El inicio de "Los abismos"

A inicios de año, Pilar Quintana, novelista y cuentista colombiana ganó el XXIV Premio Alfaguara de Novela con ‘Los abismos’, donde cuenta en primera persona la historia de Claudia, una niña que contempla el conflictivo matrimonio de sus padres y una generación de mujeres atadas a una educación de otro tiempo. En palabras del jurado, la novela despliega “una prosa sutil y luminosa en la que la naturaleza nos conecta con las posibilidades simbólicas de la literatura, y los abismos son tanto los reales como los de la intimidad”. La novela llega este jueves a buensalvaje de la mano de Alfaguara. Estas son sus primeras páginas.

En el apartamento había tantas plantas que le decíamos la selva.

El edificio parecía salido de una vieja película futurista. Formas planas, volados, mucho gris, grandes espacios abiertos, ventanales. El apartamento era dúplex y el ventanal de la sala se alzaba desde el suelo hasta el cielorraso, que allí era del alto de las dos plantas. Abajo tenía piso de granito negro con vetas blancas. Arriba, de granito blanco con vetas negras. La escalera era de tubos de acero negro y gradas de tablas pulidas. Una escalera desnuda, llena de huecos. Arriba el corredor era abierto a la sala, como un balcón, con barandas de tubos iguales a los de la escalera. Desde allí se contemplaba la selva, abajo, esparcida por todas partes.

Había plantas en el suelo, en las mesas, encima del equipo de sonido y el bifé, entre los muebles, en plataformas de hierro forjado, y materas de barro, colgadas de las paredes y el techo, en las primeras gradas y en los sitios que no se alcanzaban a ver desde el segundo piso: la cocina, el patio de ropas y el baño de las visitas. Había de todos los tipos. De sol, de sombra y de agua. Unas pocas, los anturios rojos y las garzas blancas, tenían flores. Las demás eran verdes. Helechos lisos y rizados, matas con hojas rayadas, manchadas, coloridas, palmeras, arbustos, árboles enormes que se daban bien en materas y delicadas hierbas que cabían en mi mano de niña.

A veces, al caminar por el apartamento, me daba la impresión de que las plantas se estiraban para tocarme con sus hojas como dedos, y que a las más grandes, en un bosque detrás del sofá de tres puestos, les gustaba envolver a las personas que allí se sentaban o asustarlas con un roce.

En la calle había dos guayacanes que cubrían la vista del balcón y la sala. En las temporadas de lluvia perdían las hojas y se cargaban de flores rosadas. Los pájaros saltaban de los guayacanes al balcón. Los picaflores y los sirirís, los más atrevidos, se asomaban a curiosear al comedor. Las mariposas iban sin miedo del comedor a la sala.

A veces, por la noche, se metía un murciélago que volaba bajo y como si no supiera para dónde. Mi mamá y yo gritábamos. Mi papá agarraba una escoba y se quedaba en la mitad de la selva, quieto, hasta que el murciélago salía por donde había entrado.

Por las tardes un viento fresco bajaba de las montañas y atravesaba Cali. Despertaba a los guayacanes, entraba por las ventanas abiertas y sacudía también las plantas de adentro. El alboroto que se armaba era igual al de la gente en un concierto. Al atardecer mi mamá las regaba. El agua llenaba las materas, se filtraba por la tierra, salía por los huecos y caía en los platos de barro con el sonido de un riachuelo.

Me encantaba correr por la selva, que las plantas me acariciaran, quedarme en el medio, cerrar los ojos y escucharlas. El hilo del agua, los susurros del aire, las ramas nerviosas y agitadas. Me encantaba subir corriendo la escalera y mirarla desde el segundo piso, lo mismo que desde el borde de un precipicio, las gradas como si fueran el barranco fracturado. Nuestra selva, rica y salvaje, allá abajo.

Mi mamá siempre estaba en la casa. Ella no quería ser como mi abuela. Me lo dijo toda la vida.

Mi abuela dormía hasta la media mañana y mi mamá se iba al colegio sin verla. Por las tardes jugaba lulo con las amigas y cuando mi mamá volvía del colegio, de cinco días no estaba cuatro. El día que estaba era porque le correspondía atender el juego en la casa. Ocho señoras en la mesa del comedor fumando, riendo, tirando las cartas y comiendo pandebonos. Mi abuela ni miraba a mi mamá.

Una vez, en el club, ella oyó cuando una señora le preguntó a mi abuela por qué no había tenido más hijos.

—Ay, mija —dijo mi abuela—, si hubiera podido evitarlo, tampoco habría tenido a esta.

Las dos señoras soltaron la carcajada. Mi mamá acababa de salir de la piscina y chorreaba agua. Sintió, me dijo, que le abrían el pecho para meterle una mano y arrancarle el corazón.

Mi abuelo llegaba del trabajo al final de la tarde. Abrazaba a mi mamá, le hacía cosquillas, le preguntaba por su día. Por lo demás, ella creció al cuidado de las empleadas que se sucedían en el tiempo, pues a mi abuela no le gustaba ninguna.

En nuestra casa las empleadas tampoco duraban.

Yesenia venía de la selva amazónica. Tenía diecinueve años, el pelo liso hasta la cintura y los rasgos bruscos de las estatuas de piedra de San Agustín. Nos entendimos desde el primer día.

Mi colegio quedaba a unas pocas cuadras de nuestro edificio. Yesenia me llevaba caminando por las mañanas y por las tardes me esperaba a la salida. Por el camino me hablaba de su tierra. Las frutas, los animales, los ríos más anchos que cualquier avenida.

—Ese —decía señalando al río Cali— no es un río, sino una quebrada.

Una tarde llegamos directo a su cuarto. Un cuartico con baño y un ventanuco junto a la cocina. Nos sentamos en la cama, una frente a la otra. Habíamos descubierto que no conocía las canciones ni los juegos de manos. Le estaba enseñando mi favorito, el de las muñecas de París. En cada paso se equivocaba y nos reventábamos de la risa. Mi mamá apareció en la puerta.

—Claudia, hacé el favor de subir.

Estaba serísima.

—¿Qué pasó?

—Que subás, dije.

—Estamos jugando.

—No me hagás repetir.

Miré a Yesenia. Ella, con los ojos, me dijo que obedeciera. Me paré y salí. Mi mamá agarró mi maleta del suelo. Subimos, entramos a mi cuarto y cerró la puerta.

—Nunca más te quiero ver en confianzas con ella.

—¿Con Yesenia?

—Con ninguna empleada.

—¿Por qué?

—Porque es la empleada, niña.

—¿Y eso qué?

—Que uno se encariña con ellas y luego ellas se van.

—Yesenia no tiene a nadie en Cali. Se puede quedar con nosotros para siempre.

—Ay, Claudia, no seás tan ingenua.

A los pocos días Yesenia se fue sin despedirse, mientras yo estaba en el colegio.

Mi mamá me dijo que la habían llamado de Leticia y tuvo que volver con su familia. Yo sospechaba que esa no era la verdad, pero mamá se ranchó en su versión.

A continuación llegó Lucila, una señora mayor del Cauca que no se metía conmigo para nada y fue la empleada que más tiempo estuvo con nosotros.

Mi mamá hacía sus trabajos de ama de casa por las mañanas, cuando yo estaba en el colegio. Las compras, las diligencias, los pagos. Al mediodía recogía a mi papá en el supermercado y almorzaban juntos en la casa. Por la tarde él se llevaba el carro al trabajo y ella se quedaba en la casa a esperarme.

Al regresar del colegio la encontraba en la cama con una revista. Le gustaban las ¡Hola!, las Vanidades y las Cosmopolitan. En ellas leía sobre la vida de las mujeres famosas. Los artículos traían grandes fotos a color con las casas, los yates y las fiestas. Yo almorzaba y ella pasaba las páginas. Yo hacía las tareas y ella pasaba las páginas. A las cuatro empezaba la programación en el único canal de TV y, mientras yo veía Plaza Sésamo, ella pasaba las páginas.

Una vez mi mamá me contó que poco antes de terminar el bachillerato esperó a que mi abuelo llegara del trabajo para decirle que quería estudiar en la universidad. Estaban en el cuarto de mis abuelos. Él se quitó la guayabera, la dejó caer al piso y quedó en camisilla. Grande, peludo, con la barriga redonda y templada. Un oso. Entonces la miró con unos ojos raros que ella no le conocía.

—Derecho —todavía se atrevió a decir mi mamá.

A mi abuelo se le brotaron las venas de la garganta y con su voz más gruesa le dijo que lo que hacían las señoritas decentes era casarse y que cuál universidad ni Derecho ni qué ocho cuartos. La voz terrible retumbando como por un megáfono, casi la oí, mientras mi mamá, chiquitica, retrocedía.

Menos de un mes después a él le dio un infarto y se murió.

En el estudio teníamos una pared con retratos familiares.

El de mis abuelos maternos era una foto en blanco y negro, con marco de plata. Fue tomada en el club, en la última fiesta de fin de año que pasaron juntos. Alrededor caían serpentinas y la gente llevaba sombreros de papel y cornetas. Mis abuelos estaban separándose del abrazo. Se reían. Él, gigantesco, de esmoquin, con gafas bifocales y un trago en la mano. Los pelos no se le alcanzaban a ver, pero yo sabía, por otras fotos y por mi mamá, que le brotaban por todos lados. Las mangas de la camisa, la espalda, la nariz y hasta las orejas. Mi abuela tenía un vestido elegante de espalda descubierta, una pitillera entre los dedos y el pelo corto abombado. Era larga y flaca, una lombriz erguida. Al lado de él se veía diminuta.

La Bella y la Bestia, siempre pensé, aunque mi mamá defendía a su papá diciendo que él no era ninguna bestia, sino un oso de peluche que solo se puso bravo aquella vez.

http://buensalvaje.com/tienda/literatura/los-abismos-envios-desde-el-25-de-marzo/

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