Los espacios sin Eco

En su testamento, Umberto Eco, el famoso semiólogo y escritor italiano, dejó la petición de que no se realizaran homenajes ni se organizaran celebraciones en su memoria durante, al menos, 10 años. Pero el poder de su legado casi impide que a cinco de su muerte —falleció a los 84 años el 19 de febrero del 2016— no se puedan, siquiera, escribir unas palabras para recordarlo.

Hablar de Eco es inevitablemente hablar de semiótica, la que alguna vez llamó “la teoría de la mentira”, y luego “la teoría de decir lo contrario de la verdad”. ¿A qué se refería con esto? No apelaba, por cierto, a la deconstrucción, a que todo podía ser interpretado, sino a que, gracias a las posibilidades del lenguaje, el ser humano podía contar historias, imaginarlas, incluso.

Para Marcos Mondoñedo, profesor de Teoría Literaria en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, las investigaciones del semiólogo italiano —aunque de acuerdo a una entrevista realizada por François-Bernard Huyghe se consideraba, más bien, un filósofo— se desarrollaban a partir de Charles S. Peirce, una de las figuras fundacionales de la semiótica. Peirce nunca dejó de estudiar las relaciones entre el pensamiento, la percepción y la significación. Basado en ellas, la propuesta de Eco es una teoría del “interpretante”, concepto clave para pensar esas relaciones. En pocas palabras, un interpretante es un signo que representa a otro signo y que puede ser la base de otro. La realidad misma es esto para Eco: una remisión constante.

Mondoñedo nos da un ejemplo de esto: “Una puesta de sol puede ser el signo de una sensación melancólica; esta puede convertirse en el tema de un breve poema, el cual podría comentarse en una revista literaria y, si un muchacho lo leyera en el momento preciso, podría decidirse a escribir, y con uno de sus poemas enamorar a una joven sensible… Eco llamaba a esto una ‘semiosis ilimitada’, una forma de entender el universo como una trama compleja y delicada”.

Pero dentro de las tramas complejas y delicadas del universo, Eco se ocupaba de cuestiones que, en su época, aún eran menospreciadas, como los productos televisivos. “Todavía en esos años se menospreciaban los productos televisivos, las series policiales como Starsky and Hutch, Miami Vice, Columbo; también la cultura pop”, apunta la poeta y ensayista Giovanna Pollarolo.

Para Pollarolo, las reflexiones de Eco sobre lo popular y la cultura de masas son un muy buen punto de partida para entender estas discusiones. “Apocalípticos e integrados fue un libro muy citado en una discusión que, aunque parezca zanjada, no lo está”.

Poco después, sigue Pollarolo, vino el boom de El nombre de la rosa, “esa novela que gustó por igual a apocalípticos por su densidad, complejidad, erudición; como a integrados, por su inscripción en un género popular como era considerado el policial”.

Para el poeta y crítico literario Ricardo González Vigil, como novelista, Eco acertó plenamente una sola vez, con El nombre de la rosa, título que considera una obra maestra que fusiona la novela histórica y el policial, híbrido que ha ejercido una enorme influencia en la literatura mundial —aunque apunta que lamentablemente, más en best-sellers sin su profundidad para ahondar en una época y en la condición humana de siempre, y sin su destreza verbal y expresividad en el manejo original de la estructuración narrativa.

Para González Vigil, aunque no carecen de interés El péndulo de Foucault y La isla del día de antes, en mayor o menor medida padecen el lastre de su erudición y su afán por probar una tesis. Es decir, pesa ahí el ensayista más que el creador de ficciones.

Claro ejemplo de esto se puede encontrar también en Número cero, un redondo ensayo sobre los medios de comunicación que busca pasar como novela. Cada uno de los personajes del Domani —diario donde trabaja el protagonista— representa un ámbito de esa prensa que alguna vez fue importante, pero hoy se haya venida a menos.

Alineándose con el Eco ensayista, Pollarolo rescata los ensayos reunidos en Cinco escritos morales, en los que reflexiona sobre problemas como la guerra, la migración, el periodismo desde una perspectiva ética.

La particularidad de las reflexiones de Eco es que mantienen su resonancia y vigencia, como si hubieran sido escritas ayer. Por ejemplo, dentro de Cinco escritos morales se encuentra una conferencia de 1995 sobre el fascismo eterno. Allí Eco no solo revela alguna de las claves del fascismo que fue, sino del que aún puede ser. De esa conferencia se desprende Contra el fascismo, libro en el que se sintetiza 14 claves para reconocer esa lacra. En 1995 Eco ya hablaba del culto a la tradición, la acción por la acción, la vida por la lucha, la xenofobia. Probablemente habría mirado con espanto, por ejemplo, lo ocurrido a inicios de año en el Capitolio estadounidense.

Además, aún sin conocer a gran escala el boom de las redes sociales, Eco ya era en 2012 un adversario de nuestra obsesión por los medios de comunicación. En una entrevista a El Tiempo los catalogaba como “uno de los males de nuestro tiempo” y vaticinaba que “así como mucha gente logró sobrevivir a la peste, también podrán sobrevivir muchos a los medios de comunicación”. Y en esa misma línea, en una entrevista a LaStampa criticaba cómo las redes sociales “le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”. Calificaba este hecho como “la invasión de los imbéciles”.

Pese a todo su conocimiento, Umberto Eco no se respaldaba en la tradición. No creía que la lectura o el libro se iba a acabar con el ingreso de las nuevas tecnologías… pensaba que al igual que la rueda o la cuchara, el libro no moriría jamás. Al contrario, invitaba a pensar en cómo los textos de Shakespeare o Kafka se verían en las pantallas de un celular. Pensaba, además, que el mundo podría vivir sin el Ulises de Joyce. Era un pensador al que le gustaba ir contracorriente, como un salmón. Además, también tenía sentido del humor, como cuando con fina ironía comentaba que Dan Brown era un invento suyo, un personaje de El péndulo de Foucault.

A cinco años de su muerte, esa mezcla única en la cultura occidental aún se extraña, sobre todo en tiempos convulsos como los actuales. Pollarolo, por ejemplo, señalaba que le encantaría leer qué opinaría sobre la pandemia, la cuarentena, el encierro, las vacunas. Sin duda, no es la única.

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