“‘Seis’, dijo Cercas”

En un pasaje de El punto ciego, su libro de ensayos literarios nacido de una serie de conferencias dadas en Weidenfeld, Javier Cercas suelta, un poco al paso, una afirmación que resulta un tanto controversial para nuestras letras: según el español, Mario Vargas Llosa sería el único novelista en español que ha escrito seis obras maestras: La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo. Por más osada que pueda sonar, esta sentencia no generó mayor difusión o controversia en su momento. ¿Es cierto lo que dice Cercas? ¿Bastarían solo cinco; podrían ser acaso menos? ¿No hay, vivo o muerto, otro autor del que pueda decirse lo mismo?

A propósito del cumpleaños número 85 de Vargas Llosa y de estas seis novelas se nos ocurrió trasladar estas dudas a seis novelistas de hoy, y esperar su reacción. Esto fue lo que nos dijeron Alonso Cueto, Teresa Ruiz Rosas, Renato Cisneros, Santiago Roncagliolo, Juan Bonilla y Pola Oloixarac.

Alonso Cueto

Estoy de acuerdo con lo que dice Cercas, y también me gustaría agregar una breve antología de libros y pasajes, de acuerdo a mi memoria siempre errática. A esa lista añadiría la musicalidad perfecta de Los cachorros y la maravillosa última escena de Historia de Mayta, así como muchos episodios de Travesuras de la niña mala (por ejemplo, el del Swinging London). También, las maravillosas descripciones de los cuadros en Elogio de la madrastra.

Por otro lado, Vargas Llosa es un escritor de un gran repertorio, dotado para muchos aspectos de la obra literaria. Uno de ellos es su habilidad extraordinaria para inaugurar el universo de la novela: el inicio de La guerra del fin del mundo (con la descripción del Consejero), de Conversación en La Catedral (con la mirada de Zavalita “sin amor” frente a los “edificios desiguales y descoloridos” de la avenida Tacna), así como el golpe de dados (“‘Cuatro’, dijo el Jaguar”) con que se inicia La ciudad y los perros; rompen con todo lo que la realidad nos había insinuado antes. Instauran el mundo de la ficción con toda la autoridad de sus palabras.  

Vargas Llosa es un universo interminable y cada uno puede escoger las perlas y los fragmentos preferidos. Pero todo el universo sigue brillando frente a nosotros en cada página.

Teresa Ruiz Rosas

En la entrevista que le hice a Vargas Llosa en 1999 con motivo de sus Cartas a un joven novelista conversamos también sobre la dificultad de definir lo que es una obra maestra.  Me dijo que “tiene por lo menos como característica el atravesar el tiempo y el espacio, trascender las circunstancias que la hicieron posible, dentro de las cuales nació, y hablar, comunicar algo, entusiasmar a otros públicos de otras geografías y también de otros tiempos, y eso solo lo consigue una obra que se emancipa de su autor, que se emancipa de la circunstancia precisa en que nació alcanzando así una soberanía”.

Si quieres escuchar la entrevista de Teresa Ruiz Rosas a Vargas Llosa, haz click aquí.

Las seis novelas que sitúa Cercas en este podio superan con creces esta definición. Recuerdo ahora, con el afán de corroborar esa múltiple trascendencia, cómo en 1976 estaba yo en Budapest y debía examinarme oralmente para ser admitida en la especialidad de Filología Alemana. Hacia el final de la evaluación, uno de los profesores del panel me preguntó si había leído a “Losa”. Me quedé pensando, no me sonaba a ningún escritor alemán. Entonces me miró con sorpresa e insistió, “pero si es una novela que transcurre en su país, en un colegio militar…”. ¡Ah, Vargas Llosa!, exclamé aliviada, y me puse a hablar, feliz e imparable, sobre La ciudad y los perros; no sabía que acababa de ser traducida al húngaro. Conversamos un buen rato y nunca supe cuánto influyó aquella fascinación común en que me admitiesen en la especialidad a la que me postulaba.

Conversación en La Catedral siempre ha sido mi predilecta, la habré leído unas cinco veces porque además pude dictar un seminario en la Universidad de Friburgo de Brisgovia. Y, naturalmente, pretendí imitar su extraordinaria técnica en una novela que no osé publicar.

Mi segunda favorita es La casa verde. También soy ferviente admiradora de El sueño del celta y, por supuesto, de La tía Julia y el escribidor, “flagrante escenario de la dialéctica entre realidad y ficción” en palabras de Ignacio Echevarría, quien plantea en un ensayo que la trayectoria literaria de Vargas Llosa se explica desde la voluntad de conciliar los dos extremos de lo que el propio autor llamó en su prólogo a Al este del Edén de John Steinbeck “esquizofrenia novelística de nuestro tiempo: mientras a los mejores les toca la tarea de crear, renovar, explorar, y, a menudo, aburrir, a los otros les corresponde mantener vivo el viejo designio del género: hechizar, encantar, entretener”. Larga vida a nuestro gran novelista de obras maestras en su 85 cumpleaños.

Renato Cisneros

Estoy de acuerdo con los títulos, no añadiría ni quitaría ninguno, aunque sí altero el orden cronológico de Cercas para proponer un orden estético, ubicando primero Conversación en La Catedral y luego La casa verde, La tía Julia y el escribidor, La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo.

Mi Vargas Llosa preferido está plenamente en la novela, aunque se me hace imposible pensar o referir sus mejores libros sin mencionar El pez en el agua, una poderosa memoria política pero también familiar, cuya lectura aconsejo sin dudar, más aún en estos días de penosa agitación electoral.

Santiago Roncagliolo

Mis descubrimientos más placenteros de Vargas Llosa fueron dos novelas que no solían mencionarse entre sus obras maestras: Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor. No eran novelas totales con centenares de personajes sino exploraciones en el arte de narrar. Historias contadas de maneras sorprendentes, con un lenguaje lleno de imaginación y humor.

Contra la imagen casi sacerdotal del gran escritor latinoamericano del siglo XX, lleno de responsabilidades históricas, esas novelas reflejaban a un autor que se lo estaba pasando en grande mientras escribía. Y reivindicaban una lección demasiado olvidada por la educación. Que la literatura es un placer. Que escribimos —y leemos— para disfrutar, para sentir, para jugar.

Juan Bonilla

Si ya me gusta poco andar convirtiendo a los escritores en caballos de carreras para determinar quién es más rápido o mejor de entre varios de ellos, menos aún convertir a un solo escritor en varios caballos que compitan entre sí. Fundamentalmente mi problema debe ser que no sé qué es una obra maestra, o, al contrario, que sí sé lo que es y me parece que esa condición no es tan excepcional como aparentemente parece sugerir su propio nombre: creo que el mundo está lleno de obras maestras si por tales entendemos aquellas que nos enseñan algo —que eso es una obra maestra, un maestro— y no desde luego las obras que no pueden ser mejoradas, porque en ese caso no hay una sola obra maestra en ninguna parte. Así las cosas, cuando Cercas apunta que Vargas Llosa es el único narrador en nuestra lengua que ha escrito seis obras maestras me parece que o bien exagera o bien se queda corto. O bien exagera porque hay otros que escribieron seis obras maestras —Galdós, Valle Inclán, Borges, Cortázar en distintos géneros, claro— o se queda corto porque MVLL ha escrito más obras maestras de las que él menciona: Los cachorros, Elogio de la madrastra, El pez en el agua.

Finalmente, en cualquiera de los casos, qué más da. Poner a competir los libros de alguien con los de otro me parece deporte infructuoso —de hecho, me parece convertir a la literatura en un deporte—, pero ponerlos a competir entre sí, teniendo las obras un mismo autor, es costumbre a la que no le veo mayor beneficio. Naturalmente en estas elecciones juega mucho el gusto propio, las circunstancias de lectura de los libros, el momento en que te alcanzaron, el significado que adquirieron para tu propio aprendizaje. Siempre he pensado que hay dos tipos de narradores: aquellos que cuando los lees te dan ganas de escribir y aquellos que te las quitan, sin que eso tenga que ver con la calidad, sino más bien con la temperatura, con una cualidad difícil de definir que es el "encanto". Céline es un narrador poderoso y personal pero siempre que lo he leído se me quitan las ganas de escribir. Nabokov para mí es el prosista más persuasivo del siglo XX y siempre que lo leo me entran ganas de escribir. Sé que Lolita es una obra cúspide del arte narrativo, pero por alguna razón mi novela favorita entre las suyas es Risa en la oscuridad. Como digo, las cuestiones de gusto personal o significado biográfico de una lectura pesan bastante a la hora de tasar la maestría de cualquier obra. Por eso, aun a sabiendas de la grandeza de La casa verde o La guerra del fin del mundo, auténticos gigantes del arte narrativo, los libros que más me gustan de Vargas Llosa son La tía Julia y el escribidor —que es de hecho el que más veces he leído—, La ciudad y los perros —que fue el primero que leí— y Los cachorros que, si no es perfecta, lo parece. Eso sin contar con sus ensayos narrativos, sus viajes de lector, donde se ven bien sus dotes narrativas y analíticas: un lector peligroso, por cierto, porque de su libro sobre Víctor Hugo se sale dando por leído a Víctor Hugo, y lo mismo pasa con La orgía perpetua, un libro que también merece la consideración de obra maestra.

No sé cuántas obras maestras ha escrito Vargas Llosa: sé que es un maestro fundamental que nos ha llenado la memoria de instantes, personajes, tramas, detalles inolvidables. Y eso es lo único que a un lector le importa, que los libros no se acaben cuando uno los acaba de leer, que sigan latiendo en nosotros mientras nos va arrastrando el tiempo.

Pola Oloixarac

Las obras maestras son siete, como los pecados capitales; Cercas olvidó mencionar Pantaleón y las visitadoras. Yo crecí en una familia peruana inmigrante en Argentina, que empapelaba hasta el baño de novelas de Mario Vargas Llosa y las biblias clásicas de los marxistas de moda. Pantaleón fue el primer libro de Vargas Llosa que recuerdo leyendo de chica, el primero que me arrancó carcajadas mientras leía. Que se adueñara del lenguaje militar para volverlo el cortinado que nos hacía a los lectores voyeurs de un lupanar selvático de enredos fue como un golpe de eureka: la novela lo podía todo, era un superpoder. Súper Mario.

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