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Retrato de la derrota

Hace cuatro años la Academia Sueca decidió otorgarle el Nobel de Literatura a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), gesto que se interpretó como un intento por calmar las aguas tras el escándalo que supuso el año previo la premiación a Bob Dylan. Novelista fulgurante a fines del siglo pasado, integrante de esa armada inglesa conformada por figuras de la talla de Rushdie, McEwan, Amis (hijo), Kureishi o Barnes, y autor de una distopía con casi medio millón de puntuaciones en Goodreads (Nunca me abandones), Ishiguro parecía el elegido para congraciar a los críticos y llenar los escaparates de las librerías otra vez. Sin embargo, el efecto no fue el deseado y la recepción fue poco más que tibia. ¿Había pasado su tiempo? ¿Otros lo merecían más? Fue así que me aventuré a leer Un artista del mundo flotante. ¡Qué prodigio de novela!

Situada en el Japón de la posguerra, con ciudades erigiéndose sobre los escombros causados por dos bombas atómicas y una sociedad con el orgullo mellado, aunque no capturada del todo aún por el neoliberalismo recalcitrante de las décadas posteriores (“No tenemos ningún interés en recibir una cantidad mayor que la del precio fijado. Lo que tenemos intención de hacer a partir de ahora es, podríamos decir, una subasta de prestigio”, pág. 13), la novela nos presenta a un pintor en el epígono de su vida cuya preocupación mediata es asegurar el matrimonio de su hija y que este no vuelva a ser cancelado, usando como moneda de cambio la fama y el prestigio obtenidos por su arte. Es en dichos trámites y peripecias, que vamos accediendo a escenas, pinturas de su pasado que van iluminando las razones de este reconocimiento y los mecanismos, no siempre honorables para obtenerlo.

Marcado desde temprana edad por la censura paternal a su vocación artística, es la ambición el móvil de toda la vida del protagonista:

“No tengo el menor deseo de verme dentro de unos años sentado ahí donde está ahora padre, hablándole a mi hijo de cuentas y dinero. Si acabara de ese modo, ¿se sentiría usted orgullosa de mí? (…) Yo no me sentiría orgulloso de mí mismo. La ambición de la que he hablado me impulsa a querer llegar más lejos” (pág. 55).

Ambición aunada a un propósito que es el de sobresalir y ascender socialmente, huyendo de la mediocridad de sus contemporáneos, una peste. El capital económico reemplazado por el artístico, que inevitablemente tendrá como consecuencia la obtención del primero, parece ser la premisa del protagonista, aunque sin ser el único motor de sus acciones. Es la vejez el estado desde el cual el balance de una vida permite tener una perspectiva mucho más compleja, completa y, por qué no, dolorosa, capaz de asimilar la vergüenza por el cometimiento de acciones condenables, al punto de reconocerla. Reconocer la traición, por ejemplo, y las vidas torcidas, quebradas y devastadas por acciones personales cometidas bajo el amparo de ideales erosionados por la derrota. O la exacerbación nacionalista, al costo de apoyar una guerra que se llevó consigo a un hijo. Por ello, cada encuentro del personaje con antiguos conocidos supone un estallido de acusaciones y emociones, donde el pasado acecha con furia y arroja todas sus recriminaciones.

El mundo flotante al que alude el título de la novela, va más allá de ese microcosmos de las noches de farra que se menciona en algún momento. Refiere también el valor oscilante de la obra artística y la vida, atadas por el aprecio y la firmeza de su legado. Cómo puede cambiar todo de un momento a otro. ¿Valió la pena intentarlo? Casi hacia el final, el protagonista afirma lo siguiente:

“Naturalmente, puede ocurrir que, con el paso de los años, ya no valoremos nuestros actos del mismo modo, pero, aun así, siempre es un consuelo saber que en la vida hemos tenido uno o dos momentos de satisfacción como el que sentí aquel día en lo alto del sendero” (pág. 217).

Y no sabemos si está convencido de ello. La virtud narrativa de Ishiguro se ve reflejada en todo su esplendor en pasajes así, donde la grisura de la duda se apropia de cada escena, por más que los personajes afirmen lo contrario, haciendo que la novela pase a tener el efecto de una pintura de Goya, llena de claroscuros y vacilante.

Un implacable retrato de la derrota.