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Reseñas

HHhH

Laurent Binet (París, 1972) ■ Seix Barral (2011) ■ 400 páginas ■ 89 soles


Ficcion de una historia, historia de una ficción

Novela.El punto de partida de HHhH es la única pregunta ética que vale la pena formularse desde la literatura: ¿qué se puede contar desde la ficción y qué no? Es decir, ¿hay algún tipo de experiencia que, por sus implicancias reales, no pueda ser literarizada so riesgo de trivializarse? Es un tema central, habida cuenta del famoso aforismo de Adorno sobre la poesía y Auschwitz («Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie»).

Laurent Binet ha hecho de esta interrogación una magnífica novela a partir del atentado que Jozef Gabčík y Jan Kubiš –ambos parte de la resistencia checoeslovaca– perpetraron contra Reinhard Heydrich, el carnicero nazi artífice de la Solución Final y, por entonces, Protector de Bohemia y Moravia. El francés resuelve la cuestión a través de un procedimiento singular: divide la novela en dos relatos que se alternan en capítulos numerados y correlativos. En uno contará el asesinato como si se tratase de un thriller, utilizando elementos del género para crear una bomba de tensión y suspense, a la vez que contextualiza el proceso de resistencia en Europa y ahonda en las biografías de los tres protagonistas. Esta es la parte emocional, sentimental y catártica, storytelling puro. En el otro relato, en cambio, pondrá en duda las convenciones propias de toda ficción histórica –incluyendo la suya– para desenmascarar y reflexionar acerca de la impropiedad de recrear el nazismo, lo que produce una suerte de dialéctica bipolar. Es un juego muy atractivo, de afirmación y negación, de puesta en escena y desmontaje. Este último será el espacio para desglosar un impresionante celo documental, sostener qué fuentes le permiten dudar de lo aparentemente nimio (¿el color del Mercedes Benz en el que iba Heydrich era verde o negro?) hasta lo realmente crucial (¿qué personas reales participaron del complot y deben ser, en efecto, homenajeadas en esta novela?), para soltar así el enorme arsenal de reflexiones, reservas, matices y relaciones que despiertan en su alter ego la labor propuesta.

HHhH tiene un ritmo poderoso que se beneficia bastante bien de este contrapunto y logra que la lectura sea adictiva, quizá porque no solo es fiel a la historia en cuanto a investigación y síntesis, sino que logra lo más difícil: que esta aflore en su retórica correcta. En ella se expresa la angustia y euforia de una doble épica: la primera es la de Gabčík y Kubiš; la segunda, el esfuerzo de encontrar aquella frontera donde comulgan la verdad histórica y la virtud literaria. Este doble motor recorre las páginas con una ironía añadida: a pesar de que los recursos de Binet son posmodernos (hay trazas de política ficción, thriller, metaliteratura y literatura del yo), su compromiso, si no ingenuo, al menos califica de romántico. Binet se resiste a entender la literatura como un espacio diferente al de la vida por lo que, de modo consciente o inconsciente, se empeña en recomponer esos lazos deshechos. Es, claro, una empresa inútil. Como si no quisiera darse cuenta de que, al romper el pacto de verosimilitud, crea de inmediato otro. Este deseo recuerda a la figura del mago que se solaza en confesar al público cómo ha hecho un truco para, de inmediato, hacer otro. O mejor aun, al actor que se sincera ante su auditorio pero es traicionado por el lugar desde el que enuncia su confesión: el tabladillo. Es un extraño efecto. Binet desconfía de la literatura y como remedio propone más literatura: «Mi historia toca su fin y me siento completamente vacío, no solo vaciado sino vacío. Podría detenerme aquí, pero no, aquí la cosa no funcionaría. La gente que ha participado en esta historia no son personajes, o en todo caso, si han llegado a serlo ha sido por mi culpa, aunque no era mi intención tratarlos como tales. Con gravedad, sin hacer literatura o al menos sin desear hacerla, he de contar lo que fue de quienes, al mediodía del 18 de junio de 1942, todavía seguían vivos».

El crítico James Wood recela de esta propuesta, así como de la idea de crear una literatura histórica «moralmente superior» que presenta hechos verificables y funde al autor con el narrador (uno de los objetivos centrales del francés es Jonathan Littell, el autor de Lasbenévolas, a quien acusa de inventar). Wood, por si hiciera falta, propone como contraejemplo una ficción que se ocupa del Holocausto de manera irreprochable: Austerlitz, de Sebald.
La idea de Binet es anacrónica, pero no por ello deja de ser atractiva. Al pretender retrotraerse al siglo XIX, más precisamente, a la época previa al hito jurídico creado por Flaubert al ganar el juicio contra Madame Bovary (1857), Binet hace eco de las palabras de Damián Tabarovsky en su polémico ensayo Literatura de izquierda. El crítico argentino sostiene que, por proteger jurídicamente al autor, la literatura se encapsuló en una zona artificial y aséptica donde ha declinado todo vínculo con la realidad; ha ganado inmunidad para los escritores, sí, pero ha perdido la capacidad de afectar el mundo de la experiencia: «…Si la literatura después de Flaubert es culpable de algo, si por algo mordió el polvo, si algo tuvo que pagar, es la tragedia de su autonomía. La ilusión de autonomía es un salto al vacío que arrojó a la literatura a una zona de fragilidad; desde entonces, debilidad y literatura se han vuelto sinónimos».

Y más adelante: «Después de Flaubert el tema de la literatura no va a ser el mundo, la representación, el acontecer de la narración, sino el lenguaje. La literatura de Flaubert designa el momento del giro lingüístico».

Es un estupendo debate que, sin ir muy lejos, se puede extrapolar a lo hecho por los escritores peruanos con Sendero Luminoso, sobre todo hoy que dicha época se ha vuelto un producto de exportación editorial o, al menos, una moda.

Volviendo a Binet, lo interesante de HHhH es que su experimento resulta feliz. Tanto por sus escrúpulos, como por su maestría narrativa. La peligrosa aventura que emprenden dos personajes en teoría insignificantes pero que, contra toda proporción, han decidido asestar un golpe no solo letal sino psicológico al III Reich, es profundamente conmovedora. Sobre todo porque la novela se cuida de dirigir toda la acción dramática hacia una progresión emocional que culmina en un clímax memorable, un crescendo maravilloso que recuerda a esas últimas páginas de Soldados de Salamina que están tan cerca de la gloria. Mientras Heydrich muere y Gabčík y Kubiš resisten la cacería que se monta para atraparlos, la voz reflexiva pierde relevancia y apenas interrumpe para alertar de la inminencia del final. En palabras de Vargas Llosa: «El lenguaje limpio, transparente, que evita toda truculencia, que parece desaparecer detrás de lo que narra, ejerce una impresión hipnótica sobre el lector, quien se siente trasladado en el espacio y en el tiempo al lugar de los hechos narrados, deslizado literalmente en la intimidad incandescente de los dos jóvenes que esperan la llegada del coche descapotable de su víctima… Todos los pormenores tienen tanta fuerza persuasiva que quedan grabados de manera indeleble en la memoria del lector».

La doble empresa de Binet tiene resultados opuestos: su historia triunfa, lo que significa que su lucha contra la ficción fracasa. Para el lector, esto es una doble recompensa.
Por Jerónimo Pimentel


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