Crítica, escritores y violencia política

Lituma en los andes, La hora azul, Abril rojo, Candela quema luceros, Radio ciudad perdida, Rosa cuchillo, Retablo, entre otras novelas, dan cuenta de un género literario: la narrativa de la violencia política. Sin embargo, ¿qué entienden críticos y escritores por esta? Una idea extendida entre la crítica académica y periodística, escritores y editoriales es que existe un cuerpo orgánico de textos literarios cuyo tema central es la representación de la insurrección armada de Sendero Luminoso y el MRTA, la respuesta organizada de las rondas campesina y la represión de las Fuerzas Armadas.

En su artículo «¿Literatura de la violencia política o la política de violentar la literatura?» (Ajos & zafiros, número 8-9, 2007), Miguel Ángel Huamán, profesor de la facultad de Letras de San Marcos, evidenció una cuestión que para gran parte de la crítica nacional no había sido atendida: ¿a qué se llama literatura de la violencia política? Huamán objetó que este sea un fenómeno literario producto de una espontánea inquietud de los escritores por crear ficciones sobre este tema. Por el contrario, consideró que se trata de un fenómeno concebido con arreglo a intereses extraliterarios, concretamente, por una agenda promovida desde los medios de comunicación y el mercado editorial hegemónicos. Asimismo, discutió que la idea de violencia política se restrinja exclusivamente a la confrontación entre subversivos y Fuerzas Armadas, ya que otros sucesos (feminicidio, inseguridad ciudadana, conflictos sociales, represión estudiantil y sindical, etc.) califican como violencia política, pero no son habitualmente incluidos dentro de esta categoría. Desde la óptica de Huamán, sostener esa visión sobre la violencia política perjudica la autonomía del crítico, quien deliberadamente o no, en vez de confrontarlos, se alinea con intereses económicos dominantes que construyenuna representación tendenciosa del conflicto interno. Esta interpretación de la literatura dela violencia política demuestra una tendenciacreciente en la crítica por la cual esta actividadse reduce a una maquinaria productora detextos que eventualmente podría revestir denotoriedad al crítico, pero de ninguna maneraha servido para advertir que el supuesto boom literario de la violencia política es más, aunque no totalmente, una demanda del mercado editorial que una desinteresada expresión artística; y que la crítica, en general, ha sido cómplice de esa demanda comercial.

¿Por qué sucedió esto? A lo mencionado por Huamán agregaría la prisa de la crítica literaria por nivelar su retraso respecto a las ciencias sociales. El interés de la crítica peruana en la violencia fue posterior a las indagaciones sociales, iniciándose casi una década después del final del conflicto. Otra explicación se halla en una formación académica sumisa ante los marcos teóricos de moda, lo cual produce críticos dóciles que conceden mayor importancia a la teoría que a sus objetos de estudio, ignorando que un trabajo de investigación riguroso consiste en hacer avanzar la teoría reajustando sus fundamentos, no venerándola. De otro lado, estos enfoques anteponen una lectura políticamente correcta de los textos que ficcionalizan el conflicto armado interno. En consecuencia, se interpreta lItuma en los andes como un descargo novelístico del Informe Uchuraccay, y cobra fuerza la idea de que Vargas Llosa desprecia el mundo andino; que la hora azul expresa una visión de la burguesía limeña por la cual se acalla el horror de la violencia o se asume que la reparación material a las víctimas bastaría para superarla; o que Abril rojo es una novela policial sobre la violencia política escrita para un lector del Primer Mundo.

Y a pesar de que desde la crítica literaria contemporánea es un consenso admitir que la literatura no puede ser abordada como un documento que certifica la verdad sobre un acontecimiento, los comentarios antes mencionados son resultado de una fuerte presencia de la antropología, la historia, la ciencia política y la sociología que obvian el modo cómo la literatura inventa realidades verosímiles, mas no verdaderas. Es decir, se ha leído estas novelas referencialmente, con la obra en una mano y con el manual de la corrección política en la otra. Este tipo de crítica sentencia qué merece ser llamado literatura de la violencia política y qué no, cuáles son sus autores y cuáles no, y quién posee la autoridad para evaluar esos textos y quién no, lo que finalmente no favorece una discusión sobre tema, sino que, a lo sumo, dota de protagonismo al crítico.

La crítica de los escritores identificados con una interpretación política del conflicto armado también ha generado comentarios semejantes a los de la crítica académica, pero enfatizando otra cuestión: ¿quién está autorizado a escribir sobre violencia política en el Perú? En «¿Narrativa de la violencia política o disparate absoluto?», el escritor Dante Castro contempla como errores en Abril rojo las divergencias entre la realidad narrada y la histórica: que Santiago Roncagliolo no se haya informado sobre la estructura del Poder Judicial, pues no existen fiscales distritales como Félix Chacaltana, sino provinciales; la confusión del lema institucional de la Guardia Civil con el de la PNP; y la confusión de las FFAA que combatieron la subversión (el Perro Cáceres es un sinchi, miembro de un cuerpo antisubversivo de la policía, pero después figura como oficial del Ejército Peruano).

Para el escritor Ricardo Vírhuez la experiencia directa de la violencia autoriza a quien la vivió a escribir sobre este tema, en contraste con aquellos que no la conocen «en carne propia». En «Abril rojo»(2010) de Santiago Roncagliolo, se refiere a la tendencia narrativa que agrupa a los escritores peruanos consagrados por los medios de comunicación, el mercado y las grandes editoriales como «una curiosidad literaria», escritores que Vírhuez sitúa políticamente a la derecha, quienes escriben sobre la violencia política, un tema que, en su opinión, desconocen profundamente. aBrIl rojo, la hora azul y lItuma en los andes le provocan una «carcajada interior», debido a las confusiones sobre la realidad andina. Cierra su comentario afirmando que los escritores «criollos» escriben mala literatura.

En «La narrativa sobre la guerra: apuntes iniciales», el Grupo Literario Nueva Crónica clasifica las tendencias narrativas sobre la literatura de la violencia política: por un lado, escritores en cuyas novelas se deforma a los revolucionarios y la guerra popular; por otro, una literatura que refleja con veracidad el impacto de la guerra en la vida del país y los esfuerzos del pueblo por construir un nuevo orden; por último, la literatura del «justo medio», que –aunque se presenta como imparcial, distanciándose de las partes en conflicto, Fuerzas Armadas y revolucionarios, para mostrar y evaluar los hechos y personajes– en su opinión termina por hacerle el juego a los opresores del pueblo. Su propuesta se apoya en una interpretación del hecho literario desde la ortodoxia marxista-leninista-maoísta, según la cual la calidad de una obra literaria se aprecia en tanto las luchas del pueblo sean protagonista de la obra y estén representadas de acuerdo a la verdad histórica.

Detrás de los comentarios de Dante Castro, Ricardo Vírhuez y Nueva Crónica (aparecidos en SasachaKuy tIempo. memorIa y pervivencia. Ensayos sobre la literatura de la violencia política en el Perú. Mark Cox, editor. Pasacalle, 2010) está la discussion de lo que significa ser escritor en el Perú. Prueba de ello es que ingenuamente identifican a Vargas Llosa, Cueto y Roncagliolo con las tropelías, prejuicios o estereotipos de sus personajes; establecen la calidad de sus novelas de acuerdo a la ideología política, clase social y prestigio editorial de los autores; las comparan con una versión particular de la historia que toman por objetiva; y concluyen que estos autores y sus obras no forman parte de la literatura de la violencia política, ya que una correcta novela sobre este proceso sería, a su entender, aquella que refleja la realidad histórica fielmente; aparte de exigir como condición para el escritor que se aproxime a este tema la experiencia «en carne propia» de la violencia y el mundo andino.

Una novela que descoloca las premisas que la crítica literaria nacional y escritores en general han venido sosteniendo sobre la literatura de la violencia política es El nido de la tempestad, de Yuri Vásquez. La historia se desarrolla en Arequipa, donde la acción bélica no fue trascendente, y acontece durante el último quinquenio del gobierno militar. Por ello, ejecuciones arbitrarias, juicios populares, torturas, violaciones, masacres de comunidades y confrontaciones bélicas entre subversivos y FFAA están ausentes en la narración. Características que le imprimen singularidad en comparación con las novelas antes mencionadas, porque se desmarca de una representación circunscrita a la insurrección de los movimientos subversivos o a la represión de las FFAA sobre la población civil. La novela de Vásquez expone un vasto panorama de las variables que componen la violencia política: racismo, desigualdad socioeconómica, autoritarismo, conservadurismo, machismo, violencia de género y pugnas ideológicas, todas estas superpuestas entre sí, las cuales fueron germinando históricamente la brutalidad demencial que irrumpió en los ochenta y noventa hasta un punto de no retorno, a partir del momento en que los más perjudicados por la violencia estructural decidieron subvertir las relaciones de poder mediante la violencia armada. Es así que esta novela traza una genealogía de la violencia desde la Independencia hasta bien avanzada la República.retaBlo, de Julián Pérez Huarancca, es otra novela que discute presupuestos ampliamente extendidos, en este caso, respecto al modo dominante de abordar la memoria de la violencia y la representación del sujeto subversivo. Durante el proceso de reconstrucción de su memoria, Manuel Jesús, protagonista del relato, halla las claves para explicarse el presente al descubrir que la clave de su tragedia personal está en la violenta historia de Pumaranra, en la historia de agresiones contra su familia y su padre, y en el desenlace fatal de su hermano Grimaldo, quien lideró una columna de subversivos. La reconstrucción, en un solo relato de la memoria de estas historias dispersas es posible gracias a que su evocación les da continuidad y sentido integral: no hay un ánimo de sentenciar, sino un esfuerzo por comprender. Solo de esta manera, y luego de un balance del pasado, podría situar ese momento crítico y trabajar en su reparación tras comprender las circunstancias que lo produjeron.

Críticos que reducen su oficio al oscurantismo académico o a la publicación de sentencias y escritores que sujetan la Literatura a la historia son las dos caras de una misma moneda. Ambos olvidan que la literatura puede ayudar a comprender la realidad, pero no reflejándola miméticamente, no siendo un auxilio de la historia o las ciencias sociales ni esperando su anuencia, sino rebelándose contra lo que la realidad sanciona como definitivo.

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