El verdadero «Camino a Macondo»

Macondo es, bajo las palabras de su autor, un estado de ánimo. En cierta forma, todos sabemos que Macondo existe por Cien años de soledad, pero pocos sabemos desde cuándo existe en la obra de Gabriel García Márquez desde que empezara a pensarla aquella vez que se paró frente a una plantación bananera. «Camino a Macondo» es una antología que responde esta pregunta al recoger los pasos que llevaron al escritor colombiano a esa ciudad en la que todo era posible. Aquí dejamos el prólogo realizado por Alma Guillermoprieto, una declaración de amor a un pueblo, que como a muchos, nos ha dejado eternamente marcados.


En el verano de 1973 llegué por primera vez a Colombia. Iba de Nueva York, donde vivía, camino a Chile, porque allá me habían prometido una beca para hacer la universidad en Santiago. En Nueva York unos amigos me pusieron en contacto con un rabino ortodoxo de entusiasmos revolucionarios que se ganaba la vida como agente de viajes. Durante una larga tarde, el rabino trazó conmigo un itinerario que, según él, me ahorraría unos cuantos y muy apreciados dólares comparado con el precio de un vuelo directo Nueva York-Santiago. Tendría que hacer una primera escala en Miami y la segunda en la ciudad costeña de Santa Marta, Colombia. Ahí un tren me llevaría hasta las grises alturas de la capital colombiana, donde me tocaba tomar un tercer vuelo.

En la estación ferroviaria de Santa Marta compré un boleto de segunda clase a Bogotá, y me acomodé en un vagón casi vacío, en una banca de madera con el respaldo en ángulo recto, también de madera. Hacía calor en la costa; pero lo que hacía en el tren un par de horas después, conforme nos internábamos en el verde inacabable de la sabana tropical, era un infierno. Cansada por el ya largo viaje, amodorrada y mecida por el traqueteo del tren lentísimo, atolondrada por el calor y perdida la cuenta de la despaciosa sucesión de paradas, dormitaba con la cabeza rebotando contra la ventana sucia cuando el tren se detuvo una vez más. Alcé la mirada, y con desgano traté de limpiar el vidrio con el dorso de la muñeca para ver mejor el letrero que anunciaba el nombre de la estación. Tardé un segundo en procesar las letras:

«Aracataca».

¡Aracataca! Froté el vidrio otra vez, llamé inútilmente al conductor, corrí a la puerta para ver si podía poner aunque fuera un pie en el suelo de un lugar cuya historia mítica conocía mejor que la de mi familia, pero el tren ya arrancaba de nuevo. ¡Aracataca! Froté una vez más el vidrio para ver mejor el pueblo, traté de asomar la cabeza por la rendija abierta en la parte superior de la ventana, pero en los esfuerzos perdí la oportunidad de ver sus calles polvorientas, que habían quedado atrás en un suspiro.

Rígida contra el torturante asiento, en cortocircuito entre la frustración y la euforia, vi cómo el aire se oscurecía al otro lado de la ventana inmunda y pensé que en segundos reventaría un aguacero tropical. Pero era otra la causa de la oscuridad repentina: el tren se abría paso entre una nube densa de mariposas amarillas, una tempestad de alas que se desvaneció en un parpadeo.

A Gabriel García Márquez, que era en general un hombre circunspecto e inexpresivo, se le mofleteaban los cachetes y se le alzaban ligeramente las esquinas de los bigotes en señal de aprobación cuando escuchaba anécdotas como esta. «Nadie me cree que no he inventado nada —decía, satisfecho—. Yo lo que soy es un simple escribano.» Y como era un hombre tímido —otra cosa que nadie le creía—, soltaba la última palabra de la broma con una leve retraída de la respiración, antes de exhalar una pequeña tos que no alcanzaba a declararse risa.

Afirmó también en reiteradas ocasiones que después de los ocho años no le había pasado nada de interesante. La frase suena a mera extravagancia, pero, como tantas otras boutades suyas, es rigurosamente cierta, por lo menos en el sentido de que esos ocho primeros años que pasó en la casa de sus abuelos maternos en Aracataca, departamento de Magdalena, Colombia, aka Macondo, le dieron material para toda una vida de escritura.

La historia de esa infancia es conocida: Gabriel nace en Aracataca en 1927, y no ha cumplido dos años cuando la azarosa vida de sus padres les exige dejarlo allí, al cuidado de sus abuelos maternos, en lo que ellos van en busca de mejor fortuna. El abuelo, Nicolás Márquez, había peleado del lado liberal con grado de coronel en la guerra conocida como de los Mil Días, que desangró al país cuando el siglo XIX engranaba con el XX. Su mayor secreto es que él, que tanto combatió y exterminó en sus años de militar, vive atormentado por la muerte del hombre al que mató después de la guerra por una cuestión de honor. Convive con el fardo de esa muerte única como con un fantasma, y abandona el pueblo donde cometió el crimen con la esperanza de dejar el muerto atrás. Viven en itinerancia varios años él y Tranquilina Iguarán, su esposa, con sus dos hijos mayores y la pequeña Luisa Santiaga, que un día será la madre de Gabriel. Llevan consigo, además, a tres «indios guajiros comprados en su tierra por cien pesos cada uno cuando ya la esclavitud había sido abolida», indios que acompañarán toda la vida a la familia. Intentan afincarse en ciudades y pueblos alrededor de la Ciénaga Grande de Santa Marta hasta recalar por fin en Aracataca, un pueblo bananero que se consume entre el calor y los aguaceros bíblicos del trópico.

De un lado de los rieles del ferrocarril están las inmensas fincas bananeras de la United Fruit y sus pueblos blancos; casitas blancas para los gringos blancos, que viven una vida diferente detrás del enmallado de sus dominios. Del lado contrario queda el pueblo, que en sus inicios no era más que una calle polvorienta con un río en un extremo y un cementerio en el otro. La fiebre del banano había llegado después de la guerra, y con ella «la hojarasca», esa runfla de charlatanes, aventureros, cazafortunas y meretrices que un día formarán el telón de fondo a la epopeya de la familia Buendía.

A raíz de la masacre de la United, la empresa se replegó de la zona bananera de Ciénaga Grande, y durante la Segunda Guerra Mundial suspendió en general sus operaciones en el país. Según escribirá García Márquez, la salida de la compañía arruinó al otrora próspero pueblo, beneficiario como había sido de la fiebre del oro verde. Se va la United y se lleva todo: «El dinero, las brisas de diciembre, el cuchillo del pan, el trueno de las tres de la tarde, el aroma de los jazmines, el amor. Sólo quedaron los almendros polvorientos, las calles reverberantes, las casas de madera y techos de cinc oxidado con sus gentes taciturnas, devastadas por los recuerdos».

El abuelo, ya mayor y bien afincado, vive en una casa de muchos cuartos y grandes corredores sombreados, habitados también por un desorden de tías, begoñas, hermanas, jazmines, madres, abuelas, mecedoras. El coronel le entrega al niño Gabriel todo su amor junto con sus mejores historias: de la guerra, del pasado mítico de Aracataca, de los avatares de su vida. A su vez, la abuela Tranquilina puebla la imaginación del niño con recuentos minuciosos de los fantasmas y espantos que conviven en casa con la familia. El pequeño Gabriel aún no ha dejado atrás la trastabillada lengua infantil cuando también empieza a contarle a su familia historias extravagantes e improbables. Entre risas, sus mayores le reprenden. No se habían dado cuenta de que las cosas que contaba «eran ciertas, pero de otro modo», dice el autor en sus memorias.

Sentado en uno de los cuartos de la gran casa sombreada, el niño Gabriel mira cómo el abuelo arma, en un rapto de concentración milagrosa, los pescaditos de oro flexibles y perfectos que vende luego por pocos pesos. El viejo lleva de la mano a su adorado nieto a que conozca el hielo en la tienda del comisariato de la bananera. También le enseña a ese niño de siete u ocho años que esos gringos, dueños del hielo y los bananos, han sido los responsables de una masacre de los trabajadores de la United, que se pusieron en huelga en contra de la empresa estadounidense y fueron atacados por tropas colombianas una larga noche de diciembre de 1928. Inexplicablemente, el coronel también hace que el niño lo acompañe a visitar el cadáver fresco de un amigo que se acaba de suicidar. Un asesinato, una masacre, el cadáver de un suicida: la vida del niño Gabriel transcurre dentro del orden caótico y feliz de la infancia, mientras su paisaje interior se va poblando de muertos, miedos y fantasmas.

Muere el abuelo Nicolás cuando la familia García está a punto de dejar para siempre Aracataca para establecerse en la pequeña ciudad lacustre de Sucre. Hechas las maletas y preparada la salida, el niño ve cómo en la vieja casa —su casa— se hace una hoguera con toda la ropa del abuelo, e incendian por accidente una gorra suya también. «Hoy lo veo claro —escribe sesenta años después—. Algo mío había muerto con él.»

Hasta aquí la gran historia verdadera de Macondo que García Márquez narra en la primera parte de sus memorias, Vivir para contarla. Es una historia verdadera a su modo, tan confiable, o no, como todos los recuerdos esenciales, y me parece que se lee de la mejor manera si la entendemos como una nueva mitología armada con las piedras de toque de este escritor. El exorcismo de Aracataca, que concluye con Cien años de soledad —la historia de los abuelos, el uno que mata hombres y la otra que ve fantasmas en cada rincón; la historia del atravesado cortejo de su padre, Gabriel Eligio García, a su madre, Luisa Santiaga; el origen de Aracataca y su final; la historia de su otra abuela, la madre de Gabriel Eligio, una fresca mujer que tiene hijos sin preocuparse por casarse con los diversos padres, y que definitivamente no confunde el culo con las témporas; la masacre, los curas, la lluvia de pájaros, el descubrimiento del hielo—, todo, todo está en esos ocho años y en las modestas ciento y tantas páginas que gasta el autor en sus memorias para narrar los primeros y definitivos años de su infancia y la secuela: el día en que, a los veintitrés años, el aspirante a escritor y consagrado bohemio del círculo literario de la ciudad costeña de Barranquilla, Colombia, acompaña a su madre a vender la vieja casa de su infancia. Madre e hijo viajan en tren —en ese mismo, viejo, único tren— al antiguo pueblo bananero, ahora abandonado por la United. Recorren las ruinas de un pueblo triste del que sus recuerdos son infinitamente más reales que la realidad mortecina frente a sus ojos. Padecen el calor incendiario de sus calles polvorientas, ahora desprovistas de algarabía. Por último, visitan la casa que se desmorona como si fuera un trozo de pan duro recuperado de alguna ruina. El presente es un fantasma, y lo que está más vivo es lo que ya murió. En la estación de ferrocarril, esperando junto a su madre el amarillo tren del regreso, García Márquez también va convertido ya en fantasma, rondando desconsoladamente los escombros de una infancia irrecuperable.

Los fantasmas se exorcizan escribiendo, y los textos que siguen son precisamente eso: la ofrenda al pasado de un talentoso joven que, como tantos otros aspirantes a escritor, se la había pasado buscando temas extravagantes para relatos únicos y geniales que en realidad resultaron incoherentes o frívolos. A partir del viaje al origen, no necesita seguir buscando. Muchos años después, se habría de acordar del momento en que, ante la pérdida, lo rescató la mirada distanciadora que lo transformó en escritor. «Nada había cambiado, pero sentí que en realidad no estaba mirando el pueblo, sino sintiéndolo como si fuera una lectura… y lo único que tenía que hacer era sentarme y transcribir lo que ya estaba ahí.» Casi recién bajado del tren, corre a su escritorio de las oficinas de El Heraldo, periódico de Barranquilla del que ya era periodista estrella, y borronea las primeras páginas de La hojarasca. A la mañana siguiente, un colega y amigo encuentra a García Márquez tecleando furiosamente todavía; «Estoy escribiendo la novela de mi vida», le anuncia al amigo. En el camino a terminarla va publicando trechos del texto aquí y allá; textos que fueron recuperados para esta colección. Aparece en ellos un cura anciano y buena gente que ve fantasmas; otro, más joven y también buena gente, que hace de mediador en pleitos que son el rescoldo de la violencia partidaria que llenó el pueblo de muertos. En un relato una mujer presencia, alucinada, una lluvia torrencial que dura tres días. De un cuento a otro van apareciendo distintos personajes con nombres que nos hacen saltar como si nos encontráramos de improviso con algún viejo amigo en la estación del tren; hay Nicanores, Rebecas, Remedios, Cotes, Moscotes, Buendías. Se trata, en realidad, de diferentes historias sueltas sobre un mismo poblado, en el que en la peluquería siempre colgará un letrero que dice «Prohibido hablar de política» y al alcalde siempre le dolerá una muela. Es un pueblo que todavía carece de nombre, pero en algunos relatos se hace referencia a otro, que está sobre la misma vía del tren: Macondo. (Efectivamente: en la época bananera la estación anterior a Aracataca viniendo de Santa Marta era un poblado algo más próspero llamado Macondo.) Hay historias que suceden en una ciudad con muelle ribereño que puede ser Sucre, donde, en la realidad real, la familia García se estableció por fin en los años de la adolescencia de su hijo mayor. Otros relatos, que se ubican en un lugar que tiene río y playa, tal vez estén ambientados en la ciudad de Ciénaga. Temario, geografía, estilo, voz, todo nace al mismo tiempo en cuentos que son, en realidad, parte de un solo texto obsesivo. Después del ciclo macondiano que empieza aquí con «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» y culmina después de Cien años con Crónica de una muerte anunciada, escribirá otros libros sobre dictadores y libertadores, niñas enamoradas y viejos verdes enamorados de niñas dormidas. Serán los libros de un escritor que busca temas. Estos textos, en cambio, son historias que insistieron en salir por cuenta propia, y llevan la fuerza de una locomotora.

Es difícil saber cómo asimiló García Márquez el que una sola de sus novelas fuera cien veces más conocida que toda la obra suya que la precedió o que lo que escribió después.

Tal vez ni él mismo lo sabía. Por un lado, entendía que la historia de amor de sus padres, transformada en El amor en los tiempos del cólera, pudiera ser tal vez su mejor novela. Por otro lado, no me cabe duda de que para él Cien años de soledad fue la obra cumbre de su esfuerzo por traducir la realidad en literatura. Además, lo volvió rico. E infinitamente famoso. (Recuerdo, entre todos los sucesos que rodearon su muerte, la larguísima cola que se formó durante más de veinticuatro horas para rendirle homenaje en el Palacio de Bellas Artes de México, y en esa cola, a un hombre que dijo para las cámaras de algún noticiero que había aprendido a leer para poder leer Cien años, porque a su mujer, maestra de primaria, «le había gustado mucho ese libro». Recuerdo que me dolió que no estuviera vivo el escritor para escuchar ese homenaje que nada tenía que ver con la fama.)

Lo que no tengo claro es qué lugar le asignaba García Márquez a los textos que aquí se reúnen. Como todo autor, iría cambiando su valoración de cada libro según el día en que le preguntaran. No son pocos los que creen que El coronel no tiene quien le escriba es su obra más perfecta, pero tengo la impresión —no encuentro ahora una cita que lo sustente— que él veía esa historia más bien como la culminación de un largo aprendizaje. Asombra que en el único volumen de sus memorias que alcanzó a escribir relata con arrebato juvenil sus años de periodista, y enseguida culmina con su primer viaje al extranjero gracias al periódico bogotano El Espectador, que a los veintiocho años lo mandó a cubrir una conferencia internacional en Ginebra, Suiza. En medio, el escritor le dedica un par de párrafos —¡dos pinchurrientos párrafos para el acontecimiento más deslumbrante en la vida de cualquier autor!— a la publicación de su primera novela, La hojarasca. En realidad, al público en general también le ha costado asimilar estos primeros textos macondianos: varios tienen la desgracia de ser lectura obligada en las secundarias y preparatorias de América Latina, y es difícil dejar de verlos simplemente como lo que escribió Gabriel García Márquez antes de Cien años.

A más de medio siglo de distancia, cuesta imaginar la euforia que provocó la aparición de Cien años de soledad, libro que, para los lectores que siguieron, siempre ha estado ahí. Una noche me senté a la cálida luz de una lámpara a leer un libro que me acababan de regalar, de un autor del que no tenía noticia. No sé cómo pasaron las horas que lo mismo me parecieron décadas que un segundo, pero cuando volví en mí, con el corazón exaltado y la cabeza llena de un mundo desbordado, hirviendo de vida, alcé la cara y vi que ya la mañana estaba terminando de desplazar la noche. Una entre millones, guardé el recuerdo de esa lectura como un momento eterno de dicha perfecta. Ningún otro autor del siglo XX ha conseguido internar a sus lectores de manera tan aparentemente simple en un mundo mágico y completo. Corrijo: ningún autor que no escriba cuentos infantiles lo ha logrado. Un día, en un almuerzo, García Márquez anunció que ahora sí se iba a poner a leer a J. K. Rowling, «para ver cómo viene la competencia». La conversación había girado en torno a las regalías, pero no se refería a eso, pues seguramente sabía que a esas alturas la autora de la épica de Harry Potter había vendido millones de ejemplares más que él. No: García Márquez había entendido que venía haciéndole sombra la única otra persona capaz de sumergir a sus lectores en un mundo del cual no querían después salir.

Durante más de medio siglo, la inmensa mayoría de los lectores que han buscado en librerías El coronel no tiene quien le escriba o La hojarasca o La mala hora los han querido leer después de leer la novela del gitano Melquíades y las mariposas amarillas, y seguramente van buscando otra dosis de la misma magia. Pero es que el impulso detrás de los relatos de este libro es otro. Decía García Márquez: «Los costeños somos los seres más tristes del mundo», y por lo menos en la épica macondiana de los primeros cuentos la tristeza, la amargura y el rencor son la constante. El principal impulso que desata la acción es el hambre, pues el pueblo de las historias es un lugar tan perdido del mundo que ni siquiera los ricos tienen plata. En esa obra maestra que es «En este pueblo no hay ladrones», el protagonista sale a robar y regresa con tres bolas de billar. En los textos reunidos aquí, las referencias al sexo son escasas y más que pudorosas. De hecho, me parece que solo un personaje —el doctor Giraldo, de La mala hora— disfruta de una vida sexual activa y sabrosa, y eso lo sabemos porque se menciona una vez, y casi de paso. En cambio, en Cien años un desencadenador frecuente de la acción es el deseo físico atolondrador, sobre todo de las mujeres, que le tienen mucha ley a los hombres con penes de proporciones suprahumanas. Es un deseo exorbitante, fértil, febril y creativo: Macondo está poblado de hijos, nacen niños por doquier, crecen, quedan ellos a su vez prensados por el deseo como mariposas por el alfiler, y se reproducen con todavía mayor fervor. En cambio, en los cuentos de esta antología hay mujeres embarazadas, gastadas y flacas, que llevan años con su pareja y no son deseadas por nadie. Hay, sobre todo, hombres y mujeres encerrados en la triste lealtad del matrimonio. Hay no solo muerte, sino también, insistentemente, podredumbre. Una vaca muerta se queda atorada en la ribera del río y a lo largo del relato se va inflando y pudriendo hasta llenar todo el pueblo de un olor insoportable. Un niño es obligado por su abuelo y su madre a ver el cadáver de un ahorcado que tiene la lengua mordida y fuera. Se imagina, con los detalles que produce el espanto, cómo se habrán quedado encerradas en el ataúd las moscas que han llegado en busca del cadáver.

En Cien años no hay moscas. Hay un muerto del que sale un hilo escarlata que va serpenteando desde el cuarto donde acaba de morir y que avanza, doblando esquinas en la calle y evitando la mesa del comedor de la casa de los Buendía, hasta llegar a la mujer que ve la sangre y entiende que acaban de asesinar a su hijo mayor. Es decir, en Cien años hay una mitología. Completa y redonda como todas las mitologías, existe en un tiempo circular y remoto con respecto a la realidad de la putrefacción de la muerte. Incluso, en las últimas páginas, el recién nacido que se llevan las hormigas es una abstracción, un pellejo seco que ni siquiera ha cobrado vida dentro del relato. Absorto en la lectura de las predicciones de Melquíades el gitano, el último Aureliano descubre en el último párrafo de la novela que estos augurios «no estaban ordenados en el tiempo convencional de los hombres, sino que [Melquíades] concentró un siglo de episodios cotidianos de modo que todos coexistieran en un instante». Es decir, Aureliano descubre lo que su creador nos quiere revelar a nosotros en el último momento: su explícito propósito de crear una épica familiar dentro del tiempo circular de una mitología.

Si bien es verdad que todo lo que escribió García Márquez para sacarse el veneno de Aracataca, aka Macondo, fue un ensayo para encontrar el camino a Cien años de soledad, también es cierto que La hojarasca, La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba y los cuentos cortos aquí reunidos ocupan el duro tiempo lineal de la realidad, habitada por hombres y mujeres como nosotros, cuyos destinos nos mueven a la compasión y al espanto, mientras que Cien años, libro seductor por excelencia, nos mueve más bien al asombro y el agradecimiento. En ese sentido, estos textos no son propiamente el camino a Macondo, sino un Macondo por derecho propio.

Decía García Márquez: «Yo nunca me olvido de quién soy; soy el hijo del telegrafista de Aracataca». Pero en realidad el viaje de regreso a Aracataca en su juventud lo llevó como agarrado de la nuca a contemplarse en un espejo de aguas más profundas. Ahí, el joven Gabriel se descubrió hijo de sus abuelos, un niño de ojos grandes y muy abiertos que creció sumergido en una historia de violencias, amarguras, pérdidas desgarradoras y realidades asfixiantes. Los relatos que salieron de ese viaje, y que aquí se reúnen para felicidad de nuevos y antiguos lectores, son sobrios, urgentes, no míticos sino trágicos, llevados por el impulso febril de exorcizar, revelándolo, un pasado real que todavía duele. Son magníficos.

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