El hechizo Levrero

¿Por qué uno se vuelve levreriano? ¿Cuándo el apellido se vuelve un adjetivo, una marca literaria, un estilo capaz de impulsar y formar una fervorosa comunidad, admiradores de una obra que no hacen más que seguir conectando con lectores de distintas latitudes y generaciones? Una respuesta puede ser la diversidad de caminos para acceder a su escritura. El más conocido sería abordar como punto de inicio El discurso vacío y La novela luminosa: sus historias más elogiadas, épicas de la cotidianeidad y la trascendencia del ocio. Pero también podría optarse por elegir la ruta más onírica y alucinante con la «Trilogía involuntaria» (La ciudad, El lugar y París) y Fauna/ Desplazamientos. El híbrido entre ambos caminos: El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos; o sus deliciosas observaciones vitales recopiladas en sus Irrupciones. La publicación de sus Cuentos completos, el año pasado, conecta todas las vías anteriores.

“En el «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris”. 

Podríamos empezar por «La calle de los mendigos», donde una ligera y aparentemente inocua alteración de la rutina diaria, como lo es la falla de un encendedor, lleva a una búsqueda desesperada por desentrañar un misterio técnico que no hace más que crecer y crecer al punto de desviarnos de lo absurdo de la situación, para situarnos por completo en el laberinto de la curiosidad. En el «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era  más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris. «Más de una vez pensé en mí mismo como en un triste adulto, de esos que pasan la vida acumulando cosas en previsión de un invierno que raras veces llega», menciona en «Capítulo XXX» (p. 320), sugiriendo su resistencia a «la opacidad cotidiana, a este frío y a este apego insensato a las cosas. Yo no puedo darme ese lujo» (p. 337, «Surkville»)

“El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el montevideano encontró una herramienta invaluable”. 

Esta vuelta a una capacidad infantil, aparentemente perdida en las batallas diarias de la etapa «madura», se entremezcla con la urgencia sexual y el humor, ambientes cargados de tabúes y reglas, cuyos límites son transgredidos mediante un lenguaje aparentemente desmesurado y descontrolado («La casa de pensión»), pero que no es más que la solución frente a tanta solemnidad impuesta, a la que golpea sin pudor, apelando a escenas que si bien podrían escandalizar en un primer momento, poseen un efecto que va  más allá de la impresión superficial, metáforas de la libertad del ejercicio de la ficción. El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el montevideano encontró una herramienta invaluable.  Síntesis de ello puede representar la respuesta que brinda a un divertido cuestionario formulado por él mismo: «Yo utilizo la imaginación para traducir a imágenes ciertos impulsos —llámalos vivencias, sentimientos o experiencias espirituales. Para mí esos impulsos forman parte de la realidad o, si lo preferís de mi “biografía”. Las imágenes bien podrían ser otras; la cuestión es dar a través de imágenes, a su vez, representadas por palabras, una idea de esa experiencia íntima, para la cual no existe un lenguaje preciso» (p. 589, «Entrevista imaginaria con Mario Levrero, por Mario Levrero»).

Levrero prefería denominar relatos a este tipo de narraciones para escapar a las fórmulas repetitivas que se le asignan al cuento, como se puede constatar en las más de 60 piezas que conforman el presente volumen. A diferencia de la concepción tradicional, el relato para el autor representa una oportunidad para romper con ideas preconcebidas e inamovibles de causa-efecto-solución, para tomar opciones más azarosas, sinuosas y delirantes, pero no menos atrapantes. «Los ratones felices» y «Espacios libres» son prueba de ello, con episodios donde lo que menos abunda es la lógica en detrimento de  la vitalidad, confirmando que uno no lee a Levrero para descifrar un enigma, sino para emocionarse durante  la persecución del mismo: desde la angustia inquietante y asfixiante de «El inspector» al cuestionamiento existencial de «Diario de un canalla», pasando por la melancolía de «Algo pegajoso», el humor de «Confusiones cotidianas», el horror fantástico de «Aguas salobres» o la sensación de aventura de «La cinta de Moebius» y «Alice Springs», verdaderas obras maestras. Cabe decir que algunos textos contienen una mayor dosis de confusión y densidad al punto de poder desencajar al lector en contraste con los otros relatos, como ocurre con «Ya que estamos» y  «La toma de la Bastilla o cántico por los mares de la luna», pero al menos habrá un párrafo o frase  que denote la genialidad del escritor, o una segunda o tercera lectura posterior que permita transportarnos  a planos de conciencia desconocidos como anota Nicolás Varlotta, quien estuvo a cargo de esta edición.

¿Por qué uno se vuelve levreriano? Porque al leer a Levrero, uno lo percibe cómplice, como quien lee a un amigo, según mencionaba Diego Otero en estas mismas páginas. Su literatura irrumpe en nuestras rutinas, hipnotizándonos con escenas que ensanchan nuestras experiencias y nos sumergen por completo en una materia artística formada por las más diversas fuentes, conjugadas de tal manera que uno se olvida que está leyendo. No es una forma de escapar a la realidad, es una invitación a desarmarla y volverla a armar. «Cuando creíamos que todo había terminado, todo estaba recién por comenzar» (p. 208, «Todo el tiempo») La recopilación de estos relatos no hace más que seguir encandilándonos con una obra de irradiación incombustible, una nueva oportunidad para empezar.

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