Leer a Julio Ramón Ribeyro

Por Alonso Rabí do Carmo.


Este es, sobre todas las cosas, un testimonio de parte. Antes de leer a Julio Ramón Ribeyro yo ya había fatigado –como suele ocurrir con muchos lectores– cientos, miles de páginas en las que desfilaban aventureros de toda laya, batallas épicas, amores infelices, peripecias trágicas, viajes alucinantes por aire, mar, tierra y más allá, exploradores y bandidos o seres que se transformaban mágicamente, entre otros elementos que hacen singular y recordable ese acto inevitablemente ritual que es la iniciación a la lectura.
Sin embargo, leer a Ribeyro fue otra cosa. Fue descubrir, por ejemplo, que en el fracaso hay una dimensión de grandeza, que en la derrota se transparenta la dignidad. Que esos personajes pequeños, derrotados, aplastados por una realidad inclemente, tienen una cuota de heroísmo y merecen toda la empatía posible. Fue descubrir que el mundo de la ficción, cuando se lo propone, puede ser tan devastador como los golpes que provienen del mundo real.

Así, por ejemplo, gracias a «Los gallinazos sin plumas» pude atisbar, conmovido, esa otra vida de la cual mi condición de clasemediero me mantenía a buen recaudo: la vida de los márgenes, el patetismo de la pobreza, la mirada desesperanzada de quienes vivían en ella, entre el hambre, la indiferencia y el anonimato.

Leer a Ribeyro significó para mí el encuentro con un escritor que no se permitió encasillarse y mucho menos repetirse en un limitado número de fórmulas narrativas. Así como nos equivocamos en valorarlo principalmente como un clásico (o de manera todavía más oblicua, como «el mejor escritor peruano del siglo XIX») nos quedamos en la antesala de su obra si la juzgáramos solo por su carácter realista o por su tan mentado «clasicismo», calificación que destaca sobre todo por su ambigüedad. En todo caso, quisiera leer en esa condición de clásico lo mismo que Paul Baudry en un reciente ensayo: «una respuesta personal ante el rupturismo, la novolatría y el presentismo que caracterizan las coordenadas del campo literario del siglo XX» .

No olvidemos que, incluso considerando que sus cuentos de corte realista forman desde ya un corpus considerable, es grosero, por decir lo menos, desdeñar aquellos cuentos en los que Ribeyro se inclina por estéticas tan disímiles como lo extraño, lo absurdo, lo fantástico o ciertos relatos, como «Silvio en El Rosedal», cuya prosa deja traslucir un enorme aliento lírico y ofrece al lector una lograda cuota de intimismo, además de una magistral lección sobre los mecanismos del desciframiento y la interpretación.

Volviendo a las arenas de esta memoria, Ribeyro fue el primer escritor peruano contemporáneo que leí, digamos, con cierta meticulosidad, con algo de conciencia. Antes de este encuentro simplemente me había dejado arrobar por versos de Chocano, que se recitaban al por mayor en la escuela, o había sentido una profunda extrañeza por las magias de Eguren, o esa cálida ternura que se desprendía de la vallejiana Rita, o una cierta empatía por la voz alta de González Prada. Pero lo de Ribeyro fue una conmoción.

Y de la mano de esa conmoción se abrió para mí una puerta que sigue sin cerrarse, porque Ribeyro me llevó a Vargas Llosa y luego a Loayza y a Salazar Bondy, a Zavaleta, a Congrains, a Reynoso, a la poderosa poesía de los 50, en fin, al conocimiento de una generación como pocas ha habido en nuestra tradición. Durante todos estos años, debo agregar, he seguido leyendo y releyendo a Ribeyro con una admiración y una curiosidad que no decrecen.

Con Ribeyro descubro entonces la literatura peruana a una edad relativamente temprana: 13 o 14 años, en medio del fervor por la eliminatoria a Argentina 78 y esa mítica primera fase que premió al medio campo de la blanquirroja como el mejor de todos. Y ocurrió en Miraflores, en un colegio pequeño, el Alfredo Salazar, lo que me recuerda que tengo una deuda pendiente –y sospecho que impagable– con mi profesor de literatura en ese entonces, Juan Alí Barreto.

Recuerdo ahora que la primera compilación de La palabra del mudo apareció en 1973, bajo el cuidado de Carlos Milla Batres, quien ese mismo año editó también su novela Los geniecillos dominicales (ya sin las terribles erratas que la asolaron antes) y Cambio de guardia(1976), así como también el volumen de ensayos La caza sutil (1976) y Prosas apátridas (1978), entre otros títulos del corpus ribeyriano.

Para 1984 yo era un sufrido estudiante de derecho en San Marcos. Y en algún momento de ese año se había anunciado la presencia de Julio Ramón Ribeyro en el auditorio del Banco Continental, en San Isidro. Ribeyro vivía en París y su vida para muchos constituía un auténtico misterio, de modo que la oportunidad de verlo en carne y hueso no pasaría inadvertida. La cita era a las ocho de la noche. Previsoramente llegué una hora antes, pero me di cuenta de que no era yo el único previsor: ya había una cola de por lo menos 200 personas.

Esa fue una noche inolvidable. Ante más de 700 maravillados asistentes, Ribeyro habló de sus libros, de sus temores mediáticos, de su mitología fumadora. No contento con eso, leyó pasajes de lo que después sería su diario, La tentación del fracaso y regaló a la audiencia un par de cuentos inéditos que luego, muchos años después, reconocería entre los incluidos en Relatos santacrucinos, en el último volumen de La palabra del mudo.

No pude hacerme de un lugarcito entre la muchedumbre que lo acosaría al terminar la charla en busca de un autógrafo, un apretón de manos o la ocasión de decirle cuánto admiraba sus textos. A cambio de eso he tenido muchas veces la oportunidad de escribir sobre él. Y solo pido que esta no sea la última vez.


Alonso Rabí do Carmo (Lima, 1964). Es periodista cultural, editor, catedrático y poeta. Es autor, entre otros, del libro de entrevistas a escritores Animales literarios y de la antología Poemas (1992-2005).

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