EL VERTIGO HORIZONTAL. UNA CIUDAD LLAMADA MÉXICO

Ciudad de México, México DF, DF, Distrito Federal o solo México: todos estos son nombres usados para llamar a una ciudad vibrante, inacabable, multicolor y siempre resiliente a lo largo de su historia. El último libro de Juan Villoro es un peculiar tratado dedicado a la capital mexicana y un recorrido por sus calles. Estructurado audazmente como un viaje con distintas señalizaciones y paradas, esta ruta lleva como equipaje a los personajes, las ceremonias, los sobresaltos, costumbres y lugares que uno se encuentra en una de las metrópolis más complejas y ricas de América.

”En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca”. 

En la tradición de los libros sobre ciudades, la memoria y los recuerdos de quienes los escriben ejercen una fuerza única para hacer un mapa personal de las historias que nos cuentan y darles un nuevo significado a sitios que nos pueden sonar familiares, pero que no hemos visto nunca. En los escritos de Villoro lo íntimo se cruza con lo histórico al describirnos su niñez en la colonia Insurgentes Mixcoac, su temprano internamiento en el colegio alemán, su paso como estudiante por la alejada Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa o sus primeros trabajos descubriendo la urbe a pie como periodista.    

Escribir sobre cualquier metrópoli latinoamericana nos lleva al encuentro de las imágenes que la definen y le dan un sabor propio: los placeres del mercado de Tepito, el interminable tráfico, los vendedores callejeros, las luchas con la burocracia o la arquitectura exprés. Villoro, como buen «chilango» o habitante capitalino, acepta a su ciudad tal como es, pero también profundiza en su historia, sus mitos fundacionales y la mutación de sus símbolos cotidianos. En su homenaje, los universos de la calle se combinan con el comentario político y su muy conocido humor aforístico en capítulos sobresalientes como «Si ven a Juan…», «Atlas de la memoria», «Café con los poetas», «El paseo de la abuela» o el monumental «El conscripto». Para deleitarse. Crónica deliciosa y no ficción con buen condimento.

El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México · Villoro, Juan: Anagrama,  Editorial -978-84-339-7124-1 - Libros Polifemo

Mairal, conexiones entre los opuestos

Con la aparición de la novela La uruguaya, en el año 2016, Pedro Mairal consiguió situarse en el codiciado espacio del reconocimiento: tanto de la crítica especializada como de los lectores. Premio Tigre Juan, para más señas. Sin embargo, la obra literaria del escritor argentino (Buenos Aires, 1970), no ha sido ajena a los reflectores del mundo editorial. Con apenas 28 años, Mairal dio el batacazo al ganar, con su ópera prima Una noche con Sabrina Love, la primera edición del Premio Clarín de Novela. Mención aparte, el jurado de lujo de aquel año 1998: Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante. Palabras mayores, sin duda. Añadámosle, además, que dos años después, la historia es llevada al cine por el director Alejando Agresti y protagonizada nada más y nada menos que por la espléndida Cecilia Roth.

Arranque meteórico que podría desestabilizar a cualquiera. De alguna manera, Mairal no logró salir del todo airoso del torbellino y caos que representa un éxito tan apoteósico y temprano como aquel. De hecho, su siguiente novela tardaría en aparecer unos largos siete años. Lo que no significó que dejara de escribir o publicar. La prehistoria literaria de Mairal nos lo muestra como poeta. En 1996 publicó Tigre como los pájaros. Tras el delirio del premio y la película, publicó el conjunto de cuentos Hoy temprano (2001) y el poemario Consumidor final (2003). Poesía, cuento y novela, tres géneros en los que Mairal muestra igual desenvolvimiento. No obstante, como me lo confesara el mismo autor, muchos años después, en 2009 y en Lima, es la poesía su centro de acción. «La poesía es lo que más me influyó a la hora de moldearme el verbo, digamos», me dijo en un café miraflorino que ya no existe. Lo que sí existe, si uno atisba con atención la narrativa de Mairal, es un aliento lírico que por momentos brota espontáneo en su prosa.

Si en Una noche con Sabrina Love, la trama nos mostraba a un joven pueblerino entusiasmado por concretar su anhelo de conocer, gracias a ganar un premio, a una actriz porno llamada precisamente Sabrina Love, en la novela siguiente, El año del desierto (2005), Mairal se desmarca totalmente y nos entrega una historia distópica sobre una ciudad que parece correr para atrás, involuciona y se torna primitiva. Tres años después, hace lo mismo con Salvatierra (2008), una narración sobre la vida, toda la vida, de un pintor obsesionado por pintar un interminable cuadro, ajeno totalmente al establishment del mundo del arte visual. Mairal evidencia, entonces, una tendencia a los desplazamientos, a rehuir quedarse en un lugar estancado.

“Sin embargo, como sucede con las obras que se van gestando de manera sólida, la de Mairal también presenta conexiones, puentes, vasos comunicantes, constantes”. 

Sin embargo, como sucede con las obras que se van gestando de manera sólida, la de Mairal también presenta conexiones, puentes, vasos comunicantes, constantes. Si uno piensa en La uruguaya —quizás su trabajo más logrado hasta el momento—, se pueden establecer nexos con Salvatierra, por ejemplo. En éste notamos la idea ambiciosa de contar la vida del personaje, toda su vida, como ya hemos dicho, en poco más de un centenar de páginas. Y en La uruguaya, si bien Mairal nos narra un solo día en la vida de Lucas Pereyra, existe la intención, gracias a la destreza del autor, de mostrarnos a través de ese único día, un lienzo más grande, en antes y después de ese día. Algo que ya lo había conseguido en ese cuento notable que es «Hoy temprano» (que le da título a su libro de cuentos publicado en 2001). No es en teoría un solo día, sino un viaje en carretera a una casa de campo. Y en ese viaje, la vida entera de un hombre que inicia el recorrido siendo un niño pequeño que duerme en la parte trasera del vehículo familiar conducido por su padre y lo termina, divorciado, con hijos, y él al volante, muchos años después. Y en ese mismo recorrido, la historia de la Argentina.

Si somos más atentos, podemos trazar puentes entre La uruguaya y Una noche con Sabrina Love. En aquella novela inicial, Daniel Montero, un adolescente de 17 años, sueña con una actriz porno a la que solo ha visto a través de una pantalla, en las películas que ella protagoniza. Pero la imagina. Es decir, crea en su mente una versión de aquella mujer. Cuando gana el premio del concurso, pasar una noche con ella, se producirá el contraste entre la imaginación y la realidad. Lo mismo sucede en La uruguaya, el protagonista, Lucas Pereyra, un escritor cuarentón, sumido en el tedio de su matrimonio y de una crisis económica asfixiante, conoce en un congreso de escritores en Uruguay a una hermosa joven con la que tiene un breve affaire que no se logra concretar del todo y que se mantendrá tiempo después a través de correos electrónicos. Lucas, el protagonista, al igual que el joven Daniel, construye en su cabeza una imagen de una muchacha de la que no sabe mucho en realidad. Y a la que verá, en aquel día que se cuenta en la historia, en el que cruzará el río de la Plata para traer los dólares de un par de pagos —adelantos de libros que se ha comprometido en escribir—, contrastando la imagen idealizada, imaginada, con la real.

“Un libro que en realidad podrían ser dos, pues la segunda parte está compuesta por los relatos de su primer libro, un interesante conjunto de cuentos de diversa temática en el que destacaríamos «Hoy temprano» y «Los caminos del amor», para nombrar solo un par”. 

El año pasado, Mairal entregó un nuevo libro de cuentos: Breves amores eternos (Destino, 2019). Un libro que en realidad podrían ser dos, pues la segunda parte está compuesta por los relatos de su primer libro, un interesante conjunto de cuentos de diversa temática en el que destacaríamos «Hoy temprano» y «Los caminos del amor», para nombrar solo un par. Y puede resultar curioso que en este último cuento, si forzamos un poco la lectura y la interpretación, podríamos advertir un preámbulo de lo que trabajaría mucho después en su última novela: el tedio y la ausencia de pasión en el matrimonio. Un tema, además, que no se agotó en esa estupenda narración, sino que reaparece, con otros matices, claro, en los nuevos relatos que conforman Breves amores eternos. Y que no hacen más que reafirmar que estamos frente a un autor no solo con una voz y un universo narrativo original y persona, sino de gran relieve en las letras hispanoamericanas de la actualidad.

Los mantras modernos

Rappo ha desaparecido, transfiriéndose de forma voluntaria hacia el futuro. Masita, su hermano mayor, empieza a buscarlo a través de una odisea mental y física en la que se verá obligado a viajar hacia un futuro (¿un infierno?) del que saldrá transfigurado para siempre.  Este es el argumento de Los mantras modernos de Martín Felipe Castagnet, novela que aprovecha en su corpus narrativo los arquetipos establecidos de la ciencia ficción, combinándolos a su vez con elementos adquiridos de la mitología más alucinada de internet y los videojuegos.

“Aunque la trama mantiene un arrastre lento, su estructura fragmentaria contrapesa una posible inhibición del lector frente al aparato narrativo”. 

Aunque la trama mantiene un arrastre lento, su estructura fragmentaria, casi de post, contrapesa una posible inhibición del lector frente al aparato narrativo. Además, la cohesión de distintos puntos de vista hace que la voz omnisciente mude de unos cuerpos a otros, creando incluso pequeñas aberturas para el cambio de registro lingüístico.       

Uno de sus mejores atractivos es, quizá, la presencia omnímoda del «bindi», dispositivo que se implanta en la frente de las personas para comunicar pensamientos, estar conectados todo el día en los buscadores y, lo más terrorífico de todo, para predecir el futuro. Este aparato parece una referencia inmediata del escáner psicosomático que Hikaru Miyoshi incluye en el universo de su manga Psycho-Pass, en donde a través del dispositivo se puede medir el estado mental, la personalidad y las probabilidades homicidas del ser humano.      

“El otro gran acierto del libro es el delineamiento psicológico de Ababa, sin ninguna duda el personaje más logrado de todos”. 

El otro gran acierto del libro es el delineamiento psicológico de Ababa, sin ninguna duda el personaje más logrado de todos. A diferencia del resto de protagonistas, Ababa es presentado a través de acciones o incoherencias mentales que crean en él una veladura mucho más humana y creíble a la hora de su participación. El autor permite que nos acerquemos a las honduras de una mente confusa, en donde por momentos es la misma locura la que parece hablarnos desde una intimidante y proverbial segunda persona.     Por último, podría decirse que el centro del estatuto escritural en Los mantras modernos es la abdicación de las generaciones nacidas en la era de internet hacia todo contacto real con lo humano. Es decir, la desaparición en esta novela vendría a convertirse en la alegoría del vacío emocional de nuestra época.

Los mantras modernos – Editorial Pesopluma

Totalidad sexual del cosmos

Juan Bonilla retrata a un personaje tremendo. Pintora, ensayista y poeta. La mujer más bella de México a inicios del siglo pasado, pionera de las faldas cortas —y de cortarlas— y modelo de revistas eróticas. También la hija del general Manuel Mondragón, fabricante de uno de los primeros fusiles automáticos del mundo, cabecilla del cuartelazo contra el presidente Madero en México y odiado a muerte por los revolucionarios. Esposa de Manuel Rodríguez Lozano, cadete retirado, homosexual y uno de los pintores más conocidos de su tiempo. Amante de Dr Alt, del caricaturista Matías Santoyo y de un capitán de barco español. La pintaron Diego Rivera y Montenegro, la fotografió Weston y el retratista de las élites mexicanas, Antonio Garduño.

Es preciso decir que esta descripción en ningún sentido subordina a la mujer frente a los hombres que la rodearon, sino que ayuda a entender el contexto del personaje y también, da pistas sobre la potencia de su personalidad. Carmen Mondragón, la protagonista de esta historia, rompió cada uno de los códigos de su época. Organizó, en su casa, una exposición con sus desnudos y aunque las fotografías fueron disparadas por Garduño, declaró que la autoría era suya. No le faltaron argumentos: además de ser la modelo, ella dirigió las sesiones. Ella decidió dónde posar, cómo, cuál sería la composición. Asumió su cuerpo como un medio de expresión. Por esa misma razón, renunció a ser estrella de cine: el riesgo dejar de ser un sujeto —que pone las reglas— y convertirse en un objeto —subyugada al director y al marketing cinematográfico— acabó por repelerla. Eso no es todo: también se resistió a vivir a través de un nombre que nunca había elegido. Se bautizó como Nahui Olin y así firmó sus escritos, pinturas y retratos.

“La narración da en el clavo: escrita en tercera persona, pero a la vez emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito”. 

La narración que decide Bonilla da en el clavo: escrita en presente, en tercera persona, pero a la vez, casi emulando la voz de la protagonista y sus reflexiones sobre el infinito. Carmen Mondragón —desde ahora, Nahui Olin— se enfrentó a las ideas de Einstein y escribió sobre el universo con base científica, pero también metafísica. Para Nahui, la vida es eterna si el ser humano comprende su existencia como parte de un todo, constante y en movimiento. Lo finito es el narcisismo de la individualidad.

El autor mantiene la misma lógica: la novela no termina con la muerte de la protagonista, sino que narra también su resurrección, ahora escrita en primera persona desde la perspectiva de Tomás Zurián, un restaurador que se cruza de manera accidental con una fotografía de Nahui Olin y se obsesiona con ella. De inmediato, pone toda su energía en sacarla del foso de la historia y recuperarla. La belleza de Olin, que en su tiempo desquició a los hombres que la conocieron, continúa ejerciendo su poder después de la muerte. Es gracias a Zurián que hoy sabemos de la existencia de la artista.

Bonilla es, sin duda, otra víctima de ese magnetismo. La prueba es esta novela a modo de tributo que, una vez leída, nos convierte también en obsesionados: difícil terminarla sin buscar en Google una foto de Nahui Olin.

La promesa de Julia

Un don es muchas veces una carga y eso lo sabe Julia Plaza, cuya habilidad para recordar los más mínimos detalles y hacer inesperadas asociaciones la ha puesto en situaciones más que problemáticas para una chica de su edad. Se podría decir que los crímenes irresueltos la persiguen.

" La promesa de Julia es la última entrega de la trilogía La chica invisible".

La promesa de Julia es la última entrega de la trilogía “La chica invisible”, que comenzó con el libro del mismo nombre y continuó con El puzle de cristal, del sevillano Blue Jeans, este fenómeno de la literatura juvenil, que ya nos ha hecho vibrar, incluso a los no tan jóvenes, con otras sagas como el “El club de los incomprendidos” y “Canciones para-Paula”.

En esta oportunidad, Julia, que ha ingresado a estudiar criminología en la universidad, se topará con el caso de Pedro Juncosa, un psicólogo que se habría quitado la vida cinco años antes. Sin embargo, las opiniones de uno de sus profesores y de pistas que va reuniendo parecen indicar todo lo contrario, poniendo a Julia en la ruta de un nuevo caso.

En paralelo, su inseparable amigo Emilio hará amistad con una chica muy similar a Aurora Ríos, que le recuerda a la “chica invisible” del primer libro, y Vanessa, ya recuperada y trabajando con sus padres, recibirá una vista que trastocará la tranquilidad que tanto le había costado alcanzar. El cierre perfecto de un thriller que promete no dejar cabos sueltos.

Caos, ¿hasta cuándo vas a tener miedo?

Disculpen la sosa confesión: cuando era adolescente odiaba el reggaetón. “Es música sin contenido”, me defendía o atacaba, según fuera el caso. ¿Qué diría mi yo de entonces si supiera que ahora los disfruto sin culpa? Me acusaría de incoherente o contradictorio. Y probablemente tendría razón: a mis treintaipico años prefiero el caos, la multiplicidad, a la monotonía o uniformidad.

“Soy la chica que un día se fue de ella misma y vuelve, de vez en cuando, para asegurarse de que es otra cada vez”, afirma Magali Tajes en Caos, un libro que le hace honor a su título, al combinar en un mismo espacio ficción y biografía, prosa y poesía, lenguaje inclusivo y tradicional, pero sobre todo pasado, presente y futuro, esa caprichosa síntesis de los dos primeros.

 “No obstante el factor lúdico, su autora ve el libro como más maduro que su predecesor, Arde la vida”.

No obstante el factor lúdico, su autora ve el libro como más maduro que su predecesor, Arde la vida. ¿Y qué puede ser más maduro que asumir el miedo y (ojo al subtítulo) estar dispuesto a enfrentarlo una y mil veces; o que abordar el tema del feminismo y no preocuparse por quedar bien con moros y cristianos? Para quienes no la conocen, Magali Tajes también es psicóloga y comediante, lo cual le permite abordar temas como familia, amor, trabajo o política, muchas veces con humor, el cual resulta una excelente herramienta para la introspección y el hallazgo de respuestas, así estas no sean del todo satisfactorias para todos nuestros yo. Lo importante siempre será volver a cuestionarnos y confrontarnos.

Caos: Nadie puede decirte quién eres;Nadie puede decirte quién eres: Tajes,  Magalí: Amazon.com.mx: Libros

Dímelo bajito

Mercedes Ron es a la literatura lo que una estrella juvenil del pop a la música. Es más, su primera trilogía, Culpables, nació de su fascinación por un video de la estadounidense Taylor Swift, y primero se volvió un fenómeno en Wattpad, una plataforma en línea de escritura y lectura, algo así como el Instagram o el Tik Tok de las letras.

  
“Dímelo bajito es su más nueva entrega y el primer libro de lo que promete ser una trilogía”.
  

Dímelo bajito es su más nueva entrega y el primer libro de lo que promete ser una trilogía. ¿De qué va? Kamila es la chica más popular del instituto y lleva una vida sentimental sin sobresaltos, no por nada le dicen “la reina de cristal”. Pero este mundo del que es soberana sufrirá una revuelta cuando retornen dos amigos de su infancia: los hermanos Di Bianco.

Taylor era su mejor amigo y siempre estuvo cerca para protegerla. Sin embargo, Thiago fue quien le dio su primer beso. ¿Qué hará ahora que el primero la ve con otros ojos y la simple presencia del segundo la hace sentir nerviosa? ¿Podrá esta heroína controlar el temporal interno causado por la reaparición de los hermanos y seguir reinando sobre sus sentimientos?

Una historia sobre las vertiginosas transformaciones por la que pasa todo adolescente, y lo complejo que es afrontarlas, con los clásicos giros y la hechizante prosa de esta escritora argentino-española. Para muchos, su historia más romántica y atrevida hasta el momento.

Dímelo bajito", lo nuevo de Mercedes Ron, devela su portada - Diario Vivo

El hechizo Levrero

¿Por qué uno se vuelve levreriano? ¿Cuándo el apellido se vuelve un adjetivo, una marca literaria, un estilo capaz de impulsar y formar una fervorosa comunidad, admiradores de una obra que no hacen más que seguir conectando con lectores de distintas latitudes y generaciones? Una respuesta puede ser la diversidad de caminos para acceder a su escritura. El más conocido sería abordar como punto de inicio El discurso vacío y La novela luminosa: sus historias más elogiadas, épicas de la cotidianeidad y la trascendencia del ocio. Pero también podría optarse por elegir la ruta más onírica y alucinante con la «Trilogía involuntaria» (La ciudad, El lugar y París) y Fauna/ Desplazamientos. El híbrido entre ambos caminos: El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos; o sus deliciosas observaciones vitales recopiladas en sus Irrupciones. La publicación de sus Cuentos completos, el año pasado, conecta todas las vías anteriores.

“En el «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris”. 

Podríamos empezar por «La calle de los mendigos», donde una ligera y aparentemente inocua alteración de la rutina diaria, como lo es la falla de un encendedor, lleva a una búsqueda desesperada por desentrañar un misterio técnico que no hace más que crecer y crecer al punto de desviarnos de lo absurdo de la situación, para situarnos por completo en el laberinto de la curiosidad. En el «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era  más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris. «Más de una vez pensé en mí mismo como en un triste adulto, de esos que pasan la vida acumulando cosas en previsión de un invierno que raras veces llega», menciona en «Capítulo XXX» (p. 320), sugiriendo su resistencia a «la opacidad cotidiana, a este frío y a este apego insensato a las cosas. Yo no puedo darme ese lujo» (p. 337, «Surkville»)

“El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el montevideano encontró una herramienta invaluable”. 

Esta vuelta a una capacidad infantil, aparentemente perdida en las batallas diarias de la etapa «madura», se entremezcla con la urgencia sexual y el humor, ambientes cargados de tabúes y reglas, cuyos límites son transgredidos mediante un lenguaje aparentemente desmesurado y descontrolado («La casa de pensión»), pero que no es más que la solución frente a tanta solemnidad impuesta, a la que golpea sin pudor, apelando a escenas que si bien podrían escandalizar en un primer momento, poseen un efecto que va  más allá de la impresión superficial, metáforas de la libertad del ejercicio de la ficción. El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el montevideano encontró una herramienta invaluable.  Síntesis de ello puede representar la respuesta que brinda a un divertido cuestionario formulado por él mismo: «Yo utilizo la imaginación para traducir a imágenes ciertos impulsos —llámalos vivencias, sentimientos o experiencias espirituales. Para mí esos impulsos forman parte de la realidad o, si lo preferís de mi “biografía”. Las imágenes bien podrían ser otras; la cuestión es dar a través de imágenes, a su vez, representadas por palabras, una idea de esa experiencia íntima, para la cual no existe un lenguaje preciso» (p. 589, «Entrevista imaginaria con Mario Levrero, por Mario Levrero»).

Levrero prefería denominar relatos a este tipo de narraciones para escapar a las fórmulas repetitivas que se le asignan al cuento, como se puede constatar en las más de 60 piezas que conforman el presente volumen. A diferencia de la concepción tradicional, el relato para el autor representa una oportunidad para romper con ideas preconcebidas e inamovibles de causa-efecto-solución, para tomar opciones más azarosas, sinuosas y delirantes, pero no menos atrapantes. «Los ratones felices» y «Espacios libres» son prueba de ello, con episodios donde lo que menos abunda es la lógica en detrimento de  la vitalidad, confirmando que uno no lee a Levrero para descifrar un enigma, sino para emocionarse durante  la persecución del mismo: desde la angustia inquietante y asfixiante de «El inspector» al cuestionamiento existencial de «Diario de un canalla», pasando por la melancolía de «Algo pegajoso», el humor de «Confusiones cotidianas», el horror fantástico de «Aguas salobres» o la sensación de aventura de «La cinta de Moebius» y «Alice Springs», verdaderas obras maestras. Cabe decir que algunos textos contienen una mayor dosis de confusión y densidad al punto de poder desencajar al lector en contraste con los otros relatos, como ocurre con «Ya que estamos» y  «La toma de la Bastilla o cántico por los mares de la luna», pero al menos habrá un párrafo o frase  que denote la genialidad del escritor, o una segunda o tercera lectura posterior que permita transportarnos  a planos de conciencia desconocidos como anota Nicolás Varlotta, quien estuvo a cargo de esta edición.

¿Por qué uno se vuelve levreriano? Porque al leer a Levrero, uno lo percibe cómplice, como quien lee a un amigo, según mencionaba Diego Otero en estas mismas páginas. Su literatura irrumpe en nuestras rutinas, hipnotizándonos con escenas que ensanchan nuestras experiencias y nos sumergen por completo en una materia artística formada por las más diversas fuentes, conjugadas de tal manera que uno se olvida que está leyendo. No es una forma de escapar a la realidad, es una invitación a desarmarla y volverla a armar. «Cuando creíamos que todo había terminado, todo estaba recién por comenzar» (p. 208, «Todo el tiempo») La recopilación de estos relatos no hace más que seguir encandilándonos con una obra de irradiación incombustible, una nueva oportunidad para empezar.

La invención del amor

Novela. Luego de una noche de copas adulto-contemporánea en su departamento, Samuel se instala para tomarse la del estribo en su lugar favorito en el planeta, su terraza, cuando suena el teléfono. Contesta de mala gana. Es alguien que le dice que Clara ha muerto en un accidente. Samuel –arquitecto solterón entrando a la mediana edad– no lo lamenta simplemente porque no conoce a ninguna Clara, se trata de una equivocación, pero la llamada logra intrigarlo, penetrar en su conformidad nihilista, y por una mezcla de curiosidad y no tener nada mucho más interesante que hacer, decide acercarse al velorio. Una vez ahí confirma que lo han confundido con el amante homónimo de la muerta, una chica de la que, al principio, solo tiene una foto que birla del tanatorio. Es a partir de esa visita temeraria y del retrato que el protagonista se hace pasar por quien no es (pero pudo) y se deja caer casi de manera deliberada en una obsesión por conocer todo sobre la muerta y por el otro Samuel, el verdadero, lo que da pie a una historia de amor imposible entretejida con la idealización de quien no está y el vértigo de verse envuelto en una espiral de mentiras y dudas (¿el que ama miente? ¿Es válido? ¿Amamos solo lo que el otro nos muestra, o lo que queremos ver del otro?). Entre pesquisas, sospechas, giros argumentales, encuentros y encontronazos intervienen, además de Samuel y Clara, el viudo, el verdadero Samuel y, para complicar más las cosas, Carina, la hermana de la difunta.

“De esta guisa, lo que pudo ser una historia sentimental con fantasma pasa por convertirse en un pentágono amoroso que, finalmente, se allana hasta el encuentro de dos solitarios. No se trata, ya se ve, de una típica novela romántica”. 

De esta guisa, lo que pudo ser una historia sentimental con fantasma pasa por convertirse en un pentágono amoroso que, finalmente, se allana hasta el encuentro de dos solitarios. No se trata, ya se ve, de una típica novela romántica. Por suerte. Pero el amor –esa palabra tan difícil de pronunciar por el protagonista– pareciera ser, finalmente, lo único capaz de salvarlo. Lo único que merece la pena. Contada en un tiempo presente acertado, el protagonista-narrador eventualmente se anima por unos felices desvíos argumentales, y también por ciertas reflexiones que no le restan verosimilitud al tiempo de la narración pero que sí pueden resultar un poco cansonas. Samuel a veces nos quiere decir todo, y puede resultar, tanto él mismo como personaje como su propio relato, digamos, sobrenarrado. Por otro lado, es, a su pesar, un representante de la realidad que le toca. Un burgués desencantado, cínico, individualista, aburrido, ambiguo, pero con principios a medida y una pizca de conciencia social: su configuración es acaso el mayor acierto de la novela (aunque los demás personajes, sobre todo Carina y el otro Samuel, así como los secundarios y satelitales están muy bien también).

El escenario de este drama con toques de suspense es Madrid, una ciudad afectada por la crisis de los tiempos corrientes, deslucida o cuanto menos transformada, pero de la que aún –se nota– el autor real está enamorado. Lo mismo que el narrador. José Ovejero es un buen escritor, y está en su mejor momento. Es poeta, autor de libros de viaje, de varias novelas y de cuatro destacables conjuntos de cuentos, así como de una sabrosa miscelánea llamada escritores delincuentes y de la ética de la crueldad, ganador del Premio Herralde de Ensayo 2012. Fue una presencia destacable en la reciente FIL de Lima, opacada lamentablemente en medio de tanto batiburrillo. Llegó en la gira promocional correspondiente tras haberse hecho con esta novela del Premio Alfaguara 2013 (que está aprovechando para actualizar su blog «Larga distancia», en El País).

La hora violeta

Memoria. Este libro es una batalla contra el sentimentalismo de tarjeta Hallmark. Una batalla contra el uso impropio de palabras como pérdida, luto o cáncer. Contra la intromisión del pensamiento mágico. No son habituales en nuestro idioma las memoirs que lidien con la enfermedad o la muerte. No abundan autores como Susan Sontag, Joan Didion o William Styronpor, que se fajen en una batalla desigual contra el dolor o el duelo y los riesgos de escribir en primera persona sobre ellos. Existen excepciones como Marcos Giralt Torrente y su tiempo de vida o el mortal y rosa de Francisco Umbral, al que tanto debe este libro de Sergio del Molino. Pero la tradición no es mucho más rica que eso. Existen sí libros que exhiben sus vergüenzas como si bastara mostrar algunas vísceras sin pasar por el trámite de luchar a brazo partido con el estilo y el pudor, de domar la tentación del exceso lacrimógeno. la hora violeta es también una batalla contra esa literatura de kleenex.

   El hijo de diez meses de Sergio del Molino es diagnosticado de leucemia y muere un año después, poco antes de cumplir los dos años. Este libro es el diario de naufragio de ese año y pico en que Del Molino debe lidiar con médicos, enfermeras, la impotencia, la rabia, la desesperanza, la esperanza recobrada y la desesperanza nuevamente. Y también con el «discurso triunfalista» del cáncer, que hace que «cada pequeño avance (contra la enfermedad) sea una épica victoria en una guerra larga y cruenta cuyo triunfo final creemos que nos pertenece». Del Molino aprende de la forma más dura que ese triunfo es un espejismo. En un momento, mientras trajina pasillos de hospital, alguien le grita, intentando animarlo, «¡Arriba los corazones!», y él contiene la rabia: «Aprieto los puños y a punto estoy de romperle la cara.

“El hijo de diez meses de Sergio del Molino es diagnosticado de leucemia y muere un año después, poco antes de cumplir los dos años. Este libro es el diario de naufragio de ese año y pico en que Del Molino debe lidiar con médicos, enfermeras, la impotencia, la rabia, la desesperanza, la esperanza recobrada y la desesperanza nuevamente”. 

Solo necesito una palabra de más o un consuelo torpe para estallar y empezar a clavar cabezas en picas como un Vlad el Empalador cualquiera. Pero, otra vez, me reprimo. Me siento extranjero en un país cuyo idioma no comprendo y donde todo el mundo me habla. Ni sé qué me dicen ni puedo hacerme entender». Del Molino no solo domina el idioma de ese país extraño, sino que consigue rehacerle el diccionario para que nosotros, ya no extranjeros sino extraterrestres de su dolor, consigamos, al menos, comprenderlo durante doscientas páginas.