Desvíos para lectores de a pie

Posts tagged “Antología personal

Vidas escritas

Posted on octubre 16, 2015

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Reseñas

Vidas escritas


Novela.Existe en nuestra lengua una tradición que va en contra del lugar común que opone vida y biblioteca, lectura y acción, y que por el contrario establece continuidad entre ambas actividades. Podemos identificar su origen en el alucinado tránsito desde la lectura hacia la acción en el Quijote; en el bibliotecario que termina batiéndose a cuchillo en la pampa en «El sur» de Borges; en los detectives-lectores que buscan a una escritora desaparecida en Bolaño; o en los críticos literarios que terminan involucrados en pesquisas policiales como en Nombre falso o El camino de Ida de Piglia. En ese espacio donde se pone en evidencia que la lectura y la acción no son ámbitos separados, sino que mantienen fluidez y mutua construcción, se inscribe este intenso y, por momentos, conmovedor libro de José Carlos Yrigoyen. Lectura que produce biografía; se busca un escape en los libros pero se termina encontrando mucho más: un modelo que gatilla acciones, un mecanismo que permite crearse un destino diferente de aquel al que uno parecía condenado. Por eso, el hilo que conecta las dos historias que relata Pequeña novela con cenizas se encuentra precisamente en la tensión entre lectura y aplicación: como en el célebre cuento de Borges «Tema del traidor y del héroe», este libro demuestra cómo la vida (y la historia) se construye y reconstruye en base a lecturas, aplicaciones, escrituras, relecturas y reescrituras.

A los 35 años, el narrador del libro de Yrigoyen se encuentra deprimido y desempleado, sin ganas de volver a escribir poesía, atrapado en la doble imposibilidad de producir dinero ni literatura. Y entonces, incapaz de ser productivo ni económica ni artísticamente, anulado para cualquier sistema, incluso el contra-sistema de la vocación literaria, se refugia en una investigación sobre la vida y obra del poeta y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, y en ese proceso explora su pasado y va descubriendo cómo este ha sido modelado por la relación tensa, difícil, violenta, con su padre. Este gesto es central: al analizar lo ocurrido en el pasado, no se piensa que la historia hay que recordarla para que no se repita, tal como sostiene uno de los mantras-eslóganes de críticos y escritores afiliados al tema «violencia política», sino que demuestra la conciencia de que el pasado no es en realidad tal: no se terminó sino que continúa, diferente, transformado, en otra etapa pero dentro de una misma continuidad. El pasado está vivo: no es, en rigor, pasado, sino antecedente de una misma historia en la que seguimos batallando.
Por todo esto, aunque a primera vista pudiera parecer que la novela trabaja sobre los paralelos que se establecen entre ambas historias (la poesía, la relación complicada con el padre, el deseo de romper con las convenciones), el libro se juega no tanto en la alternancia entre dos historias, sino en la tensión entre dos relatos: uno social, representado por el padre y las taras de la sociedad que su figura representa (autoritarismo, abuso, arribismo, homofobia, racismo) a todo lo cual el narrador opone un relato literario (la vida turbulenta, hipersexualizada, homoerótica y anti-elitista, de su admirado Pasolini). La lectura surge entonces no como escape a una realidad violenta, sino como origen de un posible modo diferente de vida; es decir, el refugio en la letra nunca es solo refugio, sino también construcción, búsqueda de un modelo alternativo, que remarque la diferencia con el padre. ¿Cómo humillar al padre?, se pregunta el narrador en una de las escenas más intensas del libro. Y la respuesta, tomada de Pasolini, es: hacerlo pasar por la vergüenza. Pasolini propició un escándalo participando de una masturbación colectiva con unos niños; el narrador de Yrigoyen, menos radical, optó por un acto menos escandaloso, pero igual de ofensivo para la mirada paterna: volverse poeta.

En consecuencia, más que la biografía de un narrador deprimido, más que su pesquisa sobre la vida y obra de Pasolini, más que las coincidencias entre las historias, lo que hace el libro de Yrigoyen es expresar con fuerza, nervio, emoción, cómo un cuerpo se convierte en un campo de batalla en el que se enfrentan discursos opuestos, represión y liberación, autoridad paterna y emancipación a través del arte. No se trata tanto de cómo forjarse una vida, sino de algo al mismo tiempo más elemental y más complejo: qué hacer con el cuerpo. Más precisamente: qué hacer con un cuerpo sometido al castigo, al agravio, a la humillación paterna, tal como los cuerpos sometidos a vejaciones en Saló, pero también en la posibilidad de rebeldía que, a partir del sexo, mantienen como potencial, tal como se evidencia en películas como Decamerón. Los cuerpos son los receptores de la violencia, el espacio donde quedan marcadas las heridas, pero también la instancia desde la cual es posible intentar una liberación.

Y sin embargo el reflejo, como suele ocurrir, no tiene el mismo destino: la trágica muerte de Pasolini (épica) contrasta con el devenir del narrador (no-épico). Un cuerpo muerto y mitificado (el de Pasolini), otro cuerpo acostumbrado a la monótona repetición de ciertos hábitos sociales (el del narrador: su «mediocridad» de seguir manteniendo ritos familiares, tantos años después, incluso cuando nunca hubo perdón con su padre). Estos destinos contrapuestos demuestran que entre la palabra leída y la acción existe una grieta, una imposibilidad: al pasar al campo de lo real siempre hay un elemento que falla, la instancia imprevista que desborda los presupuestos teóricos con los que uno había salido a pelear, tal como le ocurre al Quijote cuando sale a combatir enemigos y termina luchando contra los molinos de viento. El contenido político de esta grieta es indiscutible: la mejor literatura peruana contemporánea se escribe sobre una supuesta intimidad que, en rigor, no es tal: es el resultado de unas circunstancias, de una violencia social (no «política» en el sentido tradicional) imperante, de un modo salvaje de vida que se ha impuesto y no tiene nada que ver con revoluciones ni levantamientos armados, sino con una cotidianidad violenta en la que hemos crecido. Y por ello, hablar del padre, y hacerlo con la sangre a flor de piel, como hace esta novela, nunca es simplemente hablar del padre: es sobre todo hablar de cómo la violencia social se reproduce en nuestros ámbitos cotidianos, cerrados, familiares. Con esa sensación, y con la certeza de que algo realmente nuevo se viene gestando en la narrativa peruana, nos quedamos al terminar la lectura de esta desgarradora historia. Por Francisco Ángeles


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Saber mirar, saber escuchar

Posted on octubre 16, 2015

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Reseñas

Saber mirar, saber escuchar

Nuevos juguetes de la Guerra Fría ■ Juan Manuel Robles (Lima, 1978) Seix Barral (2015) ■ 450 páginas ■ 49 soles


Novela.Lo que ha conseguido Juan Manuel Robles con su novela Nuevos juguetes de la Guerra Fría es una proeza, un monumento a la memoria y al registro del yo, llevados a límites que sí nos permiten asegurar, ahora sin titubeo alguno, que la narrativa peruana actual se encamina hacia un buen momento, buen momento que hasta hace no mucho tenía más de demagogia que de realidad.

Las cosas son así: las buenas etapas en narrativa se sustentan en muy buenas novelas y obras maestras. Más bien, lo interesante, lo bueno, lo destacable, funcionan para alentar a la tribuna, la que no tarda en descubrir la mentira que acompaña a tanto entusiasmo. Ahora, consignemos también que el registro del yo sustentado en la memoria viene siendo muy manoseado últimamente, en este manoseo hay mucha ignorancia porque se le promociona como si fuera algo nuevo, cuando lo cierto es que ya ha sido abordado entre nosotros, y con grandes resultados, por narradores peruanos de la talla de Bryce y Ribeyro. Entonces, no hablamos de un nuevo registro que revolucionará y marcará el curso de la narrativa peruana del nuevo siglo, sino de una tendencia que vuelve con fuerza aprovechando la caída de otros tópicos y registros que estuvieron en boga. A saber, el tópico de la violencia política. Este desgaste de la violencia política también se viene percibiendo en la narrativa de otros países de Latinoamérica, situación de la que los nuevos narradores han sabido sacar provecho.

En el contexto peruano actual, podemos percibir un encuentro discursivo no tan silencioso entre la narrativa del yo contra el de la violencia política. Lo cierto es que si se somete a comparación, las novelas más destacadas de la violencia política marcaban una gran ventaja, venían asumiendo ese encuentro con la frialdad de un equipo de fútbol que juega una final a ritmo de entrenamiento, teniendo al frente a un equipo entusiasta que solo ofrece títulos buenos e interesantes. Ahora el asunto cambia, porque Nuevos juguetes de la Guerra Fría no solo les hace el pare a las novelas peruanas más destacadas de la violencia política, sino que también se erige como una de las más logradas de los últimos treinta años, ubicando a su autor como una voz ineludible si es que pretendemos hablar de la situación de la narrativa peruana contemporánea y también como uno de los nuevos autores latinoamericanos a los que de todas maneras tenemos que seguir la ruta.

Sé que esta opinión no gustará a no pocos colegas de oficio. Pero esa es la verdad. Hoy por hoy, Robles es el Narrador de la narrativa peruana. No hay ni una novela de autor de su generación que se le pueda parar al frente. Es como si le dijéramos a Gabriel Batistuta que Johan Fano está haciendo goles en Colombia. Esa es la figura. Figura que los amantes de la lectura debemos celebrar porque desde hace años veníamos esperando una novela ambiciosa de un autor aparecido a partir del 2000, novela ambiciosa legitimada por la crítica y, muy en especial, por los lectores, que son a fin de cuentas los jueces a los que debemos hacer caso.

Robles nos presenta a Iván Morante, quien indaga en los entresijos de su infancia desde Nueva York, adonde ha ido a formarse como escritor. En este ejercicio de viaje íntimo, Robles no hace de su álter ego un sujeto hacedor de meros recuentos memoriosos, sino que es una máquina de especulación reforzada por la memoria salvaje y detallista de su hermana Rebeca. En esa especulación reside la fuerza de la novela, en ese titubeo por el que Robles abre la novela como un abanico, convirtiendo el proyecto no solo en uno que ingresa en los afluentes de la infancia, sino en uno que escarba en la relación entre Morante con su familia, en uno que nos presenta la trastienda de un contexto político internacional que comparte más de un lazo en común con el contexto del que procede, como también en uno que indaga en su decepción con los discursos políticos e ideológicos de izquierda.

Nos enfrentamos a una novela total que, pese a su complejidad, se deja leer. En este sentido, resaltemos el oficio del autor, o mejor dicho su estilo, porque en la aparente ligereza del mismo, encontramos un poder que nos permite recordar muchos pasajes de la novela. No es, bajo ningún aspecto, poca cosa. Se trata de una virtud que vemos contadas veces hasta en la novelística contemporánea. No hay que pensarlo mucho, esta cualidad de Robles proviene de las parcelas de la crónica, en la que también es una voz más que destacada. Es quizá esa distancia del purismo narrativo la que pudo liberarlo de las angustias que carcomen a muchos narradores al momento de escoger un registro. Esta novela es una radiografía de los elementos que sustentan la poética de Robles: saber mirar, saber escuchar. Es decir, narrar. Solo eso, narrar. Por Gabriel Ruiz Ortega


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El arte de leer

Posted on octubre 16, 2015

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Reseñas

El silencio detrás de las palabras

El arte de leer ■ W.H. Auden (York, 1907-Viena, 1973) ■ Debolsillo (2015) ■ 464 páginas ■ 42 soles


Ensayo. Pocos ensayos literarios pueden tener la agudeza, erudición y fino humor que los escritos por Wystan Hugh Auden. Resulta tonificante leerlo, sobre todo para quien lee o escribe poesía. La sabiduría suele llegar a conclusiones ominosas y la desesperanza es a menudo el último trago de los filósofos y de tantos escritores. Auden lo sabe y se abstiene de transmitirlo en su pluma. Lo deja implícito mientras camina sobre esa honda pena sin mirarla, como si no estuviera ahí, porque su objetivo es la práctica, el ejercicio de vivir-escribir (que es para algunos lo mismo), en favor de un fin supremo. Hacer y yacer, es tan frágil el límite que una consonante puede decidir la suerte de uno y de todos. Coincido con el autor en que «hacer» es la elección de los vivos, en que ya perdemos suficiente tiempo en yacer dormidos tantas noches.

Los ensayos recogidos en El arte de leer corresponden a una selección cuidadosa de temas y autores, dando como resultado un libro que todo escritor debería leer, en especial aquellos que pretenden rechazar a los antiguos, que reniegan de los clásicos o de la métrica. No porque puedan estar equivocados en su búsqueda de originalidad, sino porque la poesía no se debe a un solo escritor o tiempo. Es la empresa más antigua, un oficio y no un beneficio fortuito; para hacer es preciso conocer, más aún para hacer y leer poesía.

En palabras de Lorca, «poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio». En efecto, la poesía es una verdad que trasciende las palabras que la portan, pero estas, sin el sentido y carga estética que ha de imprimirle el autor, no podrán transmitir el resplandor revelado al poeta hacia la mente de los hombres. La belleza para encender un fuego, el mensaje para entender el idioma de las llamas.

Detrás de toda gran palabra hay un gran silencio, esa es la premisa que Auden utiliza para describir el acto de la creación poética. No existe una forma convencional para escribir poemas, pero si algo se le acerca, es ese ejercicio intelectual y místico de la búsqueda de la palabra perfecta, como la escultura hecha carne con que Afrodita recompensa a Pigmalión.

A primera vista, los ensayos versan sobre el arte de escribir, la sorpresa viene más tarde. Y es que una vez cerrado el libro te das cuenta de que has mejorado en el arte de leer a través del oficio de escribir, que Auden disecciona y explica mediante la crítica literaria. La relación entre ambas es tan indesligable como la correspondencia entre el pensamiento y el habla; sin duda, un gran discurso será provechoso para quienes deseen ser los mejores en el arte de la reflexión.

La selección de temas es magnífica. Por sus páginas desfilan D.H. Lawrence, Marianne Moore, Shakespeare, Poe, Cavafis, Paul Valéry, entre otros. El conjunto revela la concepción universal del autor sobre la literatura como un todo, que nace en su forma ideal con la Grecia clásica y se despliega hasta nuestros días en una vorágine de contradicciones de forma y esencia, pero nunca de espíritu, en la que escritores menores y mayores juegan un papel trascendental en la comprensión de la existencia. O, si se quiere, en la delectación conspicua o hierática de la belleza. Por Renzo Rodríguez


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Ecuatoria (Patrick Deville)

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Presencias reales

Posted on octubre 16, 2015

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Reseñas

Presencias reales

George Steiner (París, 1929) ■ Destino (2007) ■ 280 páginas


Ensayo. En el cuento Pierre Menard, autor del Quijote, Borges elabora una original teorización del escritor como un mero recreador de sus lecturas. Menard es un escritor que (re)escribe el Quijote y, al hacerlo, está también leyendo de una manera crítica la obra cervantina. El resultado es que todos los escritores, al crear cada una de sus obras, en realidad están leyendo críticamente la tradición de la que son herederos. Menard es crítico y autor a la vez.

De la misma manera se puede entender Presencias reales del crítico George Steiner, aunque él va más allá de Borges al realizar un diagnóstico sobre la vacuidad de buena parte del discurso hermenéutico y del periodismo cultural. En este célebre ensayo, Steiner inicia su discurso con una utopía: ¿qué sucedería en un mundo donde las reseñas y las críticas que analizan, a su vez, otras críticas (y así sucesivamente) desaparecieran? La respuesta es rotunda: la crítica seguiría existiendo. Porque, al igual que Pierre Menard, la producción artística es en sí misma una crítica literaria de su tradición. El Ulises de Joyce es una lectura crítica de la Odisea de Homero, así como los cuadros de Picasso son una nueva elaboración (o interpretación) de los de Goya y Velásquez. Para Steiner, en la actualidad «abunda lo secundario y lo parasitario».

De modo que, ante esa gran cantidad de interpretaciones, que nacen en la formación de la sensibilidad moderna con Mallarmé y Rimbaud, evolucionan con teorías que tratan de explicar la creación y perecen ante la efímera publicación periodística, la crítica no puede asir algo inmanente al arte, prescinde de aquella presencia real que le otorga trascendencia y contra la cual, históricamente, se ha enfrentado: Dios. Steiner señala que Presencias reales «plantea que cualquier comprensión coherente de lo que es el lenguaje y de cómo actúa, que cualquier explicación coherente de la capacidad del habla humana para comunicar significado y sentimiento está, en última instancia, garantizada por el supuesto de la presencia de Dios».

Presencias reales sigue siendo, hasta hoy, un ensayo muy polémico, pues cuestiona teorías entronizadas en el ámbito académico y contraría buena parte de la crítica occidental. Como señaló Vargas Llosa en una columna dedicada al libro, «fue concebido como un libro transgresor y heterodoxo, para desafiar las ideas establecidas sobre la creación artística, y se ha vuelto un best seller, unánimemente celebrado en el mundo occidental». Por Marco Zanelli


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Herederos del cosmos: los viejos salvajes

Posted on octubre 16, 2015

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Reseñas

Herederos del cosmos: los viejos salvajes

Carlos de la Torre Paredes (Lima, 1988) ■ Ediciones La Nave (2015) ■ 160 páginas ■ 30 soles


Novela.Los viejos salvajes fue el primer libro publicado de Carlos de la Torre Paredes, con la que irrumpió en el panorama literario peruano en 2012 al ser una de las menciones honrosas del IV Premio de Novela Breve de la Cámara Peruana del Libro.

En esta cuidada e ilustrada segunda edición a cargo de Ediciones La Nave podemos darle una nueva revisión a esta aventura convertida en una «ópera espacial» pues Los viejos salvajes regresa como el primer capítulo de una saga de ciencia ficción, Los herederos del cosmos, que se espera con muchas expectativas literarias.

En esta primera parte, el autor nos presenta una muy bien contada historia, cuya principal virtud (y por momentos defecto) es su factor de minuciosa descripción de un mundo en un futuro que el lector imagina y vive con emoción, suspenso, terror y miedo. De la Torre Paredes ha escrito una novela de aventuras de ciencia ficción entretenida, que consolida el buen momento que vive la literatura fantástica y de ciencia ficción en nuestro país. Pero, también ha escrito una historia de suspenso psicológico, con tintes de terror y narrativa «zombie» y contestataria a la vez.

El autor desarrolla así un mundo en un futuro en donde las diferencias de razas, religiones y formas de pensamiento coexisten muy bien organizadas políticamente, donde la mujer juega un rol secundario de acompañamiento al hombre, y en donde nuestro planeta es un recuerdo de buenos momentos que quedaron en un pasado ya lejano.
Pero el núcleo de la historia lo conforma la odisea del personaje principal Rick Gonzales, un experimentado mercenario interespacial que luchará contra sus propios miedos para salvarse, salvar a sus antiguos compañeros de combate y salvar a la humanidad de una forma extraterrestre jamás vista por los humanos.
Con esta novela breve, Carlos de la Torre Paredes se convierte en abanderado de una literatura fantástica y de ciencia ficción que cada día amplía su abanico de posibilidades en torno a temas y formas de contar historias, llegando cada día a más público, no solo al juvenil. Hay que leer esta nueva edición para entender lo que digo. Por Carlos Omar Amorós


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Las visitaciones (Pedro José Llosa)

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Los malos

Posted on octubre 16, 2015

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Las muchas raíces del mal

Los malos ■ Leila Guerriero (editora) ■ Ediciones UDP (2015) ■ 560 páginas ■ 139 soles


Crónicas. El jefe del servicio de inteligencia más perverso de América Latina, la DINA; el torturador estrella de un centro de detención de prisioneros políticos en Argentina; una entrenadora de perros preparados para violar seres humanos en Chile; un paramilitar colombiano abandonado desde niño a una suerte de nomadismo criminal; la integrante de una minúscula secta brasileña que practica el canibalismo con mujeres que consideran de mal vivir; un especialista en usar sustancias disolventes para desaparecer cuerpos de los enemigos de una mafia narco mexicana; el pandillero faite, líder de la mara salvatrucha; un terrorista francotirador en el Vraem. Y usted y yo. ¿Qué nos separa de estos personajes de carne y hueso que se reúnen en Los malos?
Esa es la primera pregunta que queda luego de leer los catorce perfiles que componen este libro, editado por Leila Guerriero, cuyas ediciones son referentes del periodismo y la crónica en la región –y que en el Perú ha sido sobre todo conocido por Un hombre flaco de Daniel Titinger–. ¿Cuál es el origen o la raíz del mal? ¿Por qué estos hombres y mujeres latinoamericanos llegaron a ese nivel de perversidad y abyección, en absoluto banal? ¿Hay algo en nuestra historia como naciones (llena de dictaduras, grupos terroristas y violencia delincuencial), o en las historias personales de cada quien, que oriente la vocación por la maldad? ¿Quién puede ser tan malo como para…? Esas son las siguientes preguntas. No hay intención aquí de juzgar ni mucho menos mitificar. Los textos conducen a una especie notable de investigación que va más allá de identificar una causa que explique de alguna manera al personaje: la familia, el ambiente, los amigos, la ideología, la pura locura. Lo que interesa aquí es como estos sujetos –más que malos, malditos– van convirtiéndose en malísimos y como en ese camino tortuoso hay cruces múltiples con sus víctimas y con otros que pudieron serlo, personas aparentemente normales –como usted y como yo–. Como si la vida los hubiera llevado a elegir por la opción que en los juegos de niños representa a los malos: ladrones en vez de policías.

Mención especial merece aquí la aparición del «malo» peruano que se respeta, en estupenda crónica del Ángel Páez: Félix Huachaca Tincopa. Proveniente de una familia de colonos, fue raptado a los 16 años por una columna de Sendero Luminoso. Desde entonces, como camarada, cambió su nombre muchas veces: Roger, Pelayo, Roberto y Félix; participó en innumerables acciones terroristas y reconoce haber matado cuando menos a más de sesenta personas. Cuando lo capturaron había pasado de ser uno de los francotiradores más certeros (más de veinte años de «servicio») de las columnas del Sendero pre y post Abimael Guzmán –con José, Alipio y los Quispe Palomino en el Vraem–, a ser uno de sus dirigentes más importantes en el Alto Huallaga. A través de diálogos con sus familiares y compañeros en armas, y con una investigación notable, vamos entendiendo la forma en que aquel adolescente se fue convirtiendo en un líder, gracias a su lealtad, compromiso y a una crueldad que excede la eficiencia que incluso tendría un asesino a sueldo. Porque de verdad, para ser realmente muy malos y ganarse un lugar en este libro, hay que ser infelizmente muy buenos. Por Alejandro Neyra


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Las islas aladas

Posted on octubre 16, 2015

PORTADA LAS ISLAS ALADAS2
Reseñas

Las islas aladas

Luis Hernández (Lima, 1941-Buenos Aires, 1977) Pesopluma (2015) ■ 68 páginas ■ 35 soles


Poesía. Para los lectores de poesía que surgieron tras su trágica muerte, leer a Luis Hernández consistía en buscar, en los 80, la edición de Vox horrísona hecha por Ernesto Mora o la que hizo Mirko Lauer. O conseguir los artículos que salían en La República de la pluma de Edgar O’Hara y Eduardo Chirinos. Además, era inhallable la mítica publicación que hiciera Nicolás Yerovi, aunque desde los 90 aparecieron algunas publicaciones póstumas como Poemas del ropero y, posteriormente, una interesante biografía titulada La armonía de H.
En Las islas aladas estamos ante el nacimiento de la leyenda hernandiana, que comprende entre 1961 y 1965. Con Orilla, Charlie Melnik y Las constelaciones apreciamos su fundamental aporte al rompimiento del canon, no solo en cuanto a la instauración del coloquialismo y del poder desacralizador del humor y la ironía, sino también de la incursión, en un arte caracterizado por la solemnidad del lenguaje, de la irreverente cultura pop. Hay un elemento desestabilizador que tiene que ver con esa finísima sonoridad y cromatismo de sus versos, y que nos arranca de las bajas pasiones cotidianas y nos eleva como islas, sí, como islas aladas.

Su voz poética es la búsqueda de la trascendencia que nos conecta a una forma pura de solidaridad e identificación con las cosas sencillas. Esto tiene que ver con su proyecto, único en la literatura peruana, de dar un nuevo sentido a la poesía en un tiempo en que esta se ha devaluado por su retórica vacía. Si bien en la poesía hispanoamericana había autores como Nicanor Parra o Ernesto Cardenal, con Las constelaciones sucede un fenómeno mucho más demoledor que la antipoesía o el exteriorismo que trajeron el chileno y el nicaragüense. Luis Hernández se desplazó en la poesía sumergiéndose en el centro mismo de la lírica oficial para romper sus cimientos con aquel «viejo, che’su madre», y así navegar luego hacia los márgenes, dejando incluso de publicar.
Es por eso que su voz insular sigue vigente, denunciando el abuso de todo autoritarismo y ridiculizando el destructivo materialismo que rige al mundo posmoderno. La publicación de estos tres libros de Luis Hernández significa una apuesta por la vitalidad de una voz que nos llega hondo por su honestidad y por su consecuencia. Por Miguel Ildefonso


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