Mujeres que se desnudan

Por Natalia Gelós.


Ensayo. Es mayo de 2004. Son las once de la noche. Joan Didion escribe sobre «el suceso». Guarda el archivo. No vuelve a él por mucho tiempo. Durante toda su carrera, la escritora y periodista había entrevistado a mucha gente que había tenido «su suceso», ese que trastoca la vida, que desgarra para siempre en un antes y un después. Ahora ella vivía algo parecido, y juntaba coraje para nombrarlo. Su experiencia se llamó El año del pensamiento mágico. Una autopsia del duelo, del suyo, ante la muerte inesperada de su marido, el también escritor John Gregory Dunne: un golpe que viene de otra habitación mientras ella hace la cena, y listo, era la caída en seco de él, que muere de un infarto. Y ella se queda ahí, a la intemperie de su vida, que de pronto se vuelve extraña, una vida que ya venía rara, ya que unas horas antes, ambos habían estado en el sanatorio, durante el horario de visita de su única hija, Quintana, que moría en una sala de cortinas azules. Didion logra una disección de su duelo, y un retrato de la ausencia inesperada, algo que, en su propio estilo, había logrado Joyce Carol Oates en Memorias de una viuda: el despojo, la incertidumbre, la ignorancia previa a saber que todo, pronto, pronto cambiará. El libro de Didion fue aplaudido por la crítica en 2006. Y es lógico, porque logra que todo su trabajo se vuelva a la vez personal, a la vez dramático, a la vez, periodístico.

Ahora es julio de 2010. Joan Didion piensa en su hija muerta, la recuerda, repasa su infancia, su adultez, su boda. Busca alguna pista, una falla, algo que le demuestre que todo estaba ahí pero no supo ver su llegada. El aturdimiento del libro anterior se transformó en algo más agrio, algo de eso que pudo haber sido pero ya nunca será: que su hija se convierta en anciana, que sus años la arruguen, que tenga una larga vida. Noches Azules se publicó en español a fines de 2012. El título recoge la idea de un crepúsculo largo y azul, que preanuncia el verano, una noche que todavía no nace y que provoca la ilusión de que nunca terminará; hasta que termina, y entonces uno entiende que el verano va a morirse. «Las noches azules son lo contrario a la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición», escribe Didion. Entonces, este libro «que es para Quintana», como ella escribe, se transforma en algo más que el recuerdo de una hija que ya no está. Es también un encuentro de la autora consigo misma, con alguien que empieza a envejecer, que empieza, de alguna manera, a morir.

Son varias las mujeres que han logrado hacer de su experiencia personal un relato narrado con maestría. «Esta es mi historia –parecen decir–, pero podría ser la tuya, así que aquí no hay lástima, no hay sensiblería. Aquí todo es fuerza». Son manos quirúrgicas, pero cargadas de arte narrativo.

«La vida cambia/ La vida cambia en un instante/ Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba». Esas eran las palabras que Didion tipeó la noche que empezó a escribir El año del pensamiento mágico. Como quien recoge el guante, Gabriela Wiener las recita y se va al otro extremo de la vida, al del nacimiento, para contar su propio embarazo. Lo hace en Nueve Lunas. Con un postoperatorio que todavía duele, un padre con un reciente diagnóstico de cáncer de colon, una amiga que se suicidó y un empleo recién perdido, la periodista y escritora peruana narra en primera persona su experiencia, para mostrar eso que todavía pocos dicen: que las nueve lunas no son solo de miel, que el embarazo es una etapa salvaje. Wiener logra recorrer con frescura esos nueve meses, que marcan, sin duda, otro de esos grandes sucesos en la vida personal.

Mujeres, voces de mujeres, que se alzan para hablar de sus cicatrices. «Escrito en el cuerpo», así se llama el texto de la argentina Josefina Licitra que se publicó por primera vez en el número 24 de la revista Lamujerdemivida. Licitra vuelve la mirada a la niña que fue en la sala gélida de un hospital a la espera de lo que serán sus cicatrices, para una operación que intenta reparar lo que en sus años infantiles llamaban «problemita». Es que están las cicatrices que vemos venir y las que nos llegan de repente. Todas se perpetúan como relato de un pasado, el propio. Entonces Licitra habla con lucidez de esas presencias, sobre todo en el cuerpo de las mujeres. «Las cicatrices intolerables son las que recuerdan que el cuerpo no siempre se disciplina. Que algún día, sin previo aviso, puede terminar hecho tiritas», escribe ella, que estas alturas, ya se desnudó en el relato.

María Moreno, en el 2000, también se desnudó para hablar de las suyas, aunque de esas que no se ven aunque tampoco se borran. El texto se llama «La pasarela del alcohol», está incluido en el hermoso libro Teoría de la noche, que reúne sus crónicas, y allí la periodista hace una especie de confesión de su pasado como alcohólica: sus tormentos, sus goces, sus raíces, la historia de Moreno niña, hija de una mujer obsesionada por la limpieza hasta tal punto que limpiaba todo con alcohol («Si colocar alcohol entre el mundo y uno significaba protección y seguridad, yo tomé el mensaje al pie de la letra»).

Todas ellas construyen una primera persona consciente de su público, un yo que decide hasta dónde dar, hasta dónde mostrar. Porque ninguna de estas mujeres es ingenua, ni exhibicionista. Ellas caminan victoriosas por la cuerda floja de la intimidad y ahí se anuda uno de los núcleos de este juego. Moreno dice que decidió dejar de beber. Lo decidió, como eligió así contarlo. Deciden: estas mujeres deciden y son dueñas plenas de esos movimientos. Ella decidió y escribió: «porque –este es el mayor secreto confesado en esta nota– después de todo tal vez sí quiera ser una dama, y las damas no se matan copa a copa, sino disparándose un tiro con una pequeña pistola con un mango de nácar».

Piensen en el suceso de sus vidas ¿Ya está? Bien. Ahora, traten de narrarlo. Verán que no es fácil. O sí, quizá lo escriben de un tirón, pero ahora traten de evitar las sensiblerías, los pasajes en los que ustedes mismos se hacen una caricia en la espalda, busquen el hueso, despójenlo de toda la grasa. Pero manténganle, a la vez, la emoción. De nuevo: verán que no es fácil. Ellas, en sus distintos modos, lo logran. Con más dosis de humor, de ironía o de poesía, construyen un sujeto narrador que existe, de alguna manera, para pulverizar cualquier idea arcaica que pueda tenerse sobre lo femenino.

Ya Clarice Lispector, en Descubrimientos, el libro que compila sus crónicas para el Jornal Do Brasil, confesaba sentirse aliviada cuando, cierta vez, terminó felizmente en nada la propuesta de que escribiera sobre asuntos femeninos. Entonces, Lispector aclaraba: «Digo felizmente porque sospecho que la columna iba a derivar hacia asuntos estrictamente femeninos, en la extensión en que generalmente es tomado lo femenino por los hombres e incluso por las mismas humildes mujeres: como si la mujer formara parte de una comunidad cerrada, aparte y, de cierto modo, segregada». Esa idea puede persistir. Seguro que sí. Pero ahí están ellas, para ofrecer el contrapunto ¿Qué las une? Una voz que abre otro paisaje; donde lo femenino no es sinónimo de debilidad e indefensión, sino de fuerza, de algo salvaje que es controlado conscientemente, algo que, en cierto punto, es un gesto de bondad. La vulnerabilidad (algo a lo que quizá a la voz masculina todavía le cuesta recurrir) no es pecado y eso potencia las voces de estas autoras, las vuelve poderosas para forjar el ardor de una narrativa de no ficción que se encubre y se descubre, que juega con lo doméstico y el arrojo.


Natalia Gelós (Cabildo, 1979) es periodista, y colaboradora en las revistas argentinas Eñe y ADN, y en los diarios El Clarín, La Nación y Crítica. Es autora de Antonio Di Benedetto: Periodista.

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