Encuentros con Ortega

Es abril de 2008 y es mi primera vez diurna en Providence, una ciudad cargada de reminiscencias literarias, considerando que es la cuna de H.P. Lovecraft, el gran maestro del terror. Asisto como ponente a una edición del Congreso Transatlántico y al llegar, junto con mi amigo Agustín Prado, nos dirigimos a la calle Prospect. En el número 84 de esa calle, en el corazón del victoriano campus de la Universidad de Brown, se ubica el departamento de Estudios Hispánicos donde tiene su oficina Julio Ortega. Se trata de una habitación mediana, atiborrada de papeles, libros y más libros en cuyo desorden manifiesto hay sin duda un orden secreto (así lo hubiese pensado Borges) que Julio conoce a la perfección.

Él nos recibe con amabilidad enorme. Pregunta por Lima, por San Marcos, por el Perú, que parece una obsesión viva e hiriente. Coincidentemente, ocurre lo mismo con nosotros. Esta es una de las primeras veces que cruzo palabras con Julio. Antes habíamos intercambiado sobre todo e-mails, pues cuando me tocó el honor de editar El Dominical, él fue un colaborador frecuente.

Los días del congreso pasan volando. En los siguientes años, los encuentros con Julio se repiten, siempre en lugares bastante predecibles: ferias del libro, conferencias, encuentros académicos, lobbys de hoteles donde uno está siempre de paso. De esos encuentros surgen conversaciones, algunas programadas, otras no, que indagan sobre la escritura, la función de la crítica, la utilidad de la literatura en una sociedad cada vez más hundida en el abismo de lo banal, sobre autores esenciales como Vallejo, Vargas Llosa o Arguedas o también por su generación, la del sesenta. Eso es lo que intento ofrecer ahora.

¿Qué es un crítico?

Creo que el crítico, haciendo una analogía, es un poco el responsable de la salud pública de la literatura. El crítico es alguien que debe analizar, con atención y extensión, los bienes que comunica la buena literatura. De esa manera favorece la concurrencia de la lectura, que es otro de sus deberes, baste recordar para eso que una literatura sin lectores simplemente no existe. Desde esa perspectiva, el crítico tiene que ser una persona consciente de estar en una función de servicio, no de auto representación. Por otro lado es una profesión que permite muchas variantes, porque la crítica no tiene canon, la crítica es una reacción a una lectura que se formaliza según las creencias, la filiación, la formación y las obsesiones de cada crítico.

Un fenómeno cultural, finalmente.

Efectivamente, un asunto netamente cultural. Y a eso añado que cuando no hay críticos, algo no anda bien. Los mismos creadores suelen ser muy buenos críticos, de eso hay muchos ejemplos, como T.S. Eliot…

En el caso hispano podríamos empezar la lista con Pedro Salinas…

Claro, Salinas, y otros más jóvenes, más actuales. José Emilio Pacheco, por ejemplo, fue un notable ensayista. En el Perú, a pesar de su parquedad, Luis Loayza fue un lector enorme y un estupendo autor de ensayos. El propio Mario Vargas Llosa. Los únicos que no fueron críticos en el sentido del que estamos hablando fueron el Gabo y Cortázar.

Cortázar era en todo caso un ensayista más libre.

Claro, él tenía una marcada mirada personal sobre todas las cosas que escribía y los autores que le interesaban. Un ensayista mucho más creativo.

El problema de la crítica se agudiza bastante en la medida en que muchos medios no están en capacidad de ofrecer espacios adecuados para esta práctica.

Descontando suplementos como El Dominical o El Caballo Rojo y revistas de periodicidad más extendida, como Amaru o Hueso Húmero, por citar dos casos, la presencia, el volumen de crítica en nuestros medios no es, en efecto, muy rico.

 “Los estudiantes de literatura, los jóvenes que están haciendo literatura deberían llenar ese vacío”. 

Internet debía ser el espacio llamado a cubrir estas carencias…

Los estudiantes de literatura, los jóvenes que están haciendo literatura deberían llenar ese vacío. Ahí es donde ellos deben construir espacios hospitalarios para la lectura crítica.

Hay una suerte de obsesión por atribuirles funciones a las personas. Se habla desde hace mucho tiempo de la función del escritor. Imagino que hay también una idea sobre la función del crítico…

La función del crítico debe ser crear, forjar o tener un espacio de expresión. Ese espacio es parte del diálogo del que depende la existencia de la crítica. Si no hay diálogo, no hay crítica. Y si bien es cierto que Internet es una alternativa, no olvidemos que todavía existen muchas revistas establecidas en las que la presencia peruana es escasa o nula. ¿Qué crítico peruano está ahora en Cuadernos Hispanoamericanos, por ejemplo? ¿Qué presencia tienen los textos literarios peruanos de hoy en esas revistas? Creo que hay mucha pasividad frente a los horizontes disponibles. Uno no puede esperar a ser llamado, hay que intentar tomar esos espacios, sobre todo si uno tiene interés en opinar críticamente.

“Creo que todavía hay lecturas muy sesentistas o sesenteras, no sé cuál suene mejor, que plantean, por ejemplo, simplificaciones que resultan muy anacrónicas”. 

¿En este momento qué ideas hay en juego en torno a nuestra literatura latinoamericana?

Creo que todavía hay lecturas muy sesentistas o sesenteras, no sé cuál suene mejor, que plantean, por ejemplo, simplificaciones que resultan muy anacrónicas. Por mucho tiempo la crítica se ha movido en un camino lleno de binarismos y lo que hay que evitar, precisamente, y eso lo decía un destacado representante de los llamados estudios culturales, es la «ilusión dialéctica», porque es muy rígida y no responde a las dinámicas de la cultura, ni la popular ni la literaria. Gracias a la carnavalización, esa genial idea de Bakhtin, se superaron los binarismos y eso hizo posible la aparición de otros abordajes. Por ejemplo, aquí leí, no recuerdo dónde, que hay que elegir entre Arguedas y Vargas Llosa. Qué tontería. La lectura debe ponerlos a trabajar juntos, propiciar un diálogo. Es absurdo creer en la enemistad cultural irreconciliable entre ambos.

Lo transatlántico en tu caso es un intento por superar binarismos.

Diría que sí. Y fui formulando esas cosas quizá sin darme cuenta. Lo transatlántico consiste en la fluidez de los sistemas de información literaria que son reapropiados por la escritura y convertidos en otra cosa. Y si esta metáfora transatlántica ha tenido cierto éxito entre críticos más jóvenes es básicamente porque nadie quiere ser experto en un solo país, o en una sola región o en una sola lengua.

Hablemos de eso. ¿Qué pasa en ese contexto con lenguas como el quechua?

Ah… es que nuestro drama es que no hablamos quechua. Mi madre hablaba quechua. Y de chico me di cuenta de que a mi padre no le gustaba que mi madre hablara quechua. Ella hablaba con las criadas que venían de las chacras. Se encerraban en la cocina y se morían de risa, a puerta cerrada, porque los chistes en quechua eran una maravilla. Entonces crecí un poco con la idea de que el quechua era una suerte de lengua secreta, pero hoy me doy cuenta de que fue como si me hubieran extirpado una rama que pude haber cultivado. Arguedas es esa síntesis creativa que yo reclamo, un español reescrito desde el quechua. Algo único y extraordinario. Y Vallejo también.

“En los últimos tiempos he creído descubrir un lenguaje más totalizador y este descubrimiento se lo debo a la escritura de mi libro de memorias, La comedia literaria”.  

¿Hay una convivencia pacífica entre el crítico y el escritor en tu caso?

Sí. Son momentos distintos del habla. Cada lenguaje, cada género tiene sus propias exigencias. En los últimos tiempos he creído descubrir un lenguaje más totalizador y este descubrimiento se lo debo a la escritura de mi libro de memorias, La comedia literaria.

¿Algún proyecto a corto plazo?

Bueno, en este momento estoy descansando un poco de La comedia literaria, la memoria es agotadora, realmente agotadora. La escritura se justifica en parte por los personajes que aparecen allí, desde Borges a Gabo, pasando por Cortázar o por Sarduy, que una vez me dijo: «¿Sabes que me he encontrado con García Márquez y me ha comentado que ha leído mis libros?». ¿Qué más te dijo? «Pues, me dijo algo así como: Severo, eres un gran escritor, pero tienes que contar algo» (risas). Una vez en Guadalajara, estaba con Gabo, formando parte de una comitiva. Los dos tenemos el mismo defecto, nos levantamos muy temprano. Así que ahí estamos los dos en el café del hotel, recién amaneciendo y él me dice: «Le ofrecí a Mercedes no traer el manuscrito de la novela que estoy trabajando ahora (se refiere a Del amor y otros demonios, aclara Ortega), pero igual me he venido con unas libretas para seguir tomando notas y necesito tu ayuda. Tú que eres peruano, necesito un nombre creíble para un virrey». Luego de mucho pensar le ofrecí mi propuesta y me respondió: «este no parece el nombre de un virrey, sino un nombre inventado para un virrey». Maravillosa respuesta porque delataba en él un espíritu mágico, pues estaba convencido de que las cosas eran su nombre, casi como si estuviera viviendo en una edad del mito. El alma de la cosa es su nombre, eso pensaba él. Pero como te decía, esta memoria me ha dejado un poco cansado. Ya vendrá lo demás.

Alonso Rabí do Carmo (Lima, 1964) Estudió Literatura en la Universidad Nacional de San Marcos y un postgrado en University of Colorado at Boulder. Es autor de Animales literarios (2008 y 2017) y el libro de ensayos Archivos de recortes (2018). Colabora como crítico literario en las revistas Hueso HúmeroLa Jornada Cultural y Revista de Crítica Literaria Latinoamericana.

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