Plata como cancha: el libro que Acuña no quiere que leas (¿o sí?)

Ocurre tanto en la ficción como en la no ficción: que el libro que se tiene entre manos se perciba como imprescindible, necesario. Algo que, si no lo escribía su autor o autora, pues alguien más debería hacerlo.

Plata como cancha es uno de esos libros. Entre sus páginas conocemos a César Acuña, el millonario, el político, el astuto hombre de nervios de acero para los negocios. Lo conocemos a través de sus acciones, pero aun más a través de los hechos que prefiere eliminar de su biografía, cueste lo que cueste (literalmente hablando).

El trabajo de Christopher Acosta es destacable en dos niveles. Por un lado, el rigor periodístico y la vocación de detective: son sus fuentes acuerdos secretos, expedientes fiscales o judiciales, personajes entrevistados, investigaciones anteriores propias y de otros colegas, correctamente citadas. Por otro, el olfato narrativo para ordenar las ideas, construir una historia, descubrir (y más importante: mostrar con absoluta claridad) los patrones en la conducta de Acuña. No son pocos los pasajes que dejan al lector con la boca abierta, ya sea por la obscenidad de alguna jugada o traición, o por las exorbitantes sumas que se mueven en el mundo acuñano.

Más allá de los memes y del lenguaje enredado del hoy relegado candidato presidencial que siempre causa algún titular, el trabajo de Acosta permite descubrir a una versión mucho menos plana, más completa y, ciertamente, más peligrosa de Acuña.

Si los libros pudieran editarse en el papel, lo que trascendió a los medios este lunes constituiría un capítulo más en Plata como cancha. Y es que los menos sorprendidos con la demanda de César Acuña a Christopher Acosta y la editorial Penguin Random House son, precisamente, quienes ya han leído el libro y ven mejor el patrón de comportamiento de Acuña: sin escrúpulos, ha demostrado ser capaz de prácticamente todo para conseguir lo que desea, mover las fichas más inverosímiles y gastar lo que sea necesario para silenciar las voces incómodas de su vida.

Solo así se explica pretenda frenar o retrasar la venta del libro apelando a que la frase del título la tiene registrada. Una jugada que, si no fuera un intento de censura al periodismo, sería casi graciosa: el hombre que plagió un libro entero y tuvo que tranzar extrajudicialmente con el demandante se escuda, ahora, en los derechos de autor (y con una frase popular) para evitar que se venda el libro que no le gusta.

¿O lo que importa es que “se hable de él”?

Más allá del asunto, es un libro que debe leerse.

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