literatura contemporánea, novela

LINCOLN EN EL BARDO

Independientemente del amor por la literatura, podría decirse que existe el amor por un determinado autor, que fluye a la par del primero y, en algunos casos, prolonga su trayecto en solitario, con una providencial ceguera semejante a la de Tiresias. No en vano las casa editoriales explotan esta debilidad de los lectores, sacando a la luz versiones deslucidas de nuestro objeto del deseo, las mismas que, en lugar de defraudarnos, avivan las llamas del amor. No en vano recorremos ávidamente las páginas de Nietochka Nezvánova o de La alquería de Stepanchikovo (dos novelas excepcionales, por cierto, aunque escasamente atendidas) cuando ya hemos concluido la lectura de los ciclos más célebres de Dostoyevski y nos damos en las narices con una suerte de síndrome de abstinencia. Esto podría explicar, también, que uno decida leer el libro de cuentos de un poeta, el poema en prosa de una dramaturga o la tira cómica de un ensayista.

Es probable que Saunders, al pasar del cuento a la novela, haya dado un paso natural y esperado hace mucho, pero cabe la posibilidad de que sus lectores más entregados acusaran el golpe, acostumbrados como estaban a los hallazgos formales que el autor había revelado en sus relatos breves. Y no fueron pocos estos hallazgos. Por ejemplo, en una de sus historias, la madre del protagonista se ha impuesto no volver a usar palabrotas; así, cada vez que va a pronunciar una la intercambia por algo que se parece a los pitidos usados en la televisión para regular el lenguaje ofensivo (fuck por beep, fuck you por beep you, fucker por beeper); de esta forma, sobrepasando incluso la verosimilitud, nos da la sensación de que es el propio autor quien está abusando de su poder para censurar el vocabulario dentro de su ficción. Otro de sus héroes, empleado en un parque de temática medieval, es obligado por su patrón a tomar una droga que arcaíza su forma de hablar, y así tenemos que el discurso en primera persona del narrador-personaje va virando, en una placentera curva involutiva, de un inglés urbano, que podría encontrarse en cualquier diálogo de The Wire, hacia un perfecto anglosajón (en la traducción española parece que estuviésemos escuchando hablar a un caballero andante de atildada retórica). Alguien como Saunders, cuya eficacia literaria ha topado ya con aquello que podría llamarse literatura, a secas, no tenía que probarnos su valor embarcándose en la penosa labor de la novela. Carver, por citar otro caso de cuentista célebre y esporádico, nunca la requirió, por no hablar de Borges o Chejov. “No es la gran cosa”, declaraba Saunders en algunas entrevistas con relación a su novela entonces inédita, “No esperen que sea La guerra y la paz”. Pues bien, Lincoln en el Bardo es esa novela. He aquí algunos apuntes al vuelo.

El argumento es sencillo. El hijo de Abraham Lincoln, Willie (el Lincoln al que se alude en el título) muere de fiebre tifoidea en la Casa Blanca, poco después de una recepción que dan sus padres en medio del fragor de la guerra civil. Su espíritu, confundido aún por el tremendo cambio, yace en el mausoleo donde es colocado su cuerpo. En este lugar sombrío y húmedo, que el lector puede suponer fácilmente como un decorado gótico, Willie se encontrará con toda suerte de espectros que se niegan a atravesar el umbral que los conduce a una, en apariencia, odiosa eternidad. El afán que tiene cada uno de estos personajes muertos por contar su historia, lamentable o tragicómica, en el mejor de los casos, sirve de excusa para elaborar una puesta en escena en la que desfilan voluntades, miedos, deseos de venganza, pasiones y todo tipo de asuntos que, presumiblemente, son los que motivan a prolongar su estancia en el mundo. Esta premisa recuerda poderosamente a la estrategia narrativa de Antología de Spoon River, célebre libro del poeta norteamericano Edgar Lee Masters, en el que un catálogo interminable de muertos (unos ilustres, otros desconocidos) elabora con sus testimonios un fresco de la sociedad americana, su esplendor y su miseria.

En la novela de Saunders cada voz tiene, a su turno, la oportunidad de explayarse sobre lo que fue su vida, con la diferencia de que la dinámica es distinta que en el libro de Lee Masters, ya que les está permitido interactuar entre ellos, produciéndose, en varios momentos, no pocas rencillas. Saunders, aquí, ha propuesto una forma que emparenta la narración con una obra de teatro donde los actores ingresan a trompicones a las tablas, decididos a hacerse con el papel protagónico, algo arriesgado, aunque predecible por parte de sus lectores, de seguro ya acostumbrados a estos riesgos narrativos. Los personajes principales, además de Willie Lincoln, son Hans Vollman, un hombre de avanzada edad que encontró la muerte al caérsele encima una viga, poco antes de consumar el primer encuentro sexual con su segunda y joven esposa, y Roger Beavins III, un joven homosexual que se ha suicidado cortándose las muñecas y desangrándose en una jofaina luego de ser rechazado por su amante y por la sociedad. La novela transcurre entre la visita de Abraham Lincoln al mausoleo para abrazar unas cuantas veces más el cuerpo de su hijo, el descubrimiento por parte de los personajes muertos de su realidad, y la desaparición de los mismos, una vez que son conscientes de que su tiempo en el mundo ha concluido. En ello se va la novela.

“Es, no obstante, la pericia de Saunders la que potencia su obra.”

Contada así, como de oídas, la narración carece de interés. Es, no obstante, la pericia de Saunders la que potencia su obra. Si bien la parte de los diálogos es medular, también se insertan capítulos que consisten en fragmentos de libros, algunos auténticos y otros inventados, ya sea de servidores, allegados o meros contemporáneos del presidente Lincoln, los cuales dotan a la narración de un aura verosímil, hiperrealista, abrumadora. Las descripciones usuales en las novelas, estandarizadas por el punto de vista único del narrador, nos privan de la perspectiva ampliada de un punto de vista coral y, entre comillas, verificable. De esta forma podemos tener la información precisa de cómo se dieron los hechos de primera fuente; así sabemos, por ejemplo, que en la recepción que ofrecieron los Lincoln previa a la muerte de Willie se sirvió “faisán tierno, gordas perdices, filetes de venado y jamones de Virginia” y que “había colmenas, con sus abejas a tamaño real, rellenas de pastel de natillas”, o que al momento de embalsamar el cuerpo inerte del pobre Willie “se usó el método de Sagnet de París”, que este Sagnet “había sido pionero en el uso de cloruro de zinc” y que “se desnudó al chico y se le practicó una escisión en el muslo izquierdo” para inyectarle el cloruro de zinc con una bombilla metálica, algo que podría haberse inventado fácilmente, pero que la novela nos concede como un hecho garantizado por la fuente de la que proviene tal información. Y no solo se limita a coincidir en todo lo que expone, sino que dentro de los mismos fragmentos de los testigos hay, incluso, desacuerdos, interpretaciones varias ya no de un hecho que podría entrañar subjetividades, sino de algo tan diáfano como la presencia o la ausencia de la luna en el cielo la noche de la recepción o las peculiaridades fisionómicas de Abraham Lincoln (algo ya presente en narraciones renombradas, como Rashomon de Akutagawa o los mismos evangelios, aunque en Saunders el logro es la forma):

Tenía unos ojos de color gris oscuro, luminosos y muy expresivos, que cambiaban al compás de su estado de ánimo.

La vida de Abraham Lincoln,
de Isaac N. Arnold

Tenía los ojos de color castaño azulado.

Los informantes de Herndon,
edición de Douglas L Wilson y Rodney O. Davis,
testimonio de Robert Wilson

Tenía el pelo de color castaño oscuro, sin tendencia alguna de calvicie.

La verdadera historia de Mary, la esposa de Lincoln,
de Katherine Helm, testimonio del senador James Harlan.

Tenía el pelo negro, todavía impoluto de blanco.

Sobre la guerra y aledaños, de Nathaniel Hawthorne.

Sin duda, más allá de los artificios, las mejores partes de la novela tienen que ver con la relación entre padre e hijo. Fuera de la novela, el presidente Lincoln es una de las imágenes más veneradas y famosas de su país, quizá tanto o más que Elvis, pero dentro de la novela es un ser frágil, doblemente flagelado por la pérdida de su hijo y por una guerra entre conciudadanos. A la grandeza de su imagen, Saunders parece encajarle un pesar del mismo calibre, tal que propicia en él casi una pérdida de la sensatez y de los protocolos mortuorios (“ahora el desaliñado caballero no dejaba en paz el cuerpecillo; le atusaba el pelo, lo acariciaba y le recolocaba las pálidas manos de muñeco”). Es como cuando al atributo del infinito amor de Dios se le yuxtapone el atributo del rencor infinito para con los que desobedecen sus mandatos. No se explica de otra manera que el presidente Lincoln no pueda llevar su duelo a la altura de su investidura, a pesar de que el siglo XIX era una época en que la muerte se respiraba en el aire y era una presencia cierta, tangible, como habrían sido los dioses para los antiguos griegos. La pérdida de un hijo, si bien es un hecho tremendo, entonces debía ser algo asumido de antemano como una posibilidad muy grande y que finalizaba, quizá, luego de haberse realizado algunas fotografías post mortem y haber depositado el cadáver en su lecho final, pero es cierto, además, que en el ámbito de la ficción estos eventos significativos emocionalmente tienden a magnificarse en los temperamentos fuertes, como se aprecia en el duelo de Rhett Butler tras la muerte de su hija en Lo que el viento se llevó. Este patetismo es descripto por Saunders con gran belleza, por boca de vollman y beavins, casi siempre encadenando un relato que cada quien ayuda a rematar cuando el otro se ha quedado sin palabras para nombrar lo que sucede ante ellos; el lenguaje con que el autor construye estas escenas no es solemne, eventualmente cualquier oscilación pasional en los narradores parece haberse ido desgastando debido a su próxima e inexorable desaparición, a la pérdida de las emociones, quizá el único indicador de la vida. Algo más difícil de notar es que las escenas donde Lincoln se lamenta en el mausoleo, rodeado por la marabunta de espectros admirados por tan ilustre visitante, transcurren en el más absorbente silencio: Lincoln está solo, arrasado por la penumbra, todo el pandemónium que lo rodea, como un callado torbellino, podrían ser las voces superpuestas a un estado de febril tormento que buscan perderlo, pero debe rehuirles. Otro tanto ocurre cuando Willie Lincoln se da cuenta de la verdad. “Muertos, dijo el chico. Estamos todos muertos”. En este instante todo parece volver a su cauce. El hijo está perdido, pero aún queda ese hijo, más demandante y trascendente, del cual el presidente es también padre: su país.

“Sin duda, más allá de los artificios, las mejores partes de la novela tienen que ver con la relación entre padre e hijo”.

Si bien Saunders suele recrear, en sus relatos, distopías que hieren al lector por lo indistinguible de la realidad actual, en esta novela también se nos presenta otro evento distópico, quizá el más viable, el del futuro ineludible de la muerte. En Lincoln en el Bardo el lector que ama la escritura de Saunders encontrará la impronta formal de sus anteriores entregas, la ironía en el abordaje del tema, el inventivo desparpajo en el lenguaje (por cierto, la traducción española corre a cargo de Javier Calvo, a quien ya conocemos por sus versiones de Foster Wallace o DeLillo); los lectores poco familiarizados con su estética hallarán, en cambio, una historia conmovedora y deliciosamente puesta en movimiento. Ambos hallazgos, en última instancia, enaltecen la obra de Saunders.