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Música, solo música

Con millones de seguidores y no pocos haters, ¿quién puede dudar de que Murakami es uno de los escritores más exitosos del mundo? En su nueva entrega la música se hace de nuevo presente, pero no como accesorio dramático o detalle cool al servicio de la historia, como pasa en sus ficciones. Esta vez el autor expone, con menuda sencillez y admiración, su afición melómana. Así, sin tramas enrevesadas ni fantasías sentimentales de por medio, el Murakami novelista se transforma en el Murakami oyente. Y en esta conversión, el libro gana.

Porque lo que encontrarán los lectores es, básicamente, confidencias muy amenas de dos amigos sobre un arte que le apasiona. Uno es Murakami y el otro es Seiji Ozawa, exdirector de la Boston Symphony Orchestra; ambos departen acerca de discos, piezas de ópera y de jazz, y gigantes clásicos de la talla de Beethoven, Mahler y Brahms. Lo hacen siempre desde la posición del consumidor especializado, y por eso mismo todo el libro está cargado de anécdotas, referencias a veces rebuscadas y apreciaciones muy personales que, por ratos y como es de esperarse, convergen hacia otros campos como la literatura y la creación plástica.

Es un libro que provoca simpatía hacia sus autores. Y eso es un mérito. Porque al pasar por sus páginas, queda la sensación de compartir ese lazo comunal, honesto y emotivo que es la música para tantas personas. Por eso este libro de no ficción del autor nipón se asume como una pausa, sutil y agradable, antes del gran “ruido” mediático que posiblemente traerá su siguiente novela.