NUNCA UN FINAL FELIZ

No suele conceder entrevistas. Y sus apariciones públicas se circunscriben a lecturas de textos y no al diálogo con el público. Pero a poco de la aparición de La muerte de Jesús, la última parte de una trilogía –y alegoría– sobre un niño refugiado de aptitudes extraordinarias que encuentra en los absurdos actos de los mayores las respuestas a algunas de las cuestiones filosóficas más urgentes de nuestros tiempos, John Maxwell Coetzee accedió a contestar algunas preguntas a Buensalvaje. Entre su admiración por Cervantes y la lectura de poesía argentina, se acerca a los lectores en español, anunciando la posibilidad de que Elizabeth Costello tenga aun algunas palabras de despedida para quienes la admiramos.

Coetzee, el clásico

Cuando John Maxwell Coetzee recibió el premio Nobel en 2003 no contó sobre sus orígenes, de su vida o de las lecturas que lo animaron a escribir; para eso están Boyhood, Youth y Summertime, novelas de tinte biográfico. Tampoco hizo una reflexión política o social; para eso están las lecturas de su personaje Elizabeth Costello, la polémica filósofa australiana que diserta sobre diversos temas de actualidad con extraño candor. Y para explicar la tragedia absurda del mundo contemporáneo, ha escrito en los últimos años la trilogía que este 2019 culmina con “La muerte de Jesús”. Y es que Coetzee habla poco, no suele dar entrevistas; se siente más seguro escribiendo o, cuando tiene que hacer una aparición pública, leyendo lo que ha escrito como si fueran lecciones o, casi literalmente, parábolas; nunca habla  sobre él mismo, nunca sobre su vida. Nadie mejor que él para decir que sus obras hablan por sí mismas y por él mismo.

En una de las contadas entrevistas que ha concedido y que han quedado registradas, se le nota incómodo frente al entrevistador. Se toma mucho tiempo para pensar sus respuestas, como si buscara la palabra justa, tal y como lo hace al escribir. Hace allí una reflexión que volverá a él en diversos momentos de su vida: ¿Cómo enfrentar el acto mismo de la creación? Y, sobre todo,  ¿qué es un clásico? Coetzee recurre entonces a un ejemplo que cobra sentido pleno al leer su reciente trilogía. Él, dice, no se siente como Beethoven, un genio que en las imágenes aparece sobrecogido por la inspiración; se siente más como el alumno de Johann Sebastian Bach, un maestro anciano y apacible que acompaña a quien quiere aprender a escuchar y a sentir la música, descubriendo así el mundo. Justamente en su ensayo sobre los clásicos, confiesa la emoción que sintió por primera vez al escuchar una melodía de Bach —el «Clave bien temperado»— siendo un adolescente en Ciudad del Cabo. Desde entonces, consciente de ese sobrecogimiento, de que lo clásico es aquello que sobrevive –sus ejemplos son Bach y Virgilio, pero Coetzee es también un experto en Beckett, en Dostoievski y en la literatura alemana, en especial de Goethe– se ha convertido en uno de los pocos escritores vivos que pueden quizá reclamar para sí ese mismo título. Y en su trilogía de Jesús, al tiempo de hacer hablar al Quijote en boca de sus personajes, se acerca a esa perfección de lo narrado que puede hacerlo uno de ellos.

Números y letras

En su juventud, Coetzee estudió literatura pero luego se aproximó, mientras trabajó en Gran Bretaña en IBM en la década de los 60, al lenguaje básico de las computadoras de aquellos tiempos. La poesía que escribió entonces utilizó algunas combinaciones algorítmicas y parte de sus investigaciones literarias buscaban acercarse a dos lenguajes completamente distintos a la vez que perfectos: la poesía y las matemáticas. Aquella era su forma de encontrar respuestas al mundo bipolar y continuó mientras el joven sudafricano se sumaba a las protestas contra la guerra en Vietnam, estudiando  y enseñando en las universidades de Austin y Buffalo —aquello le impediría a la larga optar por la nacionalidad norteamericana y lo obligó a volver a Sudáfrica—. 

Poco a poco, Coetzee, además de convertirse en narrador, fue configurando una obra basada en esas mismas obsesiones por la perfección del lenguaje. Como si quisiera alcanzar un engranaje narrativo solo comparable al algebra en su intento de interpretar la sociedad, fue elaborando una serie de historias que bien podrían leerse como un continuo. Así fue como ganó dos Bookers con “Vida y época de Michael K” (1983) y “Desgracia” (1999), además, por supuesto, del premio Nobel en 2003. Su segundo Booker, una obra que confrontaba el racismo de su natal Sudáfrica  a través de una historia de violencia sexual, no estuvo exenta de polémica y lo llevó a mudarse a Australia, donde vive y cuya nacionalidad ostenta actualmente.

A través de ensayos, novelas y relatos, Coetzee ha venido construyendo una obra reconocible y apreciable. Su personaje Elizabeth Costello, pensadora australiana, habla de temas que le preocupan al propio autor, como el maltrato a los animales y el vegetarianismo, y se ha consolidado como su alter ego, apareciendo también en su novela Hombre Lento. De esta forma reflexiva, a través de relatos alegóricos, Coetzee se aproxima a su propia filosofía sobre el mundo moderno.

Es con su última trilogía —concebida desde el inicio como un todo, como nos confesó— que ha sido capaz de retomar sus temas recurrentes, diseñando una compleja fábula que nos lleva por historias que imitan —no sin cierta ironía— desde la vida de Jesús y la narrativa del cristianismo, hasta el drama actual de los refugiados y las contradicciones de la educación moderna, pero sobre todo por preguntas que a través de la mirada de un niño excepcional, cuestionan el mundo contemporáneo. Incluso los mismos personajes llevan nombres simbólicos, en un juego de espejos y de alusiones que seguramente divierten al propio Coetzee.

Trilogía ilógica y sin final feliz

El niño David, y sus padres «escogidos» Inés y Simón —una nueva sagrada familia que habla en español— debe encontrar un nuevo hogar en Novilla, una ficticia localidad que parece tan latinoamericana en su precariedad y exotismo como la propia Judea del siglo I. Desde allí, también en un símil bíblico, deben huir de los censos pues los padres temen que David les sea arrebatado. Así es como llegan a una ciudad más pequeña, Estrella, donde se asientan y debaten sobre la forma en que deben educar a su hijo, quien da muestras de ser un superdotado —la forma más evidente es haber aprendido a leer de manera autodidacta, con un ejemplar del Quijote que el niño memoriza e interpreta de manera excepcional.

Es en este deseo de brindar educación que David confirmará su talento pero también su incapacidad para adaptarse a un mundo extraño, en el cual su único compañero fiel y comprensivo parece ser su perro Bolívar. De esa forma, en una huida permanente, David mismo va a encontrar dos espacios educativos, o más bien dos métodos de aprendizaje, que le permiten interactuar con niños de su edad. Sin embargo, los adultos que dirigen esos mismos centros son, al igual que sus padres,  incapaces también de domar el alma libre del niño maravilla.

Coetzee narra de manera magistral esta serie de desencuentros entre David, sus maestros y sus compañeros pero a la vez aprovecha cada episodio para hablar de aquellas obsesiones que cuestionan el mundo actual. La escuela de música y danza a la que acude el pequeño es dirigida por Juan Sebastián Arroyo –una castellanización del nombre de Bach– y su esposa Ana Magdalena. El niño aprende entonces algunos pasos de baile pero no hay forma en que aprenda a detenerse o a seguir el ritmo que quieren imponerle los maestros. David no entiende lo que es una secuencia; tampoco quiere aprenderlo. Decide entonces alejarse de su familia, atraído por la hermosa profesora Ana Magdalena, hasta que ella termina asesinada por Dimitri, el guardián del museo que colinda con la escuela, quien se ha hecho amigo del niño —en realidad prácticamente su discípulo— y quien llevaba aparentemente una doble vida de amor y locura con la maestra.

Tras aquella tragedia que enluta a Estrella y cuando, al inicio de La muerte de Jesús —la última novela de la trilogía— parece que David ha decidido llevar una vida normal, jugando fútbol con un grupo de chicos de su edad, llega a su vida el señor Julio Fabricante, misterioso dueño del orfanato Las Manos, que acoge a niñas y niños huérfanos para enseñarles labores manuales y técnicas. David decide dejar a su familia postiza y reconocerse a sí mismo por lo que en realidad es, un huérfano, y se queda bajo el cuidado de Fabricante y en compañía de muchachos y muchachas que encuentran en la labor física una forma de enfrentar la cotidianidad.

De la misma manera que David es un lector precoz y un bailarín prodigioso, resulta ser también un futbolista destacadísimo, capaz de driblear y anotar más y mejor que ninguno otro. Hasta que llega un partido en el que tras burlar a toda la defensa rival, cae enredándose con sus propias piernas. Es entonces cuando la vida del niño elegido da un vuelco total. David es incapaz de patear pero también de correr. Un día llaman desde el orfanato a Simón, el padre postizo, quien debe hacerse cargo nuevamente de David y llevarlo al hospital de Estrella.

Desde entonces, en manos del doctor Ribeiro y la enfermera Devito, David sentirá entumecerse su cuerpo, al mismo tiempo que empezará a compartir su extraña sabiduría con los niños del orfanato y de la academia de música del profesor Arroyo, contando los relatos doblemente ficticios del Quijote. Se encuentra entonces David nuevamente con Dimitri, quien ha sido llevado al hospital a desempeñar tareas de rehabilitación psicológica, con un Bolívar que parece volver a su estado más salvaje, y con mitos quijotescos que lo enfrentan a su enfermedad, y tras una inexplicable agonía, a la muerte en este mundo.

Ante esta situación Inés y Simón deberán hacer frente a un mundo cada vez más cruel, y al nacimiento de un mito, el de su propio hijo, a quien se dedican homenajes bizarros a través de obras de teatro y composiciones musicales, como si aún desde el más allá se empeñara en mantener viva su presencia.

David es siempre consciente de su excepcionalidad y de su trascendencia, igual que el propio Simón, quien intenta comprender la mirada de su hijo postizo y busca con él respuestas que nunca quedarán del todo resueltas: por qué él está en ese cuerpo, por qué es él quien enferma, por qué es el quién debe sufrir. En un pasaje clave de esta última novela, el niño decide finalmente, antes de morir, dejar escrito todo lo que le ha pasado y apretar fuerte en un puño aquel papel que retenga su memoria, para recuperarlo en la otra vida. Él, como el propio Quijote —David no llega a comprender que se trata de un personaje de ficción, o más bien se niega a hacerlo— termina concediendo que finalmente, de nosotros solo quedará lo escrito. Quizá ese sea el único propósito de Coetzee en esta trilogía y en su propia vida: mostrar su confianza y su esperanza en el poder de la palabra escrita y en lo que está dejando a la posteridad. 

Coetzee, unas pocas respuestas

Desde hace algunos años, escuchando a Coetzee en Chile —a donde va cada año para entregar un premio de literatura infantil de una sencilla municipalidad distrital en Santiago que lleva su nombre— y sabiendo de su presencia en Buenos Aires, donde también existe una cátedra en su honor en la universidad de San Martin —«Literaturas del Sur»—, hemos intentado acercar al reservado John Maxwell Coetzee al Perú. Tomando ese pretexto, hemos mantenido mantuvimos una breve correspondencia que permite ahora encontrar al menos algunas breves respuestas sobre su obra, pero sobre todo sobre la vida y obra de David y el cierre de su trilogía sobre Jesús.

Es difícil categorizar sus libros. Por lo general se les describe simplemente como «ficción», pero hay un contenido filosófico y ético muy profundo en ellos. ¿Esto se da porque es escéptico con respecto al futuro de las novelas y / o la literatura?

No soy para nada pesimista o escéptico sobre el futuro de la novela. Por el contrario, en mi ficción intento abordar, a través de los medios que ofrece la narrativa, cuestiones que generalmente caen dentro del dominio de la filosofía discursiva.

La Infancia de Jesús y La escuela de Jesús se pueden leer como una alegoría ética. Pero en América Latina, además de la aparición de los nombres y los caracteres españoles (especialmente los de Simón y el perro Bolívar), existe un desafortunado parecido de estos refugiados con la situación de América Central y especialmente con la situación de Venezuela. Esa segunda novela escrita en 2016 fue casi premonitoria. ¿Está interesado en esta lectura «no ficcional» de sus libros?

La serie de novelas La infancia de Jesús, Los días de Jesús en la escuela y La muerte de Jesús fueron concebidas mucho antes de la actual catástrofe en Venezuela. Además, las similitudes entre la situación del joven David en los libros y la situación de los niños refugiados en ciertas partes de América Latina son extremadamente ligeras. Por ejemplo, David no termina siendo rechazado en la nueva tierra donde se encuentra, y no tiene dificultad en encontrar un protector, un hogar y una escuela.

Don Quijote es leído por David, como un símbolo y una urgente llamada. ¿Qué nos puede decir Cervantes estos días?

El logro de Cervantes fue inaugurar la era de la novela y en ese mismo movimiento definir sus límites, en el sentido que Don Quijote es, para cualquier narrador que le siga, una montaña que termina siendo insuperable. Para mí, como escritor, el ejemplo de Don Quijote es, por lo tanto, diferente del ejemplo que proporciona al joven David, quien lo toma más bien como modelo de cómo comportarse en el mundo.

Estamos llegando al final de una trilogía. (El epígrafe de Los días de escuela de Jesús es una cita de Cervantes sobre las segundas partes) ¿Qué podemos esperar de La muerte de Jesús? ¿Y por qué un tercer libro?

La serie siempre estuvo concebida como una trilogía. El tercer libro está apareciendo este año, y debería estar poniéndose a la venta mientras escribo esto. Por lo tanto, no es difícil averiguar lo que guarda.

Las lecciones de Elizabeth Costello discuten algunas ideas morales y filosóficas de nuestros tiempos. ¿Hay alguna posibilidad de que ella pueda reaparecer después del final de su trilogía de Jesús?

Elizabeth Costello se acerca al final de su tiempo en la tierra, tal como yo mismo. No habrá ningún libro titulado La muerte de Elizabeth Costello, pero es posible que ella tenga algunas palabras finales que ofrecernos.

¿Qué está leyendo John Maxwell Coetzee estos días?

Estoy tratando de abrirme paso a través de una vasta antología de la poesía argentina.

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