene tanto cariño que la gente a veces no llama Luis, sino Lucho, incluso Luchito, también considera que aunque no sea parte de lo más representativo, Orilla sí nos revela algunos de los elementos principales del universo que iba creando Hernández para entonces.

Para ella, Hernández fue un hombre único y fuera de serie, en el estricto sentido de la frase. “Más que ‘solo’ un poeta, lo considero un polímata”. La periodista cree que su vida es tan fascinante como su poesía, la que considera evidentemente autorreferencial.

“Hay mucho que aún no se ha dicho sobre su soñada coherencia. Sobre su impecable soledad”. Para ella, la vida del poeta fue “una dedicada a la búsqueda y creación de la belleza. Arriba y abajo. Adentro y afuera”. Núñez recuerda que en la entrevista que le hace Alex Zisman en junio de 1975, a mucha insistencia del periodista, Hernández revela textualmente que escribe poesía porque “es lo único que contesta, lo único que hace que sufra menos”.

Para leer la entrevista de Alex Zisman a Luis Hernández, hacer clic aquí.

Para Teo Pinzás, una vez que conectas con la poesía de Hernández, “él pasa inmediatamente a ser un cómplice, pues plantea una poética de la cercanía, una poesía desacralizada e íntima que es difícil encontrar en otros autores”. Cercanía, además, explicada por ese salto que Hernández dio al empezar a confeccionar sus libros de manera artesanal con poemas escritos a mano. Ese salto, de acuerdo al editor, abrió para Hernández la puerta de la experimentación sin límites, y eso se aprecia claramente en sus escritos, que salen del tono y los tópicos convencionales para confeccionar una propuesta muy propia.

Sesenta años después de Orilla, Hernández sigue siendo uno de los poetas más originales, interesantes y subversivos de nuestra tradición, y eso se debe a que “no se parece mucho a nadie” (Zambra’s dixit), añade Pinzás.

***

¿Cómo explicar su vigencia? Para Teo Pinzás, desde varios ángulos: por un lado, es una poesía “sin segundas intenciones” y profundamente humana (‘contra el dolor’, como decía él mismo), lo que resulta atípico en tiempos en los que vivimos dominados por la lógica de los algoritmos, el marketing personal y el imperio de los likes. Por otro lado, tenemos que considerar el mito hernandiano, que lo ha convertido en un autor de culto de la contracultura peruana; aunque esto, creo, es siempre secundario a su poesía. También se puede mencionar el hecho de que Hernández sea un poeta sumamente lúdico, como Nicanor Parra o Lizardo Cruzado, pues el uso del humor acerca su obra a un público que no consume poesía porque la considera ‘muy seria’, ‘muy hermética’ o ‘muy rebuscada’. O el hecho de que proponga una estética híbrida, adelantada a su tiempo, en la que echa mano de todos los lenguajes que están a su alcance: collage, pintura, reescritura, apropiación, música, ciencia, cultura pop, etc.”.

“La poesía de Luis Hernández es un continuum”, dice Ana Núñez, nunca perderá vigencia. “Como el propio universo, que siendo el mismo siempre se está expandiendo, así es la obra de Lucho Hernández”.

INSECTOS, POETAS, NARRADORES

De todos los insectos que pueblan la literatura, hay uno con luz propia que, por brillante y noctámbulo, fascina a los poetas: la luciérnaga. A diferencia de las estrellas, pueden tenerlas en la mano y verlas titilar; o, mejor aún, pueden contemplarlas en los bosques cuando se extienden como un manto de luminarias. Tal vez solo la mariposa y la «inefable libélula» los embelesen al mismo nivel que la luciérnaga.

Pero esto, en efecto, es cosa de poetas. Son otros los insectos de interés para los narradores, a juzgar por algunos de sus célebres cuentos y novelas donde campean las moscas y las cucarachas, por citar a dos bichos que ahora vienen a mi memoria. Estos insectos, de por sí desagradables, repugnan además por su carga simbólica asociada a las miserias de la condición humana. En su novela Memorias del subsuelo (1864), Dostoievski ilustra así el oprobio de la baja autoestima: «Declaro solemnemente que muchas veces he deseado convertirme en un insecto, pero ni siquiera he sido digno de eso». ¿Quién nos habla ahí? Un hombre solitario, que se declara enfermo y malvado; un sujeto sin nombre, pero que tiene voz y monologa en un agujero (hábitat regular de los insectos); un pobre diablo que nos endilga un rabioso testimonio nihilista y cuya enfermedad es la propia conciencia de sí mismo (su frenética lucidez para reconocerse como un bicho); un hombre atormentado, en fin, que se queja y despotrica del mundo.  ¿Y con qué insecto se compara?  Con una mosca. «(Soy) más inteligente, más culto y más noble que nadie, pero una mosca al fin y al cabo». Y poco después, en un intento por contrarrestar su soledad, decide un día buscar a sus compañeros de escuela y ratifica su sentir: «Ninguno de ellos prestó atención a mi llegada, cosa verdaderamente extraña, ya que no nos habíamos visto desde hacía años. Me consideraban, evidentemente, como un ser insignificante, como una mosca. Ni siquiera en la escuela me trataban así, a pesar de que allí me detestaban. Comprendí que debían de despreciarme por haber fracasado en mi carrera, y también por mi aspecto miserable, por mis viejas ropas, que eran, a sus ojos, la prueba evidente de mi incapacidad y de mi desdichada situación».

También en esa línea, ya se sabe, se encuentra Franz Kafka, lector aprovechado del novelista ruso, aunque él dará un paso adelante. En su desconcertante relato, La metamorfosis (1915) —cuya traducción correcta, según Borges, debería haber sido «la transformación»—, Gregorio Samsa despierta una mañana y en el acto descubre que ya no es el mismo individuo de siempre. No ha despertado de una pesadilla, sino en una pesadilla. La estrategia narrativa de Kafka, a criterio del novelista John Updike, parte de una breve premisa fantástica, expuesta en la primera frase del relato, donde el autor informa que Samsa despierta transformado en un monstruoso insecto, y luego, dado que se trata de un bicho que continúa pensando como ser humano, prosigue con un largo desarrollo realista donde el protagonista se esfuerza inútilmente por cumplir sus rutinas laborales y familiares. (Es decir, estamos ante otra metáfora que expresa la nulidad del individuo en razón de su insignificancia e incapacidad para alcanzar logros). 

Claro que no fueron estos los primeros bichos en la literatura. Ya el poeta Ovidio, en La metamorfosis, Libro VI (Año 8 D.C.), recreó el mito griego de Aracne, joven distinguida en el arte de tejer y bordar. Alentada por los agasajos de sus admiradores, Aracne afirmó poseer una destreza superior a Palas, diosa de la sabiduría y la artesanía, a quien desafió a medir sus virtudes de igual a igual en un certamen. Palas tejió un tapiz inspirada en su victoria sobre Poseidón; y Aracne, no sin perfidia, tejió un telar que representaba las infidelidades de los dioses. Furibunda por la envidia y la irreverencia de una mortal, la diosa destruyó ambos tapices e incluso golpeó a su rival en la cabeza. Sabiéndose perdida, Aracne cogió entonces una soga y se ahorcó. Algunos exégetas de Ovidio opinan que la diosa se apiadó de la joven y, tras verter sobre la soga el jugo de una hierba (Hécate), convirtió en hilo la soga y en araña a la envanecida Aracne. ¿Se apiadó la diosa? A mí me parece más bien una feroz venganza. Impidió que Aracne muera, es cierto, aunque la condenó a un nefasto destino. «Vive, sí, pero cuelga, malvada», le dijo. ¡A tejer telarañas por una eternidad! (Indudablemente la zoología clasifica a las arañas entre los arácnidos, no como insectos, pero esto da igual. Mucha  gente confunde a unos y otros debido a las semejanzas de su estructura corporal).  

“Y es por ello que, con inolvidable sentido del horror y del suspenso, el mexicano Juan José Arreola nos hizo sentir el deambular silencioso y amenazante de una araña negra que puede medir hasta diez centímetros y cuya picadura es letal; el nombre de esa araña dio título a su cuento, «La migala» (1952)”.

Las arañas, en todo caso, no siempre cuelgan. También caminan por el suelo o las paredes, especialmente de noche. Y es por ello que, con inolvidable sentido del horror y del suspenso, el mexicano Juan José Arreola nos hizo sentir el deambular silencioso y amenazante de una araña negra que puede medir hasta diez centímetros y cuya picadura es letal; el nombre de esa araña dio título a su cuento, «La migala» (1952). Ahí se configura, al igual que en la novela de Dostoievski, otro personaje anónimo como  narrador. Este nos dice que una peligrosa migala se halla en su casa. Se le ha escapado de la caja donde la tenía, pero no hace esfuerzos por capturarla. Es un hombre que ya no le encuentra sabor a la vida: sufre penas de amor. Y en adelante, en sus noches insomnes —no puede dormir porque sabe que la araña ronda por su dormitorio a oscuras—, libra una batalla con su miedo y su inercia suicida, dejando al azar su supervivencia. El narrador da vueltas a la idea de matarse ante el abandono de Beatriz, su novia, con la actitud obsesiva de los hombres que ya no tienen nada que perder. 

El sujeto tiene rota la columna vertebral, por lo que no vemos acción o movimiento alguno, pero al menos Quiroga recurre a mostrarnos el agitado pensamiento del moribundo (para lo cual cambia de persona gramatical: pasa de la tercera persona a la primera), donde sí ocurren cosas. En verdad, ocurre una alucinación”.

Siguiendo con otros autores de América Latina, habría que añadir asimismo al uruguayo Horacio Quiroga que nos entregó «Las moscas» (1935), relato de sorprendente éxito entre los lectores de su época. En mi opinión, un texto extraño: narra una historia sobre la agonía de un hombre que se encuentra en medio de la jungla, recostado en un tronco. El sujeto tiene rota la columna vertebral, por lo que no vemos acción o movimiento alguno, pero al menos Quiroga recurre a mostrarnos el agitado pensamiento del moribundo (para lo cual cambia de persona gramatical: pasa de la tercera persona a la primera), donde sí ocurren cosas. En verdad, ocurre una alucinación. El moribundo piensa que está en un hospital citadino con médicos que lo visitan y manifiestan crueles teorías sobre las moscas que se le aproximan, señal de que morirá pronto.

He citado Las moscas por un motivo que justifica su memoria. Al parecer, Julio Cortázar, lector de Quiroga, se inspiró en este relato para escribir su excelente cuento «La noche boca arriba» (1956). Aquí, del mismo modo, vemos a un moribundo. En un primer momento, parece ser un motociclista accidentado (esto es lo que el autor nos hace creer) al que internan de emergencia en un hospital y trasladan al quirófano. La historia avanza con el fluir de la conciencia del accidentado que, tras ser atado a la mesa de operaciones y quedar dormido, recuerda un vívido sueño en el que, en vez de ser un motociclista (o un «motero», según dicen hoy), es un guerrero moteca atrapado en la jungla por una tribu enemiga. El sueño va y viene en paralelo, pues el accidentado es sedado y despierta varias veces. Hacia el final sabemos que en realidad el protagonista de la historia es el moteca, quien peleaba en la guerra florida contra los aztecas, y por tal razón yace en un lecho de piedra  (no en la mesa del quirófano) donde será sacrificado a los dioses. ¿Y dónde figura el insecto en este cuento? En el sueño del guerrero, un sueño de ciencia ficción en toda la regla, ya que este acontece en un mundo futuro.

En las últimas frases del cuento, Cortázar escribe: «… el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas». 


Fernando Ampuero (Lima, 1949). Escritor, dramaturgo y periodista. Es autor de los libros de cuentos Bicho Raro (1996), Íntimos y salvajes (2017), Lobos solitarios y otros cuentos (2018), Jamás en la vida (2019) entre otros. Entre sus novelas destacan Puta linda (2006), El peruano imperfecto (2011) y Sucedió entre dos párpados (2015). En el 2018, ganó el Premio FIL Lima de literatura.

Enfermedad, escape y laberinto: La crisis política y social en tres novelas venezolanas del siglo XXI

«¿No es la literatura ese país distinto al que se acude cuando
la soledad de la historia hace casi inexistente ese otro donde se nace?»
Elisa Lerner

Noventa años después de la publicación de Doña Bárbara (1929), Venezuela es un territorio sin ley donde los fatales linderos de la barbarie, lejos de desaparecer como en la novela de Rómulo Gallegos, siguen impidiendo el desarrollo de la civilidad.

Con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 volvió a materializarse, por voluntad popular, el fantasma del caudillismo militar bajo la figura del revolucionario bolivariano. El saldo hasta la fecha ha sido la destrucción del aparato productivo nacional; el saqueo de las reservas petroleras y del arco minero; la intervención del ejército y los organismos oficiales por agentes de inteligencia foráneos; el secuestro de la ciudadanía, las entidades financieras, los medios de comunicación y las instituciones republicanas; la corrupción, la escasez, el hambre, la represión, la tortura y el asesinato como políticas de Estado; y la estampida migratoria más grande en la historia del país. Venezuela es hoy una nación en ruinas que no termina de hallar el camino hacia la civilización.

Aunque debilitado y dividido, el proyecto chavista sigue en pie y, luego de la muerte de su líder el 2013, el deterioro en todos los ámbitos de la vida social no ha dejado de esparcirse como una calculada epidemia. Varios novelistas venezolanos ―muchos de ellos fuera de su país― han hecho de ese drama nacional el eje neurálgico de sus obras. Se trata de narrativas que diseñan, desde enfoques y procedimientos diversos, una suerte de desmontaje de la historia uniforme y personalista que el chavismo pretendió instaurar como dogma político desde su origen.

De ese corpus narrativo quisiera comentar tres novelas que asumieron el desafío de recrear y pensar la encrucijada venezolana de estos últimos años. Las elijo además porque, hasta la fecha, son las que han tenido una mayor proyección y distribución global y, por ende, más asequibilidad entre los lectores: Patria o muerte (Tusquets, 2015), de Alberto Barrera Tyszka, ganadora del Premio Tusquets de Novela; La hija de la española (Lumen, 2019), de Karina Sainz Borgo, traducida este año a 15 idiomas y distribuida en más de 20 países; y The Night (Alfaguara, 2016), de Rodrigo Blanco Calderón, merecedora del Premio de la Crítica en Venezuela, del Rive Gauche en Francia y del III Premio de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2019.

Patria o muerte: la enfermedad silenciada

La primera edición de la biografía Hugo Chávez sin uniforme (Debate, 2004), escrita por Alberto Barrera Tyszka y Cristina Marcano, se publicó nueve años antes de la muerte del presidente venezolano. Con Patria o muerte, Barrera Tyszka pareciera cerrar aquella historia personal que es también la historia de un país intoxicado de fanatismo político.

Pero si los primeros años del líder chavista se prestaban para el tradicional relato biográfico, los últimos, más dados al espectáculo verboso y mesiánico, acaso calzaban mejor en la horma de la ficción. A ese perfil sostenido en el populismo y la ambición de poder se sumaba, como otro atributo propicio para lo novelesco, el clima de «ambigüedad y silencio» que arropó a Venezuela durante la enfermedad de Chávez desde 2011 hasta 2013: el arco temporal de Patria o muerte.

Apegada a un entramado lineal y encauzada en una prosa pulida donde de pronto irrumpe el brillo de una sentencia o una metáfora, la novela recompone los capítulos finales de esa telenovela política que fue la vida y muerte de Hugo Chávez: épica de la soberbia cuya consigna, «patria o muerte», devino en patología colectiva y destino trágico. Sin embargo, Barrera Tyszka elige situar los efectos de la enfermedad presidencial en las vidas de unos seres distantes de las esferas del poder. Habituados a su voz omnipresente ―trasunto del pensamiento uniformado―, estos personajes descubren con alarma que el hombre que hizo de «su lengua: su gobierno» (p. 113) no solo acaba de enfermarse: también ha enmudecido hasta desaparecer. El poderoso blackout informativo contribuye a sembrar en el país una inmensa sensación de vacío. Alrededor de ese vacío Barrera Tyszka compone unas vidas engranadas en un mismo desconcierto nacional.

En las cinco historias entrelazadas de la novela ―el oncólogo que oculta una misteriosa caja proveniente de La Habana; la estadounidense encandilada con el carisma presidencial; la mujer que contrata a unas invasoras para desalojar a los inquilinos de su casa; el periodista que intenta escribir sobre la enfermedad de Chávez; y los niños que se enamoran por internet en la soledad de sus cuartos―, los personajes se revelan como seres rotos, recelosos y contaminados por la pandemia política. Cada cual, a su manera, comparte un mismo paisaje: el paisaje del encierro. Hospitales. Apartamentos. Habitaciones. Puertas. Cajas. Espacios recurrentes en una novela que fragmenta la escenografía caraqueña en múltiples compartimientos del miedo.

Patria o muerte muestra la vida íntima de un país desorientado ante la ausencia presidencial mientras la agonía de Hugo Chávez permanece oculta en una caja de habanos cubanos. Y como colofón abierto, la imagen de dos niños en fuga que se adentran en una de las ciudades más peligrosas del mundo: los huérfanos de la revolución.

La hija de la española: historia de un escape

Si Patria o muerte deja abiertas dos interrogantes sobre el porvenir venezolano ―«¿qué vamos a hacer? ¿Adónde vamos a ir?» (p. 246)―, La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, parece responder con la alternativa de la fuga: lo que resta por hacer es irse del país.

Aunque en la novela de Sainz Borgo no se citan nombres de figuras políticas, los hechos narrados permiten establecer semejanzas con la Venezuela post-Chávez: una nación donde la rutina de muchos, como señala la narradora, se limita a «salir a cazar y regresar vivo» (p. 20), y «los días se parecían más a la intendencia de una guerra que a la vida: algodón, gasas, medicamentos, camas sucias, bisturís sin filo, papel higiénico. Comer o curarse, nada más (…) Los que vivían luchaban a dentelladas por las sobras» (p. 65). La angustia de la supervivencia asumida como cotidianidad.

Contada desde la voz de Adelaida Falcón, en cuyo estilo se entreveran la sencillez, el lirismo y la crudeza, el hilo de la historia transcurre sin mayores desvíos de tiempo y espacio que los provocados por la nostalgia. Evocación de un pasado familiar en Ocumare de la Costa donde la apariencia de una apacible normalidad contrasta con la descarnada descripción de una Caracas hostil y empobrecida.

Poco después de la muerte de su madre, la casa de Adelaida es invadida por un grupo de mujeres partidarias de la revolución. Con la casa tomada, el personaje decide buscar ayuda donde su vecina, la solitaria Aurora Peralta, conocida como «la hija de la española». Pero al ingresar a su apartamento, Adelaida descubre el cadáver de Aurora tendido en el piso y, sobre la mesa del salón, una solicitud del consulado español para tramitar el pasaporte europeo. En una escena no exenta de impiedad, acaso para remarcar el reblandecimiento de los escrúpulos en tiempos de barbarie, Adelaida se deshace del cuerpo de su vecina incinerándolo en una fogata durante una protesta callejera. Poco después tomará la determinación de apropiarse del dinero y de la documentación de Aurora como salvoconducto para escapar de Venezuela.

Adelaida pierde en pocos días todo lo que parecía atarla a su tierra: la madre, la casa, la identidad. Enfrentada a una realidad apocalíptica donde los opuestos, pese a su compleja dialéctica, son vistos como extremos irreconciliables, el personaje se aferra a la renuncia que le facilita el azar. Renuncia que tal vez sea un modo de revelar o potenciar su verdadera naturaleza.

Nadie escapa totalmente de sí mismo ni de su entorno parece sugerir la novela de Sainz Borgo. Su protagonista termina por reproducir en la forma de su huida parte de la inclemencia de la que desea desligarse. «Sobrevivir ―admite Adelaida Falcón― es parte del horror que viaja con quien escapa» (p. 216).

The Night: autopsia de un laberinto

En The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, la arquitectura especular y polifónica se sugiere desde las primeras imágenes: «Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas (…) la ciudad sintió el estupor de ser cueva y laberinto» (p. 13). El lector queda advertido: la historia ha sido diseñada como un sombrío escenario repleto de pasadizos donde la literatura, la lingüística, el rock, las artes plásticas, la historia y la psiquiatría se articulan simétrica e intertextualmente. Se trata de una mirada literaria sobre la oscuridad física y metafísica del país, la cual parece presentir, como dice uno de los personajes, «que todo el mal del mundo empieza en ellas. En las palabras» (p. 19).

Ambientada durante una de las crisis energéticas del año 2010 en Venezuela, la novela evita reproducir anecdóticamente ese periodo y se ocupa en desplegar más bien un sendero de delirios que se bifurcan. Un psiquiatra forense, un escritor fracasado y un publicista neurótico se encargan de activar las múltiples historias que se desplazan como islotes de una memoria que es, a un tiempo, venezolana y universal, imaginaria e histórica.

 The Night puede ser leída como una obra sobre la violencia política; como un relato gótico sobre el mal, la locura y los sueños; como una historia de amores enfermizos; como una recreación de casos de feminicidio; como una reflexión sobre un país enloquecido (y abusado) por sus propios psiquiatras; como un retrato de cierta izquierda venezolana de los sesenta cuya utopía devino en monstruosidad en el siglo XXI; como un puzzle metaliterario; o como una biografía novelada del palindromista caraqueño Darío Lancini, quien eligió el retiro del silencio al advertir los peligros a los que puede conducir, en manos inapropiadas, el fascinante juego de las palabras.

Fiel a una poética ya presente en sus cuentos, Blanco Calderón desarrolla con mayor amplitud en este libro la certidumbre, heredada de sus maestros ―Borges, Piglia, Bolaño―, de que el lenguaje es una materia ordenadora y, a la vez, desordenadora de la ficción y del mundo. La palabra como una moneda lanzada al aire en cuyos giros se juega el destino ético y estético de los personajes.

Si bien The Night cifra un laberinto, no pretende descifrarlo. El artefacto novelesco ha sido construido para que el lector se pierda, o más bien, para que desee perderse, acaso porque en el extravío anida también un remanente de saber. Como en la imagen de Tetris referida en el epílogo, las múltiples líneas narrativas interpoladas en la trama adoptan esa dinámica de aparición, construcción y desaparición similar a la del videojuego. El país figurado ya no como «una tierra abierta y tendida (…) toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad» ―según el imaginario galleguiano―, sino como una sucesión de intrincados caminos que se disuelven en el acto de intentar atrapar el inasible sentido que los constituye.

Borges pop

Se ha instalado ya como un lugar común o una manía sacrosanta dentro de las tertulias y actividades librescas: hablar de literatura y citar a Borges. O, por lo menos, pensar en él o en algunas de sus frases. “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Sí, delicioso lugar común que establece cercanía entre los lectores pero que a la vez entabla una correspondencia secreta con una posible “sabiduría” venida del universo de los libros. “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. De nuevo Borges, y nadie más que él, con su figura encorvada y ciega capaz de resistir tanta muletilla y obviedad por parte del lector al conjurarlo, fomentando su grandeza que, con el paso de los años, parece haberse consolidado no tanto por su literatura, sino más bien por su imagen pop.

Circunstancia paradójica esta, pero no insólita. Son varios los casos de escritores que cuanto menos se los lee más célebres se vuelven en el imaginario popular, convirtiéndose primero en íconos y luego en indiscutibles clichés. Podríamos pensar así en David Foster Wallace y en su tan poco leída y excesivamente citada La broma infinita, o en Rimbaud o Kafka, autores cuyos rostros o frases aparecen hasta en tiradas de tacitas personalizadas (en camisetas, post de redes sociales, hoteles o cafés temáticos, copys de influencers, etcétera) y cuya obra la más de las veces se desconoce casi por completo.

Sin ninguna duda, Jorge Luis Borges pertenece a esta casta de escritores –casi siempre muertos–, los cuales no pueden faltar como materia de intercambio o esnobismo en todo lo relacionado con la cultura y las artes literarias. Es decir, Borges como absoluto arquetipo del lugar común. Es decir, Borges como elemento pop.

Carlos Fuentes en La nueva novela hispanoamericana decía acerca del lugar común: “Después de todo, el lugar común es un sitio de encuentro, una posibilidad inicial de diálogo y, como tal, posee ciertas virtudes que nuestro mundo de esferas aisladas no debe sacrificar”. Imposible sacrificar a Borges a estas alturas, pues –y permítase el cliché– Borges es la Literatura. Desde luego, este lugar común podría funcionar tranquilamente en James Joyce, en Kafka o en generaciones enteras de escritores y poetas, pero aplicándolo a Borges toma otra carga de especial significado. Y esto porque Borges tuvo algo que los otros –“sus mayores”– no gozaron: el registro audiovisual. 

A través de todo el material fotográfico y fílmico que se tiene de Borges, podemos estar muy cerca del mito, comprenderlo, asimilarlo, condescender a su universo literario por vías mucho más rápidas y seguras. De ahí que todo el mundo, a veces sin haberlo leído, sepa cómo hablaba Borges, qué autores le gustaban, cómo eran sus gestos, a quién desdeñaba, en fin, cómo era cada una de esas señas particulares que lo resumían. Alan Pauls ha dicho que los íconos alusivos de Borges –“los ojos estrábicos; las manos cruzadas sobre el puño del bastón; el pelo blanco y lacio” – son populares y ya están instalados en la memoria literaria como lugar común, y todo en él es “crecientemente masivo, condenado a terminar menos en un libro que en los suplementos culturales, la radio o la televisión”[1].   

En efecto, la era del Homo Videns ha convertido a Borges en una figura pop, en un mito accesible a todos, y, por eso mismo, en un cliché. Por paradójico que pueda parecer, el autor de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es dentro del universo literario/cultural el más popular de los escritores, incluso muchísimo más pop que los escritores llamados “populares”. Hoy ya no es posible decir “conjetura”, “conjunción” o “paradoja” sin pensar en Borges, del mismo modo que es inevitable prever plagios si se emplean sinécdoques como “la unánime noche” o “fatigar bibliotecas”.

Todas estas pequeñas promulgaciones hacen de Borges un lugar común en el imaginario literario y no necesariamente un escritor que, como diría J. M. Coetzee, renovó más que ningún otro el lenguaje de la ficción[2]. Pero quizá todo esto sea en principio culpa de Borges, pues a pesar de haber escrito condenadamente bien, es indudable que ayudó a forjar su destino pop, y no solo como figura, sino también en el plano artístico. 

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Cuando el crítico literario Javier Aparicio Maydeu escribió en 2002 un artículo sobre Historia argentina de Rodrigo Fresán, dijo algo que ahora puede parecer desconcertante: “¿Un Borges pop? Tal vez Borges y lo pop formen un oxímoron…”[3]. Bajo otro punto de vista diríase que en lugar de oxímoron, Borges y lo pop forman un absoluto pleonasmo. Esta misteriosa amalgama parece venir desde mucho antes de que Borges sea Borges, es decir, ese escritor tocado por la fama y recurrente visitante a programas televisivos. Casi como un sistema paradojal, el encuentro de Borges con lo pop se lleva a cabo cuando este precisamente no es nada popular.

Siendo un completo desconocido, Borges tiene un primer flirt con la cultura pop dentro de su propia literatura. Más allá de sus reconocidos signos vitales como escritor –la reflexión metafísica, las proezas técnicas o retóricas, la especulación, la erudición intolerable, la perfección del estilo, etcétera–, Borges es también un reivindicador de los géneros populares y utiliza sus formas no tanto ya como una expresión estética en sí misma, sino también como pura política. Alan Pauls nos vuelve a decir que Borges fue “el escritor más peleador de la literatura argentina” y convirtió “la literatura en un gran campo de batalla, los libros en armas, las palabras en golpes”. Según Walter Benjamin la política es sinónimo de oposición y bajo este precepto podría decirse que Borges tuvo gran esencia política, pues todo en su postura literaria es resistencia, contraste, provocación: Quevedo versus Góngora. Cervantes versus Quevedo. Dostoevisky versus Tolstoi. La alta literatura versus la “literatura popular”. Cita alegremente a Wells, a Chesterton, a Kipling, a Wilde, a Stevenson, solo para provocar y seguir haciendo política literaria. Agrega Alan Pauls: “La discordia y la violencia nunca ceden en Borges. El tango solo le importa en la medida que puede oponérsele a la milonga; escribe sobre Almafuerte solo para pelearse con Lugones, y se pelea con Lugones”. Oposición e irreverencia, quizá estas dos palabras podrían definir a ese primer Borges. De ahí que haya sido un defensor agresivo de los géneros populares sin proponérselo del todo; tal vez en primera instancia por oposición a la feligresía de la “alta cultura”, pero luego, quizá, por simple gusto estético.

De esta manera incursiona tempranamente en lo pop, apropiándose de sus sistemas formales solo para violentarlos dentro de su propia órbita. Hace relatos policiales –incluso inventa a Bustos Domecq, autor de cuentos detectivescos, y se burla del género–, compone milongas, explora en las ficciones sobre gauchos y guapos cuchilleros, escribe cuentos fantásticos desde la concepción popular anglosajona, erige poemas con palabras pop como “morfina”, “film cinemático”, “hambre sexual”, “plano ultra-espacial”, “anarquismo”[4], y, por supuesto, tantea con la oralidad argentina sin caer en lo estrictamente oral[5].

Pero ahí no queda todo. Otro factor que vincula a Borges con lo pop se encuentra definitivamente en sus conferencias literarias, donde su voz y su ritmo –a diferencia de la voz y el ritmo en sus escritos– admiten cierta condescendencia y se vuelven amables con el receptor. Es pues en este punto donde Borges toma conciencia por primera vez de que existe un público, una masa, y que ya no podrá escribir ni hablar más para sí mismo, sino para otros, para rostros extraños que no solo lo escucharán, sino también lo grabarán y, como en muchas de sus ficciones, lo volverán un ser infinito al reproducirlo[6].  

Consciente de estos protocolos de índole divulgativa, Borges se transforma, es decir, se vuelve pop una vez más. De inmediato aprovecha las posibilidades del registro sonoro y se establece desde entonces y para siempre como el escritor más oral y hablado de la literatura latinoamericana. Alan Pauls se hace aquí la siguiente pregunta: ¿Por qué el decir de Borges es más popular que su literatura? Se responde así: “En parte porque la voz viaja más y mejor que lo escrito, y porque es un material más sensible a la lógica reproductiva de los medios de comunicación (…) Borges escrito fascina pero es inapelable; el Borges oral propone un hechizo menos costoso y tal vez más conmovedor, el de una voz expuesta, siempre en peligro, desnuda. Dulce revancha del lector humillado: Borges, al hablar se da el lujo de necesitarnos”. En efecto, Borges por primera vez se entrega por completo a su público y se vuelve la versión más amable, más “humana”, más pop, de su literatura.     

Ahora bien, no puede olvidarse que Borges utilizaba todas estas categorías de la cultura popular para contrarrestar con ellas un discurso oficial y crearse un espacio literario propio que hoy por hoy lo redefine. A más de treinta años de su muerte, esto solo puede demostrar dos cosas inapelables: su enorme dimensión política y cómo lo pop en su universo no es un oxímoron, sino un absoluto pleonasmo.   

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El Borges público: esa figura que se paseaba con mucho gusto frente a las cámaras y sets de televisión; esa figura que, “al cabo de los años”, ha derivado inevitablemente en un ícono pop. De este otro Borges nunca puede saberse cuándo está hablando en serio o en broma, cuándo está aburrido o muy cómodo, cuándo agotado o enérgico. Hay un episodio que, como casi todo en Borges, se ha vuelto un lugar común para describir su conducta en la televisión live action. El suceso ocurre durante su segunda entrevista en el programa A fondo de La 2 (TVE), conducida por el periodista Joaquín Soler Serrano. Allí se le menciona algunos nombres de los autores jóvenes del momento. Se le pregunta por Julio Cortázar y Borges se disculpa por no haber seguido su obra luego de haberle publicado Casa tomada. Se le consulta por Gabriel García Márquez y alaba Cien años de soledad (aunque en otra entrevista diría que “con 50 años hubiera sido suficiente”). Se le menciona a Mario Vargas Llosa y lo desdeña sin asco. Finalmente, el periodista le pregunta por su autor favorito y Borges, entre sorprendido y feliz, le responde: “Bueno… hay un joven Virgilio que promete mucho, eh”, y se parte de risa ante la duda del entrevistador. En otra oportunidad, Borges muestra todo su esplendor mientras un periodista en Roma trata de ponerle en aprietos con la siguiente pregunta: “¿Borges, en su país todavía hay caníbales?”. A lo que el autor de Ficciones responde con algo mucho más provocativo todavía: “Ya no. Nos los comimos a todos”.

Travieso y divertido, Borges es la hilaridad personificada. “Siempre jodiendo” podría decirse sin ningún temor de caer en la ofensa, ya que son todas estas señas las que componen en parte la figura pública de Borges y muestran por qué a la postre ha derivado en tanta popularidad y lugar común.

Uno de los principales atractivos de su imagen pop es que a pesar de haber nacido en el siglo XIX, Borges parece un contemporáneo nuestro o, por lo menos, alguien muy cercano gracias a la ilusión de los medios tecnológicos. Nunca hemos visto ni veremos a James Joyce o a Marcel Proust, mucho menos a Franz Kafka, tomando el pelo a periodistas o meando en suntuosos urinarios mientras son fotografiados. Ni siquiera a Hemingway, el terrible y legendario Hemingway, quien siempre aparece solemne y manso en los pocos registros audiovisuales que se tienen de él. En cambio en Borges, pese a toda su estampa decimonónica y erudita, la travesura pública sí es posible. Así vemos en él no solo a la Literatura, sino también al humano o al Dios hecho hombre, y eso en definitiva lo populariza. De ahí que más allá de la admiración que deriva la figura de Jorge Luis Borges, también hay otra cosa que deriva de su nombre: el afecto puro.

He ahí la razón por la cual Borges ha proliferado fuera de su literatura, convirtiéndose prácticamente en una marca o un producto intercambiable. Desde frases imposibles adjudicadas a él hasta memes de burla con su gato Beppo. Desde polos con estampas de su rostro hasta tatuajes con sus versos más famosos. Desde creepypastas protagonizadas por su persona hasta canciones dedicadas a su honor. Si se googlea su nombre aparecen, según la analítica web, cerca de 40 millones de entradas de búsqueda, superando por mucho a las 21 millones de entradas de Gabriel García Márquez, 11 millones de Mario Vargas Llosa y 7 millones de Julio Cortázar.       

Algunos hechos han alimentado más esa popularidad. Por ejemplo, el saber por su viuda María Kodama que estaba encantado con Pink Floyd y que para celebrar su cumpleaños ponía “Run like hell” a todo volumen. Nada de Mozart, Brahms o Chopin. Solo Pink Floyd y, a veces, The Beatles. También están las graciosas selfies con Vasco Szinetar, fotógrafo venezolano, quien dijo que la foto con Borges iluminó su proyecto de “Retratos frente al espejo” como una opción de vida fotográfica en el tiempo[7]. Y, claro, también están las míticas fotografías de Borges meando en los suntuosos baños del antiguo Colegio de San Idelfonso en México D.F. El fotógrafo Rogelio Cuellar, responsable de las estampas, cuenta que había sido bautizado por Borges como “El Duende” y que cuando el autor de El Aleph sintió el click de la cámara dijo en doble sentido: “El duende ya está haciendo travesuras”. Cosas como estas, además de no tener problema alguno en dar su número de teléfono a la salida de sus conferencias y entrevistas, han colocado a Borges en el centro de la esfera pop.

Desde hace ya buen tiempo se volvió usual que músicos famosos mencionaran encuentros no comprobables con Borges en algún momento de sus vidas. Luis Alberto Spinetta, por ejemplo, cuenta en Mastropía. Conversaciones con Luis Alberto Spinetta que conoció a Borges y charlaron largo y tendido sobre literatura y política. Por su parte, Joaquín Sabina y Facundo Cabral aseguran haberse cruzado con Borges en algún bar de la ciudad. Incluso confiesa María Kodama que en un hotel de Madrid, Mick Jagger vio a Borges y se arrodilló a sus pies y dijo: “Maestro, he leído todos sus libros”. A lo que Borges, entre sorprendido y halagado, preguntó quién era. “Soy Mick Jagger”, dijo el cantante. “Ah, contestó Borges, uno de los Rolling Stones”[8].

Pero como si todo esto no bastara, algunos músicos y grupos musicales han llevado a Borges a sus propias creaciones. Charly García en “Córrete Beethoven”, Divididos en “Qué tal”, Ariel Leira  en “Sin tu amor”, Miguel Mateos en “Bar imperio” o Salta La Banca en un “Vals para Jorge”. A juzgar por su referencia inmediata a Borges, los casos más extremos en pleitesía son los de la banda argentina llamada literalmente Cuentos Borgeanos y los del álbum de hip-hop “Curso básico de poesía”[9] compuesta por Rapsusklei, Sharif y Juaninacka, en donde entre canción y canción se escuchan extractos de la voz de Borges recitando un poema o dictando una sentencia. Se sabe también que en 1999 Pedro Aznar llevó adelante el ambicioso proyecto de musicalizar varios poemas de Borges y tocar en vivo esa música en el Teatro Colón. El resultado fue un show con artistas invitados como Rubén Juarez, Mercedes Sosa, A.N.I.M.A.L. y otros.

De esta manera, Borges como ícono pop ha penetrado en campos que no son necesariamente los campos en los que se descarga el interés por la literatura: el cine, la televisión, el internet. Mick Jagger, en su debut como actor en la película Performance(1970), aparece recitando un extracto de El Sur; Umberto Eco basa un personaje principal de su famosa novela El nombre de la rosa en la figura de Borges; en internet se pueden hallar foros con creepypastas o historias de Borges en los que aparece en comisarías, programas de televisión matutina, bares de dudosa reputación e, incluso, peleando a cuchillo con un peronista.

Llegados a este punto, valdría recordar que Borges era un opositor del deporte más popular del planeta. Parte de su agenda política en la vejez fue desacreditar el fútbol y, cada que podía, soltar un dardo venenoso en su contra. Así aparece nuevamente el Borges peleador, contrincante, eterno disidente. Pero esta vez ya nada tiene que ver con la literatura ni con la oficialidad culta de su época, espacios que ha conquistado con mucha justicia, sino más bien entra en disputa con el gran público, con la canalla, con el gusto generalizado del mundo.

Durante la final del Mundial de 1978, reñido entre Argentina y Holanda, Borges se las arregla para cometer la herejía más grande a su patria: convoca, a la misma hora del encuentro, una conferencia sobre “La inmortalidad” en su biblioteca, la cual se llena de simpatizantes. Dos años después, en una entrevista para el programa televisivo “La gente”, dirigido por Augusto Bonardo, declara: “Qué raro que no censuren a Inglaterra su mayor pecado: la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol. Qué raro que nunca se critique esto. El futbol fue severamente condenado por Kipling y por Shakespeare en Hamlet. ‘Esos bajos jugadores de fútbol’, dice Shakespeare. Y Kipling muchas veces, desde luego. Dos máximos poetas de Inglaterra lo condenaron. Y aquí, en Argentina, la gente lo alaba”.   

Aunque parece no darse cuenta de lo que hace, esta nueva política en Borges –bajo los términos del marketing y la publicidad– arrastra una demagogia invertida, es decir, en lugar de entrar en populismos archiconocidos, ataca el populismo pero solo para disfrazar su misma búsqueda: captar la atención pública, entrar al mundo pop y ganarse, nuevamente, su propio espacio.    Con todo, quizá lo más evidente de la popularidad de Borges sea algo que Adolfo Bioy Casares previó como algo escandaloso: aquello de que hoy en día todo el mundo conoce a Borges, aunque muy pocos –poquísimos– lo lean. ¿Qué otra característica más pop que esa puede haber para identificarla? Francamente, ni una sola.


[1] Alan Pauls, El factor Borges.

[2] J. M. Coetzee, Costas extrañas.

[3] Javier Aparicio Maydeu, Un Borges “pop”. Diario El País. 02 de noviembre, 2002.

[4] Jorge Luis Borges. Insomnio. (1920)

[5] Recuérdese que en un ensayo mencionó que el Corán no hay camellos porque Mahoma no tenía por qué saber que para escribir un texto específicamente árabe tenía que haber camellos: los camellos eran para Mahoma parte de su realidad, no podía distinguirlos; por el contrario, “un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página”. Mahoma sabía que podía ser árabe sin camellos, al igual Borges sabía que podía escribir en argentino sin caer en una falsa o impostada oralidad. 

[6] Si se hace un rápido repaso de los audios en video de sus conferencias en YouTube, podrá verse que su disertación sobre Ulysses de James Joyce tiene más de 140 mil reproducciones; su ponencia sobre la Poesía, 350.748 mil reproducciones; su charla sobre La divina comedia, 143.565 reproducciones; su conferencia sobre el Budismo, 276.753 reproducciones; sobre la ceguera, 134.191 reproducciones; sobre Las mil y una noches; 73.778 reproducciones, etcétera.  

[7] Entrevista a Vasco Szinetar (Venezuela 1948), realizada por Almuneda Cruz. Diario El Día. https://cutt.ly/jgACDuC

[8] Entrevista a María Kodama. Diario La Nación.https://cutt.ly/qgA0ERe

[9] Aquí el enlace de YouTube del álbum “Curso básico de poesía”: https://cutt.ly/lgA9Mqa

Lo que fue presente (Diarios 1985-2006)

Los diarios son un género singular. Pueden ser muy literarios o exageradamente personales. Algunos tienden a la reflexión. Otros son solo un recuento de lo vivido. Unos son osados y demasiado íntimos. Revelan muchos secretos, propios o compartidos, que son contados como una liberación o una forma de resarcimiento. Contienen hechos sin importancia o sobresalientes. No corresponden precisamente a la ficción, pero se los lee con la misma fascinación porque siempre son un descubrimiento. El personaje principal es el mismo autor. En este caso, el escritor que crea estos discursos como un método de escritura, ya sea a favor o en contra. Aquí lo confidencial se convierte en algo público. Puede ser una confesión o una infidencia, un testimonio o una venganza.

 “Lo cierto es que varios escritores escribieron diarios: Kafka, Tolstói, Nin, Pavese, Ribeyro, Sontag y Piglia, por dar un ejemplo. El colombiano Héctor Abad Faciolince se suma a esta lista”.  

Lo cierto es que varios escritores escribieron diarios: Kafka, Tolstói, Nin, Pavese, Ribeyro, Sontag y Piglia, por dar un ejemplo. El colombiano Héctor Abad Faciolince se suma a esta lista. Esta primera entrega va desde que tenía 27 años hasta cuando publicó su libro más importante: El olvido que seremos. Aunque otras cosas llegan a resaltar, como la muerte de su padre, sus estudios en Italia, sus primeras amantes, su temprano matrimonio y sus dos hijos. Se reitera el tema de las amantes, tanto en Europa como en su natal Medellín. Pues, como él mismo confiesa, no puede dejar de sentir una atracción hacia las mujeres, como tampoco puede dejar de obsesionarse por el sexo masculino, no en el plano homosexual sino en lo comparativo.

La descripción de sus actos sexuales también es otra reiteración. Una excepción es lo literario. Sobresale la mención de sus lecturas y la búsqueda constante de un espacio ideal para convertirse en escritor. Surgen sus primeras publicaciones y la amistad con editores. Se suman sus viajes y su relación con otros escritores. Imposible no comentar el viaje a Cuba con García Márquez, muy a pesar de haberle hecho una mala crítica. Se suma el premio Casa de América por su novela Basura, la violencia de su país y la familia.

LO QUE FUE PRESENTE (DIARIOS 1985-2006) -