EL CASO FONSECA

Cuentos. El descubrimiento de Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) es, para cualquier lector entusiasta, un hallazgo genial. Escritor de culto, apartado de apariciones mediáticas, comenzó a publicar en los años sesenta y sigue aún hoy haciéndolo. Cuentista infatigable y también novelista —aunque muchos nos quedemos con sus cuentos— que no huye de las temáticas sociales o políticas. Ha sido celebrado por la crítica (con el Premio Premio Camões y el Juan Rulfo a cuestas) a la vez que censurado por la ley en alguna oportunidad.

Queda corto el calificativo de “escritor policiaco”, lo de Fonseca va más allá, hacia la exploración total de lo humano. Su obra no teme a ningún aspecto de nuestra realidad, por trillado o sórdido. Si bien su libertad descarnada puede espantar a muchos defensores de lo políticamente correcto, su La provocación nunca es gratuita: sirve siempre a sus indagaciones. Fonseca es un narrador contundente por exceso de lucidez, que se balancea sobre la dualidad frágil y destructiva que habita en nosotros. Ardiente y visceral a la vez que frío o exquisito, según sea el caso, es capaz de abordar todo asunto con una finura y naturalidad envidiables: lo rutinario o lo tabú de la sexualidad, la fascinación por el universo femenino, el feroz individualismo de la gran urbe, el mundo criminal, los vicios cotidianos o el mismísimo quehacer literario.  

 “Su prosa, carismática y ágil, ejerce una seducción magnética desde la primera página ”.  

Su prosa, carismática y ágil, ejerce una seducción magnética desde la primera página. A la vez rítmica y vertiginosa, reflexiva desde lo filosófico o lo psicológico sin perder la intensidad, poética incluso sin dejar de ser precisa e irónica. Tiene lugar también para la frase lapidaria: sabiduría que parte de la erudición, pero que nunca se desvincula de la experiencia vital. Su escritura, potente y subversiva, lo vuelve, a sus años, más fresco y vivaz que muchos escritores jóvenes actuales.

 “Adentrarse en sus páginas es arriesgarse a empatizar con sus personajes: criaturas amorales, poseedoras muchas veces de una ética particularmente oscura o retorcida”.  

Adentrarse en sus páginas es arriesgarse a empatizar con sus personajes: criaturas amorales, poseedoras muchas veces de una ética particularmente oscura o retorcida. Seres precipitados a ceder antes sus pulsiones más básicas; capaces de lo impensable, movidos por la soledad, el resentimiento, el amor, la mezquindad o el placer. Hombres y mujeres que, quizá por su inconfesable naturaleza, imperfecta y contradictoria, o por la ciudad febril en la habitan, donde se trenzan el lujo y la miseria, son      arrojados irremediablemente hacia las fauces de la violencia, la corrupción o la lujuria

Me parece que esta parte dice lo mismo que lo anterior, aunque con otras palabras. Ojo que le sobran poco más de treinta palabras al texto.

Este año, la editorial Tusquets terminó de publicar sus cuentos completos —hasta la fecha— en tres tomos que abarcan cincuenta años de su producción. Así podemos apreciar su obra, panorámicamente, liberándose de cierto lastre literario para, dinamizada por las técnicas del guion cinematográfico o  la franqueza de la oralidad, volverse una voz precisa y cruda: filuda o explosiva como un arma homicida. Contemplamos así su palpitante y peculiar estilo en mutación, como la efervescente vida urbana que retrata en sus relatos: ese caos en equilibro que, al igual que aquella oscuridad a la que miramos con el temor de vernos reflejados, nos devuelve la mirada. Imperdible.

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Harry Potter y la piedra filosofal (pop-up)

No creo exagerar si digo que Harry Potter es la saga fantástica más popular de todos los tiempos, un fenómeno literario que devolvió las ganas de leer a una generación que se iba malacostumbrando a pasar el tiempo frente a la computadora. Clave de su éxito es la habilidad de J. K. Rowling para crear seres fantásticos y lugares alucinantes, muy fáciles de recrear en la mente gracias a la habilidad de su autora J.K. Rowling.

“No se trata de una versión resumida y graficada de la obra, sino del texto integral, pero acompañado de excelentes ilustraciones y elementos como castillos o cartas que se despliegan de forma tridimensional ante los ojos del lector”.  

Si eres uno de los pocos que no sabe de qué trata, acá un resumen: Harry es un niño huérfano que vive con sus antipáticos tíos. Su vida da un vuelco cuando, el día de su undécimo cumpleaños, un extraño hombre de largos cabellos y barba lo visita para llevarlo a la escuela donde también estudiaron sus padres, Hogwarts, que resulta ser un colegio para magos, en el que hará entrañables amigos y también enemigos. Pero sobre todo, donde descubrirá la verdad detrás de la muerte de sus padres.

Harry Potter y la piedra filosofal Ed. Minalima Harry Potter 1: Amazon.es:  Rowling, J.K.: Libros

Las brujas

La madre de Roald Dahl era noruega y, además de llevarlo al país nórdico anualmente, le contaba historias fantásticas sobre trolls y brujas, tomadas del folklore de su país. En Las brujas, aparecido originalmente en 1984, el autor británico plasma muchos de estos relatos en una historia que yo describiría como “terror” para niños.

Un niño inglés de siete años queda huérfano y se va a vivir a Noruega, donde su abuela, una cazadora de brujas retirada. Ella le cuenta que en toda Europa hay brujas y que debe estar siempre alerta, pues odian a los niños. De regreso a Inglaterra, descubren que las brujas locales se han reunido para convertir a la mayoría de niños posibles en ratones. ¿Qué podrán hacer este pequeño y su octogenaria abuela para evitarlo?

“De regreso a Inglaterra, descubren que las brujas locales se han reunido para convertir a la mayoría de niños posibles en ratones”. 

Esta alucinante historia, que estrenó su segunda versión cinematográfica este año, ha sido adaptada al cómic por la francesa Pénélope Bagieu. Ella se hizo conocida entre los hispanohablantes en el 2008, con Mi vida es lo más: Antes muertas que sencillas (Océano), y hace un par de años con la publicación de Valerosas 1 y 2, Mujeres que hacen solo lo que ellas quieren (Dib Buks), cómics que reivindican el rol de la mujer en la sociedad.

Su adaptación de Las Brujas respeta la historia original y la desarrolla con su particular estilo caricaturesco y de caprichosas perspectivas. Trescientas páginas para el disfrute de niños y grandes.

Las brujas (edición cómic) - Megustaleer

Preferiría no hacerlo

Preferiría no hacerlo, contestaba siempre Bartleby, el imperturbable escribiente de Herman Melville. Se negaba a enfrentar los quehaceres cotidianos, a contar algo sobre sí mismo, a examinar sus propias notas, a opinar o, en general, a encontrar algún sentido a su vida más allá de la reproducción mecánica que le suponía su oficio de copista. Eventualmente, eludirá incluso eso. Desde una desfachatada pasividad, el amanuense se desentiende del mundo, abandona todo compromiso, todo proyecto. En ese sentido, con esta alegoría Melville no solo se adelanta —desde el absurdo— a la muerte que sobrevendrá al sujeto posmoderno, sino también nos ofrece las herramientas —y las fuerzas— para rechazarla y seguir preguntándonos, de manera vital, por lo humano.

Con esto en mente y ya situados en el mundo contemporáneo, descentrado y múltiple, ¿puede una creación, una mirada, una forma de articular el mundo, ser reflejo y al mismo tiempo tener una distancia crítica respecto de su lógica cultural? ¿Podemos recoger las lecciones de Bartleby para identificar o plantear una literatura posmoderna que, a la vez, esté orientada a un centro, a un significado? Obras icónicas como El gran Gatsby, de Fitzgerald, o El arco iris de la gravedad, de Pynchon, ya nos han mostrado desde la narrativa el desencanto por la modernidad, o la indistinción entre alta cultura y cultura de masas, un cambio de moral, a fin de cuentas, pero ¿es posible una crítica de ese cambio, o al menos un desafío a sus preceptos, desde su propio seno? ¿Podemos encontrar sentido en la época del sinsentido?

Abocada a rastrear la “literatura del No”, a esos escritores que prefieren no escribir, Bartleby y compañía (1999), del escritor español Enrique Vila-Matas, puede darnos luz al respecto. Junto a El mal de Montano y Doctor Pasavento, esta novela forma parte de una trilogía metaliteraria y, más aún, de la ruptura del Yo. Fragmentaria, compuesta por 86 notas al pie que “comentan un texto invisible y no por eso inexistente”, híbrida en los subgéneros que nos propone, intertextual, con la cita y la alusión literaria como principales referentes, con un sujeto fracturado del que vemos apenas la superficie, Bartleby y compañía es una muestra de la renuncia de Vila-Matas a la idea moderna de la novela como totalidad encabezada por un Yo-Sujeto. Y, sin embargo, acaso por negación, omisión o parálisis, se nos va revelando que la multiplicidad —que Calvino definió como arte— no tiene por qué carecer de profundidad. Exploramos un laberinto “sin centro” donde “hay tantos escritores como formas de abandonar la literatura”, cuyo recorrido en sí mismo es el que amplía las dimensiones de la búsqueda de sentido y, por tanto, su valor.

 “Vila-Matas no se entrega, pues, a lo posmoderno sin sentido, sino que habita sus márgenes, la frontera desde donde se pueden observar las dos orillas”.

Vila-Matas no se entrega, pues, a lo posmoderno sin sentido, sino que habita sus márgenes, la frontera desde donde se pueden observar las dos orillas. El narrador de estos comentarios de un texto fantasma nos lo advierte, con un guiño a Walser: “Escribir que no se puede escribir, también es escribir”. Esto es lo que podríamos denominar una resistencia “desde adentro”, un gesto de rebelión desde las maneras posmodernas, que niega la “abolición de la distancia crítica” de la pauta cultural contemporánea de la que hablaba Fredric Jameson, importante crítico de la posmodernidad, para hacer, creemos, todo lo contrario: persistir, dar un giro, afirmar el mundo en el acto de negarlo, reapropiarse del sujeto que se intuye está ahí, detrás de la reproducción y del simulacro que lo toma todo. Esto lo vemos, por ejemplo, en la figura del copista: transcribe, reproduce, pero al hacerlo también crea, quizá a su pesar, un texto nuevo desde su propia subjetividad. Pensando en el Pierre Menard de Borges y en su propia labor de transcripción de citas, el narrador, un oficinista solitario y jorobado, concede: “Ser copista no tiene nada de horrible”.

 “Es un artefacto de múltiples lados, donde los fragmentos nos permiten reconstruir una realidad”. 

Algo similar ocurre con la narrativa de la escritora rusa Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura 2018, defensora de la novela-constelación como un acto de reconstrucción del lector, una polifonía muy alejada de la literatura solista del yo lineal, pero literatura del sentido al fin, desde las maneras de lo posmoderno. En su novela Los errantes (2007) se vale también de lo fragmentario y de la hibridez genérica. Compuesta por 116 textos que nos llevan de una historia a otra, de una estación a la siguiente, evadiendo siempre la línea recta, la novela tiene múltiples ejes, como el viaje, el cuerpo y lo extraño. Es un artefacto de múltiples lados, donde los fragmentos nos permiten reconstruir una realidad. Una mirada poliédrica donde “la constelación, y no la secuencia, es la portadora de la verdad”, según sentencia la narradora.

Los errantes es una ventana para ver el mundo con los ojos del peregrino, que no son los mismos que los del turista”. 

Los errantes es una ventana para ver el mundo con los ojos del peregrino, que no son los mismos que los del turista. El viaje, el constante movimiento, el cambio de coordenadas espaciales, son un fin en sí mismo. Un descentramiento permanente, diría Jameson. “Quien duerme, al perder el sentido del lugar en el que se encuentra, pierde en ese momento también la noción del tiempo. Cuantas más pausas en el espacio, o sea, cuantos más lugares experimentamos, tanto más se dilata nuestro tiempo subjetivo”, claman los teóricos de la psicología del viaje apostados en los aeropuertos de Tokarczuk. En estaciones y aeropuertos, observamos personas en tránsito, desarraigadas, pero siempre a la caza de señales, queriendo orientarse. No es casualidad que los textos vengan acompañados por un buen número de mapas dispersos a lo largo del libro. Tampoco que se apele a la psicología del viaje y a la casualidad sincrónica, “prueba de que el mundo no carece de sentido, de que este magnífico caos irradia en todas direcciones hilos de significados, redes de lógicas extrañas”. La búsqueda del sentido sobrevive la desorientación del viaje constante.

“La gente que está de viaje lo percibe todo como nuevo y puro, virgen y —en cierto sentido— inmortal”, dice la narradora de Los errantes y podemos advertir el puro presente y la euforia posmodernos, pero también la sensación de que el espacio se come el tiempo: el lector se angustia a pesar de estar inserto desde siempre en esa lógica. Vemos que un avión despega de Irkutsk a las ocho de la mañana y aterriza en Moscú a la misma hora del mismo día: es un amanecer sin pausa. El tiempo se ha disuelto en un “Ahora inmenso”, un tiempo que, nos dice la narradora, “debería usarse para la confesión de toda una vida”. Lo súblime posmoderno, la incomensurablilidad, se hace presente en la imposibilidad de captar todo lo que está ocurriendo, pero se plantean alternativas. “Hay demasiado mundo, así que es mejor concentrarse en el detalle, no en la totalidad”, dice la narradora de Tokarczuk y reverberan ecos del narrador de Vila-Matas: “Ya que se han perdido todas las ilusiones de una totalidad representable, hay que reinventar nuestros propios modos de representación”.

El evangelio según Norman Mailer

Mayo de 1948. Solo habían pasado tres años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y un chico de 26 años, ex estudiante de Harvard y recién llegado del frente, publicaba su primera novela: Los desnudos y los muertos. Su nombre: Norman Mailer. El joven, que había estado destacado en Japón luego de la ocupación americana, saltó a la fama con un bestseller absoluto. El libro narraba la vida cotidiana de un pelotón que hace una larga y angustiante patrulla por la jungla de la pequeña isla de Anopopei, dominada por el enigmático monte Anaka.

Su éxito inmediato no solo se explica por el gran vigor narrativo del libro, con una historia que va creciendo en emoción con las páginas, con rapidez y ritmo. Tampoco por el crisol de personajes que refleja con gran profundidad cada arista de la sociedad norteamericana antes y durante la guerra: ahí están el duro y militarizado sargento Croft; los judíos Roth y Goldstein; el irlandés católico Gallagher; el activista Red Valsen, minero de Montana; el chicano Martínez; el italoamericano Minetta; el campesino sureño Ridges; los típicos americanos Wilson y Brown; el culto teniente Hearn, lector de Rilke; y quien los envía a este periplo, el integrista y reaccionario General Cummings… Cada uno con su propio infierno personal, con sus propios miedos y razones para estar y no estar en la guerra. Pero Los desnudos fue un suceso sobre todo porque el país necesitaba una narración de lo que acababa de vivir, de la misma manera que Alemania necesitaría, años después, a Günter Grass, o la Unión Soviética a Solzhenitsyn. El timing era perfecto. Además, las condiciones en Estados Unidos, tanto como país vencedor como libre de la censura comunista, fueron ideales para el buen recibimiento de la temprana obra de Mailer. Era un retrato fresco, recién salido del horno de la guerra.

Décadas después, Mailer lo llamaría «el libro de un joven ingeniero», refiriéndose a sus estudios y a la estructura de su ópera prima. «Era maciza, pero sin lindas filigranas en las articulaciones», escribe en El arte espectral (2003), cuatro años antes de su muerte. En la edición por los 50 años de Los desnudos y los muertos, en 1998, Mailer escribió un prólogo donde lo describe como «un bestseller obra de un amateur», a pesar del medio millón de palabras que ya había escrito en la universidad. «El libro estaba escrito con descuido (las palabras llegaban demasiado rápido y demasiado fácil) y difícilmente había un sustantivo en cualquier frase que no se diera la mano con el adjetivo más cercano y disponible: café hirviente y miedo trémulo es el tipo de cosa que encontrarán».

Y sigue: «Era ingenuo, me apasionaba escribir, sabía muy poco sobre las exigencias sutiles de un buen estilo, no me restringía mucho, y ardía de excitación mientras escribía. Era un aficionado». ¿Cómo, entonces, una novela con tantas costuras a la vista podía ser calificada por el New York Times como «sobrecogedora»? Otros la llamaron incluso «la más grande novela de guerra escrita en el siglo XX», con el perdón de Hemingway. ¿Cómo la Modern Library, sección de Random House, la pudo calificar como una de las cien mejores novelas norteamericanas?

“Hizo una radiografía de su país a través del peregrinaje de esos hombres de carne y hueso por lo desconocido, con los japoneses acechando detrás de cada matorral y con el ataque constante de la humedad, los mosquitos, el barro y el frío”. 

El autor se pregunta sobre las virtudes del libro que lo lanzó a la fama, ya desde la visión del profesional que sirve de ejemplo a otros, y se responde: la felicidad de los libros buenos de autores aficionados es que no evitan escenas que los escritores de mayor trayectoria desdeñan (y con razón). Mailer empezó el libro a los 23 y tardó 15 meses en terminarlo. Se arriesgó y acertó más veces de las que se equivocó. Hizo una radiografía de su país a través del peregrinaje de esos hombres de carne y hueso por lo desconocido, con los japoneses acechando detrás de cada matorral y con el ataque constante de la humedad, los mosquitos, el barro y el frío. Para el pelotón, la lluvia debajo de una luna llena enorme ya no era más tomarse una cerveza en un porche de los suburbios, sino el comienzo de un lodazal donde tendrían que dormir y quizá morir.

«Tuve la suerte de ser influido por Tolstói. Cada mañana, antes de escribir, leía Anna Karenina. Mis páginas, a través de la percepción distorsionada de un joven de 24, reflejaban lo que aprendí sobre la compasión de Tolstói». La compasión, tan necesaria en la guerra, la única posible, aprendió el amateur Mailer, es la que se encuentra bañada por severidad. La que nos dice que debemos sentirnos fortalecidos por quienes resisten las batallas más duras.

“Los tipos duros si escriben”

Los desnudos y los muertos fue una buena historia, con mucha fuerza, que apareció en el momento correcto. La fama de Mailer, sin embargo, no le sirvió para mantener ese éxito. Sufrió con las dos novelas que siguieron, una sobre el comunismo en Estados Unidos (Costa bárbara, 1951) y otra sobre los intríngulis de Hollywood (El parque de los ciervos, 1955). La primera fue destrozada por la crítica y la segunda, debido a su difícil estructura y a su contenido controversial, tuvo que pasar por insufribles reescrituras y problemas editoriales para ver la luz. Ambas rezumaban un tufillo moralista que no impresionó a muchos, pero dejaban entrever al autor empeñado en cuestionar verdades que otros daban por sentadas. ¿Acaso ese novato había tenido un chispazo con sus vivencias de guerra y ya no servía para mucho más?

Se asume que Los desnudos nació después del paso de Mailer por Japón, pero es un error. En realidad, él ya tenía la idea de la patrulla de su pelotón antes incluso de que fuera enviado a ultramar, estimulado por libros de guerra como Into the Valley, de Hershey, A Walk in the Sun, de Brown,y Adiós a las armas, de Hemingway. La idea había nacido en su propia tierra, Fort Bragg, donde fue entrenado, y en Texas, donde se especializó en la lectura de mapas. Ya en los arrozales japoneses, Mailer pidió formar parte de una patrulla de reconocimiento para recabar más datos para su idea original.

“Con Los desnudos puso en cuestión el aura victoriosa de Estados Unidos luego del triunfo frente al nazismo, desnudando la muerte, el trauma y la farsa detrás de cada corazón militar”.  

Lo que se gestó en el Pacífico Sur fue un escritor que se dedicaría a evidenciar los vacíos de la versión oficial de la historia. Con Los desnudos puso en cuestión el aura victoriosa de Estados Unidos luego del triunfo frente al nazismo, desnudando la muerte, el trauma y la farsa detrás de cada corazón militar. Lo dice su personaje Red Valsen: «¿Qué tengo yo contra los puñeteros japos?». Después, puso los reflectores en la suciedad de la industria del cine norteamericano con El parque de los ciervos. Y luego vendría Los ejércitos de la noche (1968), ganadora del Pulitzer y del National Book Award, donde se pone a sí mismo como el satírico protagonista de su participación en una marcha de protesta contra Vietnam en el mismísimo Pentágono, gracia que terminaría con Mailer entre rejas.

La oficialidad no iba con Norman y el llamado Nuevo Periodismo se beneficiaba de sus experiencias y escritos. Fue un especialista en la biografía novelada, donde destacan Marilyn Monroe y Pablo Picasso. Su segundo Pulitzer le llegaría con La canción del verdugo (1979), donde narra, con extremo detalle, la historia del asesino Gary Gilmore, famoso por no apelar su sentencia y pedir que lo ejecuten, cuando la pena de muerte llevaba una década sin aplicarse. Con su megabiografía de Lee Harvey Oswald, de mil páginas, volvió a cuestionar la versión oficial, en este caso sobre el asesinato de Kennedy. La iglesia tampoco se salvó de su pluma: Mailer escribió su propia interpretación de la vida del Mesías en un conmovedor relato en primera persona, de la boca de un Jesucristo de carne y hueso, en El Evangelio según el hijo (1997). Incluso en sus ficciones sobre la CIA, en especial en El fantasma de Harlot (1991), el evangelio según Mailer se hace sentir: una visión que escarba, que reinterpreta, que desnuda, que ironiza.

“En los setentas postuló, sin éxito, a la alcaldía de Nueva York, con la visión de la Gran Manzana como un estado independiente, el número 51 del país”. 

Fueron pocos los temas en los que no participó, siempre de manera controversial. En los setentas postuló, sin éxito, a la alcaldía de Nueva York, con la visión de la Gran Manzana como un estado independiente, el número 51 del país.

Su vida privada (se casó seis veces y tuvo nueve hijos) y sus posiciones públicas siempre causaron revuelo. Política, feminismo, drogas, sexualidad, siempre estuvieron presentes en sus escritos: Los tipos duros no bailan (1984) es un ejemplo entre muchos. A través de su obra, desde aquel barro original de Los desnudos y los muertos hasta su boceto de la infancia de Hitler en El castillo en el bosque (2007), «la versión Mailer» de los acontecimientos fue seguida por millones de lectores durante casi siete décadas, con satisfacción o rechazo, pero siempre con atención. Y esa versión siempre siguió una máxima que el propio Mailer, sabiendo que no podía controlar su propia visión de lo que exploraba, expresó así: «Es la vida de la que no puedes escapar la que te da el conocimiento que necesitas para crecer como escritor». Amén

NÚMERO CERO

Novela. La impostura elaborada, la difusión de la misma y la manipulación de la información para alcanzar ciertos beneficios –considerando también algunos fines siniestros de por medio–, no son más que los puntos base de esta historia que muestra el lado más sórdido de la prensa escrita. Para ello, resulta ineludible no considerar como antecedente al capitán Simonini, personaje central de El cementerio de Praga (2010), cuyo habitual proceder consistía en redactar documentos falsos por encargo, además de desarrollar falsas conspiraciones, sostener algunas intrigas y tergiversar –a su antojo– esas noticias para perjudicar la vida de algunas personalidades de incómoda presencia. Lo mismo sucede con Colonna, que es presentado en una doble tipografía dentro del texto para diferenciar el antes y el después de su incursión en este tipo de actividad. O mejor dicho, para distinguir aquel resultado -o paranoia–, ante tanta truculencia inventada por ese periodismo del que ha formado parte. Como registro de ello, quedan esos capítulos

fechados entre los meses de abril y junio de 1992, donde pasa a ser parte del equipo de prensa que creará Domani, el diario dirigido por su jefe Simei, y que pertenece al ICommendatore», dueño de un poderoso imperio de las comunicaciones en Italia, cuyo único fin es crear un pasquín lleno de números ceros que solo especularán con la noticia, y que en realidad, nunca saldrá a la venta. En este trabajo, Colonna conocerá a Maia Fresia, con quien tendrá un romance a pesar de arrastrar esos cincuenta años que se caracterizan por tener toda una serie de fracasos de diversa índole. En estas jornadas, también conocerá a Romano Bragadoccio, quien hace un alto a sus labores dentro del diario para obsesionarse con esa noticia que concierne a la verdadera muerte de Benito Mussolini. Anécdota que trasciende en lo ficticio al enlazarlo con la temida operación Gladio, cuyos actos se relacionan a una serie de atentados como el que sufrió el papa Juan Pablo II.

Y en este cuestionamiento se encierra esta novela, cuya brevedad hace extrañar la extensión habitual de sus antecesoras” 

Todas estas conjeturas y pesquisas, compartidas casi en secreto, son el acicate para crear el escepticismo y la sospecha de lo que se asume como verdad. Y en este cuestionamiento se encierra esta novela, cuya brevedad hace extrañar la extensión habitual de sus antecesoras.