INCLUSIONES INCONCLUSAS

Las elecciones de 2006 dejaron a muchos peruanos manoteando el aire en busca de explicaciones (doy fe: fui uno de ellos). Ese año reelegimos a Alan García. Su primer gobierno había terminado en un desastre abismal; García cargaba además con serias acusaciones por corrupción (esperó en cómodo exilio a que prescriban) y violación de los Derechos Humanos. Para el 75% de votantes que marcamos otra opción en primera vuelta, su retorno resultaba incomprensible.

Ni amnésicos ni irracionales, el libro de Alberto Vergara publicado en 2007 por la editorial Solar, ayudó mucho a despejar el desconcierto (una vez más, doy fe: fue así conmigo). Lo reedita ahora Planeta y su relectura es recomendable: lejos de envejecer, ha madurado de formas interesantes, y conserva muchas de sus virtudes originales.

“Ni amnésicos ni irracionales quiere demostrar la centralidad de este último eje en nuestras decisiones electorales, determinadas por el grado de participación de cada quien en el proyecto del Estado ”.

Moviéndose con fluidez de la teoría al trabajo académico y de ambos al ensayo, y combinando ágilmente la instantánea política con la mirada de largo aliento, Vergara propuso en 2007 un esquema interpretativo según el cual el electorado peruano —contra lo que entonces eran todas las apariencias— actúa afincado en una memoria y una lógica claramente discernibles, si uno sabe buscarlas. Su esquema se articula sobre tres ejes binarios: el institucional, el económico y el histórico-cultural. Ni amnésicos ni irracionales quiere demostrar la centralidad de este último eje en nuestras decisiones electorales, determinadas por el grado de participación de cada quien en el proyecto del Estado. El nudo del Perú, dice Vergara, son sus inclusiones inconclusas, tanto simbólicas como materiales, y la búsqueda de resolverlas es un motor fundamental de nuestra vida política.

"Más aún, Vergara es un notable estilista, hábil para condensar y explicar ideas complejas, pródigo en frases a la vez felices e iluminadoras, y leerlo es siempre un placer, incluso cuando uno discrepa”.

Por razones obvias (la historia no se queda quieta), ese esquema no puede responder todas las preguntas que cabría plantearse hoy, pero en términos generales parece sostenerse. Independientemente del debate categorial, en todo caso, el libro está cargado de insights astutos y penetrantes, y ellos bastan para justificar su reedición y su relectura. Más aun, Vergara es un notable estilista, hábil para condensar y explicar ideas complejas, pródigo en frases a la vez felices e iluminadoras, y leerlo es siempre un placer, incluso cuando uno discrepa.

Porque ciertamente es posible discrepar. Por ejemplo, las conexiones entre la estructura social, la estructura económica y la forma del Estado son borrosas, y eso oscurece la posibilidad de que aquellas inclusiones sean no solo inconclusas sino imposibles para un Estado que se funda necesariamente sobre esa brecha. Por otro lado, aunque Vergara admite (en el nuevo epílogo) que su inicial optimismo sobre la integración derivada del crecimiento económico se ha desdibujado, su renovada confianza en la solidez de la democracia liberal es difícil de explicar, a la luz del contexto internacional tanto como del local, salvo como la reafirmación de una postura ideológica.

Nada de lo anterior, sin embargo, desmerece Ni amnésicos ni irracionales. Al contrario, apunta a la que creo es una de sus virtudes, junto a la inteligencia del análisis y la brillantez de la prosa. Vergara nos llama consistentemente a pensar y a enzarzarnos en la discusión, y no conozco mérito mayor para un ensayista.

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