Desvíos para lectores de a pie

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Buensalvaje Ilustrado 17

Posted on octubre 6, 2015

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Visual

La fantasía de ser salvaje

Por Vera Lucía Jiménez


Durante el almuerzo, F me confía una idea nueva para su futura película. Mientras escribo, me doy cuenta de que estoy plagiando pasajes completos de nuestra conversación y no sé si seguir adelante. Para mi tranquilidad, estas ideas no son exclusivas de F. Tampoco mías. De hecho, fueron escritas siglos antes por cronistas españoles e incluso algunas de ellas han aparecido en varios ensayos de Rousseau. Esta circunstancia me ha hecho pensar que todos, sin excepción, nos hemos referido alguna vez al buen salvaje.
Un buen salvaje es una fantasía creada por el hombre occidental después de encontrarse por primera vez con el indio americano. Al verlo, pensó que había conocido al hombre en su estado natural e imaginó que sería noble e inocente. Después de darle varias vueltas al mismo asunto, veo que tanto para F como para la mayoría de intelectuales europeos, la idea del buen salvaje es el resultado de una falsa nostalgia. Digo falsa porque no es sincera: a nadie le gustaría regresar a un estado de completa ignorancia y dudo que alguien sintiera simpatía por otro hombre incapaz de razonar como él. Probablemente lo único honesto de esta fantasía sea lo que ella revela de nosotros: la añoranza de un tiempo en el que no éramos seres racionales. Pensar nos ha diferenciado de otras bestias, pero nos ha vuelto incapaces de alcanzar la felicidad.

Vera Lucía Jiménez (Lima, 1989). Es periodista y diseñadora gráfica egresada de la PUCP. Fundadora del taller de diseño La Cuche. Su trabajo ha aparecido en publicaciones como La Neif (México), MagCulture (Inglaterra) y Gráffica (España).


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El diente y la muñeca

Posted on octubre 6, 2015

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El diente y la muñeca

Texto Por Diego Arguedas Ortiz, Fotografía de David Bolaños


Dos meses después, conservo la risa de Dulce María en mi grabadora. Cuando reproduzco el audio número 180 suena la voz tranquila de su madre, Karen, y luego la de ella. Las dos hondureñas están exhaustas y tragan despacio una sopa. No tienen cordones en los zapatos y usan tiritas de aluminio para amarrarse el pelo. Estamos sentados en un refugio texano para migrantes mientras dos voluntarias gringas buscan calzado para Karen, pero pronto abortan la misión: demasiado grandes, demasiado chicos. Las estadounidenses se retiran con varios pares de zapatos. «Nos quedamos sin siete», anuncia una, y sale a buscar otros.
–Tengo un pie difícil –dice Karen, con la misma tranquilidad con que me dijo antes: «El camino es muy difícil».
Dulce María sonríe. Yo veo que le falta un diente.

·•·

Lo primero que le pregunto a Dulce María es por el diente. Tiene seis años. Cruzó el río Grande hacia Texas con su madre y su tía: perdió allá un diente de leche y aquí recibió una muñeca sin nombre. No me toca a mí decidir si es un canje justo o no, yo solo le digo que la muñeca no puede quedarse anónima por siempre. Antes, le pregunto: «Cuando se te cayó el diente, ¿estabas en el bus, en el carro o caminando?». Ella contesta que dormida. Lo encontró al despertar, en la cobija, y lo guardó en una cartera que dejó en México.
En Texas aprendí que a las niñas migrantes, como Dulce María, les suceden cosas tan terrenales como hallar un diente entre las cobijas. Tal vez ella ya lo sabía.

·•·

Karen y su hija toman la sopa. Tras semanas de viaje precario, no pueden comer nada pesado porque vomitarían, me dijeron en el albergue. No sé si a ellas les explicaron lo mismo. Por eso, cuando un voluntario que cumplía su último día repartió manzanas caramelizadas en señal de agradecimiento –incluso a nosotros, periodistas, a quienes no conocía–, las escondimos. Los migrantes que recién llegan, como ellas, no deben verlas. Primero deben acostumbrar otra vez su sistema digestivo.
Tras comer sigue el baño, pero Dulce María se rehúsa a entrar sin su muñeca. Suena lógico: Karen no dejará ir a Dulce María y ella no soltará su muñeca. Entonces intervengo: yo haré de niñero mientas estén en la ducha.
En mis manos, la muñeca apenas tiene peso. Al recorrerla, la siento más cercana a cojín que a juguete. Tiene las curvas toscas y huele igual que la ropa, las sábanas y los peluches en casa de mis abuelos. Es un honor raro tenerla.
Cuando David, el fotógrafo, me encuentra, he perdido momentáneamente una entrevistada y he ganado una muñeca.

·•·

La agenda del reportero pocas veces está a su disposición. En cualquier momento roban un banco, tiembla, renuncia un candidato.
En Texas, alguien me alerta de que están saliendo grupos de migrantes del refugio a la estación de autobuses para irse a otras ciudades y no volver jamás. Allá debemos ir. Ya.
¿Cuánto tiempo tardará Dulce María en la ducha? Soy el tutor legal de su muñeca. Me planteo llevarla conmigo, pero me aterra que salga con el pelo mojado para encontrar que no está.
Busco a una voluntaria que habla español y le digo: «Esta muñeca es de la niña que está bañándose». Renuncio a la custodia.

·•·

Los migrantes renuncian a todo menos a sí mismos. Dulce María y Karen dejaron en México sus bolsos, incluso el que llevaba el diente. Tras cruzar el río, la guardia fronteriza les quitó los cordones de sus zapatos y les incautó los artículos para el pelo. Quedaron ellas, su ropa y sus papeles.
Aquí intentan rearmarse. Antes de bañarse, las voluntarias le dieron a Karen dos sostenes. Cuando las reencuentro, tras volver de la estación, ella viste el correcto para su cuerpo y ha devuelto el otro. Ahora luce una camisa holgada y se ve linda. Karen tiene veintitrés años. A su lado, en la fila para transportarse a la estación, su hija abraza la muñeca y sigue sonriéndome con su boca sin un diente. Eso me alivia.
Yo necesito redimirme por abandonar la muñeca, entonces tomo la manzana caramelizada de mi bolso, me pongo de cuclillas y se la entrego a la niña. Algo les explico de que todavía no la coman, que la guarden. No sé. Karen le dice a Dulce María: «Agradézcale al muchacho», y ella me abraza.
En esa misma fila, Dulce María me llama. Me dice: «Ya tiene nombre», y yo le pregunto cuál es.
–Suzy –me dice.
Esa noche Karen y Dulce María tomarán un bus hacia Houston. Suzy irá con ellas. David y yo nos quedaremos en Texas unos días más, luego regresaremos a casa a intentar contar la historia.
El diente quedó en México, hasta donde pude averiguar


Diego Arguedas Ortiz (San José, 1989) es periodista del Semanario Universidad.
David Bolaños (Alajuela, 1993) es fotógrafo y periodista.

Cuento gráfico 17

Posted on octubre 6, 2015

Visual

«El grillo»

de Carlos Salazar Herrera


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Sergio Acuña (San José, 1986). Ilustrador y diseñador gráfico. Fue uno de los fundadores de la revista de cómics El Zarpe.


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Cuento gráfico 16

Posted on agosto 14, 2015

Visual

«El guardián entre el centeno»

de J.D. Salinger


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Cristina Zavala Portugal (Lima, 1985) es ilustradora. Edita sus propias publicaciones y es miembro del colectivo Los Únicos. También ha participado en exposiciones locales e internacionales.


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La luz y la noche

Posted on agosto 14, 2015

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La luz y la noche

Texto de Daniel Titinger, Fotografías de Santiago Bustamante


Santiago trabaja con una Hasselblad de formato medio, aquella cámara sueca famosa por captar las monstruosidades de la Segunda Guerra Mundial y luego partir en el Apolo 11 rumbo a la Luna, cuando el hombre la pisó por primera vez. Santiago dice que su Hasselblad –una caja negra y mágica, capaz de absorber los restos de luz en la noche más oscura– tiene una calidad óptica extraordinaria, pero igual podría no decir nada y su fotografía quieta, sombría y solitaria, como de paisajes que sobrevivieron a una catástrofe nuclear, revelará lo mismo: una calidad óptica extraordinaria, que en este caso no es responsabilidad de la máquina –un fusil también podría ser un burdo pisapapeles–, sino de quien la disparó.

Santiago dice que la soledad de sus imágenes es la suya, pero no se trata –añade– de la soledad vista como falta de compañía, sino de una soledad ontológica, existencial. En sus fotografías, el ser humano existe, pero es apenas un rumor, un fantasma, algo –alguien– que estuvo ahí hace poco –dos segundos, un año– y que se esfumó súbitamente, dejando un destello que solo la fotografía percibe. Hay sordidez, dice él, hay abandono, una sensación que se intensifica por la decadencia de los espacios –la pared descascarada, el grafiti pandillero, el panel vacío– y porque el mismo artista, Santiago, se siente así.

La fotografía, dice, es una catarsis. La fotografía cura.

Santiago asegura que no todas sus imágenes son nocturnas, pero que empezó a trabajar de noche porque la luz limeña es pálida, le teme al contraste, huye de la saturación como un perro miedoso. Fotografiar la noche, dice, fue como descubrir un mundo nuevo, y recién ahí pudo reinventar la ciudad como la imaginaba: la soledad, la decadencia, esos colores que parecen trazados con un pincel de neón. Hace pocos meses colgué en la pared de mi sala una de sus fotos. La fotografía de Santiago transporta y exorciza. Hace pocos días le hice unas preguntas sobre su trabajo por correo electrónico.

Santiago dice que fotografía significa, etimológicamente, dibujar con la luz.


Santiago Bustamante (Madison, 1974) es fotógrafo artístico. Ha mostrado su trabajo en varias exposiciones individuales y colectivas en Lima, Nueva York, Philadelphia, Massachussets, Berlín, etc. Varias de sus piezas están en la colección de la Sociedad Histórica de Nueva York y en la Librería del Congreso de los Estados Unidos.
Daniel Titinger (Lima, 1977). Es periodista. Ha dirigido la revista Etiqueta Negra y el diario deportivo Depor. Sus crónicas han aparecido en diversas antologías, y en los conjuntos Dios es peruano y Cholos contra el mundo. Este año publicó Un hombre flaco, extenso perfil sobre Julio Ramón Ribeyro.

Buensalvaje Ilustrado 15

Posted on abril 23, 2015

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Visual

Buensalvaje Ilustrado

Por Angélica Parra


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Una máquina. Una máquina pensante, capaz de leer muchos libros, con un cerebro electrónicoal que se le ha enseñado a pensar, a ser considerado. Una maquina creada paraser imperfecta, como un humano,pero con un corazón positrónico noble. Un buensalvaje,un hombre eléctrico al que podría educar, enseñarle a saludar cuando entra aun ascensor o a dar las gracias cuando recibe algo de otros. Enseñarle a ser empático y estar dispuesto aayudar a los demás. La máquina buensalvaje perfecta es el ser humano, pero algunosse rehúsan a aprender a vivir en sociedad, a compartir opiniones con los demás sin que todo sevuelva una guerra de imposición.Porque, a veces, toda una vida humana no sirve para dejar de ser salvaje. Entonces, tal vez una vida robot, que empieza conociendo los básicos conceptos de serun buen ciudadano,haga la diferencia. ¿Se sentiría mal si una máquina es más humanacon los demás que usted mismo? Yo estoy segura de eso.Pero mi robot bueno y a la vez salvajeestará allí, a su lado, enseñándole lo que usted aún no ha podido aprender, pese a convivir con miles de humanos cada día. Le enseñará a ser bueno y a tener un corazón salvajemente eléctricoque palpite trepidante al ritmo de la vida, que valore la convivencia con otros como él –y con otros que no son como él, desde luego–, y que no entienda de palabras ofensivas como «anormal», «raro» o«extraño». Una máquina que entienda la belleza de un gesto de humanidad

Angélica Parra «Mind of robot» (Cali, 1984). Editora gráfica e ilustradora, creadora de robots.


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Cuento gráfico 15

Posted on abril 23, 2015

Visual

«Ante la ley»

De Frank Kafka (Praga, 1883 – Kierling, 194)


cuentografico15

Josué Chaves (San José, 1986) es ilustrador. Realizó estudios de animación digital.


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