ensayo, literatura contemporánea

La autoridad de la ignorancia

Hace ya varios años, sin que venga a cuento por qué, alguien me preguntó qué hacía falta para escribir un poema notable. Imaginé que esta persona se refería a aquello incuestionable, atemporal, necesario, aquello, en suma, que una vez insertado en la realidad no podría desaparecer de ella sin el riesgo de dejarla huérfana o incompleta. La pregunta, naturalmente, me tomó por sorpresa y me encontré desamparado, sin arma alguna con qué defenderme. Yo era entonces un veinteañero sin libro publicado y con una idea muy gaseosa de lo que significaba, en verdad, la poesía, a pesar de haber estudiado una carrera de letras en una universidad pública con varias promociones de distinguidos poetas y considerarme un lector, a carta cabal. Tras unos segundos de reflexiones infinitesimales dentro de mi cerebro sólo atiné a responderle a esta persona que hacía falta mucha suerte para lograr tal prodigio. Cuando mis recuerdos vuelven a ubicarme, con su torbellino inopinado, en ese preciso instante, me veo ofreciendo una diversidad de respuestas ingeniosas, cada cual más confusa, e intento hacerlas encajar con un candor que, presiento, siempre se mantendrá cuando aborde el tema en cuestión. ¿Existe, acaso una respuesta satisfactoria o que por lo menos arañe la superficie del asunto y logre desprender una incierta viruta dorada? Posiblemente no. Samuel Coleridge, como tantos antes de él, diría que el secreto radica en imitar a la naturaleza, lo cual me resulta una noción vaga, por no decir inabarcable. Valéry, siempre formal en sus ideas, podría decir que la respuesta es el trabajo indesmayable; Lezama, que son las empresas difíciles las que conducen a una poesía verdadera. Cualquier otro afirmaría que es una cuestión de temperamento, de tener agallas. Mi yo del pasado habló de suerte. Lo único que tenemos claro es que somos seres horribles y, por tanto, buscamos la belleza que la poesía promete. Se anhela lo que no se tiene. Podría afirmarse, socráticamente, que nada se sabe, y sería éste un primer paso, el único posible, ese lento y largo paso que, a velocidad geológica, nos acerca, nos hace sospechar. Otro tanto de incertidumbre brota de nuestro vulnerable ser cuando nos preguntamos qué es la poesía, qué, un poeta.

Siempre he desconfiado de quien, con un marcado anhelo afrodisiaco, se llama poeta sin el más leve remordimiento, o de quien dice escribir poesía o vivir en poesía, aunque esto último tal vez sea factible si es que se tiene buen tino para elegir las lecturas (lo digo, bajo el riesgo de sonar pretencioso). A lo mucho se llegan a escribir poemas, meras noticias de nuestros sentimientos u obsesiones sin que ello signifique haber traspuesto la valla de lo significativo; la poesía es, en último caso, el premio mayor: difícil que a uno le toque. Una de las probables evidencias de estar ante un timo es, precisamente, la declaración, explícita o no, de haber dado con esa respuesta inexistente, esquiva, y ufanarse de cierta exclusividad en cuanto artista. ¡Cuántas veces, en el pasado, se habrá jugado con la esperanza de los incautos al haberles vendido la piedra filosofal o la solución a la cuadratura del círculo!  W. H. Auden, en su libro de ensayos El arte de leer, ha escrito: “Ningún poeta ni novelista desearía ser el único escritor de toda la historia; a la mayoría, en cambio, le encantaría ser el único escritor de su tiempo, y un buen número cree ingenuamente que ese deseo le ha sido concedido”. Esta declaración, por cierto, pareciera menos válida entre narradores que entre “poetas” (sólo un poco), si concedemos a estos últimos un cierto aroma de merecimiento, de dignidad debido al reducido culto de su labor, de privilegiada singularidad (autoimpuesta, claro está), ya que no pocos, en una alucinación de trascendencia, llegan a pensar que la poesía, en verdad, logra mover montañas o revierte, célula por célula, la podredumbre de los cadáveres, cuando su valor es un hecho discutible y, en última instancia, misterioso.

“La poesía podría ser, en efecto, la gesta de una multitud de pueblos por rescatar a una mujer bella o el tenedor, ya sin brillo, que al sujetar con nuestra diestra mano durante el almuerzo se nos figura un monstruo fugado de un cuadro del Bosco, tal como sucede en un poema de Charles Simic”. 

A lo sumo, existe la duda, la intención de estar en el lugar preciso donde la poesía sucede o podría estar sucediendo, e intentar trasvasar, con temblorosa mano, la lección de lo entrevisto. La poesía podría ser, en efecto, la gesta de una multitud de pueblos por rescatar a una mujer bella o el tenedor, ya sin brillo, que al sujetar con nuestra diestra mano durante el almuerzo se nos figura un monstruo fugado de un cuadro del Bosco, tal como sucede en un poema de Charles Simic. En el capítulo III de La cartuja de Parma de Stendhal, Fabricio del Dongo, el héroe de la novela, intenta tomar parte de la batalla de Waterloo. Es un jovencito ingenuo, criado en las mieles de la aristocracia milanesa, y es la ignorancia de mundo el reactivo necesario para hacerle anhelar una hazaña valerosa, digna de la Jerusalén liberada de Tasso; su cuerpo aún no es el de un adulto listo para el combate cuerpo a cuerpo, y puede que su aliento puro y sin olor, como diría Montaigne, “semejante al de un niño saludable”, delate sus escasas posibilidades de sobrevivir a tan sangrienta cita, pero siente que su ánimo puede pulverizar a cualquiera como lo haría la metralla de una bomba.

 “Pues bien, no es mi intención hacer una parábola a partir de este fragmento de la Cartuja”. 

Obviamente, su participación es un fiasco, ni siquiera sabe que han empezado las hostilidades, ni mucho menos el aspecto de los hombres a quienes deberá enfrentarse a muerte ni la temperatura ni el sonido de las vísceras cuando van a dar el piso o la inolvidable pestilencia de la sangre, sólo escucha el ruido ensordecedor de los cañonazos, aunque en cierto momento de la batalla un sargento le grita al él y otros soldados despistados que el Emperador, junto a un cortejo de bien trajeados oficiales, está pasando cerca de sus posiciones; es formidable, desoladora, la forma en que Stendhal describe la reacción de Fabricio; “abrió unos ojos como platos”, afirma el narrador omnisciente, pero aún así el joven no logra ver sino a un grupo de hombres cuasi fantasmales alejándose en sus caballos, y se increpa con dureza porque el aguardiente que ha bebido ante de ingresar al campo de batalla para darse valor le impide ver con claridad. “¿De verdad ha pasado el Emperador por aquí?”, les pregunta a sus ocasionales camaradas. “Pues claro”, le responden. “¿Cómo es que no lo has visto?”. Días más tarde, mientras se recupera de sus heridas en una posada, se pregunta, bastante contrariado: ¿de verdad he presenciado una batalla?, ¿fue aquella la batalla de Waterloo de la que hablaban todos? Pues bien, no es mi intención hacer una parábola a partir de este fragmento de la Cartuja. Me seduce decir, como intenta explicarse Jules ante Vincent Vega al final de Pulp fiction, que la batalla (o el Emperador) es la verdadera poesía y Fabricio del Dongo es aquel ingenuo que se atreve a enfrentarla, y que los soldados, el decorado y demás utilería bélica son las circunstancias imprevistas e indesligables que asedian a quien osa atreverse, pero esto tampoco es exacto, ni tendría por qué serlo.

“Sólo pienso, aunque resulte un lugar común, que es mejor no tratar de explicarla”. 

Sólo pienso, aunque resulte un lugar común, que es mejor no tratar de explicarla. Es algo similar a la célebre frase consignada por Agustín de Hipona en sus Confesiones, cuando reflexiona sobre la naturaleza del tiempo (“Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”), enalteciendo, con esto, la autoridad que bebe de la ignorancia. Acaso quien, con humildad, intenta definir la poesía, de la misma forma que un rabino diserta sobre Dios sabiéndose impedido de pronunciar las sagradas letras del Tetragrámaton, acaso, digo, esta persona sea atendible, siempre que asuma lo insulsa, parcial e incluso cómica que puede resultar tal definición, pero no quien habla con una autoridad falsificada. ¿Por qué prestar oídos, entonces, a quien asegura que haciendo un dripping poético se alcanza el arte, o, aún peor, a aquel que presume, a ojos cerrados y sin permitirse siquiera pestañear, de un virtuosismo ex machina?