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Por: | October 22, 2020
EL AFFAIRE CAMUS
Foto sobre EL AFFAIRE CAMUS
A sesenta años del accidente vial que acabó con la vida del autor de El extranjero, cobra fuerza una nueva tesis en torno a las turbias circunstancias que condujeron a su desaparición.

El sol de invierno se oculta tras la abadía de Saint-Germain-des-Prés, la última luz invade el piso de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Suena el teléfono, ella responde. Es su amante, el documentalista Claude Lanzmann, quien anuncia la noticia. Aquel mediodía, 4 de enero de 1960, Albert Camus ha muerto. De Beauvoir no se decide entre echarse a llorar o dejar de preocuparse. Hace tanto tiempo que no frecuentaban a Camus, intenta consolarse. Pero no deja de temblar.

Camus regresaba a París luego de unas vacaciones en La Provenza junto a Michel Gallimard, director de la Bibliothèque de la Pléiade y sobrino del fundador de la casa editorial. Aunque detestaba los autos deportivos, Camus descartó el billete de tren que lo devolvería a la ciudad y optó por el Facel Vega de su amigo íntimo. Viajaban en compañía de Janine y Anne, esposa e hija de Michel. Había tormenta cuando Gallimard, adicto de la velocidad, pisó el acelerador.

Autor y editor bromeaban sobre las ventajas de ser embalsamado, al momento que reventó un neumático. El Facel Vega derrapó por una amplia calzada, hasta estrellarse contra la hilera de plátanos altísimos a un lado del camino. El motor salió despedido y la carrocería quedó mutilada, cada pieza convertida en un pedazo de latón retorcido. Michel Gallimard fallecería en el hospital cinco días después. La muerte de Camus fue inmediata, por fractura de cuello y el cráneo al atravesar la ventanilla posterior. Tenía 46 años.

“No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto”, le había dicho Camus a su amante, la diva española María Casares. Hoy, sesenta años después de acaecida, se le sigue buscado alguna lógica a esta muerte ocurrida en circunstancias tan turbias como antojadizas. Lo suscribe el biógrafo Herbert Lottman en el libro más completo sobre el autor de El extranjero: “El accidente parecía deberse al bloqueo de una rueda o a la rotura de un eje, aunque ni siquiera los peritos supieron explicarse aquel accidente catastrófico en una recta, con una carretera de nueve metros de ancho y un tránsito muy escaso”.

En la esfera más próxima de Camus se enquistó una corazonada, la sospecha de una mano negra detrás del accidente. Hasta que, hace pocos años, en una visita a Praga, el académico italiano Giovanni Catelli rescató un pesado volumen de los anaqueles de una vieja librería. Llevaba el título de Toda una vida (1992), diario íntimo de Jan Zábrana, poeta olvidado que vivió bajo la tenaza soviética. Entre sus más de mil páginas, Zábrana refunde una anécdota siniestra: una entrevista con un hombre que sabía demasiado, testimonio de “pistas decisivas, de una precisión fría y minuciosa, ricas en detalles y ligadas a hechos y fechas irrebatibles”, que trastoca todo lo que hemos creído saber acerca de la muerte de Camus.

A partir de esta lectura fortuita, Giovanni Catelli se arriesgó a publicar Camus debe morir (2019), reciente investigación que se lee como novela negra. Catelli relata sus citas en cafés lóbregos, expedientes deslizados por debajo de la mesa y llamadas telefónicas de madrugada, urdiendo una tesis que hoy viene cobrando fuerza: Albert Camus fue asesinado.

El exilio y el reino

A la salida de un teatro parisino, luego de un ensayo de Las moscas, Sartre y de Beauvoir entablaron amistad con un joven autor exiliado de Argelia. “Un alma sencilla y alegre”, recordaría ella sobre las primeras salidas con Albert Camus. Muchacho tímido, de aura seductora que emulaba a Humphrey Bogart, con cigarrillo en los labios y sobretodo con solapas levantadas. En el café de los existencialistas (2016), hermosa biografía de la historiadora Sarah Bakewell, recuerda que Camus era “divertido y subido de tono en sus conversaciones en el Café de Flore o Les Deux Magots, tan emotivo como para sentarse en la nieve a las 2am y desahogar sus penas amorosas”.

Camus era un pied-noir, un extraño en su propia tierra, como aquellos argelinos de origen francés que habitaban en el limbo, sin plegarse al orden colonial ni descifrar la religión musulmana. Padeció una infancia precaria en una ratonera sin agua ni luz, en el vilayato mediterráneo de El Taref. Ahí contrajo una tuberculosis intermitente de cuyas crisis nunca se libraría. Tenía un año de nacido cuando su padre cayó en combate, a comienzos de la Primera Guerra Mundial, y quedó bajo la custodia de una madre sordomuda y de una abuela de violencia bestial.

“Unos cuantos años vividos miserablemente bastan para construir una sensibilidad”, escribió en uno de sus primeros Carnets acerca de la vida en la costa argelina. De ahí emergió esa particular visión de justicia que cultivó a lo largo de su obra, desde las primeras crónicas que firmó para oponerse a las atrocidades del despotismo galo. Iniciada la campaña bélica entre las potencias del Eje y las Fuerzas Aliadas, en disputa por el norte africano, Albert Camus debió escapar hacia un territorio no menos amenazante, una Europa devorada por el nazismo.

El desarraigo le fue propicio a Camus para encerrarse a escribir su primera novela, El extranjero (1940). El kafkiano Mersault, atrapado en un sistema judicial que condena su inexpresividad como una falta más grave que el crimen que cometió, ofrece uno de los reflejos más fieles de la confusión y el sinsentido que definieron al siglo pasado.

Esta fecundidad creativa en tiempos de guerra arroja además la obra de teatro Calígula (1944), que indaga las depravaciones del poder tiránico. También El mito de Sísifo (1942), uno de los ensayos más agudos acerca del suicidio, que, según Camus, es el único problema filosófico verdaderamente serio.

La visión del absurdo esbozada por Camus hacía eco de la Francia dominada por el régimen títere de Vichy, y del espíritu renuente que unió a intelectuales como Sartre, de Beauvoir y él mismo, militante desde su puesto editorial en Combat, el periódico de la Resistencia. No obstante, en los primeros meses de la posguerra se trazó la línea divisoria que puso fin a la amistad. El primer desencuentro se dio por los juicios públicos a los colaboracionistas franceses. En específico, el del editor Robert Brasillach, a quien Camus –férreo opositor de la pena capital, la tortura y los abusos estatales– intentó salvar de la ejecución con una petición de gracia. En cambio, Sartre y de Beauvoir comulgaron con el fusilamiento de Brasillach: la muerte del traidor como la única vía para saldar cuentas con las víctimas. Etapa que inspiró a La Peste (1947), alegoría de la ocupación y de la maldad colectiva que surge ante la incertidumbre. 

Para Sartre y de Beauvoir, los abanderados de la littérature engagée, la historia permitía excesos si en el futuro se vislumbraba la promesa del comunismo. Camus no tardaría en demarcarse de estos cánones. La apostasía le valió ser tratado como un leproso por la pareja y su legión de seguidores. Lo cual no impidió que Camus siguiera distanciándose de la revolución, indignado por el hallazgo de campos de concentración en la Unión Soviética. “El heroísmo y la santidad no me atraen”, dice el médico Bernard Rieux, protagonista de La peste, en una frase que trasluce el ánimo individualista de Camus.

De este desencanto se nutre Los justos (1949), obra teatral ambientada en la Rusia zarista, la cual cuestiona el asesinato en nombre de la libertad. Un tema que profundiza El hombre rebelde (1951). En este ensayo, Camus alega: “La filosofía puede ser utilizada para cualquier propósito; incluso para transformar a asesinos en jueces”. La impiadosa reseña que le dedicó Les temps modernes, provocó aquel feroz duelo entre Sartre y Camus, seguido por el mundo entero. El asunto no tardaría en volverse personal: “Nuestra amistad no era cosa fácil, pero he de lamentarla”, escribió Sartre en una de sus misivas. Camus, malherido, le confesaría a su amante María Casares haber perdido el gusto de vivir.

Puede que el enfrentamiento drenara a Camus, pero no lo hizo batirse en retirada. Por entonces, recién asomaba la verdadera dimensión del terror estalinista, que sepultaría a más de veinte millones de víctimas. Cuando se desató la revolución húngara de 1956, la Unión Soviética masacró a los insurrectos con el envío de cuatro mil tanques y bombardeos aéreos. Tres mil húngaros perdieron la vida, entre ellos el primer ministro Imre Nagy, quien fue enviado a la horca. Camus se compró el pleito ante las Naciones Unidas, llamando a los estudiantes e intelectuales a protestar contra la carnicería.

“Cuando el espíritu está encadenado, el trabajo está sometido, el escritor está amordazado, cuando el obrero está oprimido y mientras la nación no sea libre, el socialismo no libera a nadie y subyuga a todos”, pronunció en uno de sus discursos memorables. “Lo que define a la sociedad totalitaria, de derecha o de izquierda, es ante todo el partido único, y el partido único no tiene ninguna razón para destruirse a sí mismo. Por eso, la única sociedad capaz de evolución y de liberalización, la única que deba conservar nuestra simpatía, crítica y activa a la vez, es aquella donde la pluralidad de partidos es una institución. Solo esta permite denunciar la injusticia y el crimen, y por lo tanto corregirlos. Solo esta permite hoy denunciar tortura, tan innoble y despreciable en Argel como en Budapest”.

El malentendido            

El hombre rebelde apareció en plena Guerra Fría, una época en la que un libro podía ser causa de muerte. Leerlo, esconderlo en una biblioteca y, sobre todo, escribirlo. Época en la que un intelectual era capaz de mover las agujas de la política internacional con la defensa de una causa. Más aún si se trataba de un Premio Nobel de Literatura, distinción que le fue concedida a Camus en 1957, poco después de amparar la defección húngara. Camus propició uno de los golpes de imagen más perjudiciales para la URSS.  

El crítico Simon Leys revela que, para Camus, el Nobel fue “una distinción abrumadora que, lejos de reconfortarlo, lo desarmó”. Y que le granjeó varios enemigos, como ilustra el libro Camus debe morir. Entre ellos, el ministro de Relaciones Exteriores soviético, Dmitri Trofimóvich Shepílov. 

De aspecto intimidante, Shepílov era uno de los hombres fuertes del estalinismo. Hizo carrera como director de Propaganda, cargo que lo convirtió en uno de los censores más implacables de la Unión Soviética. Fue la némesis de compositores como Sergei Prokofiev y Dmitri Shostakovich. Shepílov no se amilanaba ante las denuncias contra el régimen al cual servía. “La tierra sigue girando”, repetía impasible.

El asunto era muy distinto cuando leía las columnas de Camus para Franc-Tireur, en las que era denunciado con nombre y apellido. “Cuando el ministro Shepílov osa escribir que el arte occidental está destinado a descuartizar el espíritu humano y a formar asesinos de todas las especies, es tiempo de responderle que nuestros escritores y nuestros artistas, al menos ellos, no han asesinado jamás a nadie y tienen en cualquier caso la suficiente generosidad para no acusar a la teoría del realismo socialista de los asesinatos encubiertos y ordenados por Shepílov y sus similares”, escribió Camus sobre aquel hombre que representaba todo aquello a lo que se oponía. El burócrata, por supuesto, nunca se lo perdonó.

En la Guerra Fría, la KGB podía perseguir a sus disidentes hasta los rincones más lejanos del planeta. Secuestrarlos, torturarlos, desaparecerlos. Orquestar accidentes, usar los famosos “paraguas búlgaros” cuyas puntas disparaban dardos de ricina, para luego maquillar los crímenes como muertes naturales. En aquel diario hallado por Giovanni Catelli, el cual dispara la pesquisa de Camus debe morir, el checo Jan Zábrana anota una revelación: “De un hombre que sabe muchas cosas, y tiene fuentes por las cuales conocerlas, he oído una cosa muy extraña. Él afirma que el accidente vial en el que murió Camus, en 1960, estuvo organizado por el espionaje soviético”.

Según el testimonio, la orden llegó del propio Shepílov, poco después del artículo que Camus publicó en marzo de 1957. A pesar de que el ministro fue retirado del cargo por participar el golpe contra Nikita Jruschov –quien se proponía denunciar los crímenes del Stalin y conceder libertades al Bloque Soviético–, el plan ya estaba en marcha. Se dice que la policía secreta tardó tres años en dar con un dispositivo que pudiera perforar a distancia el neumático del Facel Vega que Michel Gallimard manejaba a toda velocidad.

“Aquel hombre se negó a decirme cómo logró obtener tal información”, reza el diario rescatado por Catelli. “Pero sostuvo que es totalmente confiable y que él sabe con certeza absoluta y sin ninguna duda que las cosas fueron exactamente así. Que ellos tienen a Camus en la conciencia”.

Los justos

“Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo”, pronunció Camus en su discurso de aceptación del Nobel. “La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Camus siempre lo intentó, haciendo de su propia vida un acto de rebelión que ni el estalinismo, ni los colonialistas franceses ni los extremistas islámicos lograrían silenciar.

Lo corrobora un ensayo de Mario Vargas Llosa para la revista mexicana Plural: “Solo un hombre venido de lejos, desenterado de las modas, impermeable al cinismo y a las grandes servidumbres de la ciudad, hubiera podido defender, como lo hizo Camus, en pleno apogeo de los sistemas, la tesis de que las ideologías conducen irremisiblemente a la esclavitud y al crimen, a sostener que la moral es una instancia superior a la que debe someterse a la política y a romper lanzas por dos señoras tan desprestigiadas ya en ese momento que su solo nombre había pasado a ser objeto de irrisión: la libertad y la belleza”.

Con los años, tantos jóvenes sartreanos se pasarían a las filas de Camus. Su vigencia queda demostrada por cómo El hombre rebelde es capaz de seguir incomodando, o la manera en que La Peste resurge como fenómeno de ventas  por el virus de Wuhan. Frente a la muerte, el propio Sartre dejaría de lado las rencillas para honrar la lucidez del amigo perdido: “No escribí una sola línea sin pensar en cómo la juzgaría él”.

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