Colson Whitehead, ferrocarriles debajo del Apocalipsis

Por J. J. Maldonado


Lo primero que sorprende del novelista norteamericano Colson Whitehead es su plasticidad narrativa. En épocas donde los escritores parecen ir sobre seguro y mantener un tema y tono unívocos, esta cualidad podría parecer casi un milagro estético. Algo que de entrada ya se agradece. Whitehead, a través de su escritura, ha encontrado una voz elástica que lo hace saltar de un género y estilo narrativo a otras posibilidades con una facilidad que pasma tanto por la solvencia con que acomoda los registros, parasitándolos y renovándolos a su propio gusto, sin caer jamás en lo fingido y artificioso, sino más bien alcanzando la conquista absoluta de las formas que se propone.

Desde su brillante debut en 1999, Colson Whitehead no ha dejado de seguir esta consigna y cada entrega suya es una novedad inesperada, artefacto irrepetible dentro de la construcción de su propia obra. Si con La intuicionista, su primera novela, lleva a sus lectores hacia el universo conspiratorio de los reparadores de ascensores (los “intuicionistas”) bajo una trama policial y de intriga en los paranoicos parámetros de Thomas Pynchon, con inspectora negra y todo eso, en su segundo libro, Jonh Henry Days, hace entrega de una suerte de hagiografía enciclopédica del legendario John Henry, ese “hombre de acero” negro que trabajó construyendo el ferrocarril C&O y que luego fue celebrado en baladas de folk. En El coloso de Nueva York, por otra parte,lo vemos ensayando de pronto sobre la ciudad en un recorrido visual por el paisaje urbano que, desde la perspectiva del autor, se entremezcla en los estados del realismo más puro hasta lo alucinatorio y fantástico. En Sag Harbor explora la vida rica y yuppie de adolescentes negros al mejor estilo de Menos que cero de Bret Easton Ellis, un realismo muy pop y referencial, además de la cuota casi autobiográfica con las vivencias de Whitehead en un balneario llamado Sag Harbor al donde iba a vacacionar con sus amigos. En Apex Hides the Hurt, lo vemos en su vena más humorística, contando la historia de un consultor de nomenclaturas que se encarga de crear nombres memorables para nuevos productos de consumo. En 2006, esta novela fue considerada por la crítica como uno de los mejores libros de humor negro y de sátira capitalista de los últimos diez años. Luego, llegaría Zona Uno, quizá su primer bestseller y su terco precepto de no repetirse y explorar nuevos caminos: una historia de zombis en un Manhattan postapocalíptico. Pero quizá los libros que lo han consagrado como autor de alta literatura, son los multipremiados El ferrocarril subterráneo y Los chicos de la Nickel, el primero sobre los tejemanejes de la esclavitud negra en Estados Unidos, con las cláusulas muy latinoamericanas del “Realismo Mágico”, y el segundo, sobre la brutalidad y el racismo dentro de un reformatorio (Academia Nickel) que se vanagloria de convertir a sus internos –apunta de horrores y mecanismos nazis– en hombres de bien para la sociedad norteamericana. Como puede apreciarse, cada uno de estos títulos se distingue por ser temática y formalmente distinto a su antecesor, aunque no deja de llamar la atención que el único denominador común entre todos ellos sea siempre la presencia de un protagonista negro metido en problemas.

A saber, Colson Whitehead es un escritor que no solo produce fascinación literaria, sino también se las ha arreglado para constituir una figura hipnótica y mediática que atrae la curiosidad de lectores ordinarios: fotos en las solapas de sus libros con vistosos dreaps, casacas de cuero y camisas de cuello abierto; peleas –con escupitajos e insultos de por medio– con escritores blancos consagrados[1] a causa de negativas reseñas literarias; una cuenta de Twitter muy activa; vida altamente privilegiada de yuppie norteamericano; hijo de una familia de exitosos empresarios en Manhattan y salido de la crema y nata de la Ivy League; encantador y ultrapop, amante de las tacitas con diseño, los funkos y todo tipo de merchandising referente a la cultura popular, y si es de zombis, mejor; ganador de la beca para genios de la Fundación MacArthur y siempre citado o recomendado por celebridades como Barack Obama y Oprah Winfrey. Todo este maremágnum de atributos extraliterarios, sumado a su solvencia artística, ha hecho de Colson Whitehead un personaje que se vende absolutamente solo, aunque quizá no como el mejor escritor de toda su generación, pero sí como uno de los más prometedores.

Con la publicación de El ferrocarril subterráneo en 2016, Colson Whitehead llegaría al momento más alto de su carrera literaria. Rápidamente se haría acreedor del National Book Award 2016 y del Pulitzer 2017, despertando una repercusión ya no solo signada a Estados Unidos, sino también a nivel internacional. Todo esto se consolidaría con la publicación de Los chicos de la Nickel en 2019, novela que le otorgaría nuevamente el Pulitzer a Mejor Obra de Ficción y lo uniría a esa cortísima lista de autores gringos que se llevaron dos veces este premio y entre los que figura artillería pesada como William Faulkner, John Updike y Booth Tarkington. 

En un reportaje para The New York Times, Colson Whitehead cuenta que mientras escribía El ferrocarril subterráneo tenía pesadillas por las noches; y, por las mañanas, a modo de mantra, colocaba sobre su escritorio de trabajo un tablero de menú anticuado con letras a presión que rezaban “Next–The Underground Railroad”. A esto agregaba una minibliblioteca de investigación con obras académicas de Eric Foner y Edwar Baptist, la Biblia, Beloved de Toni Morrison, un histórico diccionario de jerga afroamericana y el pesado tomo de derecho The New Jim Crow de Michelle Alexander. Sin embargo, nada de estos artificios pudieron jamás con las pesadillas que surgieron de la misma escritura y que, entre gritos, decapitaciones, azotes y violaciones, le hicieron vislumbrar los padecimientos de aquellos esclavos negros que, según Faulkner en Luz de agosto, fueron la propia maldición de Dios por haberlos este maldecido primero. Con ello, Whitehead confirmaría que, a veces, la escritura puede ser también un talento maldito.   

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El Ferrocarril Subterráneo fue quizá una las operaciones clandestinas más grandes de la historia de Estados Unidos en favor de la libertad de los esclavos afroamericanos durante la primera mitad del siglo XIX. Se trataba de una red de gente que ayudaba a los esclavos a escapar de las plantaciones y permitía que recorrieran cientos de kilómetros hacia los estados libres, dándoles dinero, alimentos y protección contra sus opresores. La expresión la acuñó un potentado esclavista quien, un día, tras sorprenderse de cómo uno de los esclavos de sus propiedades había desaparecido sin dejar rastro, dijo que era “como si se hubiera ido en un Ferrocarril Subterráneo”.   

A partir de ahí, un grupo de abolicionistas empezó a utilizar este nombre a modo de seña metafórica para sus actividades libertarias siempre al margen de la ley. Los miembros del Ferrocarril Subterráneo eran generalmente gente blanca del movimiento abolicionista, pero también participaban negros libres como la famosa Harriet Tubman, más conocida como la “Moisés de los esclavos”, quien ayudó a escapar a cientos de cautivos, regresó innumerables veces al sur esclavista e hizo pesar contra su cabeza una recompensa para ser atrapada viva o muerta.  

Historiadores como Howard Zinn han señalado que el Ferrocarril Subterráneo prestaba apoyo logístico para un recorrido desde el Sur de los Estados Unidos hasta Canadá. A través de mapas, refugios, cambios de identidad, guías y documentos falsos, más de mil esclavos por año eran salvados del infierno sureño. Sin embargo, muchas rutas de escape eran descubiertas por los cazarrecompensas y cientos de esclavos morían en el intento de fuga o eran devueltos a sus amos donde les esperaba el peor de los castigos: el cepo, la mutilación o el ser quemado vivo delante de todos. 

Por seguridad, los cómplices de esta red clandestina diseñaron un lenguaje secreto y propio para evitar ser descubiertos por las autoridades. Incluso se conocían solo por seudónimos y fingían ser esclavistas, pues en algunos estados ayudar a negros fugitivos estaba penado con castigos brutales y muerte en la horca. De esta manera, empezaron a cifrar términos ferroviarios en sentido metafórico para referirse a sus actividades.

Así, los  “conductores” o “maquinistas” hacían alusión a las personas que ayudaban a los esclavos. Los “pasajeros” se trataban de los negros fugados y las “estaciones”, casas particulares donde los fugitivos llegaban a esconderse, descansar, recibir asistencia médica e información para la siguiente etapa de su viaje. Los “carriles” eran las rutas de escape y la “Estación Central”, los estados libres del norte o Canadá. 

La periodista Kate Hodges en su libro Vidas extraordinarias hace mención a Harriet Tubman y describe así sus diversos viajes junto a los esclavos liberados por el Ferrocarril Subterráneo: “Viajaban de noche, descansando en graneros, bajo el suelo de las iglesias o en cuevas, escondiéndose de los cazarrecompensas y agentes de la ley. La señal secreta de Harriet era cantar el espiritual negro ‘Go Down Moses’ a distintas velocidades para indicar que era seguro continuar”[2]. Esta red libertaria funcionó hasta la abolición completa de la esclavitud tras la Guerra de Secesión, ganada por el Norte.

Ahora bien, si en la historia antiesclavista el término Ferrocarril Subterráneo fue constituido como una metáfora de la realidad, el gran hallazgo de Colson Whitehead es hacer exactamente lo contrario en la ficción, es decir, traducir esa metáfora histórica en una realidad literal: trenes corriendo realmente debajo de la tierra.  De ahí que en su novela aparezca una verdadera red de estaciones subterráneas, con sus andenes y túneles, con sus maquinistas y reparadores de vías, todo como en un cuadro alucinatorio en el que realidad y fantasía se entrecruzan para borrar sus fronteras y dar vida a la metáfora en la que una esclava llamada Cora se sube al tren para huir por un ferrocarril que retumba debajo de las plantaciones y que se extiende por el subsuelo hacia el más recóndito de los mundos: la sublimada libertad. 

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El ferrocarril subterráneo de Colson Whitehead tiene un argumento en apariencia simple y trillado: el escape de una esclava de todo un sistema opresor en el viejo sur de los Estados Unidos. La fuga, tópico revisado hasta el cansancio tanto en literatura como en cine, parece tomar de pronto nuevas connotaciones en el universo Whitehead, expandiéndose hacia otros valores de lineamiento moral, psicológico y estructural.

A través de un soberbio aprovechamiento de las formas, Colson Whitehead organiza la odisea de una fuga mezclando diversos registros –aventura, thriller, hagiografía, teoría social, ensayo, relato gótico, ciencia ficción, fantasía, estructura comic– con todo el kitsch del novelón de esclavos estilo El mundo conocido de Edward P. Jones. Si bien es cierto que El ferrocarril subterráneo sigue la historia de una fuga, esta variable se va deformando a causa de otros relatos que, mientras la irrumpen, configuran a su alrededor un aura mítica y multisensorial en busca de un todo narrativo. Una vez allí, el argumento implosiona en hechos centrales y definitivos, confundiendo varios destinos humanos –siempre lejanos entre sí– que a las finales terminan siendo copartícipes de la gesta principal del libro: la huida de Cora.

En consecuencia, la estructura de la novela no es lineal, por el contrario, es polígona, con ángulos en los que destacan interludios biográficos de otros personajes como Ajarray, Ridgeway, Caeser, Mabel y un joven médico ladrón de tumbas. Cada uno de estos relatos se va intercalando dentro de la historia principal y rompe el flujo cronológico con saltos temporales que van y vienen con absoluta autonomía, emancipados por completo de la columna vertebral del libro como si acaso no estuvieran enlazados a una secuencia, sino más bien yuxtapuestos a su libre albedrío. 

Solo así la novela va tomando forma a través de un presente continuo hacia diferentes estados del pasado, todo esto por medio de la valencia y habilidad de Whitehead para crear bisagras narrativas que posibilitan el paso de una época a otra con absoluta fluidez, sin hacer patente el artificio, sino invisibilizándolo a su punto máximo.

Con respecto al ritmo, la lectura de El ferrocarril subterráneo es como un viaje en montaña rusa: arranca de manera pasiva, con una prosa que se arrastra lenta y contemplativa, demorándose en los espacios y en la propulsión de los hechos; luego, el tono del relato comienza a trepidar, con una escala adusta y terrorífica en el que las circunstancias se alteran; después, más o menos a mitad de camino, el ritmo coge impulso y nos lanza hacia un vértigo mórbido que se apodera de todo, mostrando, ocultando, exagerando, en tal estado de caída libre que solo termina –y de manera gradual– en una nueva pasividad convertida en tristeza o abandono.

Aquí valdría la pena mencionar que cada capítulo está signado por una “Estación” del Ferrocarril Subterráneo. De modo que las paradas (Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Tennessee, Indiana, el Norte) son las encargadas de pautear la narración en su conjunto, incluso interviniendo en los tonos y ritmos. Se ha dicho hasta el cansancio que Toni Morrison confluye directamente con la línea escritural de Colson Whitehead, sentencia que, a primera vista, parece un poco inocente y peca de inexacta. Toni Morrison maneja un registro lingüístico mucho más lírico, en donde el idioma o la forma por momentos parecen exigir protagonismo; además, su tono tiende a crear efectos de contexto mítico o sagrado, confundiéndose con las inflexiones del Antiguo Testamento y de un lenguaje originario, privado, del que parece desprenderse todo. Quizá por eso no sea tan fácil acceder a sus historias, historias en las que el lector avanza como suspendido, un poco a ciegas, tratando de aferrarse a algún ángulo para no volver a dejarse soltar.

El estilo de Whitehead es todo lo contrario. Resalta por su claridad, sus frases cortas y su tono muy siglo XXI. Es curioso que una novela como El ferrocarril subterráneo, ambientada en un contexto decimonónico, se sostenga a través de un estilo narrativo muy pop, con todas las estandarizaciones lógicas que ello requiere: ritmo, modulación, dinamismo, referencias inmediatas, humor, soltura. Si Toni Morrison se vale del estilo mítico para la construcción de sus novelas, Colson Whitehead apunta hacia el estilo del bestseller –¿funcional?– para hacer exactamente lo mismo. Tal vez por eso también nos topemos en su escritura con algunos lugares comunes, frases cliché y una manía enfermiza por rematar una y otra vez cada párrafo con frases en apariencia ingeniosas y sarcásticas.

Casi de la misma manera se ha tratado de emparentar a Colson Whitehead con Gabriel García Márquez, y ello solo por la presencia maravillosa de un ferrocarril debajo de la tierra. Más allá de este hecho puntual, la referencia en los constructos narrativos es lejana, por no decir nula. Incluso podríamos decir que Whitehead no le debe nada al llamado “Realismo Mágico”. En cambio el que sí deja sus señas en El ferrocarril subterráneo es Thomas Pynchon. Encontramos allí, en la novela, el suceso paranoide y conspirativo que tan bien ha esbozado Pynchon en La subasta del lote 49 o El arcoíris de gravedad. Whitehead aprovecha al máximo esta constante pynchoneana y la traslada al siglo XIX, en donde juega con la idea del colofón apocalíptico de una raza, tejiendo toda una red de conspiraciones e intentos de control masivo por parte de un grupo de supuestos abolicionistas.

Para ello, Whithead se vale de una pequeña comunidad dentro de Carolina del Sur a donde llega Cora en una de las tantas paradas del Ferrocarril Subterráneo. En este sitio los negros cambian de identidad y todos son censados, alfabetizados y guiados por una compañía antiesclavista que tiene como centro de operaciones un extraño edificio de varios departamentos con ascensores y museos y espacios de investigación científica. ¡Y todo en pleno siglo XIX! El culmen del delirio llega cuando esta organización inaugura un hospital en donde, a través de artimañas, se empieza a esterilizar negros con el fin de que estos no aumenten y se rebelen contra el sistema. Pero no solo eso, también intentan controlar actitudes como la agresión sexual y la melancolía introduciendo “algunos ajustes” en el patrón reproductivo de los negros. La idea: “suavizar con el tiempo esos linajes africanos” para convertir a la organización en una de las empresas científicas más audaces de la historia. Desde luego, todo a espaldas de las víctimas, quienes son arrastrados como rebaño hacia las salas hospitalarias creyendo que los están protegiendo contra la sífilis.  

Este elemento conspirativo y paranoico se presenta también en otros contextos de la novela, como por ejemplo cuando empiezan a robar tumbas de negros para abastecer de cuerpos a los estudiantes del Instituto Anatómico de la Escuela de Medicina, lo cuales impulsan una “industria del cadáver” en pro de la ciencia. De esta manera, como en las novelas de Pychon, el narrador abandona el nivel de realidad objetivo y salta hacia la posibilidad hiperrealista, a un mundo por completo demencial, de total tensión e irreconocible a través de las experiencias racionales. He ahí uno de los logros más destacables de Whitehead.

Sin duda El ferrocarril subterráneo está lleno de toda la potencia y descripción escalofriante de las narrativas de esclavos. La violencia aparece en estado puro. Pero la esperanza también. El escritor no escamotea nada. Exhibe sin filtros una época que aún reparte sus vestigios en los Estados Unidos de hoy. “La única forma de saber cuánto tiempo te has perdido en la oscuridad es que te saquen de ella”, dice Whitehead casi al final del libro como perfecta alegoría histórica que conlleva a la siguiente pregunta: ¿de dónde viene esa oscuridad? La respuesta es terrible: viene de nosotros mismos. 


[1] Recuérdese la riña que tuvo con Richard Ford en una fiesta de escritores en Nueva York (2001), en donde el autor de Canadá no dudó en soltarle un escupitajo luego de decirle: “Has escupido mi libro, me has escupido a mí… Eres un mocoso, deberías madurar”. The Guardian: shorturl.at/nvwNO

[2] Kate Hodges, Vidas extraordinarias (Editorial Lunwerg 2018).

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