Fuente: La Mula
ciencias sociales, Literatura peruana, narrativa

El largo camino de Castilla

A puertas del bicentenario surgen varias preguntas. Principalmente plantearé dos. La primera, y más necesaria, es la de cuestionarnos si hemos logrado construir una República. La segunda, si acaso la hemos construido, es la de saber si lo que somos hoy tiene una semilla de origen.

El largo camino de Castilla de Eduardo González Viaña (Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo, 2020) se nos plantea como una ficción histórica necesaria, donde el caudillo recorre el país a pie, desde Brasil, mientras conoce de primera mano a ese país oculto en la espesa selva amazónica.

Castilla ve cómo pese a que el Perú lleva algunos años como Estado, aún no logra cohesionar a su territorio ni tampoco integrar a los pobladores de aquella naciente república ¿suena conocido? Por su puesto, y es que pese a estar ambientada dos siglos atrás, los problemas que presentaba el Perú de entonces parecen más vigentes que nunca. El centralismo, la poca efectividad de las nacientes instituciones públicas y la escasa identificación de algunas zonas del país con el gobierno central quedan demostradas a través de diálogos con aquellos pobladores. Es así que el joven Ramón Castilla cambia de paradigma y a cada paso que da, se hunde también en profundas reflexiones sobre lo que significa ser realmente libres, de lo que valió finalmente ser una república.

Y si acaso esa vigencia pasa también por los problemas que se identificaron ya desde aquel momento, la segunda premisa es ¿qué tanto le debemos, entonces, a Ramón Castilla?

La respuesta es mucho. Desde su afán por ir en contra de la esclavitud hasta su idea de formar un ejército competente. Esta preocupación nace, justamente, al ver la debilidad (y ambigüedad) con las que se manejaban los puestos fronterizos. Se nos plantea entonces a un caudillo, sí, pero también al hombre detrás de la máscara de líder y cuyos afanes por transformar al Estado surgen por aquellas convicciones que lo atormentaban en su diario quehacer por la selva peruana. Intimista, reflexivo y dado a una dualidad más que interesante (el viaje interior y el viaje exterior), González Viaña logra algo más que una biografía narrada. Nos guía a través de una prosa limpia por paisajes, hechos y soledades de alguien a quien le debemos algo más que la lucha directa contra la esclavitud sino también el intento de cohesionar a un país que nació fragmentado.