ensayo, literatura, narrativa

INSECTOS, POETAS, NARRADORES

De todos los insectos que pueblan la literatura, hay uno con luz propia que, por brillante y noctámbulo, fascina a los poetas: la luciérnaga. A diferencia de las estrellas, pueden tenerlas en la mano y verlas titilar; o, mejor aún, pueden contemplarlas en los bosques cuando se extienden como un manto de luminarias. Tal vez solo la mariposa y la «inefable libélula» los embelesen al mismo nivel que la luciérnaga.

Pero esto, en efecto, es cosa de poetas. Son otros los insectos de interés para los narradores, a juzgar por algunos de sus célebres cuentos y novelas donde campean las moscas y las cucarachas, por citar a dos bichos que ahora vienen a mi memoria. Estos insectos, de por sí desagradables, repugnan además por su carga simbólica asociada a las miserias de la condición humana. En su novela Memorias del subsuelo (1864), Dostoievski ilustra así el oprobio de la baja autoestima: «Declaro solemnemente que muchas veces he deseado convertirme en un insecto, pero ni siquiera he sido digno de eso». ¿Quién nos habla ahí? Un hombre solitario, que se declara enfermo y malvado; un sujeto sin nombre, pero que tiene voz y monologa en un agujero (hábitat regular de los insectos); un pobre diablo que nos endilga un rabioso testimonio nihilista y cuya enfermedad es la propia conciencia de sí mismo (su frenética lucidez para reconocerse como un bicho); un hombre atormentado, en fin, que se queja y despotrica del mundo.  ¿Y con qué insecto se compara?  Con una mosca. «(Soy) más inteligente, más culto y más noble que nadie, pero una mosca al fin y al cabo». Y poco después, en un intento por contrarrestar su soledad, decide un día buscar a sus compañeros de escuela y ratifica su sentir: «Ninguno de ellos prestó atención a mi llegada, cosa verdaderamente extraña, ya que no nos habíamos visto desde hacía años. Me consideraban, evidentemente, como un ser insignificante, como una mosca. Ni siquiera en la escuela me trataban así, a pesar de que allí me detestaban. Comprendí que debían de despreciarme por haber fracasado en mi carrera, y también por mi aspecto miserable, por mis viejas ropas, que eran, a sus ojos, la prueba evidente de mi incapacidad y de mi desdichada situación».

También en esa línea, ya se sabe, se encuentra Franz Kafka, lector aprovechado del novelista ruso, aunque él dará un paso adelante. En su desconcertante relato, La metamorfosis (1915) —cuya traducción correcta, según Borges, debería haber sido «la transformación»—, Gregorio Samsa despierta una mañana y en el acto descubre que ya no es el mismo individuo de siempre. No ha despertado de una pesadilla, sino en una pesadilla. La estrategia narrativa de Kafka, a criterio del novelista John Updike, parte de una breve premisa fantástica, expuesta en la primera frase del relato, donde el autor informa que Samsa despierta transformado en un monstruoso insecto, y luego, dado que se trata de un bicho que continúa pensando como ser humano, prosigue con un largo desarrollo realista donde el protagonista se esfuerza inútilmente por cumplir sus rutinas laborales y familiares. (Es decir, estamos ante otra metáfora que expresa la nulidad del individuo en razón de su insignificancia e incapacidad para alcanzar logros). 

Claro que no fueron estos los primeros bichos en la literatura. Ya el poeta Ovidio, en La metamorfosis, Libro VI (Año 8 D.C.), recreó el mito griego de Aracne, joven distinguida en el arte de tejer y bordar. Alentada por los agasajos de sus admiradores, Aracne afirmó poseer una destreza superior a Palas, diosa de la sabiduría y la artesanía, a quien desafió a medir sus virtudes de igual a igual en un certamen. Palas tejió un tapiz inspirada en su victoria sobre Poseidón; y Aracne, no sin perfidia, tejió un telar que representaba las infidelidades de los dioses. Furibunda por la envidia y la irreverencia de una mortal, la diosa destruyó ambos tapices e incluso golpeó a su rival en la cabeza. Sabiéndose perdida, Aracne cogió entonces una soga y se ahorcó. Algunos exégetas de Ovidio opinan que la diosa se apiadó de la joven y, tras verter sobre la soga el jugo de una hierba (Hécate), convirtió en hilo la soga y en araña a la envanecida Aracne. ¿Se apiadó la diosa? A mí me parece más bien una feroz venganza. Impidió que Aracne muera, es cierto, aunque la condenó a un nefasto destino. «Vive, sí, pero cuelga, malvada», le dijo. ¡A tejer telarañas por una eternidad! (Indudablemente la zoología clasifica a las arañas entre los arácnidos, no como insectos, pero esto da igual. Mucha  gente confunde a unos y otros debido a las semejanzas de su estructura corporal).  

“Y es por ello que, con inolvidable sentido del horror y del suspenso, el mexicano Juan José Arreola nos hizo sentir el deambular silencioso y amenazante de una araña negra que puede medir hasta diez centímetros y cuya picadura es letal; el nombre de esa araña dio título a su cuento, «La migala» (1952)”.

Las arañas, en todo caso, no siempre cuelgan. También caminan por el suelo o las paredes, especialmente de noche. Y es por ello que, con inolvidable sentido del horror y del suspenso, el mexicano Juan José Arreola nos hizo sentir el deambular silencioso y amenazante de una araña negra que puede medir hasta diez centímetros y cuya picadura es letal; el nombre de esa araña dio título a su cuento, «La migala» (1952). Ahí se configura, al igual que en la novela de Dostoievski, otro personaje anónimo como  narrador. Este nos dice que una peligrosa migala se halla en su casa. Se le ha escapado de la caja donde la tenía, pero no hace esfuerzos por capturarla. Es un hombre que ya no le encuentra sabor a la vida: sufre penas de amor. Y en adelante, en sus noches insomnes —no puede dormir porque sabe que la araña ronda por su dormitorio a oscuras—, libra una batalla con su miedo y su inercia suicida, dejando al azar su supervivencia. El narrador da vueltas a la idea de matarse ante el abandono de Beatriz, su novia, con la actitud obsesiva de los hombres que ya no tienen nada que perder. 

El sujeto tiene rota la columna vertebral, por lo que no vemos acción o movimiento alguno, pero al menos Quiroga recurre a mostrarnos el agitado pensamiento del moribundo (para lo cual cambia de persona gramatical: pasa de la tercera persona a la primera), donde sí ocurren cosas. En verdad, ocurre una alucinación”.

Siguiendo con otros autores de América Latina, habría que añadir asimismo al uruguayo Horacio Quiroga que nos entregó «Las moscas» (1935), relato de sorprendente éxito entre los lectores de su época. En mi opinión, un texto extraño: narra una historia sobre la agonía de un hombre que se encuentra en medio de la jungla, recostado en un tronco. El sujeto tiene rota la columna vertebral, por lo que no vemos acción o movimiento alguno, pero al menos Quiroga recurre a mostrarnos el agitado pensamiento del moribundo (para lo cual cambia de persona gramatical: pasa de la tercera persona a la primera), donde sí ocurren cosas. En verdad, ocurre una alucinación. El moribundo piensa que está en un hospital citadino con médicos que lo visitan y manifiestan crueles teorías sobre las moscas que se le aproximan, señal de que morirá pronto.

He citado Las moscas por un motivo que justifica su memoria. Al parecer, Julio Cortázar, lector de Quiroga, se inspiró en este relato para escribir su excelente cuento «La noche boca arriba» (1956). Aquí, del mismo modo, vemos a un moribundo. En un primer momento, parece ser un motociclista accidentado (esto es lo que el autor nos hace creer) al que internan de emergencia en un hospital y trasladan al quirófano. La historia avanza con el fluir de la conciencia del accidentado que, tras ser atado a la mesa de operaciones y quedar dormido, recuerda un vívido sueño en el que, en vez de ser un motociclista (o un «motero», según dicen hoy), es un guerrero moteca atrapado en la jungla por una tribu enemiga. El sueño va y viene en paralelo, pues el accidentado es sedado y despierta varias veces. Hacia el final sabemos que en realidad el protagonista de la historia es el moteca, quien peleaba en la guerra florida contra los aztecas, y por tal razón yace en un lecho de piedra  (no en la mesa del quirófano) donde será sacrificado a los dioses. ¿Y dónde figura el insecto en este cuento? En el sueño del guerrero, un sueño de ciencia ficción en toda la regla, ya que este acontece en un mundo futuro.

En las últimas frases del cuento, Cortázar escribe: «… el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas». 


Fernando Ampuero (Lima, 1949). Escritor, dramaturgo y periodista. Es autor de los libros de cuentos Bicho Raro (1996), Íntimos y salvajes (2017), Lobos solitarios y otros cuentos (2018), Jamás en la vida (2019) entre otros. Entre sus novelas destacan Puta linda (2006), El peruano imperfecto (2011) y Sucedió entre dos párpados (2015). En el 2018, ganó el Premio FIL Lima de literatura.