Un año de lecturas pandémicas

Durante el raro, triste e inquietante año pasado, la mayoría nos vimos obligados a pasar en casa mucho más tiempo de lo habitual. Mientras transcurrían las semanas, primero, y luego, los meses, uno de los pocos consuelos que tuvimos fue el que nos suelen dar los libros.

Le pedimos a 10 autores peruanos —Karina Pacheco, Ricardo Sumalavia, Mayte Mujica, Alejandro Neyra, Tilsa Otta, Luis Rodríguez Pastor, Irma del Águila, Yero Chuquicaña, Fernando Ampuero y Luis Hernán Castañeda— que nos cuenten cuáles fueron los títulos que más los conmovieron. Algunos se refirieron a publicaciones recientes, otros prefirieron revisar libros de años anteriores que no tuvieron antes tiempo de leer. Hay novelas nacionales y ensayos extranjeros. Hay de todo, vamos. Tomen nota: con el aval de tan buenas recomendaciones, aquí pueden estar sus próximas lecturas.


Karina Pacheco

En tiempos de contagio, de Paolo Giordano

Publicado por una clarividencia y una lucidez cada vez asombrosa que pasa el tiempo. Lo escribió entre los últimos días de febrero del 2020 y los primeros de marzo cuando la pandemia a gran parte del mundo le parecía una gran broma y algo que no tendría que ocurrir. Lo escribió en su calidad de tremendo escritor y de alguien que viene formado en las matemáticas, y venía anunciado lo que significaba una pandemia y también revelando las fisuras múltiples que nos habían conducido a su inminencia.

Giordano señala que las matemáticas no eran una ciencia de los números sino, sobre todo, una ciencia de las relaciones. Por tanto, podía prever lo que seguimos viviendo casi un año después con primeras terribles olas y segundas olas devastadoras en muchos lugares del planeta. Concluye un tema central que viene enunciado en el libro, es decir, de todo lo que el contagio puede cambiar, cito: “No tengo miedo de caer enfermo y ¿de qué tengo miedo? De todo lo que el contagio puede cambiar. De descubrir que el andamiaje de la civilización que conozco es un castillo de naipes. De que todo se derrumbe, pero también de lo contrario; de que el miedo pase en vano sin dejar un cambio tras de sí”.

Los errantes, de Olga Tokarczuk

Una novela magnífica y al mismo tiempo ha sido una sucesión de novelas. Es difícil de clasificarla como tal por la exquisitez de cada uno de sus textos y variabilidad, pero si hay algo que es común a cada texto que compone esta joya es el tema de la impermanencia y el cambio (el desplazamiento permanente de identidad). El desplazamiento geográfico, la impermanencia de los días, de los espacios, el discurrir de la pausa y todo lo que esa impermanencia nos plantea y nos interroga. Es un libro como para beber poco a poco, a mí me ha acompañado a lo largo de todo este año. Creo que es una verdadera joya.

Las muchachas malas de la historia, de Rocío Silva Santiesteban

Un libro que estoy terminando de leer en estos días y leo con gran atención. Publicado el año pasado y aunque yo estuve en la presentación y lo compré en su momento, recién lo he leído en esta última semana es un libro muy personal y tipo muy panorámico. Empieza con un testimonio de parte como introducción de la propia autora, quien sin lugar a dudas es otra magnífica muchacha mala de la historia para luego adentrarse en una primera parte donde los capítulos van desde la revelación de los lados “oscuros” o los lados más ocultados o censurados de las mujeres míticas como Mama Ocllo, mujeres históricas cómo Francisca Pizarro (la hija mestiza de Francisco Pizarro), mujeres contemporáneas como Susan Rice, la parte menos conocida del Diario de Ana Frank o a muñecas como Barbie y va desatando esos lados vedados. Cada capítulo se lee como una revelación y como un planteamiento de preguntas. La siguiente parte son capítulos dedicados a los temas de censura en diferentes capítulos de la mujer. Sea el análisis de un libro clave como es “Cinturón de castidad” de Maruja Barrig, a temas como las empleadas domésticas en el Perú o el tema de la censura o autocensura que las propias mujeres nos planteamos. Es un libro muy importante, muy necesario y lo recomiendo vivamente. 

Ricardo Sumalavia

Capricho en azul, de Oswaldo Reynoso

Un libro importante. Pienso que Oswaldo Reynoso quiso dar un paso más en su propuesta estética, demostrando que fue un gran escritor. Ha propuesto una orgía de sensaciones —por cierto, un término que él utiliza—, una obra de arte que va a tergiversar todas las reglas para proponer una nueva estética. Creo, sin duda, que es uno de sus títulos fundamentales.

Húmedos, sucios y violentos, de Kathy Serrano

Un libro de microrrelatos que también incluye una obra de microteatro. Es un conjunto que nos interpela, que nos golpea, que nos da de bofetadas y nos hace observar nuestro entorno, que creíamos pacífico, que asimilábamos como un espacio ya controlado que nosotros salvaguardábamos de una violencia que asumíamos que existía en las calles, afuera, en esos otros lugares, y que, sin embargo, en sus relatos —de manera sutil en algunos casos, de golpe en otros— nos dice “¡No, está aquí, y tú estás en medio!”. Lo hace desde un lenguaje muy trabajado y desde una estética que propone justamente atraer al lector para llevarlo a estos mundos que van a explotar en nuestro rostro.

Círculo de lectores, de Eduardo Berti

Un libro que he leído hace poco y me ha atrapado de inmediato. Aquí Berti también está dando un paso más en su trabajo narrativo de la ficción breve para proponer un conjunto de textos donde está cuestionando el lenguaje, la escritura, la recepción. Es decir, todo lo que esta alrededor del libro (ese círculo de lectores) para, justamente, darnos una visión distinta y proponer una nueva estética de lo que supone la lectura y la escritura, en esa relación de tensión que siempre nos atrae en la literatura.

Tilsa Otta

La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin

Un libro vasto de una escritora fascinante que recorre miles de kilómetros inexplorados de nuestra imaginación. Pionero, cuestiona y trastoca los dualismos que nos rigen. Un ejercicio de empatía interplanetaria que sueña con un universo tolerante y dialogante a costa del deseo sexual y el de poder que parece provenir de nuestros genitales.

Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Este libro me reencontró con la parte que más temo de México, país que tanto extraño. Esa violencia voluptuosa que parece mágica y surreal. Un juego de terror de feria, pero en realidad es esa realidad a la caes de bruces cuando sales de tu mamá, especialmente si eres de Latinoamérica. Me hace dudar de regresar, pero también me encantaría tomar unos mezcales con Fernanda, así como con todes les mexicanes que aprendieron a hacer malabares con las bolas del demonio.

Beauty Salons

Un libro que aún no ha sido publicado, pero ya lo leí porque tuve que cotejar unos textos. Coeditado por la UNAM, Gato Negro y M Wolfman, es un panorama de las agitadas veladas poéticas que tuve la suerte de frecuentar en el DF, bañadas en brillantina, traducidas en vivo, disueltas por los polis afuera de Aeromoto, el local donde tuvo lugar ‘Salón de belleza’, el ciclo internacional de lecturas coordinada por mi compa Kit. Esta antología muestra las riquezas literarias de esas noches y el índice es como pasar lista de las personas que hemos construido de la comunidad alrededor de escucharnos. Para mí es como un recuentro de la gente que tuve que conocer por la suerte de haber estado allá, que, por cierto, es muy talentosa y de todos los planetas, colores y sensibilidades posibles.

Mayte Mujica

Los que voy a mencionar no han sido publicados el 2020, pero son libros que he leído durante estos meses. El primero es la novela El amigo, de Sigrid Nuñez; una novela hermosa sobre el duelo, la amistad, la literatura, la escritura. El segundo es Averno, de Louis Glück, un libro de poesía de la Premio Nobel de Literatura 2020. El tercero es un libro de no ficción, la Autobiografía de Malcolm X escrita con Alex Haley.

Alejandro Neyra

Civilizaciones de Laurent Binet

La ucronía puesta al servicio de la historia del Perú es uno de los mejores regalos que nos ha dado la ficción literaria en el siglo XXI. Binet, quien conoce nuestro país, reescribe la memoria e imagina una conquista de Europa por los incas, quienes la logran haciendo uso de sus estrategias de negociación más que de sus armas que no podían competir con la tecnología europea. El resultado tiene gracia e inteligencia y nos deja, como los buenos libros, con una sonrisa en los labios y muchas preguntas para el magín.

El infinito en un junco, de Irene Vallejo

Con cierto escepticismo me decidí a leer este libro que venía con mucha publicidad. Irene Vallejo casi crea un género en el que, entre la memoria personal, la filología y el helenismo, desentraña misterios eruditos contándolos de manera entretenida e inteligente. Perfecto para bibliófilos, bibliotecarios y bibliomaníacos (como el suscrito).

Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga

Un encuentro improbable en el México del siglo XXI entre una bailarina contemporánea y un asesino confeso (más aun, un parricida) tiene la trepidación de las ráfagas de los disparos de las ametralladoras de los narcos y/o de los pasos de danza moderna de una compañía vanguardista que bordea el filo de lo emocional con lo superficial. Una novela que no da respiro y que sorprende por su crudeza y por su construcción cinematográfica (comprensible si conocemos algo más de su autor).

Mi yapa (más allá del 2020):

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati

En medio del confinamiento, encontré el nombre de esta novela en una lista de libros prologados y apreciados por Jorge Luis Borges. La experiencia de la incertidumbre y de la amenaza permanente por lo desconocido que vive su protagonista es la metáfora que hallé más cercana a la pandemia.

Luis Rodríguez Pastor

A propósito de nada, de Woody Allen

Este es un libro que he leído con verdadera pasión por tratarse del cineasta que más admiro. Por fin, gracias a este libro, he podido descubrir su historia a través de su propio testimonio.

Como polvo en el viento, de Leonardo Padura

Esta es su decimotercera novela y él la ha definido como un libro visceral, y que trata sobre una constante en la historia de Cuba que es el exilio. Estamos hablando de un grupo de amigos que están repartidos a lo largo del mundo y que van generando una serie de historias. Si bien en la obra de Padura aparece en mayor o menor medida el tema del exilio, es seguramente Como polvo en el viento en la que este asunto es protagónico.

 Las palabras de Chabuca, bajo la edición, prólogo y selección de Alberto Rincón Effio

Este año que terminamos ha sido el año de Chabuca, ya que llegamos al centenario de su nacimiento y han aparecido una serie de libros muy interesantes, particularmente este, porque conocemos en primera persona la voz de Chabuca Granda. Son una selección de entrevista a Chabuca a lo lo largo de veinte años, y hay una serie de opiniones e historias muy interesantes, además de una serie de de miradas críticas de su trabajo, incluida una muy autocrítica mirada de ‘La flor de la canela’, así como opiniones tajantes y sorprendentes que vale la pena leer y revisar para no caer en la mitificación de un personaje tan emblemático.

Irma del Águila

Estación Delirio, de Teresa Ruiz Rosas

La novela ganadora del Premio Nacional de Literatura. La historia de este libro arranca en la estación de Stuttgart, en Alemania, donde un grupo de mujeres que padecen de enfermedades mentales son mandadas de vuelta a casa sin que medie razón clínica. La persona responsable de la operación es Anne Kahl, la secretaria de la clínica que comenzará a vivir con aprehensión el evento y cuya vida será contada por Sofía Olazábal en los lugares y los amigos que compartieron en Arequipa y, sobre todo, en ciudades de Europa.

Historia de la sexualidad IV (Las confesiones de la carne) de Michel Foucault

Publicado originalmente en francés el año 2018 y traducido al español el 2019, este libro cierra el ciclo de Historia de la sexualidad. Lo que hace Foucault en este último número, en estas últimas confesiones es rastrear la genealogía de nuestra sexualidad (sexualidad de Occidente) en la doctrina de los padres de la Iglesia. La idea de matrimonio como espacio de procreación o afrodisía o el valor que le dan al estado de la virginidad que se da como estado de perfección del hombre y la mujer.

Modernidad líquida, de Zygmunt Bauman

Si bien fue publicado originalmente hace unos años hay una reimpresión hecha este año con el FCE. Sobre este libro se hablado mucho y se ha introducido en el vocabulario del análisis político, sociológico, social, pero creo que la discusión sigue abierta. Básicamente Bauman nos habla de una sociedad donde las realidades que nos han acompañado toda la vida y nos han acompañado por cientos de años, como la familia, las clases sociales, el mismo barrio, comienzan a diluirse; donde los seres humanos perdemos estas realidades y grupos de referencia donde se van imponiendo los individuos o los procesos de individualización. Y por lo tanto el espacio público va perdiendo el peso, el valor que ha tenido durante cientos de años, y ha hecho parte de nuestras luchas de conquistas históricas. Pues en el lugar de lo público se instala lo privado y se despoja la discusión del bien común y así por ejemplo en una campaña, antes de que hablar de un programa de Gobierno, contrastarlo con otros, discutimos si un candidato comió chicharrón o no. Al final Bauman se pregunta si aún es posible construir ese espacio público e intentar una suerte de ciudadanía para volcarnos a intentar realizar nuestros proyectos individuales y colectivos.

Yero Chuquicaña

Mis tres títulos son El hijo del chófer, de Jordi Amat, un libro que habla sobre el poder y la corrupción en Cataluña; Un amor, de Sara Mesa, un libro que narra la historia de una mujer que debe dejar su ciudad para ir a un pequeño pueblo donde deberá reencontrarse a sí misma. Y el tercero es Lo que queda de luz, de Tessa Hadley, una historia muy íntima que me resultó nostálgica de principio a fin. Creo que es la que más recomiendo de las tres.

No quería dejar de mencionar producciones peruanas, como unas antologías que salieron durante la pandemia: El fuego de cada día, de Hipocampo Editores; y Hastío, de Campo Letrado. Creo que ambas propuestas son muy interesantes.

Fernando Ampuero

En cuanto a mi selección de lecturas del 2020, dudo que entusiasmen a los jóvenes lectores. Mis preferencias han ido más bien por el lado de la literatura clásica, o en vías de serlo, y no incluye novedades, aunque he leído una que otra novela nueva. Los tres títulos son de autores británicos del siglo XIX y XX. El primero es un libro de memorias (maravilloso, a mi juicio) de un señor que vivió muchos años en la pampa argentina y regresó a Inglaterra hacia los 35 años. Se trata de W.H. Hudson, Allá lejos y tiempo atrás; los otros son textos de ensayos: Obra selecta, de Cyril Connolly, y Perfiles críticos, de Lytton Strachey. También he hecho varias relecturas; entre ellas Memorias de África, de Isak Dinesen; y 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff. (Lloré con las dos; debe ser que y me estoy haciendo viejo).

Luis Hernán Castañeda

Mañana, las ratas, de José B. Adolph

Un clásico de la ciencia ficción peruana, una novela actual en la cual vemos una Lima del año 2034 donde el el Perú como tal ha dejado de existir y son una serie de conglomerados globales los que controlan la economía, la política y el poder, algo muy familiar para nosotros hoy en día en tiempos de globalización. Al mismo tiempo hay una serie de sectas católicas radicales en este panorama mundial distinto que canalizan el descontento, la exclusión social que reina en este mundo. Y son los marginales, los excluidos, las “ratas” quienes van a dar su apoyo a estas sectas para enfrentarse a este mundo corporativo dominado por este Consejo Supremo. Una novela que nos habla de un mundo que, lamentablemente, es muy similar al nuestro.

Ximena de dos caminos, de Laura Riesco

Aparecida en 1994 y reeditada con Lumen en 2020. Una novela de aprendizaje, de crecimiento centrada en una niña que va aprendiendo, va descubriendo, va encontrando y así encontrándose con el mundo de los adultos, con el mundo andino, con su propia identidad, con sus padres, con las desigualdades, con el racismo, con todas las complicaciones que trae consigo vivir, crecer, desarrollarse, hacerse joven, hacerse mujer en un país como el nuestro. Es una hermosa novela tanto por la prosa, por la visión del mundo, la historia, realmente es una joya. Está a la altura de cualquier clásico de la narrativa peruana.

Sueños bárbaros, de Rodrigo Nuñez Carvallo

Novela fundamental del siglo XXI que acaba de ser reeditada este 2020 por Planeta. Una novela larga, coral, colectiva en la cual seguimos a un protagonista comunitario, a una comuna de artistas okupas viviendo en una casa de Barranco tratan de crear un mundo propio lleno de arte, de cine, lleno de una realidad alternativa que les sirve para oponerse a y combatir la opresión que supone vivir en el contexto del Perú en los años 90’ con la dictadura fujimorista y con las complicaciones de esa época. Estos artistas logran crear un mundo propio, una realidad distinta, un universo paralelo en el cual los valores son otros, en el cual hay mucha belleza también.

EL AMIGO

La principal capa de la historia es el duelo. Una escritora neoyorquina, profesora de escritura creativa, pierde a su mejor amigo, también escritor, de edad madura. Él se ha suicidado. La suya es una amistad de toda la vida que comienza cuando la narradora lo tiene a él como maestro, mentor y amante por una noche. «Nuestra relación era de algún modo particular, no siempre comprensible para los demás». Eran otras épocas: el ejercicio de la docencia se mezclaba con el de la seducción.

Poco antes de morir, el suicida deja de dar clase. Un grupo de alumnas se ha quejado de él. Su masculinidad es de otro tiempo, ahora inaceptable. Pero vayamos a lo importante. Una vez muerto, la narradora es convocada por la tercera esposa de su amigo a una reunión; el asunto es pedirle que, por favor, se quede con el perro. Un gran danés arlequín, ya viejo, recogido de la calle. A la Esposa Tres no le gustan los perros. Ella acepta: «Tener aquí a tu perro es tener una parte de ti». Si lo que deseamos es ubicar un conflicto, es este: la protagonista vive en un departamento muy pequeño de Manhattan donde están prohibidas las mascotas.

El primer y más evidente logro de El Amigo es el encuentro de estos dos personajes, solitarios y tristes, que han perdido al hombre más importante de sus vidas. El segundo logro es cómo lo hace”.

El primer y más evidente logro de El Amigo es el encuentro de estos dos personajes, solitarios y tristes, que han perdido al hombre más importante de sus vidas. El segundo logro es cómo lo hace. El tono confesional, la elección de la segunda persona y cómo la sostiene, es notable. El tercer logro es todo lo que se dice y todo lo que no se dice. Cómo ha afectado el cambio generacional a la literatura, el dominio de lo políticamente correcto y la frivolidad de los nuevos aspirantes a escritores, interesados únicamente en los libros que hablan de ellos mismos. Dice Nunez, en realidad lo que quieren no es leer sino ser leídos. No es gratuito que, hacia el final de la novela, Apollo, el gran danés, encuentre sosiego en las lecturas en voz alta de su nueva compañera. Lo que hay, en el fondo, es un profundo y genuino amor por la literatura. Un réquiem. Dos personajes en duelo por algo que se va.

El amigo

MONA

Novela. Una convención de escritores en el fin del mundo se convierte en un feroz  campo de batalla en el que sus colosales egos se ven confrontados en una competencia donde el de egos confrontados . El desprecio por las ideas del contrincante se convierte en se transforma en el arma más nociva e implacable. Aplastar al que discrepa se vuelve la consigna en una lucha donde.  El capital y la valía de cada escritor son otorgados en función del <<exotismo>> de su procedencia, lengua o color. atractivo y prestigio erigidos a partir de una diversidad determinada por quienes ejercen el poder en el ecosistema académico-literario en el que la joven narradora peruana, Mona, se ve inmersa, partícipe de múltiples paradojas En medio de este ecosistema académico-literario, Mona, una joven narradora peruana, es partícipe de múltiples paradojas del gato de Schrödinger que la llevan  a reflexionar sobre. Lo que es <<correcto>> decir y no decir; la postura de moda a la que debería inclinarse,  la cual debe fingir adhesión; la dependencia tecnológica capaz de permitirse y el sutil equilibrio entre  pudor e inhibición necesarios para ligar con alguien. Todo ello la lleva  a evasiones de la realidad,  ya sea consumiendo drogas o mediante pesadillas que la atormentan y generan dudas sobre qué es en verdad imaginario. Una serie de dudas que acaban en formas de evasión de la realidad: sea por drogas o a través de pesadillas que atormentan al personaje y confunden el límite entre lo real y lo imaginario. Pero Mona no es la única. ¿Acaso no son los  festivales, psicodélicos  literarios una psicodelia a mayor escala?

 “Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades literarias y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas.”  

Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades literarias y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas. Un viejo fantasma puritano que, revivido con los rezagos de ideologías otrora consideradas como revolucionarias, sirve como mecanismo de dominación mental y corpóreo, inhibiendo la expresión artística.  Es así que el apetito sexual y su consumación se vuelven gestos de resistencia frente a los distintos niveles de represión social de la actualidad, desde el plano más íntimo que supone el control sobre los cuerpos y la atracción entre estos, hasta el de la planificación genética, temerosa de las olas migratorias capaces de recodificar las estructuras socioculturales del Primer Mundo. La libertad creativa, en sus múltiples manifestaciones, es puesta en cuestionamiento en una magnífica novela en la que  civilización y barbarie se dan cita con un lenguaje que alterna, de buena manera, inteligencia y lujuria. ¿The world is yours?

Mona -

LINCOLN EN EL BARDO

Independientemente del amor por la literatura, podría decirse que existe el amor por un determinado autor, que fluye a la par del primero y, en algunos casos, prolonga su trayecto en solitario, con una providencial ceguera semejante a la de Tiresias. No en vano las casa editoriales explotan esta debilidad de los lectores, sacando a la luz versiones deslucidas de nuestro objeto del deseo, las mismas que, en lugar de defraudarnos, avivan las llamas del amor. No en vano recorremos ávidamente las páginas de Nietochka Nezvánova o de La alquería de Stepanchikovo (dos novelas excepcionales, por cierto, aunque escasamente atendidas) cuando ya hemos concluido la lectura de los ciclos más célebres de Dostoyevski y nos damos en las narices con una suerte de síndrome de abstinencia. Esto podría explicar, también, que uno decida leer el libro de cuentos de un poeta, el poema en prosa de una dramaturga o la tira cómica de un ensayista.

Es probable que Saunders, al pasar del cuento a la novela, haya dado un paso natural y esperado hace mucho, pero cabe la posibilidad de que sus lectores más entregados acusaran el golpe, acostumbrados como estaban a los hallazgos formales que el autor había revelado en sus relatos breves. Y no fueron pocos estos hallazgos. Por ejemplo, en una de sus historias, la madre del protagonista se ha impuesto no volver a usar palabrotas; así, cada vez que va a pronunciar una la intercambia por algo que se parece a los pitidos usados en la televisión para regular el lenguaje ofensivo (fuck por beep, fuck you por beep you, fucker por beeper); de esta forma, sobrepasando incluso la verosimilitud, nos da la sensación de que es el propio autor quien está abusando de su poder para censurar el vocabulario dentro de su ficción. Otro de sus héroes, empleado en un parque de temática medieval, es obligado por su patrón a tomar una droga que arcaíza su forma de hablar, y así tenemos que el discurso en primera persona del narrador-personaje va virando, en una placentera curva involutiva, de un inglés urbano, que podría encontrarse en cualquier diálogo de The Wire, hacia un perfecto anglosajón (en la traducción española parece que estuviésemos escuchando hablar a un caballero andante de atildada retórica). Alguien como Saunders, cuya eficacia literaria ha topado ya con aquello que podría llamarse literatura, a secas, no tenía que probarnos su valor embarcándose en la penosa labor de la novela. Carver, por citar otro caso de cuentista célebre y esporádico, nunca la requirió, por no hablar de Borges o Chejov. “No es la gran cosa”, declaraba Saunders en algunas entrevistas con relación a su novela entonces inédita, “No esperen que sea La guerra y la paz”. Pues bien, Lincoln en el Bardo es esa novela. He aquí algunos apuntes al vuelo.

El argumento es sencillo. El hijo de Abraham Lincoln, Willie (el Lincoln al que se alude en el título) muere de fiebre tifoidea en la Casa Blanca, poco después de una recepción que dan sus padres en medio del fragor de la guerra civil. Su espíritu, confundido aún por el tremendo cambio, yace en el mausoleo donde es colocado su cuerpo. En este lugar sombrío y húmedo, que el lector puede suponer fácilmente como un decorado gótico, Willie se encontrará con toda suerte de espectros que se niegan a atravesar el umbral que los conduce a una, en apariencia, odiosa eternidad. El afán que tiene cada uno de estos personajes muertos por contar su historia, lamentable o tragicómica, en el mejor de los casos, sirve de excusa para elaborar una puesta en escena en la que desfilan voluntades, miedos, deseos de venganza, pasiones y todo tipo de asuntos que, presumiblemente, son los que motivan a prolongar su estancia en el mundo. Esta premisa recuerda poderosamente a la estrategia narrativa de Antología de Spoon River, célebre libro del poeta norteamericano Edgar Lee Masters, en el que un catálogo interminable de muertos (unos ilustres, otros desconocidos) elabora con sus testimonios un fresco de la sociedad americana, su esplendor y su miseria.

En la novela de Saunders cada voz tiene, a su turno, la oportunidad de explayarse sobre lo que fue su vida, con la diferencia de que la dinámica es distinta que en el libro de Lee Masters, ya que les está permitido interactuar entre ellos, produciéndose, en varios momentos, no pocas rencillas. Saunders, aquí, ha propuesto una forma que emparenta la narración con una obra de teatro donde los actores ingresan a trompicones a las tablas, decididos a hacerse con el papel protagónico, algo arriesgado, aunque predecible por parte de sus lectores, de seguro ya acostumbrados a estos riesgos narrativos. Los personajes principales, además de Willie Lincoln, son Hans Vollman, un hombre de avanzada edad que encontró la muerte al caérsele encima una viga, poco antes de consumar el primer encuentro sexual con su segunda y joven esposa, y Roger Beavins III, un joven homosexual que se ha suicidado cortándose las muñecas y desangrándose en una jofaina luego de ser rechazado por su amante y por la sociedad. La novela transcurre entre la visita de Abraham Lincoln al mausoleo para abrazar unas cuantas veces más el cuerpo de su hijo, el descubrimiento por parte de los personajes muertos de su realidad, y la desaparición de los mismos, una vez que son conscientes de que su tiempo en el mundo ha concluido. En ello se va la novela.

“Es, no obstante, la pericia de Saunders la que potencia su obra.”

Contada así, como de oídas, la narración carece de interés. Es, no obstante, la pericia de Saunders la que potencia su obra. Si bien la parte de los diálogos es medular, también se insertan capítulos que consisten en fragmentos de libros, algunos auténticos y otros inventados, ya sea de servidores, allegados o meros contemporáneos del presidente Lincoln, los cuales dotan a la narración de un aura verosímil, hiperrealista, abrumadora. Las descripciones usuales en las novelas, estandarizadas por el punto de vista único del narrador, nos privan de la perspectiva ampliada de un punto de vista coral y, entre comillas, verificable. De esta forma podemos tener la información precisa de cómo se dieron los hechos de primera fuente; así sabemos, por ejemplo, que en la recepción que ofrecieron los Lincoln previa a la muerte de Willie se sirvió “faisán tierno, gordas perdices, filetes de venado y jamones de Virginia” y que “había colmenas, con sus abejas a tamaño real, rellenas de pastel de natillas”, o que al momento de embalsamar el cuerpo inerte del pobre Willie “se usó el método de Sagnet de París”, que este Sagnet “había sido pionero en el uso de cloruro de zinc” y que “se desnudó al chico y se le practicó una escisión en el muslo izquierdo” para inyectarle el cloruro de zinc con una bombilla metálica, algo que podría haberse inventado fácilmente, pero que la novela nos concede como un hecho garantizado por la fuente de la que proviene tal información. Y no solo se limita a coincidir en todo lo que expone, sino que dentro de los mismos fragmentos de los testigos hay, incluso, desacuerdos, interpretaciones varias ya no de un hecho que podría entrañar subjetividades, sino de algo tan diáfano como la presencia o la ausencia de la luna en el cielo la noche de la recepción o las peculiaridades fisionómicas de Abraham Lincoln (algo ya presente en narraciones renombradas, como Rashomon de Akutagawa o los mismos evangelios, aunque en Saunders el logro es la forma):

Tenía unos ojos de color gris oscuro, luminosos y muy expresivos, que cambiaban al compás de su estado de ánimo.

La vida de Abraham Lincoln,
de Isaac N. Arnold

Tenía los ojos de color castaño azulado.

Los informantes de Herndon,
edición de Douglas L Wilson y Rodney O. Davis,
testimonio de Robert Wilson

Tenía el pelo de color castaño oscuro, sin tendencia alguna de calvicie.

La verdadera historia de Mary, la esposa de Lincoln,
de Katherine Helm, testimonio del senador James Harlan.

Tenía el pelo negro, todavía impoluto de blanco.

Sobre la guerra y aledaños, de Nathaniel Hawthorne.

Sin duda, más allá de los artificios, las mejores partes de la novela tienen que ver con la relación entre padre e hijo. Fuera de la novela, el presidente Lincoln es una de las imágenes más veneradas y famosas de su país, quizá tanto o más que Elvis, pero dentro de la novela es un ser frágil, doblemente flagelado por la pérdida de su hijo y por una guerra entre conciudadanos. A la grandeza de su imagen, Saunders parece encajarle un pesar del mismo calibre, tal que propicia en él casi una pérdida de la sensatez y de los protocolos mortuorios (“ahora el desaliñado caballero no dejaba en paz el cuerpecillo; le atusaba el pelo, lo acariciaba y le recolocaba las pálidas manos de muñeco”). Es como cuando al atributo del infinito amor de Dios se le yuxtapone el atributo del rencor infinito para con los que desobedecen sus mandatos. No se explica de otra manera que el presidente Lincoln no pueda llevar su duelo a la altura de su investidura, a pesar de que el siglo XIX era una época en que la muerte se respiraba en el aire y era una presencia cierta, tangible, como habrían sido los dioses para los antiguos griegos. La pérdida de un hijo, si bien es un hecho tremendo, entonces debía ser algo asumido de antemano como una posibilidad muy grande y que finalizaba, quizá, luego de haberse realizado algunas fotografías post mortem y haber depositado el cadáver en su lecho final, pero es cierto, además, que en el ámbito de la ficción estos eventos significativos emocionalmente tienden a magnificarse en los temperamentos fuertes, como se aprecia en el duelo de Rhett Butler tras la muerte de su hija en Lo que el viento se llevó. Este patetismo es descripto por Saunders con gran belleza, por boca de vollman y beavins, casi siempre encadenando un relato que cada quien ayuda a rematar cuando el otro se ha quedado sin palabras para nombrar lo que sucede ante ellos; el lenguaje con que el autor construye estas escenas no es solemne, eventualmente cualquier oscilación pasional en los narradores parece haberse ido desgastando debido a su próxima e inexorable desaparición, a la pérdida de las emociones, quizá el único indicador de la vida. Algo más difícil de notar es que las escenas donde Lincoln se lamenta en el mausoleo, rodeado por la marabunta de espectros admirados por tan ilustre visitante, transcurren en el más absorbente silencio: Lincoln está solo, arrasado por la penumbra, todo el pandemónium que lo rodea, como un callado torbellino, podrían ser las voces superpuestas a un estado de febril tormento que buscan perderlo, pero debe rehuirles. Otro tanto ocurre cuando Willie Lincoln se da cuenta de la verdad. “Muertos, dijo el chico. Estamos todos muertos”. En este instante todo parece volver a su cauce. El hijo está perdido, pero aún queda ese hijo, más demandante y trascendente, del cual el presidente es también padre: su país.

“Sin duda, más allá de los artificios, las mejores partes de la novela tienen que ver con la relación entre padre e hijo”.

Si bien Saunders suele recrear, en sus relatos, distopías que hieren al lector por lo indistinguible de la realidad actual, en esta novela también se nos presenta otro evento distópico, quizá el más viable, el del futuro ineludible de la muerte. En Lincoln en el Bardo el lector que ama la escritura de Saunders encontrará la impronta formal de sus anteriores entregas, la ironía en el abordaje del tema, el inventivo desparpajo en el lenguaje (por cierto, la traducción española corre a cargo de Javier Calvo, a quien ya conocemos por sus versiones de Foster Wallace o DeLillo); los lectores poco familiarizados con su estética hallarán, en cambio, una historia conmovedora y deliciosamente puesta en movimiento. Ambos hallazgos, en última instancia, enaltecen la obra de Saunders.

EL MONJE DE MOKA

Biografía. Este es un libro de no ficción escrito bajo los parámetros de una novela. Se puede decir también que es una biografía novelada porque cuenta la vida de Mokhtar Alkhanshali, un joven norteamericano de origen yemení de veinticuatro años que decide convertirse en un emprendedor que importa y comercializa café proveniente de Yemen, país de medio oriente que se encuentra en una guerra civil. Se trata del mismo país donde están sus raíces familiares y donde se puede hallar uno de los mejores cafés del mundo. Por estas razones también se le puede catalogar a este libro como un relato de superación, de crónica bélica y de historia del negocio cafetero.

 “Aunque tiene un rasgo que lo diferencia de los demás: Mokhtar siempre tiene la inquietud de ir en contra de la adversidad “.   

Todo empieza cuando el joven Mokhtar aprende a sobrevivir en el barrio de Tenderloin en San Francisco. Él vive en un pequeño apartamento con sus padres y sus seis hermanos, con los que comparte una sola habitación. Su educación es como la de cualquier pobre norteamericano hijo de inmigrantes. Aunque tiene un rasgo que lo diferencia de los demás: Mokhtar siempre tiene la inquietud de ir en contra de la adversidad. Lo demuestra cuando roba los libros que le gusta leer, cuando consigue su primer empleo en una tienda Banana Republic o cuando se convierte en portero de un edificio de un importante centro empresarial. Allí mismo tendrá su primera experiencia con el café donde surgirá la idea de crear una empresa con análisis FODA, visión, misión y valores. Parte del gran riesgo de este propósito esta empresa será viajar a Saná, capital de Yemen, para negociar con los caficultores y establecer los contactos de envío desde el puerto de Moka.

A través de sus recorridos, En medio de estos viajes, será testigo de los prejuicios contra los musulmanes después del 11S, muy especialmente en los aeropuertos y embajadas. Las diferencias culturales y los conflictos políticos y raciales marcarán una odisea que pondrá su vida en riesgo, convirtiendo su historia en una narración trepidante tan igual como lo ha hecho el mismo Dave Eggers en su aclamada y premiada Qué es el qué.

EL COLGAJO

«Nada de lo que es, es». Philippe Lançon, colaborador del semanario Charlie Hebdo, apunta esta cita en su cuaderno cuando asiste al estreno de Noche de Reyes.Es la víspera del atentado de los hermanos Saïd and Chérif Kouachi. Ninguna señal presagia que, por la mañana del 7 de enero de 2015, los terroristas irrumpirán en la reunión editorial, vociferando «Allahu Akbar»y descargando sus rifles de asalto. Cuando Lançon despierta en una cama de hospital, con la mandíbula destrozada por el impacto de una bala, lee y relee la obra de Shakespeare en busca de la frase. Pero no la encuentra. No existe. «Era como una de esas frases que tan claras son en un sueño y que el despertar borra», escribe. Desde entonces, se convierte en el mantra que lo acompaña en un padecimiento feroz, sometiéndose a una veintena de cirugías para la reconstrucción de su rostro y buscando adaptarse a una vida donde ha desaparecido lo ordinario.

“Lançon afronta su condición con el estoicismo que revela su prosa apaciguada, a ratos nostálgica”.


Pocos libros de memorias son tan inquietantes como El colgajo. Lançon afronta su condición con el estoicismo que revela su prosa apaciguada, a ratos nostálgica. No emite juicio sobre sus verdugos, rara vez menciona la violencia del islam, aunque un manto ominoso envuelva el relato. Lançon medita acerca de los caprichos de su destino, cada circunstancia que lo condujo a la reunión fatídica. La decisión de visitar primero la oficina de Charlie, y no su otro trabajo en Libération. El encuentro prolongado por un debate sobre Sumisión de Michel Houellebecq, lanzado ese mismo día. El libro de jazz que se queda comentando con el dibujante Cabu antes de despedirse. A la distancia, calcula cada minuto que conspiró para que no escapase del baño de sangre donde doce de sus colegas perdieron la vida.   

   A pesar de la deformidad que le recuerda el espejo, de planes desbaratados como el reencuentro con su novia en Nueva York, Lançon no deja de aferrarse al humor y la energía vital. En el quirófano encuentra una lección de anatomía, nutrida por las conversaciones con su cirujana. En la vida de sanatorio consigue el lugar para escribir y volver a Proust o Thomas Mann. Desde ahí atestigua con incredulidad cómo un semanario satírico al borde de la inanición se convierte en la bandera de la libertad. El testimonio de quien elige no sucumbir a la desgracia que le fue impuesta.

El colgajo

La ciudad de vapor

En esta entrega póstuma, uno de los rey Midas de la literatura española vuelve al universo de El cementerio de los libros olvidados para estirar y tensar sus hilos narrativos. Vuelve así a los andares y las cuitas de un puñado de personajes surgidos de esa exitosa saga inscrita entre los códigos del realismo mágico, el policial y el misterio.

No es exagerado pronosticar que disfrutarán los fans y no tan fans del autor barcelonés. Porque entre esa madeja de historias entrecruzadas siempre hay espacio para la sorpresa; siempre un guiño cómplice para el lector, que agradecerá las armas nobles con las que cada relato cobra vida y se hace entrañable. Y tal vez eso sea lo más destacable del libro: en estas creaciones breves, Ruiz Zafón parece encontrar el formato ideal para explotar con libertad su imaginación, su amor incondicional por la aventura y la historia, sin caer en esa ampulosa necesidad de cerrar todos los cabos sueltos que abren sus tramas, que afectaba algunos cierres de sus novelas.

Aquí la lógica desaparece: por encima de todas las cosas, se abraza y se celebra la capacidad talentosa de narrar. El germen de la lectura y de la invención está presente en cada uno de los once títulos que componen este libro. Creer o no en lo que se cuenta pasa a un segundo plano.

El amigo americano: el hombre de Obama en España

Autobiografía. Los diplomáticos solían escribir sus memorias, que eran una suerte de breves historias de los tiempos que les había tocado vivir y los cambios en las sociedades a las que habían viajado, con el propósito de que se entienda mejor la relación con su propio país y sus ciudadanos (aquellos a quienes supuestamente debían representar). En la antigüedad, esos libros podían pasar por relatos de aventuras, por gabinetes de curiosidades, por antología de misceláneas, por manual de negociaciones y, en ocasiones, hasta por novelas de espías. Peregrinaje por la paz del ilustre diplomático peruano recientemente fallecido, Javier Pérez de Cuéllar, escrito en el año del cambio de milenio, es uno de los últimos referentes de ese género.

¿Qué puede contarnos un diplomático en pleno siglo XXI, en tiempos de ultraconexión donde todo parece encontrarse a un clic de distancia? Mucho, si se trata de un embajador venido del mundo de los negocios, un self made man norteamericano, gay y liberal, que fue enviado a la conservadora España con su diplomacia llena de protocolo, pompa y circunstancia. Más cuando lo hace llevado de la mano de Santiago Roncagliolo, testigo de la transformación de este hombre, desde el personaje tímido, que solo recibió como instrucción de su presidente «sé tú mismo», hasta su conversión a una personalidad para el mundo frívolo de Hola, pero también para la clase gobernante del reino.

“Más cuando lo hace llevado de la mano de Santiago Roncagliolo, testigo de la transformación de este hombre, desde el personaje tímido, que solo recibió como instrucción de su presidente «sé tú mismo», hasta su conversión a una personalidad para el mundo frívolo de Hola, pero también para la clase gobernante del reino”. 

James Costos cuenta su vida como una serie de televisión —por algo fue ejecutivo de HBO—, con mucha gracia, comentando algunos episodios críticos de su paso por la embajada en Madrid, entendiendo los matices de una vida no exenta de frivolidad, pero que, bien ejercida, es la mejor expresión de cómo la empatía y la sencillez, y especialmente la honestidad y el ser genuido, pueden abrir más puertas que los mensajes cifrados.  Todo en beneficio de los gobiernos de España y Estados Unidos, que en tiempos de Obama pusieron de lado diferencias y ambigüedades en horas difíciles. Una buena historia de cómo la diplomacia bien entendida y ejecutada es de la mayor utilidad en estos tiempos de extremismos.

EL AMIGO AMERICANO

Lo que fue presente (Diarios 1985-2006)

Los diarios son un género singular. Pueden ser muy literarios o exageradamente personales. Algunos tienden a la reflexión. Otros son solo un recuento de lo vivido. Unos son osados y demasiado íntimos. Revelan muchos secretos, propios o compartidos, que son contados como una liberación o una forma de resarcimiento. Contienen hechos sin importancia o sobresalientes. No corresponden precisamente a la ficción, pero se los lee con la misma fascinación porque siempre son un descubrimiento. El personaje principal es el mismo autor. En este caso, el escritor que crea estos discursos como un método de escritura, ya sea a favor o en contra. Aquí lo confidencial se convierte en algo público. Puede ser una confesión o una infidencia, un testimonio o una venganza.

 “Lo cierto es que varios escritores escribieron diarios: Kafka, Tolstói, Nin, Pavese, Ribeyro, Sontag y Piglia, por dar un ejemplo. El colombiano Héctor Abad Faciolince se suma a esta lista”.  

Lo cierto es que varios escritores escribieron diarios: Kafka, Tolstói, Nin, Pavese, Ribeyro, Sontag y Piglia, por dar un ejemplo. El colombiano Héctor Abad Faciolince se suma a esta lista. Esta primera entrega va desde que tenía 27 años hasta cuando publicó su libro más importante: El olvido que seremos. Aunque otras cosas llegan a resaltar, como la muerte de su padre, sus estudios en Italia, sus primeras amantes, su temprano matrimonio y sus dos hijos. Se reitera el tema de las amantes, tanto en Europa como en su natal Medellín. Pues, como él mismo confiesa, no puede dejar de sentir una atracción hacia las mujeres, como tampoco puede dejar de obsesionarse por el sexo masculino, no en el plano homosexual sino en lo comparativo.

La descripción de sus actos sexuales también es otra reiteración. Una excepción es lo literario. Sobresale la mención de sus lecturas y la búsqueda constante de un espacio ideal para convertirse en escritor. Surgen sus primeras publicaciones y la amistad con editores. Se suman sus viajes y su relación con otros escritores. Imposible no comentar el viaje a Cuba con García Márquez, muy a pesar de haberle hecho una mala crítica. Se suma el premio Casa de América por su novela Basura, la violencia de su país y la familia.

LO QUE FUE PRESENTE (DIARIOS 1985-2006) -

La autoridad de la ignorancia

Hace ya varios años, sin que venga a cuento por qué, alguien me preguntó qué hacía falta para escribir un poema notable. Imaginé que esta persona se refería a aquello incuestionable, atemporal, necesario, aquello, en suma, que una vez insertado en la realidad no podría desaparecer de ella sin el riesgo de dejarla huérfana o incompleta. La pregunta, naturalmente, me tomó por sorpresa y me encontré desamparado, sin arma alguna con qué defenderme. Yo era entonces un veinteañero sin libro publicado y con una idea muy gaseosa de lo que significaba, en verdad, la poesía, a pesar de haber estudiado una carrera de letras en una universidad pública con varias promociones de distinguidos poetas y considerarme un lector, a carta cabal. Tras unos segundos de reflexiones infinitesimales dentro de mi cerebro sólo atiné a responderle a esta persona que hacía falta mucha suerte para lograr tal prodigio. Cuando mis recuerdos vuelven a ubicarme, con su torbellino inopinado, en ese preciso instante, me veo ofreciendo una diversidad de respuestas ingeniosas, cada cual más confusa, e intento hacerlas encajar con un candor que, presiento, siempre se mantendrá cuando aborde el tema en cuestión. ¿Existe, acaso una respuesta satisfactoria o que por lo menos arañe la superficie del asunto y logre desprender una incierta viruta dorada? Posiblemente no. Samuel Coleridge, como tantos antes de él, diría que el secreto radica en imitar a la naturaleza, lo cual me resulta una noción vaga, por no decir inabarcable. Valéry, siempre formal en sus ideas, podría decir que la respuesta es el trabajo indesmayable; Lezama, que son las empresas difíciles las que conducen a una poesía verdadera. Cualquier otro afirmaría que es una cuestión de temperamento, de tener agallas. Mi yo del pasado habló de suerte. Lo único que tenemos claro es que somos seres horribles y, por tanto, buscamos la belleza que la poesía promete. Se anhela lo que no se tiene. Podría afirmarse, socráticamente, que nada se sabe, y sería éste un primer paso, el único posible, ese lento y largo paso que, a velocidad geológica, nos acerca, nos hace sospechar. Otro tanto de incertidumbre brota de nuestro vulnerable ser cuando nos preguntamos qué es la poesía, qué, un poeta.

Siempre he desconfiado de quien, con un marcado anhelo afrodisiaco, se llama poeta sin el más leve remordimiento, o de quien dice escribir poesía o vivir en poesía, aunque esto último tal vez sea factible si es que se tiene buen tino para elegir las lecturas (lo digo, bajo el riesgo de sonar pretencioso). A lo mucho se llegan a escribir poemas, meras noticias de nuestros sentimientos u obsesiones sin que ello signifique haber traspuesto la valla de lo significativo; la poesía es, en último caso, el premio mayor: difícil que a uno le toque. Una de las probables evidencias de estar ante un timo es, precisamente, la declaración, explícita o no, de haber dado con esa respuesta inexistente, esquiva, y ufanarse de cierta exclusividad en cuanto artista. ¡Cuántas veces, en el pasado, se habrá jugado con la esperanza de los incautos al haberles vendido la piedra filosofal o la solución a la cuadratura del círculo!  W. H. Auden, en su libro de ensayos El arte de leer, ha escrito: “Ningún poeta ni novelista desearía ser el único escritor de toda la historia; a la mayoría, en cambio, le encantaría ser el único escritor de su tiempo, y un buen número cree ingenuamente que ese deseo le ha sido concedido”. Esta declaración, por cierto, pareciera menos válida entre narradores que entre “poetas” (sólo un poco), si concedemos a estos últimos un cierto aroma de merecimiento, de dignidad debido al reducido culto de su labor, de privilegiada singularidad (autoimpuesta, claro está), ya que no pocos, en una alucinación de trascendencia, llegan a pensar que la poesía, en verdad, logra mover montañas o revierte, célula por célula, la podredumbre de los cadáveres, cuando su valor es un hecho discutible y, en última instancia, misterioso.

“La poesía podría ser, en efecto, la gesta de una multitud de pueblos por rescatar a una mujer bella o el tenedor, ya sin brillo, que al sujetar con nuestra diestra mano durante el almuerzo se nos figura un monstruo fugado de un cuadro del Bosco, tal como sucede en un poema de Charles Simic”. 

A lo sumo, existe la duda, la intención de estar en el lugar preciso donde la poesía sucede o podría estar sucediendo, e intentar trasvasar, con temblorosa mano, la lección de lo entrevisto. La poesía podría ser, en efecto, la gesta de una multitud de pueblos por rescatar a una mujer bella o el tenedor, ya sin brillo, que al sujetar con nuestra diestra mano durante el almuerzo se nos figura un monstruo fugado de un cuadro del Bosco, tal como sucede en un poema de Charles Simic. En el capítulo III de La cartuja de Parma de Stendhal, Fabricio del Dongo, el héroe de la novela, intenta tomar parte de la batalla de Waterloo. Es un jovencito ingenuo, criado en las mieles de la aristocracia milanesa, y es la ignorancia de mundo el reactivo necesario para hacerle anhelar una hazaña valerosa, digna de la Jerusalén liberada de Tasso; su cuerpo aún no es el de un adulto listo para el combate cuerpo a cuerpo, y puede que su aliento puro y sin olor, como diría Montaigne, “semejante al de un niño saludable”, delate sus escasas posibilidades de sobrevivir a tan sangrienta cita, pero siente que su ánimo puede pulverizar a cualquiera como lo haría la metralla de una bomba.

 “Pues bien, no es mi intención hacer una parábola a partir de este fragmento de la Cartuja”. 

Obviamente, su participación es un fiasco, ni siquiera sabe que han empezado las hostilidades, ni mucho menos el aspecto de los hombres a quienes deberá enfrentarse a muerte ni la temperatura ni el sonido de las vísceras cuando van a dar el piso o la inolvidable pestilencia de la sangre, sólo escucha el ruido ensordecedor de los cañonazos, aunque en cierto momento de la batalla un sargento le grita al él y otros soldados despistados que el Emperador, junto a un cortejo de bien trajeados oficiales, está pasando cerca de sus posiciones; es formidable, desoladora, la forma en que Stendhal describe la reacción de Fabricio; “abrió unos ojos como platos”, afirma el narrador omnisciente, pero aún así el joven no logra ver sino a un grupo de hombres cuasi fantasmales alejándose en sus caballos, y se increpa con dureza porque el aguardiente que ha bebido ante de ingresar al campo de batalla para darse valor le impide ver con claridad. “¿De verdad ha pasado el Emperador por aquí?”, les pregunta a sus ocasionales camaradas. “Pues claro”, le responden. “¿Cómo es que no lo has visto?”. Días más tarde, mientras se recupera de sus heridas en una posada, se pregunta, bastante contrariado: ¿de verdad he presenciado una batalla?, ¿fue aquella la batalla de Waterloo de la que hablaban todos? Pues bien, no es mi intención hacer una parábola a partir de este fragmento de la Cartuja. Me seduce decir, como intenta explicarse Jules ante Vincent Vega al final de Pulp fiction, que la batalla (o el Emperador) es la verdadera poesía y Fabricio del Dongo es aquel ingenuo que se atreve a enfrentarla, y que los soldados, el decorado y demás utilería bélica son las circunstancias imprevistas e indesligables que asedian a quien osa atreverse, pero esto tampoco es exacto, ni tendría por qué serlo.

“Sólo pienso, aunque resulte un lugar común, que es mejor no tratar de explicarla”. 

Sólo pienso, aunque resulte un lugar común, que es mejor no tratar de explicarla. Es algo similar a la célebre frase consignada por Agustín de Hipona en sus Confesiones, cuando reflexiona sobre la naturaleza del tiempo (“Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”), enalteciendo, con esto, la autoridad que bebe de la ignorancia. Acaso quien, con humildad, intenta definir la poesía, de la misma forma que un rabino diserta sobre Dios sabiéndose impedido de pronunciar las sagradas letras del Tetragrámaton, acaso, digo, esta persona sea atendible, siempre que asuma lo insulsa, parcial e incluso cómica que puede resultar tal definición, pero no quien habla con una autoridad falsificada. ¿Por qué prestar oídos, entonces, a quien asegura que haciendo un dripping poético se alcanza el arte, o, aún peor, a aquel que presume, a ojos cerrados y sin permitirse siquiera pestañear, de un virtuosismo ex machina?

Sol de Medianoche (Crepúsculo 5)

Poco tiempo después de que Stephenie Meyer diera por concluida la saga Crepúsculo, en el 2008, se filtraron doce capítulos de lo que sería su siguiente libro, Sol de Medianoche. La decepción de la escritora fue tal, que decidió detener el proyecto de inmediato. Recién recobró la motivación para acabarlo a fines de esta década y el libro apareció en librerías a mediados del 2020, para la alegría de sus millones de fans.

 “Crepúsculo cuenta la embrollada historia de amor entre un vampiro, Edward Cullen, y una humana, Bella Swan”.

Crepúsculo cuenta la embrollada historia de amor entre un vampiro, Edward Cullen, y una humana, Bella Swan. Salvo algunas excepciones, los cuatro libros son narrados por Bella. Sin embargo, en Sol de Medianoche, Edward toma la palabra y nos narra los hechos del primer libro, Crepúsculo, desde su perspectiva. Una audaz movida, que fue copiada por otra popular saga, “Cincuenta Sombras”, lo cual desanimó aún más a Mayer, que dilató su publicación.

¿Qué aporta Sol de Medianoche a una historia ya conocida? Pues nos acerca más al hermético Edward y permite conocer más sobre su pasado: su relación con su madre y su hermana, o su deseo de pelear en la Primera Guerra Mundial. Incluso se cuenta que la lectura de los borradores de este libro sirvió al actor Robert Pattinson para encarnar mejor a Edward en la adaptación cinematográfica de esta inolvidable saga.

Amazon.com: Sol de Medianoche (Saga Crepúsculo 5) (Spanish Edition) eBook:  Meyer, Stephenie: Kindle Store

Llámame por tu nombre

Recientemente, la notable adaptación fílmica del libro, a cargo de Luca Guadagnino, devolvió a Call Me by Your Name vuelos de fenómeno editorial. En efecto, la ópera prima de André Aciman ha cosechado desde un principio estupendas críticas. Ahora, con nuevo aliento, su lectura se nos ofrece a confirmar que, salvadas las distancias propias del paso de un lenguaje a otro, el texto original se sostiene como particularísimo referente del embrujo de la memoria a través de la palabra: un verdadero generador de imágenes íntimas, irrepetibles.

“La historia responde al habitual clasicismo que impregna toda la obra de Aciman”. 

La historia responde al habitual clasicismo que impregna toda la obra de Aciman. Principios de la década de 1980. Un pueblo al norte de Italia. Elio, un muy culto muchacho de diecisiete años, hijo de un catedrático en cuyo hogar es tradicional acoger por el verano a estudiantes o artistas, conoce a Oliver, el huésped de ocasión, quien prepara su tesis de postgrado. La relación entre ambos, que se desarrolla a través del escepticismo, la cautela, el miedo, la fascinación y el fervor, los transforma hasta cambiar sus vidas para siempre.

	“De una parte, el primor puesto en cada detalle, tanto de la atmósfera como, especialmente, de los gestos que le dan vida a los personajes”. 

Son varios los méritos de la obra. De una parte, el primor puesto en cada detalle, tanto de la atmósfera como, especialmente, de los gestos que le dan vida a los personajes. Pero también el cuidado de la narrativa: ningún pasaje resulta sobrecargado o dificultoso para el lector. El ritmo es electrizante.

Sin embargo, lo que más destaca en la novela es la fuerza de la voz narradora. Su evocación de la pasión no nos ahorra dolor alguno en el afán por entender un poco más la vida: comprometidos los afectos, cómo es que la realidad cobra forma al interior de cada quien; cómo se teje la memoria y qué es el tiempo. Aciman se las arregla para llevarnos adonde, de lado las preferencias particulares, cualquiera es capaz de reconocer con una fuerte punzada en el pecho, los síntomas de un amor obsesivo y definitivo. El arte seduce. Esta novela hace lo suyo, con ferocidad.

megustaleer - Llámame por tu nombre - André Aciman