Declaración necesaria

Días contados, de Luis Jochamowitz y Rafaella León es un libro que conspira contra el violento paso del tiempo e intenta ofrecer una explicación de la pandemia que nos golpeó el verano de 2020. Esta crónica en conjunto ofrece, cuando aún todo es muy pronto, algunas certezas necesarias para seguir caminando. Hoy en websalvaje, te ofrecemos el inicio.

La preparación de este libro comenzó en abril del 2020. Nos propusimos escribir una crónica política y sanitaria sobre los primeros meses de la pandemia, fijamos el mes de julio como límite temporal de la investigación, lo terminaríamos a fin de año. Sería un libro de emergencia, ¡estaban sucediendo tantas cosas! Todo lo que viniera después de julio quedaría fuera del relato, nosotros no volveríamos a intentar algo tan insensato como contar una pandemia que recién
comienza. Estábamos —como todos— profundamente equivocados, pero nos lanzamos a la tarea llenos de ilusión, casi con furia. Lo único bueno de estar equivocado es que en ese momento uno no lo sabe.

El presidente Martín Vizcarra manifestó que es momento de sumar esfuerzos para superar la pandemia del coronavirus. (Foto: Presidencia).

Era abril del 2020, los días en que Martín Vizcarra salía a diario en la televisión. Por un instante pareció posible encontrar una salida relativamente benigna en medio de la emergencia en pleno desarrollo. El aire sobre las ciudades se había limpiado en unos pocos días, la naturaleza regresaba, los hombres y mujeres del mundo, encerrados en sus casas, conocían lo que los jesuitas llamarían espíritu de contrición y enmienda. ¿Y si el Perú lograba hacer frente a la tormenta que se acercaba? ¿Qué salto hacia adelante podría esconder esta sorpresiva crisis? La ilusión no podía durar demasiado tiempo.

Abril era solo un deseo; ya en mayo y junio era claro que, en realidad, no había forma de salvar el pellejo: el virus nos barrería. Pero aún se aguardaba la ilusión de asistir a una lucha sostenida, llena de errores, sin duda, pero que se irían corrigiendo conforme fuéramos aprendiendo en la experiencia. Como en tantas cosas, estábamos equivocados otra vez.

COVID-19: gremio médico peruano se declara en huelga por falta de insumos |  Coronavirus | DW | 26.08.2020
El 26 y 27 de agosto, el gremio médico peruano se declara en huelga por falta de insumos. (Foto: Getty Images/AFP).

Hacia julio el ánimo era diferente. Las líneas de la investigación sanitaria (pruebas, rastreo, equipamiento, oxígeno; apenas se hablaba entonces de vacunas) y los frentes de la política (bonos, organización, comunicación, oposición, liderazgo) mostraban simultáneos y sucesivos fracasos. Como explicó una carta pública, la situación inicial desde la que se había partido era mala, pero la respuesta era inferior aun a la que se podía esperar. Lo malo se convertía en pésimo. No estábamos frente a una historia épica de médicos y políticos, sería un relato amargo y desolador. Pero ni siquiera entonces podíamos imaginar la magnitud del derrumbe que ocurriría en los siguientes meses. Aprendimos duramente con la experiencia, y no obstante, por eso mismo, seguimos sosteniendo los sentimientos con los que nos lanzamos a relatar la pandemia. Nadie podrá culparnos de frialdad cuando todo ardía, de complacencia ante la mediocridad, o de traficar políticamente con una gran tragedia colectiva.

Pero todo eso vendría después, en el amargo final que no cesa. Al principio estábamos poseídos por un sentido de la urgencia que nunca antes habíamos conocido. Sucedían demasiadas cosas en el mundo, en el Perú, en nuestras vidas (nada queda fuera de la pandemia), que sentíamos la necesidad de hacer lo único que podíamos: escribir un relato lo más claro, vivo y verídico posible de lo que ocurría. No podíamos comprender aún que era la historia más difícil y
arrolladora que encontraríamos en nuestras vidas, una historia que apenas se podrá comenzar a contar cuando todo haya terminado, que abarca más de lo que los conocimientos, las emociones o la imaginación actual alcanzan a considerar. Y que, sin embargo, era imprescindible escribir.

Nuestro impulso era también un acto de salvación personal. Durante los largos meses de confinamiento sentimos que teníamos un propósito y nos sujetamos a él. Pero también fuimos comprendiendo que estábamos construyendo una balsa para lanzar al mar, cuando todo naufragaba. Las historias escritas hacen su parte en la emergencia, ordenan el caos dándole sentido, pueden documentar el mal y detenerse ante la virtud, que a veces no es escasa. Permiten comprender y aprender, son necesarias. Las palabras pueden incluso convertir una derrota completa en una victoria secreta que solo el tiempo dejará apreciar, una depuración por medio de la realidad y su reconocimiento, por muy doloroso que sea. La pandemia nos puso a prueba y mostró, bajo la nueva luz que solo las grandes tragedias pueden proyectar, el estado preciso de la colectividad que somos, la imposible, la recóndita República del Perú que marcha entre abismos hacia su soñado destino. Por eso también escribimos este libro.

Somos conscientes de nuestras limitaciones, ¿alguien acaso puede comprender realmente una pandemia? Llegamos después que los reporteros, que todo lo ven aunque no lo observan, pero antes que los historiadores, que necesitarán años para comenzar a ordenar lo que es puro caos. Es la tierra de nadie, cuando los hechos acaban de ocurrir, pero todavía no han sido contados y a veces faltan las palabras para describirlos. Insistimos usando los viejos instrumentos de la crónica: la entrevista, la observación, la lectura, la revisión de los archivos, la experiencia vivida, propia y ajena, el recuerdo directo o escuchado, la imaginación del recuerdo, el afecto y la ira, la crítica y la compasión. Solo la pandemia es perfecta, su relato es aproximado, a veces, confuso y hasta deforme. Con el paso del tiempo se escribirán libros más completos y exactos. Aspiramos, sin embargo, a que este sea el más urgente.

Perseguimos la crónica política y sanitaria de la pandemia, aquella que transcurre donde se supone se concentran el conocimiento y la información para tomar decisiones que afectan a millones de personas; es decir, el poder. El terreno ha sufrido enormes erosiones desde que todo comenzó, la política ha sido uno de los teatros de guerra más salvajes. De hecho, Martín Vizcarra es el único presidente latinoamericano caído en el estrés del primer año de la emergencia. No hemos buscado atacar o defender a nadie, aunque eso no siempre ha sido posible cuando se cruzan estos páramos. Hemos preferido siempre la contención en medio del griterío.

Lo último que quisiéramos, sin embargo, es que el lector encuentre aquí alguna razón para sentirse aplacado o en paz. Al contrario, queremos mostrar un desastre, un completo desastre, uno de tal magnitud que aquellos que ya vivieron al menos la mitad de sus vidas nunca recuperarán del todo lo que perdieron. Aunque, tal vez, las más duraderas cicatrices las llevarán los más jóvenes. La república de 200 años mostró sus infinitas carencias, todas sus ignorancias mutuas. El virus no solo arrasó los hospitales, también lo hizo con la vida colectiva y privada, la libertad y la movilidad de las personas, sus sentimientos, la economía, el trabajo, la política, el Estado y todo aquello que hasta ese momento cubría con piedad o hipocresía la realidad que somos. La COVID-19 royó nuestras apariencias con una eficacia pasmosa. Medidos por la realidad implacable de la crisis, trastabillamos y caímos. Estamos ahora, o deberíamos estar, en el momento del crujir de dientes.

Durante algunos meses, cuando bajó la marea alta de agosto del 2020, esa realidad nos estalló en la cara. Luego, lentamente, el tiempo hizo su trabajo; en verdad somos capaces de soportarlo todo. Por un momento pareció que ya habíamos pasado lo peor, pero la segunda ola y el desconocido futuro nos recordaron que no había escapatoria posible. La experiencia vivida supera nuestra lábil memoria. El tamaño del desastre es tan grande que, cuando termine, se necesitarán años para comprenderlo. Su resolución marcará nuestra existencia colectiva de modos que ahora no podemos anticipar. Y si, dentro de poco o mucho tiempo, la bicentenaria república colapsa bajo el peso de sus demasiadas fallas, se podrá decir sin exagerar que esos meses —que comienzan con los idus de marzo del campal año del 2020— hicieron su parte.


Luis Jochamowitz | Rafaella León
Chorrillos, abril 2021

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