ensayo, literatura, literatura clásica

Preferiría no hacerlo

Preferiría no hacerlo, contestaba siempre Bartleby, el imperturbable escribiente de Herman Melville. Se negaba a enfrentar los quehaceres cotidianos, a contar algo sobre sí mismo, a examinar sus propias notas, a opinar o, en general, a encontrar algún sentido a su vida más allá de la reproducción mecánica que le suponía su oficio de copista. Eventualmente, eludirá incluso eso. Desde una desfachatada pasividad, el amanuense se desentiende del mundo, abandona todo compromiso, todo proyecto. En ese sentido, con esta alegoría Melville no solo se adelanta —desde el absurdo— a la muerte que sobrevendrá al sujeto posmoderno, sino también nos ofrece las herramientas —y las fuerzas— para rechazarla y seguir preguntándonos, de manera vital, por lo humano.

Con esto en mente y ya situados en el mundo contemporáneo, descentrado y múltiple, ¿puede una creación, una mirada, una forma de articular el mundo, ser reflejo y al mismo tiempo tener una distancia crítica respecto de su lógica cultural? ¿Podemos recoger las lecciones de Bartleby para identificar o plantear una literatura posmoderna que, a la vez, esté orientada a un centro, a un significado? Obras icónicas como El gran Gatsby, de Fitzgerald, o El arco iris de la gravedad, de Pynchon, ya nos han mostrado desde la narrativa el desencanto por la modernidad, o la indistinción entre alta cultura y cultura de masas, un cambio de moral, a fin de cuentas, pero ¿es posible una crítica de ese cambio, o al menos un desafío a sus preceptos, desde su propio seno? ¿Podemos encontrar sentido en la época del sinsentido?

Abocada a rastrear la “literatura del No”, a esos escritores que prefieren no escribir, Bartleby y compañía (1999), del escritor español Enrique Vila-Matas, puede darnos luz al respecto. Junto a El mal de Montano y Doctor Pasavento, esta novela forma parte de una trilogía metaliteraria y, más aún, de la ruptura del Yo. Fragmentaria, compuesta por 86 notas al pie que “comentan un texto invisible y no por eso inexistente”, híbrida en los subgéneros que nos propone, intertextual, con la cita y la alusión literaria como principales referentes, con un sujeto fracturado del que vemos apenas la superficie, Bartleby y compañía es una muestra de la renuncia de Vila-Matas a la idea moderna de la novela como totalidad encabezada por un Yo-Sujeto. Y, sin embargo, acaso por negación, omisión o parálisis, se nos va revelando que la multiplicidad —que Calvino definió como arte— no tiene por qué carecer de profundidad. Exploramos un laberinto “sin centro” donde “hay tantos escritores como formas de abandonar la literatura”, cuyo recorrido en sí mismo es el que amplía las dimensiones de la búsqueda de sentido y, por tanto, su valor.

 “Vila-Matas no se entrega, pues, a lo posmoderno sin sentido, sino que habita sus márgenes, la frontera desde donde se pueden observar las dos orillas”.

Vila-Matas no se entrega, pues, a lo posmoderno sin sentido, sino que habita sus márgenes, la frontera desde donde se pueden observar las dos orillas. El narrador de estos comentarios de un texto fantasma nos lo advierte, con un guiño a Walser: “Escribir que no se puede escribir, también es escribir”. Esto es lo que podríamos denominar una resistencia “desde adentro”, un gesto de rebelión desde las maneras posmodernas, que niega la “abolición de la distancia crítica” de la pauta cultural contemporánea de la que hablaba Fredric Jameson, importante crítico de la posmodernidad, para hacer, creemos, todo lo contrario: persistir, dar un giro, afirmar el mundo en el acto de negarlo, reapropiarse del sujeto que se intuye está ahí, detrás de la reproducción y del simulacro que lo toma todo. Esto lo vemos, por ejemplo, en la figura del copista: transcribe, reproduce, pero al hacerlo también crea, quizá a su pesar, un texto nuevo desde su propia subjetividad. Pensando en el Pierre Menard de Borges y en su propia labor de transcripción de citas, el narrador, un oficinista solitario y jorobado, concede: “Ser copista no tiene nada de horrible”.

 “Es un artefacto de múltiples lados, donde los fragmentos nos permiten reconstruir una realidad”. 

Algo similar ocurre con la narrativa de la escritora rusa Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura 2018, defensora de la novela-constelación como un acto de reconstrucción del lector, una polifonía muy alejada de la literatura solista del yo lineal, pero literatura del sentido al fin, desde las maneras de lo posmoderno. En su novela Los errantes (2007) se vale también de lo fragmentario y de la hibridez genérica. Compuesta por 116 textos que nos llevan de una historia a otra, de una estación a la siguiente, evadiendo siempre la línea recta, la novela tiene múltiples ejes, como el viaje, el cuerpo y lo extraño. Es un artefacto de múltiples lados, donde los fragmentos nos permiten reconstruir una realidad. Una mirada poliédrica donde “la constelación, y no la secuencia, es la portadora de la verdad”, según sentencia la narradora.

Los errantes es una ventana para ver el mundo con los ojos del peregrino, que no son los mismos que los del turista”. 

Los errantes es una ventana para ver el mundo con los ojos del peregrino, que no son los mismos que los del turista. El viaje, el constante movimiento, el cambio de coordenadas espaciales, son un fin en sí mismo. Un descentramiento permanente, diría Jameson. “Quien duerme, al perder el sentido del lugar en el que se encuentra, pierde en ese momento también la noción del tiempo. Cuantas más pausas en el espacio, o sea, cuantos más lugares experimentamos, tanto más se dilata nuestro tiempo subjetivo”, claman los teóricos de la psicología del viaje apostados en los aeropuertos de Tokarczuk. En estaciones y aeropuertos, observamos personas en tránsito, desarraigadas, pero siempre a la caza de señales, queriendo orientarse. No es casualidad que los textos vengan acompañados por un buen número de mapas dispersos a lo largo del libro. Tampoco que se apele a la psicología del viaje y a la casualidad sincrónica, “prueba de que el mundo no carece de sentido, de que este magnífico caos irradia en todas direcciones hilos de significados, redes de lógicas extrañas”. La búsqueda del sentido sobrevive la desorientación del viaje constante.

“La gente que está de viaje lo percibe todo como nuevo y puro, virgen y —en cierto sentido— inmortal”, dice la narradora de Los errantes y podemos advertir el puro presente y la euforia posmodernos, pero también la sensación de que el espacio se come el tiempo: el lector se angustia a pesar de estar inserto desde siempre en esa lógica. Vemos que un avión despega de Irkutsk a las ocho de la mañana y aterriza en Moscú a la misma hora del mismo día: es un amanecer sin pausa. El tiempo se ha disuelto en un “Ahora inmenso”, un tiempo que, nos dice la narradora, “debería usarse para la confesión de toda una vida”. Lo súblime posmoderno, la incomensurablilidad, se hace presente en la imposibilidad de captar todo lo que está ocurriendo, pero se plantean alternativas. “Hay demasiado mundo, así que es mejor concentrarse en el detalle, no en la totalidad”, dice la narradora de Tokarczuk y reverberan ecos del narrador de Vila-Matas: “Ya que se han perdido todas las ilusiones de una totalidad representable, hay que reinventar nuestros propios modos de representación”.