EL VERTIGO HORIZONTAL. UNA CIUDAD LLAMADA MÉXICO

Ciudad de México, México DF, DF, Distrito Federal o solo México: todos estos son nombres usados para llamar a una ciudad vibrante, inacabable, multicolor y siempre resiliente a lo largo de su historia. El último libro de Juan Villoro es un peculiar tratado dedicado a la capital mexicana y un recorrido por sus calles. Estructurado audazmente como un viaje con distintas señalizaciones y paradas, esta ruta lleva como equipaje a los personajes, las ceremonias, los sobresaltos, costumbres y lugares que uno se encuentra en una de las metrópolis más complejas y ricas de América.

”En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca”. 

En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca. En los escritos de Villoro lo íntimo se cruza con lo histórico al describirnos su niñez en la colonia Insurgentes Mixcoac, su temprano internamiento en el colegio alemán, su paso como estudiante por la alejada Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa o sus primeros trabajos descubriendo la urbe a pie como periodista.    

Escribir sobre cualquier metrópoli latinoamericana nos lleva al encuentro de las imágenes que la definen y le dan un sabor propio: los placeres del mercado de Tepito, el interminable tráfico, los vendedores callejeros, las luchas con la burocracia o la arquitectura exprés. Villoro, como buen «chilango» o habitante capitalino, acepta a su ciudad tal como es, pero también profundiza en su historia, sus mitos fundacionales y la mutación de sus símbolos cotidianos. En su homenaje, los universos de la calle se combinan con el comentario político y su muy conocido humor aforístico en capítulos sobresalientes como «Si ven a Juan…», «Atlas de la memoria», «Café con los poetas», «El paseo de la abuela» o el monumental «El conscripto». Para deleitarse. Crónica deliciosa y no ficción con buen condimento.

El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México · Villoro, Juan: Anagrama,  Editorial -978-84-339-7124-1 - Libros Polifemo

Borges pop

Se ha instalado ya como un lugar común o una manía sacrosanta dentro de las tertulias y actividades librescas: hablar de literatura y citar a Borges. O, por lo menos, pensar en él o en algunas de sus frases. “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Sí, delicioso lugar común que establece cercanía entre los lectores pero que a la vez entabla una correspondencia secreta con una posible “sabiduría” venida del universo de los libros. “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. De nuevo Borges, y nadie más que él, con su figura encorvada y ciega capaz de resistir tanta muletilla y obviedad por parte del lector al conjurarlo, fomentando su grandeza que, con el paso de los años, parece haberse consolidado no tanto por su literatura, sino más bien por su imagen pop.

Circunstancia paradójica esta, pero no insólita. Son varios los casos de escritores que cuanto menos se los lee más célebres se vuelven en el imaginario popular, convirtiéndose primero en íconos y luego en indiscutibles clichés. Podríamos pensar así en David Foster Wallace y en su tan poco leída y excesivamente citada La broma infinita, o en Rimbaud o Kafka, autores cuyos rostros o frases aparecen hasta en tiradas de tacitas personalizadas (en camisetas, post de redes sociales, hoteles o cafés temáticos, copys de influencers, etcétera) y cuya obra la más de las veces se desconoce casi por completo.

Sin ninguna duda, Jorge Luis Borges pertenece a esta casta de escritores –casi siempre muertos–, los cuales no pueden faltar como materia de intercambio o esnobismo en todo lo relacionado con la cultura y las artes literarias. Es decir, Borges como absoluto arquetipo del lugar común. Es decir, Borges como elemento pop.

Carlos Fuentes en La nueva novela hispanoamericana decía acerca del lugar común: “Después de todo, el lugar común es un sitio de encuentro, una posibilidad inicial de diálogo y, como tal, posee ciertas virtudes que nuestro mundo de esferas aisladas no debe sacrificar”. Imposible sacrificar a Borges a estas alturas, pues –y permítase el cliché– Borges es la Literatura. Desde luego, este lugar común podría funcionar tranquilamente en James Joyce, en Kafka o en generaciones enteras de escritores y poetas, pero aplicándolo a Borges toma otra carga de especial significado. Y esto porque Borges tuvo algo que los otros –“sus mayores”– no gozaron: el registro audiovisual. 

A través de todo el material fotográfico y fílmico que se tiene de Borges, podemos estar muy cerca del mito, comprenderlo, asimilarlo, condescender a su universo literario por vías mucho más rápidas y seguras. De ahí que todo el mundo, a veces sin haberlo leído, sepa cómo hablaba Borges, qué autores le gustaban, cómo eran sus gestos, a quién desdeñaba, en fin, cómo era cada una de esas señas particulares que lo resumían. Alan Pauls ha dicho que los íconos alusivos de Borges –“los ojos estrábicos; las manos cruzadas sobre el puño del bastón; el pelo blanco y lacio” – son populares y ya están instalados en la memoria literaria como lugar común, y todo en él es “crecientemente masivo, condenado a terminar menos en un libro que en los suplementos culturales, la radio o la televisión”[1].   

En efecto, la era del Homo Videns ha convertido a Borges en una figura pop, en un mito accesible a todos, y, por eso mismo, en un cliché. Por paradójico que pueda parecer, el autor de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es dentro del universo literario/cultural el más popular de los escritores, incluso muchísimo más pop que los escritores llamados “populares”. Hoy ya no es posible decir “conjetura”, “conjunción” o “paradoja” sin pensar en Borges, del mismo modo que es inevitable prever plagios si se emplean sinécdoques como “la unánime noche” o “fatigar bibliotecas”.

Todas estas pequeñas promulgaciones hacen de Borges un lugar común en el imaginario literario y no necesariamente un escritor que, como diría J. M. Coetzee, renovó más que ningún otro el lenguaje de la ficción[2]. Pero quizá todo esto sea en principio culpa de Borges, pues a pesar de haber escrito condenadamente bien, es indudable que ayudó a forjar su destino pop, y no solo como figura, sino también en el plano artístico. 

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Cuando el crítico literario Javier Aparicio Maydeu escribió en 2002 un artículo sobre Historia argentina de Rodrigo Fresán, dijo algo que ahora puede parecer desconcertante: “¿Un Borges pop? Tal vez Borges y lo pop formen un oxímoron…”[3]. Bajo otro punto de vista diríase que en lugar de oxímoron, Borges y lo pop forman un absoluto pleonasmo. Esta misteriosa amalgama parece venir desde mucho antes de que Borges sea Borges, es decir, ese escritor tocado por la fama y recurrente visitante a programas televisivos. Casi como un sistema paradojal, el encuentro de Borges con lo pop se lleva a cabo cuando este precisamente no es nada popular.

Siendo un completo desconocido, Borges tiene un primer flirt con la cultura pop dentro de su propia literatura. Más allá de sus reconocidos signos vitales como escritor –la reflexión metafísica, las proezas técnicas o retóricas, la especulación, la erudición intolerable, la perfección del estilo, etcétera–, Borges es también un reivindicador de los géneros populares y utiliza sus formas no tanto ya como una expresión estética en sí misma, sino también como pura política. Alan Pauls nos vuelve a decir que Borges fue “el escritor más peleador de la literatura argentina” y convirtió “la literatura en un gran campo de batalla, los libros en armas, las palabras en golpes”. Según Walter Benjamin la política es sinónimo de oposición y bajo este precepto podría decirse que Borges tuvo gran esencia política, pues todo en su postura literaria es resistencia, contraste, provocación: Quevedo versus Góngora. Cervantes versus Quevedo. Dostoevisky versus Tolstoi. La alta literatura versus la “literatura popular”. Cita alegremente a Wells, a Chesterton, a Kipling, a Wilde, a Stevenson, solo para provocar y seguir haciendo política literaria. Agrega Alan Pauls: “La discordia y la violencia nunca ceden en Borges. El tango solo le importa en la medida que puede oponérsele a la milonga; escribe sobre Almafuerte solo para pelearse con Lugones, y se pelea con Lugones”. Oposición e irreverencia, quizá estas dos palabras podrían definir a ese primer Borges. De ahí que haya sido un defensor agresivo de los géneros populares sin proponérselo del todo; tal vez en primera instancia por oposición a la feligresía de la “alta cultura”, pero luego, quizá, por simple gusto estético.

De esta manera incursiona tempranamente en lo pop, apropiándose de sus sistemas formales solo para violentarlos dentro de su propia órbita. Hace relatos policiales –incluso inventa a Bustos Domecq, autor de cuentos detectivescos, y se burla del género–, compone milongas, explora en las ficciones sobre gauchos y guapos cuchilleros, escribe cuentos fantásticos desde la concepción popular anglosajona, erige poemas con palabras pop como “morfina”, “film cinemático”, “hambre sexual”, “plano ultra-espacial”, “anarquismo”[4], y, por supuesto, tantea con la oralidad argentina sin caer en lo estrictamente oral[5].

Pero ahí no queda todo. Otro factor que vincula a Borges con lo pop se encuentra definitivamente en sus conferencias literarias, donde su voz y su ritmo –a diferencia de la voz y el ritmo en sus escritos– admiten cierta condescendencia y se vuelven amables con el receptor. Es pues en este punto donde Borges toma conciencia por primera vez de que existe un público, una masa, y que ya no podrá escribir ni hablar más para sí mismo, sino para otros, para rostros extraños que no solo lo escucharán, sino también lo grabarán y, como en muchas de sus ficciones, lo volverán un ser infinito al reproducirlo[6].  

Consciente de estos protocolos de índole divulgativa, Borges se transforma, es decir, se vuelve pop una vez más. De inmediato aprovecha las posibilidades del registro sonoro y se establece desde entonces y para siempre como el escritor más oral y hablado de la literatura latinoamericana. Alan Pauls se hace aquí la siguiente pregunta: ¿Por qué el decir de Borges es más popular que su literatura? Se responde así: “En parte porque la voz viaja más y mejor que lo escrito, y porque es un material más sensible a la lógica reproductiva de los medios de comunicación (…) Borges escrito fascina pero es inapelable; el Borges oral propone un hechizo menos costoso y tal vez más conmovedor, el de una voz expuesta, siempre en peligro, desnuda. Dulce revancha del lector humillado: Borges, al hablar se da el lujo de necesitarnos”. En efecto, Borges por primera vez se entrega por completo a su público y se vuelve la versión más amable, más “humana”, más pop, de su literatura.     

Ahora bien, no puede olvidarse que Borges utilizaba todas estas categorías de la cultura popular para contrarrestar con ellas un discurso oficial y crearse un espacio literario propio que hoy por hoy lo redefine. A más de treinta años de su muerte, esto solo puede demostrar dos cosas inapelables: su enorme dimensión política y cómo lo pop en su universo no es un oxímoron, sino un absoluto pleonasmo.   

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El Borges público: esa figura que se paseaba con mucho gusto frente a las cámaras y sets de televisión; esa figura que, “al cabo de los años”, ha derivado inevitablemente en un ícono pop. De este otro Borges nunca puede saberse cuándo está hablando en serio o en broma, cuándo está aburrido o muy cómodo, cuándo agotado o enérgico. Hay un episodio que, como casi todo en Borges, se ha vuelto un lugar común para describir su conducta en la televisión live action. El suceso ocurre durante su segunda entrevista en el programa A fondo de La 2 (TVE), conducida por el periodista Joaquín Soler Serrano. Allí se le menciona algunos nombres de los autores jóvenes del momento. Se le pregunta por Julio Cortázar y Borges se disculpa por no haber seguido su obra luego de haberle publicado Casa tomada. Se le consulta por Gabriel García Márquez y alaba Cien años de soledad (aunque en otra entrevista diría que “con 50 años hubiera sido suficiente”). Se le menciona a Mario Vargas Llosa y lo desdeña sin asco. Finalmente, el periodista le pregunta por su autor favorito y Borges, entre sorprendido y feliz, le responde: “Bueno… hay un joven Virgilio que promete mucho, eh”, y se parte de risa ante la duda del entrevistador. En otra oportunidad, Borges muestra todo su esplendor mientras un periodista en Roma trata de ponerle en aprietos con la siguiente pregunta: “¿Borges, en su país todavía hay caníbales?”. A lo que el autor de Ficciones responde con algo mucho más provocativo todavía: “Ya no. Nos los comimos a todos”.

Travieso y divertido, Borges es la hilaridad personificada. “Siempre jodiendo” podría decirse sin ningún temor de caer en la ofensa, ya que son todas estas señas las que componen en parte la figura pública de Borges y muestran por qué a la postre ha derivado en tanta popularidad y lugar común.

Uno de los principales atractivos de su imagen pop es que a pesar de haber nacido en el siglo XIX, Borges parece un contemporáneo nuestro o, por lo menos, alguien muy cercano gracias a la ilusión de los medios tecnológicos. Nunca hemos visto ni veremos a James Joyce o a Marcel Proust, mucho menos a Franz Kafka, tomando el pelo a periodistas o meando en suntuosos urinarios mientras son fotografiados. Ni siquiera a Hemingway, el terrible y legendario Hemingway, quien siempre aparece solemne y manso en los pocos registros audiovisuales que se tienen de él. En cambio en Borges, pese a toda su estampa decimonónica y erudita, la travesura pública sí es posible. Así vemos en él no solo a la Literatura, sino también al humano o al Dios hecho hombre, y eso en definitiva lo populariza. De ahí que más allá de la admiración que deriva la figura de Jorge Luis Borges, también hay otra cosa que deriva de su nombre: el afecto puro.

He ahí la razón por la cual Borges ha proliferado fuera de su literatura, convirtiéndose prácticamente en una marca o un producto intercambiable. Desde frases imposibles adjudicadas a él hasta memes de burla con su gato Beppo. Desde polos con estampas de su rostro hasta tatuajes con sus versos más famosos. Desde creepypastas protagonizadas por su persona hasta canciones dedicadas a su honor. Si se googlea su nombre aparecen, según la analítica web, cerca de 40 millones de entradas de búsqueda, superando por mucho a las 21 millones de entradas de Gabriel García Márquez, 11 millones de Mario Vargas Llosa y 7 millones de Julio Cortázar.       

Algunos hechos han alimentado más esa popularidad. Por ejemplo, el saber por su viuda María Kodama que estaba encantado con Pink Floyd y que para celebrar su cumpleaños ponía “Run like hell” a todo volumen. Nada de Mozart, Brahms o Chopin. Solo Pink Floyd y, a veces, The Beatles. También están las graciosas selfies con Vasco Szinetar, fotógrafo venezolano, quien dijo que la foto con Borges iluminó su proyecto de “Retratos frente al espejo” como una opción de vida fotográfica en el tiempo[7]. Y, claro, también están las míticas fotografías de Borges meando en los suntuosos baños del antiguo Colegio de San Idelfonso en México D.F. El fotógrafo Rogelio Cuellar, responsable de las estampas, cuenta que había sido bautizado por Borges como “El Duende” y que cuando el autor de El Aleph sintió el click de la cámara dijo en doble sentido: “El duende ya está haciendo travesuras”. Cosas como estas, además de no tener problema alguno en dar su número de teléfono a la salida de sus conferencias y entrevistas, han colocado a Borges en el centro de la esfera pop.

Desde hace ya buen tiempo se volvió usual que músicos famosos mencionaran encuentros no comprobables con Borges en algún momento de sus vidas. Luis Alberto Spinetta, por ejemplo, cuenta en Mastropía. Conversaciones con Luis Alberto Spinetta que conoció a Borges y charlaron largo y tendido sobre literatura y política. Por su parte, Joaquín Sabina y Facundo Cabral aseguran haberse cruzado con Borges en algún bar de la ciudad. Incluso confiesa María Kodama que en un hotel de Madrid, Mick Jagger vio a Borges y se arrodilló a sus pies y dijo: “Maestro, he leído todos sus libros”. A lo que Borges, entre sorprendido y halagado, preguntó quién era. “Soy Mick Jagger”, dijo el cantante. “Ah, contestó Borges, uno de los Rolling Stones”[8].

Pero como si todo esto no bastara, algunos músicos y grupos musicales han llevado a Borges a sus propias creaciones. Charly García en “Córrete Beethoven”, Divididos en “Qué tal”, Ariel Leira  en “Sin tu amor”, Miguel Mateos en “Bar imperio” o Salta La Banca en un “Vals para Jorge”. A juzgar por su referencia inmediata a Borges, los casos más extremos en pleitesía son los de la banda argentina llamada literalmente Cuentos Borgeanos y los del álbum de hip-hop “Curso básico de poesía”[9] compuesta por Rapsusklei, Sharif y Juaninacka, en donde entre canción y canción se escuchan extractos de la voz de Borges recitando un poema o dictando una sentencia. Se sabe también que en 1999 Pedro Aznar llevó adelante el ambicioso proyecto de musicalizar varios poemas de Borges y tocar en vivo esa música en el Teatro Colón. El resultado fue un show con artistas invitados como Rubén Juarez, Mercedes Sosa, A.N.I.M.A.L. y otros.

De esta manera, Borges como ícono pop ha penetrado en campos que no son necesariamente los campos en los que se descarga el interés por la literatura: el cine, la televisión, el internet. Mick Jagger, en su debut como actor en la película Performance(1970), aparece recitando un extracto de El Sur; Umberto Eco basa un personaje principal de su famosa novela El nombre de la rosa en la figura de Borges; en internet se pueden hallar foros con creepypastas o historias de Borges en los que aparece en comisarías, programas de televisión matutina, bares de dudosa reputación e, incluso, peleando a cuchillo con un peronista.

Llegados a este punto, valdría recordar que Borges era un opositor del deporte más popular del planeta. Parte de su agenda política en la vejez fue desacreditar el fútbol y, cada que podía, soltar un dardo venenoso en su contra. Así aparece nuevamente el Borges peleador, contrincante, eterno disidente. Pero esta vez ya nada tiene que ver con la literatura ni con la oficialidad culta de su época, espacios que ha conquistado con mucha justicia, sino más bien entra en disputa con el gran público, con la canalla, con el gusto generalizado del mundo.

Durante la final del Mundial de 1978, reñido entre Argentina y Holanda, Borges se las arregla para cometer la herejía más grande a su patria: convoca, a la misma hora del encuentro, una conferencia sobre “La inmortalidad” en su biblioteca, la cual se llena de simpatizantes. Dos años después, en una entrevista para el programa televisivo “La gente”, dirigido por Augusto Bonardo, declara: “Qué raro que no censuren a Inglaterra su mayor pecado: la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol. Qué raro que nunca se critique esto. El futbol fue severamente condenado por Kipling y por Shakespeare en Hamlet. ‘Esos bajos jugadores de fútbol’, dice Shakespeare. Y Kipling muchas veces, desde luego. Dos máximos poetas de Inglaterra lo condenaron. Y aquí, en Argentina, la gente lo alaba”.   

Aunque parece no darse cuenta de lo que hace, esta nueva política en Borges –bajo los términos del marketing y la publicidad– arrastra una demagogia invertida, es decir, en lugar de entrar en populismos archiconocidos, ataca el populismo pero solo para disfrazar su misma búsqueda: captar la atención pública, entrar al mundo pop y ganarse, nuevamente, su propio espacio.    Con todo, quizá lo más evidente de la popularidad de Borges sea algo que Adolfo Bioy Casares previó como algo escandaloso: aquello de que hoy en día todo el mundo conoce a Borges, aunque muy pocos –poquísimos– lo lean. ¿Qué otra característica más pop que esa puede haber para identificarla? Francamente, ni una sola.


[1] Alan Pauls, El factor Borges.

[2] J. M. Coetzee, Costas extrañas.

[3] Javier Aparicio Maydeu, Un Borges “pop”. Diario El País. 02 de noviembre, 2002.

[4] Jorge Luis Borges. Insomnio. (1920)

[5] Recuérdese que en un ensayo mencionó que el Corán no hay camellos porque Mahoma no tenía por qué saber que para escribir un texto específicamente árabe tenía que haber camellos: los camellos eran para Mahoma parte de su realidad, no podía distinguirlos; por el contrario, “un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página”. Mahoma sabía que podía ser árabe sin camellos, al igual Borges sabía que podía escribir en argentino sin caer en una falsa o impostada oralidad. 

[6] Si se hace un rápido repaso de los audios en video de sus conferencias en YouTube, podrá verse que su disertación sobre Ulysses de James Joyce tiene más de 140 mil reproducciones; su ponencia sobre la Poesía, 350.748 mil reproducciones; su charla sobre La divina comedia, 143.565 reproducciones; su conferencia sobre el Budismo, 276.753 reproducciones; sobre la ceguera, 134.191 reproducciones; sobre Las mil y una noches; 73.778 reproducciones, etcétera.  

[7] Entrevista a Vasco Szinetar (Venezuela 1948), realizada por Almuneda Cruz. Diario El Día. https://cutt.ly/jgACDuC

[8] Entrevista a María Kodama. Diario La Nación.https://cutt.ly/qgA0ERe

[9] Aquí el enlace de YouTube del álbum “Curso básico de poesía”: https://cutt.ly/lgA9Mqa

Mairal, conexiones entre los opuestos

Con la aparición de la novela La uruguaya, en el año 2016, Pedro Mairal consiguió situarse en el codiciado espacio del reconocimiento: tanto de la crítica especializada como de los lectores. Premio Tigre Juan, para más señas. Sin embargo, la obra literaria del escritor argentino (Buenos Aires, 1970), no ha sido ajena a los reflectores del mundo editorial. Con apenas 28 años, Mairal dio el batacazo al ganar, con su ópera prima Una noche con Sabrina Love, la primera edición del Premio Clarín de Novela. Mención aparte, el jurado de lujo de aquel año 1998: Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante. Palabras mayores, sin duda. Añadámosle, además, que dos años después, la historia es llevada al cine por el director Alejando Agresti y protagonizada nada más y nada menos que por la espléndida Cecilia Roth.

Arranque meteórico que podría desestabilizar a cualquiera. De alguna manera, Mairal no logró salir del todo airoso del torbellino y caos que representa un éxito tan apoteósico y temprano como aquel. De hecho, su siguiente novela tardaría en aparecer unos largos siete años. Lo que no significó que dejara de escribir o publicar. La prehistoria literaria de Mairal nos lo muestra como poeta. En 1996 publicó Tigre como los pájaros. Tras el delirio del premio y la película, publicó el conjunto de cuentos Hoy temprano (2001) y el poemario Consumidor final (2003). Poesía, cuento y novela, tres géneros en los que Mairal muestra igual desenvolvimiento. No obstante, como me lo confesara el mismo autor, muchos años después, en 2009 y en Lima, es la poesía su centro de acción. «La poesía es lo que más me influyó a la hora de moldearme el verbo, digamos», me dijo en un café miraflorino que ya no existe. Lo que sí existe, si uno atisba con atención la narrativa de Mairal, es un aliento lírico que por momentos brota espontáneo en su prosa.

Si en Una noche con Sabrina Love, la trama nos mostraba a un joven pueblerino entusiasmado por concretar su anhelo de conocer, gracias a ganar un premio, a una actriz porno llamada precisamente Sabrina Love, en la novela siguiente, El año del desierto (2005), Mairal se desmarca totalmente y nos entrega una historia distópica sobre una ciudad que parece correr para atrás, involuciona y se torna primitiva. Tres años después, hace lo mismo con Salvatierra (2008), una narración sobre la vida, toda la vida, de un pintor obsesionado por pintar un interminable cuadro, ajeno totalmente al establishment del mundo del arte visual. Mairal evidencia, entonces, una tendencia a los desplazamientos, a rehuir quedarse en un lugar estancado.

“Sin embargo, como sucede con las obras que se van gestando de manera sólida, la de Mairal también presenta conexiones, puentes, vasos comunicantes, constantes”. 

Sin embargo, como sucede con las obras que se van gestando de manera sólida, la de Mairal también presenta conexiones, puentes, vasos comunicantes, constantes. Si uno piensa en La uruguaya —quizás su trabajo más logrado hasta el momento—, se pueden establecer nexos con Salvatierra, por ejemplo. En éste notamos la idea ambiciosa de contar la vida del personaje, toda su vida, como ya hemos dicho, en poco más de un centenar de páginas. Y en La uruguaya, si bien Mairal nos narra un solo día en la vida de Lucas Pereyra, existe la intención, gracias a la destreza del autor, de mostrarnos a través de ese único día, un lienzo más grande, en antes y después de ese día. Algo que ya lo había conseguido en ese cuento notable que es «Hoy temprano» (que le da título a su libro de cuentos publicado en 2001). No es en teoría un solo día, sino un viaje en carretera a una casa de campo. Y en ese viaje, la vida entera de un hombre que inicia el recorrido siendo un niño pequeño que duerme en la parte trasera del vehículo familiar conducido por su padre y lo termina, divorciado, con hijos, y él al volante, muchos años después. Y en ese mismo recorrido, la historia de la Argentina.

Si somos más atentos, podemos trazar puentes entre La uruguaya y Una noche con Sabrina Love. En aquella novela inicial, Daniel Montero, un adolescente de 17 años, sueña con una actriz porno a la que solo ha visto a través de una pantalla, en las películas que ella protagoniza. Pero la imagina. Es decir, crea en su mente una versión de aquella mujer. Cuando gana el premio del concurso, pasar una noche con ella, se producirá el contraste entre la imaginación y la realidad. Lo mismo sucede en La uruguaya, el protagonista, Lucas Pereyra, un escritor cuarentón, sumido en el tedio de su matrimonio y de una crisis económica asfixiante, conoce en un congreso de escritores en Uruguay a una hermosa joven con la que tiene un breve affaire que no se logra concretar del todo y que se mantendrá tiempo después a través de correos electrónicos. Lucas, el protagonista, al igual que el joven Daniel, construye en su cabeza una imagen de una muchacha de la que no sabe mucho en realidad. Y a la que verá, en aquel día que se cuenta en la historia, en el que cruzará el río de la Plata para traer los dólares de un par de pagos —adelantos de libros que se ha comprometido en escribir—, contrastando la imagen idealizada, imaginada, con la real.

“Un libro que en realidad podrían ser dos, pues la segunda parte está compuesta por los relatos de su primer libro, un interesante conjunto de cuentos de diversa temática en el que destacaríamos «Hoy temprano» y «Los caminos del amor», para nombrar solo un par”. 

El año pasado, Mairal entregó un nuevo libro de cuentos: Breves amores eternos (Destino, 2019). Un libro que en realidad podrían ser dos, pues la segunda parte está compuesta por los relatos de su primer libro, un interesante conjunto de cuentos de diversa temática en el que destacaríamos «Hoy temprano» y «Los caminos del amor», para nombrar solo un par. Y puede resultar curioso que en este último cuento, si forzamos un poco la lectura y la interpretación, podríamos advertir un preámbulo de lo que trabajaría mucho después en su última novela: el tedio y la ausencia de pasión en el matrimonio. Un tema, además, que no se agotó en esa estupenda narración, sino que reaparece, con otros matices, claro, en los nuevos relatos que conforman Breves amores eternos. Y que no hacen más que reafirmar que estamos frente a un autor no solo con una voz y un universo narrativo original y persona, sino de gran relieve en las letras hispanoamericanas de la actualidad.

Los mantras modernos

Rappo ha desaparecido, transfiriéndose de forma voluntaria hacia el futuro. Masita, su hermano mayor, empieza a buscarlo a través de una odisea mental y física en la que se verá obligado a viajar hacia un futuro (¿un infierno?) del que saldrá transfigurado para siempre.  Este es el argumento de Los mantras modernos de Martín Felipe Castagnet, novela que aprovecha en su corpus narrativo los arquetipos establecidos de la ciencia ficción, combinándolos a su vez con elementos adquiridos de la mitología más alucinada de internet y los videojuegos.

“Aunque la trama mantiene un arrastre lento, su estructura fragmentaria contrapesa una posible inhibición del lector frente al aparato narrativo”. 

Aunque la trama mantiene un arrastre lento, su estructura fragmentaria, casi de post, contrapesa una posible inhibición del lector frente al aparato narrativo. Además, la cohesión de distintos puntos de vista hace que la voz omnisciente mude de unos cuerpos a otros, creando incluso pequeñas aberturas para el cambio de registro lingüístico.       

Uno de sus mejores atractivos es, quizá, la presencia omnímoda del «bindi», dispositivo que se implanta en la frente de las personas para comunicar pensamientos, estar conectados todo el día en los buscadores y, lo más terrorífico de todo, para predecir el futuro. Este aparato parece una referencia inmediata del escáner psicosomático que Hikaru Miyoshi incluye en el universo de su manga Psycho-Pass, en donde a través del dispositivo se puede medir el estado mental, la personalidad y las probabilidades homicidas del ser humano.      

“El otro gran acierto del libro es el delineamiento psicológico de Ababa, sin ninguna duda el personaje más logrado de todos”. 

El otro gran acierto del libro es el delineamiento psicológico de Ababa, sin ninguna duda el personaje más logrado de todos. A diferencia del resto de protagonistas, Ababa es presentado a través de acciones o incoherencias mentales que crean en él una veladura mucho más humana y creíble a la hora de su participación. El autor permite que nos acerquemos a las honduras de una mente confusa, en donde por momentos es la misma locura la que parece hablarnos desde una intimidante y proverbial segunda persona.     Por último, podría decirse que el centro del estatuto escritural en Los mantras modernos es la abdicación de las generaciones nacidas en la era de internet hacia todo contacto real con lo humano. Es decir, la desaparición en esta novela vendría a convertirse en la alegoría del vacío emocional de nuestra época.

Los mantras modernos – Editorial Pesopluma

Totalidad sexual del cosmos

Juan Bonilla retrata a un personaje tremendo. Pintora, ensayista y poeta. La mujer más bella de México a inicios del siglo pasado, pionera de las faldas cortas —y de cortarlas— y modelo de revistas eróticas. También la hija del general Manuel Mondragón, fabricante de uno de los primeros fusiles automáticos del mundo, cabecilla del cuartelazo contra el presidente Madero en México y odiado a muerte por los revolucionarios. Esposa de Manuel Rodríguez Lozano, cadete retirado, homosexual y uno de los pintores más conocidos de su tiempo. Amante de Dr Alt, del caricaturista Matías Santoyo y de un capitán de barco español. La pintaron Diego Rivera y Montenegro, la fotografió Weston y el retratista de las élites mexicanas, Antonio Garduño.

Es preciso decir que esta descripción en ningún sentido subordina a la mujer frente a los hombres que la rodearon, sino que ayuda a entender el contexto del personaje y también, da pistas sobre la potencia de su personalidad. Carmen Mondragón, la protagonista de esta historia, rompió cada uno de los códigos de su época. Organizó, en su casa, una exposición con sus desnudos y aunque las fotografías fueron disparadas por Garduño, declaró que la autoría era suya. No le faltaron argumentos: además de ser la modelo, ella dirigió las sesiones. Ella decidió dónde posar, cómo, cuál sería la composición. Asumió su cuerpo como un medio de expresión. Por esa misma razón, renunció a ser estrella de cine: el riesgo dejar de ser un sujeto —que pone las reglas— y convertirse en un objeto —subyugada al director y al marketing cinematográfico— acabó por repelerla. Eso no es todo: también se resistió a vivir a través de un nombre que nunca había elegido. Se bautizó como Nahui Olin y así firmó sus escritos, pinturas y retratos.

“La narración da en el clavo: escrita en tercera persona, pero a la vez emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito”. 

La narración que decide Bonilla da en el clavo: escrita en presente, en tercera persona, pero a la vez, casi emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito. Carmen Mondragón —desde ahora, Nahui Olin— se enfrentó a las ideas de Einstein y escribió sobre el universo con base científica, pero también metafísica. Para Nahui, la vida es eterna si el ser humano comprende su existencia como parte de un todo, constante y en movimiento. Lo finito es el narcisismo de la individualidad.

El autor mantiene la misma lógica: la novela no termina con la muerte de la protagonista, sino que narra también su resurrección, ahora escrita en primera persona desde la perspectiva de Tomás Zurián, un restaurador que se cruza de manera accidental con una fotografía de Nahui Olin y se obsesiona con ella. De inmediato, pone toda su energía en sacarla del foso de la historia y recuperarla. La belleza de Olin, que en su tiempo desquició a los hombres que la conocieron, continúa ejerciendo su poder después de la muerte. Es gracias a Zurián que hoy sabemos de la existencia de la artista.

Bonilla es, sin duda, otra víctima de ese magnetismo. La prueba es esta novela a modo de tributo que, una vez leída, nos convierte también en obsesionados: difícil terminarla sin buscar en Google una foto de Nahui Olin.

La promesa de Julia

Un don es muchas veces una carga y eso lo sabe Julia Plaza, cuya habilidad para recordar los más mínimos detalles y hacer inesperadas asociaciones la ha puesto en situaciones más que problemáticas para una chica de su edad. Se podría decir que los crímenes irresueltos la persiguen.

" La promesa de Julia es la última entrega de la trilogía La chica invisible".

La promesa de Julia es la última entrega de la trilogía “La chica invisible”, que comenzó con el libro del mismo nombre y continuó con El puzle de cristal, del sevillano Blue Jeans, este fenómeno de la literatura juvenil, que ya nos ha hecho vibrar, incluso a los no tan jóvenes, con otras sagas como el “El club de los incomprendidos” y “Canciones para-Paula”.

En esta oportunidad, Julia, que ha ingresado a estudiar criminología en la universidad, se topará con el caso de Pedro Juncosa, un psicólogo que se habría quitado la vida cinco años antes. Sin embargo, las opiniones de uno de sus profesores y de pistas que va reuniendo parecen indicar todo lo contrario, poniendo a Julia en la ruta de un nuevo caso.

En paralelo, su inseparable amigo Emilio hará amistad con una chica muy similar a Aurora Ríos, que le recuerda a la “chica invisible” del primer libro, y Vanessa, ya recuperada y trabajando con sus padres, recibirá una vista que trastocará la tranquilidad que tanto le había costado alcanzar. El cierre perfecto de un thriller que promete no dejar cabos sueltos.

Caos, ¿hasta cuándo vas a tener miedo?

Disculpen la sosa confesión: cuando era adolescente odiaba el reggaetón. “Es música sin contenido”, me defendía o atacaba, según fuera el caso. ¿Qué diría mi yo de entonces si supiera que ahora los disfruto sin culpa? Me acusaría de incoherente o contradictorio. Y probablemente tendría razón: a mis treintaipico años prefiero el caos, la multiplicidad, a la monotonía o uniformidad.

“Soy la chica que un día se fue de ella misma y vuelve, de vez en cuando, para asegurarse de que es otra cada vez”, afirma Magali Tajes en Caos, un libro que le hace honor a su título, al combinar en un mismo espacio ficción y biografía, prosa y poesía, lenguaje inclusivo y tradicional, pero sobre todo pasado, presente y futuro, esa caprichosa síntesis de los dos primeros.

 “No obstante el factor lúdico, su autora ve el libro como más maduro que su predecesor, Arde la vida”.

No obstante el factor lúdico, su autora ve el libro como más maduro que su predecesor, Arde la vida. ¿Y qué puede ser más maduro que asumir el miedo y (ojo al subtítulo) estar dispuesto a enfrentarlo una y mil veces; o que abordar el tema del feminismo y no preocuparse por quedar bien con moros y cristianos? Para quienes no la conocen, Magali Tajes también es psicóloga y comediante, lo cual le permite abordar temas como familia, amor, trabajo o política, muchas veces con humor, el cual resulta una excelente herramienta para la introspección y el hallazgo de respuestas, así estas no sean del todo satisfactorias para todos nuestros yo. Lo importante siempre será volver a cuestionarnos y confrontarnos.

Caos: Nadie puede decirte quién eres;Nadie puede decirte quién eres: Tajes,  Magalí: Amazon.com.mx: Libros

Dímelo bajito

Mercedes Ron es a la literatura lo que una estrella juvenil del pop a la música. Es más, su primera trilogía, Culpables, nació de su fascinación por un video de la estadounidense Taylor Swift, y primero se volvió un fenómeno en Wattpad, una plataforma en línea de escritura y lectura, algo así como el Instagram o el Tik Tok de las letras.

  
“Dímelo bajito es su más nueva entrega y el primer libro de lo que promete ser una trilogía”.
  

Dímelo bajito es su más nueva entrega y el primer libro de lo que promete ser una trilogía. ¿De qué va? Kamila es la chica más popular del instituto y lleva una vida sentimental sin sobresaltos, no por nada le dicen “la reina de cristal”. Pero este mundo del que es soberana sufrirá una revuelta cuando retornen dos amigos de su infancia: los hermanos Di Bianco.

Taylor era su mejor amigo y siempre estuvo cerca para protegerla. Sin embargo, Thiago fue quien le dio su primer beso. ¿Qué hará ahora que el primero la ve con otros ojos y la simple presencia del segundo la hace sentir nerviosa? ¿Podrá esta heroína controlar el temporal interno causado por la reaparición de los hermanos y seguir reinando sobre sus sentimientos?

Una historia sobre las vertiginosas transformaciones por la que pasa todo adolescente, y lo complejo que es afrontarlas, con los clásicos giros y la hechizante prosa de esta escritora argentino-española. Para muchos, su historia más romántica y atrevida hasta el momento.

Dímelo bajito", lo nuevo de Mercedes Ron, devela su portada - Diario Vivo

El hechizo Levrero

¿Por qué uno se vuelve levreriano? ¿Cuándo el apellido se vuelve un adjetivo, una marca literaria, un estilo capaz de impulsar y formar una fervorosa comunidad, admiradores de una obra que no hacen más que seguir conectando con lectores de distintas latitudes y generaciones? Una respuesta puede ser la diversidad de caminos para acceder a su escritura. El más conocido sería abordar como punto de inicio El discurso vacío y La novela luminosa: sus historias más elogiadas, épicas de la cotidianeidad y la trascendencia del ocio. Pero también podría optarse por elegir la ruta más onírica y alucinante con la «Trilogía involuntaria» (La ciudad, El lugar y París) y Fauna/ Desplazamientos. El híbrido entre ambos caminos: El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos; o sus deliciosas observaciones vitales recopiladas en sus Irrupciones. La publicación de sus Cuentos completos, el año pasado, conecta todas las vías anteriores.

“En el «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris”. 

Podríamos empezar por «La calle de los mendigos», donde una ligera y aparentemente inocua alteración de la rutina diaria, como lo es la falla de un encendedor, lleva a una búsqueda desesperada por desentrañar un misterio técnico que no hace más que crecer y crecer al punto de desviarnos de lo absurdo de la situación, para situarnos por completo en el laberinto de la curiosidad. En el «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era  más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris. «Más de una vez pensé en mí mismo como en un triste adulto, de esos que pasan la vida acumulando cosas en previsión de un invierno que raras veces llega», menciona en «Capítulo XXX» (p. 320), sugiriendo su resistencia a «la opacidad cotidiana, a este frío y a este apego insensato a las cosas. Yo no puedo darme ese lujo» (p. 337, «Surkville»)

“El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el montevideano encontró una herramienta invaluable”. 

Esta vuelta a una capacidad infantil, aparentemente perdida en las batallas diarias de la etapa «madura», se entremezcla con la urgencia sexual y el humor, ambientes cargados de tabúes y reglas, cuyos límites son transgredidos mediante un lenguaje aparentemente desmesurado y descontrolado («La casa de pensión»), pero que no es más que la solución frente a tanta solemnidad impuesta, a la que golpea sin pudor, apelando a escenas que si bien podrían escandalizar en un primer momento, poseen un efecto que va  más allá de la impresión superficial, metáforas de la libertad del ejercicio de la ficción. El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el montevideano encontró una herramienta invaluable.  Síntesis de ello puede representar la respuesta que brinda a un divertido cuestionario formulado por él mismo: «Yo utilizo la imaginación para traducir a imágenes ciertos impulsos —llámalos vivencias, sentimientos o experiencias espirituales. Para mí esos impulsos forman parte de la realidad o, si lo preferís de mi “biografía”. Las imágenes bien podrían ser otras; la cuestión es dar a través de imágenes, a su vez, representadas por palabras, una idea de esa experiencia íntima, para la cual no existe un lenguaje preciso» (p. 589, «Entrevista imaginaria con Mario Levrero, por Mario Levrero»).

Levrero prefería denominar relatos a este tipo de narraciones para escapar a las fórmulas repetitivas que se le asignan al cuento, como se puede constatar en las más de 60 piezas que conforman el presente volumen. A diferencia de la concepción tradicional, el relato para el autor representa una oportunidad para romper con ideas preconcebidas e inamovibles de causa-efecto-solución, para tomar opciones más azarosas, sinuosas y delirantes, pero no menos atrapantes. «Los ratones felices» y «Espacios libres» son prueba de ello, con episodios donde lo que menos abunda es la lógica en detrimento de  la vitalidad, confirmando que uno no lee a Levrero para descifrar un enigma, sino para emocionarse durante  la persecución del mismo: desde la angustia inquietante y asfixiante de «El inspector» al cuestionamiento existencial de «Diario de un canalla», pasando por la melancolía de «Algo pegajoso», el humor de «Confusiones cotidianas», el horror fantástico de «Aguas salobres» o la sensación de aventura de «La cinta de Moebius» y «Alice Springs», verdaderas obras maestras. Cabe decir que algunos textos contienen una mayor dosis de confusión y densidad al punto de poder desencajar al lector en contraste con los otros relatos, como ocurre con «Ya que estamos» y  «La toma de la Bastilla o cántico por los mares de la luna», pero al menos habrá un párrafo o frase  que denote la genialidad del escritor, o una segunda o tercera lectura posterior que permita transportarnos  a planos de conciencia desconocidos como anota Nicolás Varlotta, quien estuvo a cargo de esta edición.

¿Por qué uno se vuelve levreriano? Porque al leer a Levrero, uno lo percibe cómplice, como quien lee a un amigo, según mencionaba Diego Otero en estas mismas páginas. Su literatura irrumpe en nuestras rutinas, hipnotizándonos con escenas que ensanchan nuestras experiencias y nos sumergen por completo en una materia artística formada por las más diversas fuentes, conjugadas de tal manera que uno se olvida que está leyendo. No es una forma de escapar a la realidad, es una invitación a desarmarla y volverla a armar. «Cuando creíamos que todo había terminado, todo estaba recién por comenzar» (p. 208, «Todo el tiempo») La recopilación de estos relatos no hace más que seguir encandilándonos con una obra de irradiación incombustible, una nueva oportunidad para empezar.

Degenerado

La escritora Ariana Harwicz ha escrito hasta el momento la mejor nouvelle de su producción narrativa. El otro masculino es puesto en evidencia en una trama, más bien en una voz, la del narrador de la historia. Lo que expone son los límites del pensamiento de un personaje descartado para la sociedad. Nos referimos al pedófilo, un tipo acusado de violar y asesinar a una niña.

“Este relato vira 180 grados respecto a la temática novelística de Harwicz, pues la mujer ha sido el eje principal y emocional donde transcurren sus historias”. 

Este relato vira 180 grados respecto a la temática novelística de Harwicz, pues la mujer ha sido el eje principal y emocional donde transcurren sus historias. Degenerado sacude contundentemente los parámetros de las otras novelas. Nos conduce a la psique precisamente de un degenerado, que, mediante el soliloquio, explora, manifiesta, confiesa abiertamente todo su desarrollo y contenido psicosexual. No es un manifiesto ante un jurado que lleva el caso y contrapone las leyes morales y las penales, sino un discurso a favor o en contra de la ética de un hombre solo. Sin embargo, el escenario, teatralizado, no parece absorber lo suficiente la esencia del ser humano.

«Cuán cerca está mi mente de producir pensamientos que serían aberrantes. Entonces eso me interesa del ser humano, no juzgarlo», ha declarado Harwicz en una entrevista. Y es que poner la voz del narrador al propio acusado el lector poco a poco se condiciona a su pensamiento, a sus capacidades de percepción, no solo de la sociedad, de la política, sino también del amor, sobre todo, de la historia. «Hay que escribir contra la Historia, hay que hablar contra la Historia, contra los jueces que designan la Historia, hay que escribir todo al revés. La gente de la que uno no se imagina nada es capaz de cosas inimaginables y al revés, señora jueza, el amor más alto y perfecto nos deja solos». Harwicz, como pocas escritoras, desecha todo prejuicio que puede conllevar a un escritor autocensurarse. Por el contrario, va en búsqueda de una transgresión en todo sentido. En esto consiste la literatura ciertamente: no llenar los vacíos por llenar de «textos aprendidos», sino crear más vacíos para llenarlos de otras sustancias hasta la perversión.

Degenerado