Desvíos para lectores de a pie

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La verdad sobre el caso Harry Quebert

Posted on abril 23, 2015

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Reseñas

La verdad sobre el caso Harry Quebert

>La verdad del caso Harry Quebert ■ Joel Dicker (Ginebra, 1985) ■ Alfaguara (2013) ■ 672 páginas ■ 79 soles


Novela. Para acercarnos a La verdad del caso Harry Quebert lo primero que se tiene que hacer es desmontar el aparato publicitario que lo rodea. Se hace de una manera muy sencilla: coloque el lector un «no» delante de cada afirmación que preceda a la lectura. Esto es: «no» recuerda a Philip Roth, Jonathan Franzen y Woody Allen; y «no» es un cruce entre Larsson, Nabokov y –de nuevo– Roth. Es por lo menos curioso que una novela en la que el marketing es tan maltratado se sirva de este oficio para lograr fines que el protagonista considera, cuando no repugnantes, al menos subalternos.

Definido lo que no es La verdad sobre el caso Harry Quebert, habría que analizar qué es. Se trata de una novela de trama, entretenida, en la línea de Ludlum y Grisham, y escrita a la sombra del Millenium: Marcus Goldman debe averiguar quién mató a Nola Kellergan, una quinceañera con la que, hace 33 años, su mentor, el también escritor Harry Quebert, tuvo un amorío que le inspiró su gran obra, Los orígenes del mal. Goldman se ve obligado a iniciar una investigación detectivesca a la vez que interpretativa para encontrar elementos que permitan resolver el caso, so pena de muerte para su amigo y maestro.

Vista como un best seller para el gran público, es formidable: atrapa; la sucesión de pistas falsas y revelaciones está montada con precisión; y posee un gran ritmo que impide abandonar la lectura. Vista como producto estético, en cambio, es deficiente: el lenguaje es plano; la mayoría de personajes secundarios está construido a base de estereotipos (como el sargento Gahalowood o el tándem Tamara y Jenny Quinn); los decorados de Nueva Inglaterra están compuestos con un trazo tan grueso que uno siente cierta necesidad de volver a Irving; y su acabado es, por decir algo suave, convencional.

Pero La verdad sobre el caso Harry Quebert tiene una peculiaridad: es un libro hecho de dobleces y autorreferencias. Como si Dicker hubiese asumido en pleno su posmodernidad y el momento desde el cual enuncia, se cuida de cumplir por igual con dos check lists: el del palco y el de la tribuna. Para los primeros exhibe una superconciencia literaria plena de referencias cultas y gestos de nicho. Equipara a su ninfeta, Nola Kellergan, con Lolita, y se permite plantear una estructura de 31 capítulos-consejos en orden descendiente (que Goldman cumple en paralelo a él). Pero, a la vez, Dicker busca agradar al lector corriente, sirviéndole todas las facilidades que requiere una lectura despreocupada y ligera, como la activación de «subplots» cada tres páginas, oportunas recapitulaciones que le permiten al lector guiarse por la urdimbre de hallazgos, sospechas y vueltas de tuerca que inhiben el aburrimiento. (Digamos que el autor, suizo, no tiene problemas de relojería). Dicker sabe que la literatura es arte e industria, pues su novela dedica no pocas páginas a reflexionar acerca de esta dualidad. Él trata de zanjarla y conjuga así dos discursos por lo general excluyentes. Con uno triunfa pero con el otro yerra. La razón es que cierta ansiedad lo pone en evidencia, como si sus guiños a la «alta cultura» tuvieran un propósito compensatorio. Como si le diera vergüenza escribir una novela accesible y, por eso, tuviera que aplicarle un barniz de respetabilidad.

¿Qué es, entonces, lo que ha generado que esta novela sea un best seller, traducido a más de 30 lenguas y, a la vez, que haya obtenido el Premio de Novela de la Academia Francesa y los elogios de críticos respetables como Marc Fumaroli, Pierre Assouline y Bernard Pivot?

Es difícil responder. Quizá sea que su carácter de síntoma respecto a lo que ocurre con la tradición francesa o francófona. Un síntoma de renuncia, si es que eso tiene algo de atractivo. La verdad sobre el caso Harry Quebert se aleja de todo lo que ha significado prestigio en los últimos 50 años en Francia (de Oulipo al barroquismo lírico de Pierre Michon, de la novela ideológica de posguerra a los ejercicios de estilo de Jean Echenoz, del objetivismo de Heams-Ogus a la tensión entre realidad y ficción de Carrère) y se acerca sin pudor al commodity anglosajón. Dicker bebe de la serie B norteamericana, acepta la paternidad de Stephen King y sueña con las películas de Hitchcock (el final –spoiler alert– es un claro homenaje a ‘Psicosis’). Puede que este horizonte cultural, que para un latinoamericano es asfixiante por repetido, a un francés le pueda parecer refrescante. O al menos a la crítica.

Dicho esto, también es cierto que se suele menospreciar la arquitectura narrativa y los méritos técnicos de series como Cold Case o Law & Order, que son claros afluentes de esta novela, donde la trama está dosificada de tal forma que logra sincoparse con los capítulos, generando la adicción del lector/telespectador. (Sin ir muy lejos, hay muy pocos narradores peruanos de los que se pueda asegurar, sin sonrojo, que poseen técnica narrativa). Dicker sobresale en el uso de estos recursos: es hábil realizando saltos temporales y cambiando puntos de vista, aglutina géneros y temas con naturalidad, y no se pierde en el juego de espejos que ha creado. No es poco. La verdad sobre el caso Harry Quebert es una novela que trata sobre la composición de otra novela (El caso Harry Quebert) que versa sobre otra novela (Los orígenes del mal) que se compuso alrededor de una desaparición. Y no es cansino. El autor se las apaña para que sus límites creativos parezcan las consecuencias inevitables del ritmo que le imprime a la obra, digamos, defectos no de sus carencias artísticas, sino de su velocidad y ambición. Y, sin embargo, las taras están ahí: el pésimo nivel de los extractos de la supuesta «obra maestra» de Quebert son tan penosos que parecen una parodia; los consejos a los novelistas que inician cada capítulo se debaten entre la nadería y la verdad de Perogrullo; el fondo de las reflexiones literarias parecen tener como inspiración un manual de guión de blockbusters; y el final, ya se ha dicho, es por lo menos dudoso.

La gran ironía es que a pesar de todo ello la novela funciona. Dicker despliega una docena de cabos y los amarra todos. Hay que aplaudir. Las páginas se suceden, el misterio se acrecienta, los giros crean una vorágine y la verdad, la resolución, vuelve a cumplir su función catártica una vez expuestos los pormenores del crimen. Luego, queda la sensación de haber presenciado un problema de expectativa: se ha presentado como alta gastronomía lo que era solo fast food. Si eso ha beneficiado o perjudicado al libro es un problema editorial, no literario. Por Jerónimo Pimentel


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Al norte de los ríos del futuro

Posted on mayo 15, 2014

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Reseñas

Al norte de los ríos del futuro

Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) ■ Álbum del Universo Bakterial (2014) ■ 96 páginas ■ 35 soles


Poesia. W.B. Yeats definió el spiritus mundi como la creencia de que cada mente humana está ligada a una sola gran inteligencia, que explica la presencia de ciertos símbolos universales. Desde las pinturas rupestres, en que el hombre no buscaba representar la escena de caza sino, literalmente, capturar con su dibujo al animal, el arte ha intentado dar cuenta de esa verdad inherente que se revela de la cosa (signo), independiente de las definiciones arbitrarias, siempre consensuadas, que pesan sobre esta. Seguimos siendo esa gran y única tribu humana a la que le cantaba Ezra Pound, y a la que le escribe, desde un futuro post-apocalíptico, el único sobreviviente, un astronauta, en Al norte de los ríos del futuro (ANDLRDF), sin otra intencionalidad más que su palabra llegue a un destinatario y se haga verbo, acción, vida nuevamente. Aquí la metáfora del náufrago que pone una carta en una botella esperando que alguien la lea se torna en gran gesta (pienso en el arribo de Ziggy Stardust y en su posterior suicidio de rock and roll), como acto de entrega, desprovisto de egoísmo y sustentado en la necesidad de encontrar un otro que, antes de legitimarnos, descubra en ese encuentro improbable su vaciedad y la nuestra. Así se instaura la figura del héroe, que deviene en tal cuando ha tenido la oportunidad de contar su historia y no perderse en el anonimato.

Pimentel pregunta: «¿La conciencia es un mecanismo creado por los genes para satisfacer o aplacar a esas máquinas de sobrevivencia que somos nosotros?», y la historia del hombre queda en evidencia y las palabras que usó Aristóteles para resumir la Odisea («un hombre vaga durante numerosos años fuera de su patria, estrechamente vigilado por Poseidón, y solo») sirven también para hablar de ANDLRDF y entender que estamos ante una obra totalizadora, cuya importancia no radica en el despliegue vanguardista, sino en la construcción de un «escritor como vidente y oyente, meta de la literatura: el paso de la vida al lenguaje es lo que constituye las Ideas», en palabras de Deleuze. Y es que Pimentel trasciende el Yo e instaura en su lugar la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que solo encuentran su expresión en y a través del escritor. Pimentel inventa ese «pueblo que falta, no uno llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de un devenir-revolucionario». Y ahí su grandeza, su inmensidad. Por Víctor Ruiz Velasco


Recomendados:
Légamos (José Morales Saravia)
Un mar alcoholizado (Mario Morquencho)
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Posted on noviembre 14, 2013

Poesía

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Por Jerónimo Pimentel.


Se supone que sería            , pero fue luz.

O una versión polar del intercambio a seis voces de Roubaud sobre ella.

También, «La muerte de Pasolini».

E incluso el Núcleo AgHab1 0001-0.

[El Núcleo AgHab1 0001-0 creó un Comité de Búsqueda para su definición conformado por miembros de todas sus áreas y subdivisiones. E. Resdzop propuso la necesidad de determinar un protocolo que establezca reglas claras que conduzcan al cerco. Dos Canarius sostuvo que la equidad interespecial debería estar asegurada a través de una correcta disposición de los elementos, «en tanto la herramientas de búsqueda determinan, para bien o para mal, el resultado final de la pesquisa». Freddo asintió con un matiz: ¿Si la resolución está implícita en el planteo no sería mejor dedicar los esfuerzos a la elaboración de un mapa? ¡Sí!, gritó Sibelius, ¡debe funcionar en teoría! ¡Solo importa si funciona en teoría! La tecnología de locomoción fue el siguiente punto en discusión, a lo que siguió la aerodinámica del vehículo y la necesidad o no de establecer metarrestricciones1, seguido de una pequeña pero intensa polémica sobre la discutida conveniencia de utilizar un campo electromagnético focalizado para el desplazamiento colectivo por lo que, ante el cúmulo de incertidumbres, se creó un Comité de Dudas sobre la Búsqueda conformado por miembros tutelares de todas las áreas y subdivisiones con el encargo de absolver dichos asuntos previos y otros que puedan surgir en el ejercicio de su labor. Theo Bertholt empezó la sesión notando la inevitable delicadeza con la que se crea el eclipse interdiario que Columbus dibuja sobre Ciclón. Fummiga sintió que dicho asombro era el primer síntoma de un nuevo cambio y propuso la creación de un Consejo Asesor Paralelo encargado de precisar si el Núcleo AgHab1 0001-0 iría a devenir o no en el Núcleo AgHab1 0001-1, lo que se volvía, por jerarquía ontológica, el primer asunto trascendente que debía afrontar el Comité de Dudas sobre la Búsqueda. Para ello se constató la necesidad de contar con un cronista, que es quien escribe ahora, y a quien se le ha relatado el orden anterior2. ¿Cuántos síntomas bastan para escindir un Núcleo?, inquirió Lucio Gerardo a la audiencia. ¿La pregunta no detiene el fenómeno?, comentó Voz Entre Sombras. Kantor B Tercero pidió la palabra e hizo una larga analogía entre el Núcleo, Dios y el electrón con el siguiente desarrollo: «Dios vive en el electrón. Ambos, al ser detectados, varían su posición. No se puede fijar ni a Dios, ni al electrón, ni al Núcleo. Si no encontramos diferenciales entre ellos, ¿no podemos sospechar que son lo mismo? No los podemos asir, pero existen. No es fe, sino la aplicación del principio de incertidumbre. Contamos con el beneficio adicional planteado por Kluge: el punto medio entre Dios y el electrón es el hombre, o sea, el Núcleo. El Núcleo es la medida de todas las cosas». Hubo aplausos. Luego de unos minutos de abrazos y otros gestos de autocomplacencia el propio B Tercero añadió: « ¿Pero el cronista, en su esfuerzo documental, no está evitando o, en su defecto, promoviendo la escisión del Núcleo?»”. Se propusieron tres alternativas como solución a este problema: 1. Mi asesinato; 2. Invitarme al ocio indefinido; y 3. Pedirme que prosiga mi labor pero sin cargo formal dentro del Comité. Me vi obligado a intervenir y sugerir las alternativas segunda o tercera. La segunda fue descartada en vista de su poco sentido práctico. La tercera produjo en Voz Entre Sombras el siguiente cuestionamiento: «Si el cronista siguiera su relato, aun sin cargo, ¿en qué posición nos deja? ¿No seríamos ratas de laboratorio? ¿Y qué nos asegura que la distancia formal no tenga los mismos efectos fenomenológicos si es que la observación, como sabemos –y no podemos dejar de saber3–, persiste?». Ante la inminencia de la primera alternativa se produjo un frustrado intento de fuga de quien escribe4 y una nueva discusión: la forma en la que sería ejecutado. Pido como última voluntad que se me permita elegir método y verdugo, pero esta es rechazada. Dos Canarios sugiere un sacrificio solar, Vincens Sensix propone un duelo con verdugo y arma libre, mientras que Permitio Trommer se inclina por la extracción de silicio. Ante la falta de acuerdo se crea un Comité para la Resolución de Asuntos Previos a las Dudas sobre la Búsqueda conformado por miembros tutelares de todas las áreas y subdivisiones con el encargo de absolver los anteriores considerandos así como otros que puedan surgir en el ejercicio de su labor. Luego de tan intensa jornada el pleno pide un receso indefinido con derecho a dieta. Me uno al corrillo que descansa, pues sin sentencia no estoy privado ni de mis derechos como homo silicium, ni de mis obligaciones como relator. Y pregunto: ¿¿¿¿Alguno de ustedes sabe cómo murió Pasolini???? ¡¡¡¡¡Esa no es forma de matar a un artista!!!! Luego de un incómodo silencio estallan risas, pero a mí nada me parece gracioso.]

Se supone que sería belleza, pero fue luz (una demostración de la Ley de Parkinson).

O una versión polar del intercambio a seis voces de Roubaud sobre ella.

También, «La muerte de Pasolini». (OK)

E incluso la posibilidaddel Núcleo AgHab1 0001-1.

Pero no fue nada.


1Un texto que obedezca a una restricción definida por una estructura matemática debe incluir una propiedad matemática de dicha estructura.
2No me consta.
3Se puede olvidar, pero no desaprender.
4Cerca de la nada, con medio cuerpo fuera de la ventana, la mano de Voz Entre Sombras se cierra como una tenaza en mi tobillo.


Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) es autor de la novela La ciudad más triste y de los poemarios Marineros y boxeadores, Frágiles trofeos, La muerte de un burgués y Al norte de los ríos del futuro, recientemente publicado en España y de donde extraemos este poema.
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Ficcion de una historia, historia de una ficción

Posted on abril 30, 2013

Hhhh
Reseñas

HHhH

Laurent Binet (París, 1972) ■ Seix Barral (2011) ■ 400 páginas ■ 89 soles


Ficcion de una historia, historia de una ficción

Novela.El punto de partida de HHhH es la única pregunta ética que vale la pena formularse desde la literatura: ¿qué se puede contar desde la ficción y qué no? Es decir, ¿hay algún tipo de experiencia que, por sus implicancias reales, no pueda ser literarizada so riesgo de trivializarse? Es un tema central, habida cuenta del famoso aforismo de Adorno sobre la poesía y Auschwitz («Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie»).

Laurent Binet ha hecho de esta interrogación una magnífica novela a partir del atentado que Jozef Gabčík y Jan Kubiš –ambos parte de la resistencia checoeslovaca– perpetraron contra Reinhard Heydrich, el carnicero nazi artífice de la Solución Final y, por entonces, Protector de Bohemia y Moravia. El francés resuelve la cuestión a través de un procedimiento singular: divide la novela en dos relatos que se alternan en capítulos numerados y correlativos. En uno contará el asesinato como si se tratase de un thriller, utilizando elementos del género para crear una bomba de tensión y suspense, a la vez que contextualiza el proceso de resistencia en Europa y ahonda en las biografías de los tres protagonistas. Esta es la parte emocional, sentimental y catártica, storytelling puro. En el otro relato, en cambio, pondrá en duda las convenciones propias de toda ficción histórica –incluyendo la suya– para desenmascarar y reflexionar acerca de la impropiedad de recrear el nazismo, lo que produce una suerte de dialéctica bipolar. Es un juego muy atractivo, de afirmación y negación, de puesta en escena y desmontaje. Este último será el espacio para desglosar un impresionante celo documental, sostener qué fuentes le permiten dudar de lo aparentemente nimio (¿el color del Mercedes Benz en el que iba Heydrich era verde o negro?) hasta lo realmente crucial (¿qué personas reales participaron del complot y deben ser, en efecto, homenajeadas en esta novela?), para soltar así el enorme arsenal de reflexiones, reservas, matices y relaciones que despiertan en su alter ego la labor propuesta.

HHhH tiene un ritmo poderoso que se beneficia bastante bien de este contrapunto y logra que la lectura sea adictiva, quizá porque no solo es fiel a la historia en cuanto a investigación y síntesis, sino que logra lo más difícil: que esta aflore en su retórica correcta. En ella se expresa la angustia y euforia de una doble épica: la primera es la de Gabčík y Kubiš; la segunda, el esfuerzo de encontrar aquella frontera donde comulgan la verdad histórica y la virtud literaria. Este doble motor recorre las páginas con una ironía añadida: a pesar de que los recursos de Binet son posmodernos (hay trazas de política ficción, thriller, metaliteratura y literatura del yo), su compromiso, si no ingenuo, al menos califica de romántico. Binet se resiste a entender la literatura como un espacio diferente al de la vida por lo que, de modo consciente o inconsciente, se empeña en recomponer esos lazos deshechos. Es, claro, una empresa inútil. Como si no quisiera darse cuenta de que, al romper el pacto de verosimilitud, crea de inmediato otro. Este deseo recuerda a la figura del mago que se solaza en confesar al público cómo ha hecho un truco para, de inmediato, hacer otro. O mejor aun, al actor que se sincera ante su auditorio pero es traicionado por el lugar desde el que enuncia su confesión: el tabladillo. Es un extraño efecto. Binet desconfía de la literatura y como remedio propone más literatura: «Mi historia toca su fin y me siento completamente vacío, no solo vaciado sino vacío. Podría detenerme aquí, pero no, aquí la cosa no funcionaría. La gente que ha participado en esta historia no son personajes, o en todo caso, si han llegado a serlo ha sido por mi culpa, aunque no era mi intención tratarlos como tales. Con gravedad, sin hacer literatura o al menos sin desear hacerla, he de contar lo que fue de quienes, al mediodía del 18 de junio de 1942, todavía seguían vivos».

El crítico James Wood recela de esta propuesta, así como de la idea de crear una literatura histórica «moralmente superior» que presenta hechos verificables y funde al autor con el narrador (uno de los objetivos centrales del francés es Jonathan Littell, el autor de Lasbenévolas, a quien acusa de inventar). Wood, por si hiciera falta, propone como contraejemplo una ficción que se ocupa del Holocausto de manera irreprochable: Austerlitz, de Sebald.
La idea de Binet es anacrónica, pero no por ello deja de ser atractiva. Al pretender retrotraerse al siglo XIX, más precisamente, a la época previa al hito jurídico creado por Flaubert al ganar el juicio contra Madame Bovary (1857), Binet hace eco de las palabras de Damián Tabarovsky en su polémico ensayo Literatura de izquierda. El crítico argentino sostiene que, por proteger jurídicamente al autor, la literatura se encapsuló en una zona artificial y aséptica donde ha declinado todo vínculo con la realidad; ha ganado inmunidad para los escritores, sí, pero ha perdido la capacidad de afectar el mundo de la experiencia: «…Si la literatura después de Flaubert es culpable de algo, si por algo mordió el polvo, si algo tuvo que pagar, es la tragedia de su autonomía. La ilusión de autonomía es un salto al vacío que arrojó a la literatura a una zona de fragilidad; desde entonces, debilidad y literatura se han vuelto sinónimos».

Y más adelante: «Después de Flaubert el tema de la literatura no va a ser el mundo, la representación, el acontecer de la narración, sino el lenguaje. La literatura de Flaubert designa el momento del giro lingüístico».

Es un estupendo debate que, sin ir muy lejos, se puede extrapolar a lo hecho por los escritores peruanos con Sendero Luminoso, sobre todo hoy que dicha época se ha vuelto un producto de exportación editorial o, al menos, una moda.

Volviendo a Binet, lo interesante de HHhH es que su experimento resulta feliz. Tanto por sus escrúpulos, como por su maestría narrativa. La peligrosa aventura que emprenden dos personajes en teoría insignificantes pero que, contra toda proporción, han decidido asestar un golpe no solo letal sino psicológico al III Reich, es profundamente conmovedora. Sobre todo porque la novela se cuida de dirigir toda la acción dramática hacia una progresión emocional que culmina en un clímax memorable, un crescendo maravilloso que recuerda a esas últimas páginas de Soldados de Salamina que están tan cerca de la gloria. Mientras Heydrich muere y Gabčík y Kubiš resisten la cacería que se monta para atraparlos, la voz reflexiva pierde relevancia y apenas interrumpe para alertar de la inminencia del final. En palabras de Vargas Llosa: «El lenguaje limpio, transparente, que evita toda truculencia, que parece desaparecer detrás de lo que narra, ejerce una impresión hipnótica sobre el lector, quien se siente trasladado en el espacio y en el tiempo al lugar de los hechos narrados, deslizado literalmente en la intimidad incandescente de los dos jóvenes que esperan la llegada del coche descapotable de su víctima… Todos los pormenores tienen tanta fuerza persuasiva que quedan grabados de manera indeleble en la memoria del lector».

La doble empresa de Binet tiene resultados opuestos: su historia triunfa, lo que significa que su lucha contra la ficción fracasa. Para el lector, esto es una doble recompensa.
Por Jerónimo Pimentel


Recomendados:
Purga. (Sofi Oksanen)
Mi vida querida (Alice Munro)
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Cuna de gato

Posted on marzo 7, 2013

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Reseñas

Cuna de gato

Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) ■ La Bestia Equilátera (2012) ■ 248 páginas ■ 80 soles


Tres oraciones de Jerónimo Pimentel

1

11 de abril de 2007.

Había terminado de escribir lo siguiente: «3. Mi amor se extiende como hielo-9 en las arenas de Vermilion».

Y me dije a mí mismo: Cuna de gato.

Luego entré a Internet y encontré la noticia.

Me quebré.

Unos minutos después, mi cara suscitó una pregunta protocolar (¿Qué te pasa?) y, en vez de contenerme, respondí sincero.

–Estoy devastado.

Una pequeña sonrisa anticipó el coro de carcajadas y un tumulto de imprecaciones. Algunos en forma de insultos, otros disfrazados de preguntas cuyo único fin era la burla:

–¿Y ese quién es?

–¡Qué huachafo!

–¿«Devastado»?

–¡Esnob!

–¡Posero!

Luego todos rieron y pensaron en qué les tendría que pasar para sentirse realmente mal: la señora amargada y vieja, que su hijo no encuentre nunca trabajo; la anoréxica borderline, que su patología sea al fin diagnosticada; la joven inepta y apenas comprometida, que se frustre su primer embarazo.

Así fue.

Me vi tentado a explicarme. Decir que uno llega a conocer a un autor a través de su obra, que esa familiaridad lo acerca bastante más que la camaradería de oficina que tan ligeramente me vinculaba con ellos. Se me pasó por la cabeza reconocer que la palabra «devastado» no era la más adecuada, que probablemente exageraba, pero no me atreví a corregir mis sentimientos. Por el contrario, contesté mis dudas con un axioma que parafraseaba a otro de Julian Barnes: el amor del lector por el escritor es un afecto superior a cualquier otro.

Por un momento pensé que narrar las anécdotas más saltantes de su vida, como que sobrevivió al bombardeo de Dresde en calidad de prisionero de guerra, dignificaría su muerte más bien ordinaria: un ataque o paro o simple caída, triste agonía de semanas en casa, cuidados conyugales (pensándolo bien, el mejor fin con el que puede soñar nadie). Luego, con la idea de subrayar sus méritos creativos, barajé la posibilidad de explicar el método de narración inverso con el que contó dicho bombardeo en Matadero 5, pero caí en la cuenta de que hubiera sido ocioso. Finalmente sopesé confesar que apenas hube terminado El desayuno de los campeones lloré como nunca en mi vida luego de cerrar unas páginas, y que esa pena era doble: primero porque el libro acababa; y segundo, por ese tono de voz postrero con el que el creador enfrenta su obra, y cómo una lágrima dibujada por él mismo, ese llanto final que sirve de coda gráfica a la novela, era en sí una teoría literaria que difuminaba las fronteras entre arte y realidad. Pero mi composición se encontraba ya muy débil y no atiné a retar a mi auditorio escéptico.

Mientras esperaba que el ascensor llegue al piso dieciocho, pensé exactamente lo que quería hacer: romper los botones de mi camisa, tirar la correa, gritar la vida no es forma de tratar a un animal, insultar a todos los oficinistas de Lima y lanzar un mono a las caras de mis colegas para que los arañe hasta dejarlos ciegos (no sé de dónde salió el mono, él no hubiera aprobado esta forma de venganza).

Cuando el ascensor me dejó en el piso uno, caminé cincuentaitrés pasos hasta un kiosco donde una señora me vendió una cajetilla roja de Pall Mall.

Así fue que empecé a fumar, cigarrillo tras cigarrillo, mientras imaginaba cómo el humo se concentraba en los pitillos, cómo las cenizas volvían a los puchos que empezaban a crecer en tamaño para luego ser recogidos de veinte en veinte en cajetillas que regresaban a las manos de sus vendedores, quienes caminando de espaldas, como cangrejos humanos, depositaban los cartones en fábricas que se dedicaban a separar los filtros de las virutas de tabaco. Las hojas se devolvían a los campos donde el sol les extraía el tostado retornándole a la planta un color más pálido, vegetal, permitiendo así que el tallo se contraiga en una semilla y descanse bajo tierra, por fin completo, subterráneo, íntegro.

Daba una bocanada final cuando un señor dijo:

–¿Me permite?

Alzó el brazo para alcanzar el pucho con el que encendería el suyo y de su libro, Tantas noches en Trafalmadore, cayó una fotografía pornográfica. Era repugnante.

–Todos son buenos hasta que dejan de serlo.

–Buen título, contesté.

Pero en su mirada arqueada percibí una duda. Me escrutó con detenimiento, como quien recién cae en cuenta que ha estado hablando con un viejo conocido, y preguntó:

–¿Mr. Rosewater? ¿Mr. Hoover?

2

Vonnegut asegura que los escritores son agentes de cambio, esperamos, «para bien». Asegura que son células especializadas, evolucionadoras. Esta esperanza apenas tendría sentido si no viniese de él, quien dedicó su obra, como apunta Irving, a plantear de manera legible las preguntas que los escritores serios ya no se formulan. Es más fácil, siempre, escribir con opacidad, o crípticamente, para enmascarar en lo ilegible la confusión o timidez ideológica. La prosa hermética también puede ser una estrategia: para un pretencioso, lo que no se puede entender es visto como reducto de la alta cultura, el santo y seña de los iniciados, el filtro de la inteligencia. Pero en una sociedad donde la mejor adaptación posible pasa por hacer eterna la estupefacción, y que concibe el cambio como la renuncia a las salidas originales (ese tonto arrojo con el que abrazamos dogmas fallidos), en esa sociedad el escritor y la literatura carecen de rol. Los escritores son tratados cada vez con más distancia, y cuando se les aborda, los medios, en el mejor de los casos, reelaboran una y otra vez la caricatura del artista excéntrico, perdido en la insularidad de su arte inaccesible y sus obsesiones privadas. Así lo vuelven inofensivo y forjan un estereotipo incapaz de representar el mínimo riesgo (sí, el peligro es un valor literario). La fama es solo una forma de condescendencia social. Por eso no sorprende que el lector promedio se acerque a la literatura para buscar entretenimiento, y cuando lo hace, si llega a hacerlo, lloramos porque se nos ha provisto de un argumento para negar la evidente obsolescencia del libro como vehículo cultural. Entender la literatura como distracción es injusto para el arte, porque plantea una competencia desventajosa: los medios de comunicación son mucho más efectivos sobreestimulando a un individuo (al punto de la inocuidad), en parte porque fueron concebidos para ello. Jonathan Franzen, en un polémico ensayo publicado en Harper’s, se hacía estas preguntas a propósito del fin de la «novela social». ¿Qué narrar? ¿De qué pulsiones dar cuenta? ¿Cuáles son los procesos sobre los que el escritor aventurará futuros? ¿Qué ideas innovadoras inoculará en su obra? ¿Cuáles son las nuevas respuestas que proporcionará a una sociedad que ya no se pregunta nada?

3

Conozco el camino (no hay camino).

Cuando deambula por la costa, el hielo se cristaliza en el fierro forjado de su pala; pero no hay muertos que sepultar ni tierra que remover. Un hombre-cementerio; como los poetas, inútil hace siglos.

¿Cómo pedirle que se detenga?

Mira arriba y observa a un pez-gato navegando en el cielo.

¿De qué vale su asombro?

Mi Yo astrofísico utiliza sus bigotes como sistema de navegación y cabalgamos en una corriente de éter junto a la última voluntad de Kurt Vonnegut, algunos cráneos de homos
no catalogados y otros restos de especies muertas. Luego es el pez-gato quien me navega a mí. Vamos a Mercurio.

Este es el camino (sí hay camino).

Personas-adictas-al-sol.

Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) es autor de los poemarios Marineros y boxeadores, Frágiles trofeos, La muerte de un burgués y Al norte de los ríos del futuro, de próxima publicación en España. El año pasado publicó La ciudad más triste, su primera novela.


Recomendados:
El ángel esmeralda. (Don DeLillo)
La viuda embarazada (Martin Amis)
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Es como una religión

Posted on enero 9, 2013

pimentels

«Es como una religión. Escribir es una manera de religarse con el mundo. Nos pasa a los tres»

El inconformismo y la vitalidad de una búsqueda hacia adelante. La escritura devenida en una postura ante la vida. La invocación de las palabras para establecer una relación espiritual con el mundo. La trascendencia del movimiento Hora Zero y la vigencia de su remezón en la poesía peruana. La influencia familiar en el quehacer literario. Sobre estos y otros temas se refieren Jorge Pimentel y sus hijos Sebastián y Jerónimo en esta entrevista.

Por José Tsang


Sobre Tromba de agosto, el poemario de Jorge Pimentel (Lima, 1944) reeditado en su vigésimo aniversario celebrado el año pasado, el chileno Roberto Bolaño escribió: «Pimentel parte de Vallejo (en Ave soul el punto de partida era la cultura) y llega a una zona oscura en donde intuimos se agitan bultos que son seres humanos». Esa admiración –que es mutua– ocurre en varios niveles. Uno de ellos se grafica así: junto al mexicano Mario Santiago, Bolaño fundó el Infrarrealismo, que tuvo como espejo a Hora Zero, el movimiento poético gestado por Pimentel y el también peruano Juan Ramírez Ruiz en 1970. Ambas vanguardias compartían ese ADN común a todas las vanguardias: sacudir el statu quo de la cultura oficial.

Años después, los hijos de Jorge vienen andando el mismo camino de valientes. A la par de una destacada obra poética, Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) entró ya en la novela con La ciudad más triste, una recreación del misterioso paso de Herman Melville por Lima en 1843. Jerónimo acaba de estrenarse como autor de literatura infantil con «Un cuento que da sueño», sobre una mamá que, con amor, narra situaciones imaginarias a su hija que no puede dormir bien. Además, publicará en España su último poemario, Al norte de los ríos del futuro, que bebe de la ciencia ficción. Por su parte, Sebastián Pimentel (Lima, 1976) es autor del libro de ensayos cinematográficos Imagen y mundo, sigue dando batallas desde la crítica de cine en el semanario Somos y la dirección de la revista Godard!, mientras alista nuevas investigaciones y publicaciones.

En Palabras urgentes, el primer manifiesto de Hora Zero, se leen líneas como esta: «A nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizarla». ¿Esta expresión sigue siendo vigente?

Jerónimo: Es una frase rastreable de otra manera y en otro contexto. Si haces una genealogía de esa oración, puedes llegar a la de Tolstói: «Habla de tu pueblo y hablarás del mundo». Eso significa que la literatura no puede reducirse a un ejercicio de estilo. Hay una buena frase de los actores al respecto, cuando dicen que un actor tiene verdad. Esa verdad, que en literatura es un valor inmaterial, significa que tu estilo literario no se desarrolla en una esfera abstracta, formal, retórica o aséptica, alejada de la realidad.

Sebastián: Tiene que haber indignación. Sentir que ya no soportas más, que vas a estallar. Es una cuestión ética. Los pensadores, escritores y artistas, en lugar de agarrar un fusil, cogen un lápiz y escriben para dar cuenta de lo indignante que es lo que tienen al frente, y esto se refiere no solo a la pobreza y a la injusticia, sino también a los figurones culturales y a una institución oficial vetusta, adormecida y conservadora. Hora Zero se enfrentó a esta impostación y letargo, en un acto de libertad y alegría.

Jorge: Queríamos escribir libros que reflejaran la vida como no había sido considerada por la poesía peruana. Estábamos en eso: en no sentirnos menos que nadie. Yo veía que mis padres se divorciaban, que mi mamá se ponía a trabajar sola por primera vez y se subía a un micro para ir al correo central. ¿Por qué la poesía no podía reflejar esos temas? ¿Por qué no ser universales desde lo cotidiano y lo local? Cuando arremetimos frontalmente contra el establecimiento literario, mucha gente se liberó. Pasó con los poetas de provincias. Mario Luna trajo el aputamadramiento de Chimbote. El aputamadramiento es tener calle, una postura para enfrentarte a la ciudad y a su gente; es no tener complejos, en lugar de pretender ser un francés. Juan Ramírez venía con la onda de Chiclayo y de las peleas de los sindicatos. Jorge Nájar era de Pucallpa, de la selva. Y así. Eran otras maneras de ver el país, fuera de la capital.

Jerónimo: Tu indignación puede ser política, pero tu propuesta tiene que ser poética. Lo importante de Hora Zero es que esa indignación derivó en el último gran aporte a la poesía peruana, que fue la incorporación del discurso popular en la tradición poética. Sí, ha habido obras personales e interesantes, pero no aportes sustanciales que hayan nutrido la matriz poética peruana, modificándola. Todo esto me lleva a pensar en qué ha pasado con la poesía peruana en los últimos cuarenta años. ¿Qué ha sucedido para que no se haya producido otro quiebre o rompimiento? Y eso que –sin ánimo de quitarle méritos– Palabras urgentes no es un manifiesto perfecto, ni Hora Zero un grupo perfecto.

En poesía, da la impresión de que lo que ha habido es una dispersión de búsquedas individuales.

Jerónimo: Si lo ves de manera cuantitativa, es dispersión. Pero cualitativamente, persisten dos matrices: el poema conversacional y el poema integral, ambos alimentados, en buena medida, por Hora Zero. Por otra parte, hay que reconocer algo: la poesía es una especie en vías de extinción. Es un género cerrado para iniciados y otros poetas. Te das cuenta de eso por los tirajes reducidos de los poemarios y la poca emergencia de autores nuevos. La crítica tenía ese sambenito de ir inaugurando generaciones por décadas. ¿Cuál es el poeta de los últimos cuatro o cinco años? Esos autores sí los encuentro en narrativa, en escritores como Carlos Yushimito, Jeremías Gamboa o Daniel Alarcón.

Jerónimo, con Hora Zero tan cerca de ti, ¿fue un proceso natural escribir poesía?

Jerónimo: No. Traté de hacer todo lo posible para no escribir poesía. Cuando estaba en la Católica me metí al taller de narrativa, no al de poesía. Estudié Periodismo, y lo hice porque sentía que uno tiene que encontrar un camino propio. Ahora que el resultado de esa negación sea que igual haya tenido que escribir poesía, más bien lo que propicia es que se refuerce mi vocación de cara a la influencia familiar. No es fácil. Pero cuando es necesario, tampoco es difícil. Es lo que tiene que ser. A mí lo que me interesa, sobre todo, es explorar la literatura que está entre los géneros, esos intersticios entre poesía, narrativa o ensayo. Por momentos, siento que tengo una poesía muy narrativa, y cuando escribo prosa a veces me parece que es lírica.

En tu caso, Sebastián, ¿cómo llegas a la Filosofía y a la crítica de cine?

Sebastián: De la forma más natural. En casa leía a escritores de todo tipo, y cuando entré a la Católica empecé a apasionarme por la escritura filosófica, que también es un género literario. El poder de conmoción mental y espiritual que me producían los textos filosóficos era tan grande como la que me generaban las propuestas de los poetas y narradores. De otro lado, el amor al cine me es natural desde niño. De chico, mi mayor premio ocurría cuando mis papás decían: «Vamos al cine». Era como ir al paraíso. Todo esto es relevante cuando sigues tu intuición y te das cuenta de que estás tras una verdad. Eso es lo que hacen Jerónimo o mi papá cuando escriben. Por eso, al igual que ellos, no creo que ser crítico de cine sea una frivolidad.

Jerónimo: Para mí es como una religión. Escribir es una manera de religarse con el mundo. Creo que eso nos pasa a los tres. Un hombre es una proyección espiritual. No solo es un saco de carne y hueso. En este sentido metafísico, ¿cómo te religas con la realidad? Ir a la iglesia no es nuestro caso.

Esa búsqueda espiritual también se conecta con la Filosofía.

Sebastián: Aquí pasa algo interesante. Veamos: cuando la Filosofía nace, ya es Poesía. Filósofos presocráticos como Heráclito o Parménides, cuando escribían Filosofía, facturaban poemas. Luego continúan esa tradición otros filósofos: de Lucrecio a Platón. Nietzsche también era poeta. La filosofía de Heidegger nace de la poesía de Hölderlin. ¿Artaud es filósofo o poeta? Nadie lo sabe. A veces, las cosas están más vinculadas de lo que uno cree. Hay que reivindicar la libertad del escritor. De alguna manera, de eso se trata el poema integral, porque es un género que reúne todos los géneros literarios. ¿Qué es La ciudad más triste? Es novela, ensayo, poesía, dramaturgia, etc. Un metatexto, un texto de textos.

Jerónimo: Pero ojo: ahora se entiende que el género que abarca todos los demás es la novela, y no la poesía. Esto no es así necesariamente.

Digamos que son los clichés del periodismo.

Jerónimo: Que también son los clichés de la academia.

Sebastián: ¿Imagen y mundo de qué género es? Los críticos de cine piensan que mi libro es de Filosofía, así como muchos filósofos se desconciertan porque no son ensayos filosóficos propiamente dichos. Siento que los retos de un escritor están ahí: rebelarse de las etiquetas impuestas por el mercado.

Jorge, ¿qué sientes cuando ves que tus hijos también optaron por dedicarse a las letras y no terminaron en ocupaciones más convencionales?

Jorge: Una gran felicidad. Creo que en parte se debe a que mi casa siempre ha sido una universidad para ellos. Aquí venían poetas, pintores, filósofos y artistas. Ellos han bebido de todo eso. Con Sebastián y Jerónimo tengo la suerte de conversar sobre poesía todos los días, como antes lo hacía con mis compañeros de Hora Zero, y lo seguimos haciendo.

Hablemos de sus próximos proyectos.

Jerónimo: Está listo mi nuevo poemario, Al norte de los ríos del futuro, que tiene mucho de ciencia ficción. A mí me encanta la literatura de género, y sentí que la ciencia ficción podía ser una plataforma para agendar discursos, visiones o contemplaciones que no están tan presentes en la poesía peruana. El poemario lo va a publicar una pequeña editorial española, tan pequeña que se llama Ediciones Liliputienses, pero que cuenta con un bonito catálogo de poesía latinoamericana, con autores interesantes como el argentino Martín Gambarotta.

Sebastián: Estoy avanzando una investigación sobre los libros de cine del filósofo francés Gilles Deleuze, en especial La imagen-movimiento y La imagen-tiempo. Además, estoy preparando un libro sobre Armando Robles Godoy y una serie de ensayos sobre varios cineastas, pero desde un enfoque distinto a Imagen y mundo. Esta vez no voy a abordar la relación con la Tierra, el mundo y el cosmos a través del cine, ya que me estoy enfocando en los roles, las máscaras y las relaciones existenciales del ser humano con su identidad y con su papel construido por la sociedad en obras de directores como Billy Wilder o John Cassavetes.

Jorge: Tengo varios poemarios inéditos: Persecución y muerte del Conde Ernesto de Lerchenfeld en la ciudad de Lima, Muerte natural, Sangre de rinoceronte y Jardín de uñas. Este último será publicado este año. Asimismo, Tulio Mora y yo estamos editando una compilación de los manifiestos de Hora Zero, en los que está nuestra praxis y nuestro desarrollo teórico del poema integral, que la gente todavía no conoce bien. Por otra parte, en ellos figuran la historia de la poesía peruana y el testimonio de las guerras que Hora Zero libró a través de cuarenta años contra los que pretendían poner la poesía al servicio de una élite o de un gobierno, los que no querían mirar la calle –¡hay que saber mirar la calle!– o los seudopoetas que escriben para ser becados y aumentar su currículum.

Jerónimo: Lo que se conoce poco es que mi papá ha transitado por otros géneros. Ha escrito cuentos infantiles como «El oso lecho, la mariposa azul y el capitán mares», así como le dio vida a Solito, un proyecto de cómic que empezó con Alberto Colán y luego continuó con Sebastián, durante la época en la que frecuentaba a los integrantes de Nazca Comic, un suplemento dominical del diario Página libre. Solito es una metahistorieta existencial, minimalista y divertida con un muñeco de palitos como único protagonista, tan existencial que pone en cuestión elementos del lenguaje del cómic como los recuadrados o la secuencialidad. En otras palabras, se trata de un hombre solo en su cuadrado, una metáfora de él en su mundo, lo que lo lleva a reflexionar sobre los límites y lenguajes de ese universo


Duelo por Cisneros

Sobre la partida de Antonio Cisneros, fallecido en octubre pasado, Jorge Pimentel comenta: «Lamento su pérdida, como la de todos los poetas auténticos. Pero es saludable que en la poesía existan posiciones diferentes. De lo contrario, caeríamos en totalitarismos o fascismos. Por eso es saludable que se hayan dado esas diferencias entre Hora Zero y otros poetas. Y eso ha servido para dinamizar la poesía y hacerla más actual, vigente y saludable, con futuro».

Como se recuerda, en 1972 Pimentel y Cisneros se retaron a un duelo poético. El recital se convirtió en el foco de atención de la intelectualidad nacional. Ante la falta de coincidencias entre las distintas versiones, es difícil señalar quién fue el vencedor. Pero acaso eso es lo de menos, pues el evento sembró y disparó reflexiones acerca de la poesía peruana. Hacia el final de la velada, Pimentel culminó su intervención con un acto dramático: un poeta y amigo suyo le disparó balas de fogueo, mientras él simulaba haber sido herido mortalmente: la gente debía suponer que se trataba un agente de la CIA.

Pequeño crepúsculo

En el ojal del saco cae la lluvia

y en el botón hay un ciempiés adolorido, acorralado se diría, se diría una arrugada manga de camisa por la que se asoma una débil flor amarilla como una excusa y como una tímida anunciación de la cigarra que lava y lava la tinta que inunda la página en la que discurro sin dirección alguna, con la ilusión de las palabras o la gran desilusión de las palabras.

(Del poemario inédito Jardín de Uñas,
de Jorge Pimentel)


La ciudad más triste

Posted on agosto 31, 2012

La cuidad más triste
Reseñas

La ciudad más triste

Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) ■ Alfaguara ■ 152 páginas ■ 49 soles


Novela. Blanco, el color de la pureza. Al menos para la mayoría. Pero para Herman Melville, el blanco invocaba el horror. También propiciaba una ambivalencia cetácea: en Moby Dick, el espasmo o el asombro van de la mano –cinco dedos siempre sujetos a un arpón–, sensaciones propiciadas por una feroz ballena blanca, un leviatán dispuesto a devorar el mundo. Esa visión inmaculada que debería redimirnos, ahora nos enfrenta a nuestro sentido de la existencia. La muerte blanca desciende, tarde o temprano, sobre nosotros.
Para Jerónimo Pimentel, un profundo y minucioso lector de la obra de Herman Melville, la ballena siempre estuvo ahí. El saldo de cuentas de esa obsesión se llama La ciudad más triste, su primera novela luego de tres poemarios y un libro de prosas. El arpón se convierte en una pluma que perfila una ciudad tragada, colindante con el mar. Lima, la ciudad-ballena.
Aquí Melville dialoga con su colega Nathaniel Hawthorne mediante cartas. Pimentel se vale de la licencia epistolar para ponerse en la mente de Melville. El objetivo: adentrarse, una vez más, en las entrañas del cetáceo, desentrañar el misterio del paso de Melville por Lima en diciembre de 1843, escala sobre la que se sabe casi nada. Melville incursiona en la ciudad como quien supera las barras de unos anillos concéntricos. Las capas se develan y un Melville alucinado expone su radiografía de la condición humana con frases como esta: «Qué poca cosa es un hombre en el Perú; es tan evidente su fragilidad ante la magnitud despótica de la geografía que lo contiene». Hay también peripecias, una fuga de la cárcel y un terremoto, contados a través de reflexiones, diálogos y una variedad de recursos literarios. En fin, es una novela. Pero al lector le quedarán, sobre todo, sus imágenes. Sus devastadoras y resplandecientes imágenes, labradas con oficio por un poeta que, en el fondo, es también un narrador a secas. Porque el tono y la atmósfera densa de este libro son una virtud. Su lenguaje es una realidad en sí misma. Una ambición simbólica sobre una ciudad real y a la vez fantasmal. Un guiño a la forma de la ballena que vendrá por nosotros.
Por Philip Winter.


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