Desvíos para lectores de a pie

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Ribeyro, el hombre tímido

Posted on octubre 31, 2012

Reseñas

La caza sutil y otros textos

Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929 – 1994) ■ Ediciones UDP (2012) ■ 234 pp ■ 89 soles


Ribeyro, el hombre tímido

Ensayos. Si la ceguera afina el oído y la sordera aguza la visión, la timidez aviva todos los sentidos. Julio Ramón Ribeyro fue un hombre tímido. Veía el mundo como un festín, o como una promesa de dicha, y ansiaba atrapar sus presas más codiciadas. Era, en esencia, un individuo atento, paciente, tranquilo, sigiloso y contemplativo, inclinado a escudriñarlo todo y predispuesto naturalmente a oír lo que otros decían más que a decir. Tales atributos, entre los tímidos, revelan una doble intensidad. La timidez de Ribeyro, hombre delgado y frágil, estaba hecha de elegantes silencios y meditadas palabras.
El cielo de los tímidos como Ribeyro es la lectura. Allí, en ese mágico espacio, nada los cohíbe; allí, con inusitada audacia, los tímidos disfrutan plenamente de la belleza y la inteligencia cuando un libro propicia la comprensión, la iluminación, el paladeo. Ribeyro encontró en la lectura su primera gran pasión; luego, vendría la escritura. Ambos quehaceres espolearon su imaginación, confiriendo a su timidez lo que más deseaba: aventura. No se necesita más que leer La palabra del mudo para aproximarnos a ese estado de efervescencia y desafío que virtualmente lo compensaba. Él, sin duda, lo gozó siendo un niño travieso, monarca de los techos ahítos de muebles viejos recreado en su cuento «Por las azoteas», o padeciendo las miserias de un sujeto gris cuya ilusión se va al traste en «Una aventura nocturna».
Ribeyro descubrió en la literatura francesa del siglo XIX los modelos dignos de emular. Su padre, lector cultivado, orientó sus preferencias. «Lee a Flaubert», le dijo en su adolescencia. «Y si quieres leer algo mejor, lee a Stendhal. Y si buscas aun algo mejor, lee a Proust». Su gusto literario se formó bajo ese criterio, sólido y duradero, un canon al que él añadió a Maupassant, otro de sus favoritos. También leyó a los rusos –Turgeniev, Chejov, Tolstoi– como todo joven de su generación, pero Ribeyro, no cabe duda, se mantuvo constante como admirador de la tradición francesa. De ella tomó el estilo limpio, con frases sobrias y refinadas, ajeno a los ornatos superfluos. Ese estilo decimonónico, combinado con sus lecturas de Joyce y de Kafka, o con sus ráfagas de existencialismo (no olvidar que vivía en el París de Sartre y Camus, todavía la capital literaria del mundo) y con sus influencias del cine italiano neorrealista, harían de él un escritor clásico por su elección formal, y contemporáneo por su moderna visión de la realidad. Y con este equipamiento se abocó a retratar la cotidianidad, las complejidades y las penurias de las discretas clases medias de Lima de entre las décadas de 1940 y 1960.
Probablemente la timidez de Ribeyro lo llevó en sus inicios a rondar la crítica literaria. Sus primeras reseñas y ensayos datan de 1953, cuando contaba con veinticuatro años, justo la época de su aprendizaje narrativo, en la que publicó media docena de cuentos que no serían incluidos en su primer volumen, Los gallinazos sin plumas, de 1955. Sea como fuere, el joven cuentista demostró entonces buena madera para el ensayo. Y, de insistir en tal propósito, podía haber iniciado tranquilamente una labor fructífera en ese terreno, quizá como corresponsal literario en Europa, pero no sería así. Se concentró más bien en sus diarios, en sus cuentos y en sus novelas, y buscó otros trabajos periodísticos en París. Es por eso que La caza sutil, aun revelando su intuición precisa y su solvente capacidad de análisis, resulta más un libro hecho por el azar y por ese amontonamiento de textos dispares que va componiendo el tiempo.
Tales ensayos, veintidós en total, fueron escritos holgadamente a lo largo de tres décadas. El más antiguo, «En torno a los diarios íntimos», permite que adivinemos ya su predilección por ese género literario, en un texto que es, pese a la juventud del autor, una clase maestra, desbordante de erudición y lúcidos comentarios sobre la naturaleza de sus fundamentos. Dicho género hacía furor en la Francia a la que había llegado Ribeyro, quien, con su ironía característica, nos dice: «El diario íntimo se ha convertido pues en un producto cotizado en el mercado literario y corre el riesgo de convertirse en el menos íntimo de todos los géneros».
El título La caza sutil, dicho sea de paso, procede del diario de Ernst Junger, novelista y filósofo alemán que solía utilizar tal expresión para aludir a una de sus distracciones favoritas: la caza de insectos. Ribeyro, preocupado de que lo consideraran un amateur, aclaraba así que no pretendía inmiscuirse en «los dominios de la crítica literaria», sino tan solo hacer «un paseo entre libros y autores, recogiendo aquí y allá una que otra pequeña presa». Lo suyo, por lo demás, calificaba en aquellos días de crítica impresionista, cosa que el propio Ribeyro (con su habitual cortedad) reconocía, a fin de curarse en salud. Temía, sin duda, el desprecio de los estructuralistas, que estaban de moda y les infligían a sus lectores una crítica sesuda, farragosa y hermética. Por fortuna la pirotecnia estructuralista ha quedado en el pasado, y hoy Ribeyro, con sus ensayos legibles, llenos de datos, anécdotas y digresiones brillantes, resulta felizmente moderno, comprensible y ameno. Estos ensayos, de otro lado, son un pretexto para expresar sus preferencias y sus fobias. Así, a propósito de la exitosa literatura de los años cincuenta, como las novelas de Françoise Sagan (autora de 20 años, amiga de Sartre y estrella de la beautiful people), celebra las dos primeras, Buenos días, tristeza y Una cierta sonrisa, que juzga bellas e inspiradas, pero demuele la tercera, Dentro de un mes, dentro de un año, cuya trama gira en un ambiente de bohemia chic, con personajes adinerados y liberales, escritores, editores y actrices. A Ribeyro le inquieta ese medio. No lo condena como territorio prohibido, pero sí lo ve peligroso, y lo define como uno que «tiene dos grandes taras para su viabilidad literaria: el cinismo y la intelectualidad. El cinismo que impide el nacimiento de verdaderas pasiones; y sin pasiones, no hay novela. La intelectualidad que impide ser banal, y sin banalidad tampoco hay novela. De continuar en esta vía Françoise Sagan terminará por darnos novelas cerebrales y convertirse en un Maurois precoz y con faldas».
Ribeyro, que ya tenía muy claro los obstáculos que el escritor debe sortear para que su ficción adquiera vida, inició también en estos ensayos sus incontables reflexiones sobre el oficio literario, y sobre los libros que, por ajustarse a ciertas reglas básicas, suelen llegar a buen puerto. Gran parte de su obra de no ficción, como se sabe, la dedicará a profundizar tales temas. Sus voluminosos diarios –La tentación del fracaso– están llenos de reflexiones similares, y lo mismo sucede con sus Prosas apátridas, donde figuran textos de esta índole: «Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer las reglas del juego. De ahí que todo tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial– constituye a la postre una afectación a la segunda potencia. Tanto más afectado que un Proust puede ser un Céline, o tanto más que un Borges un Rulfo. Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación».
La edición original de La caza sutil, impresa bajo el sello de Milla Batres, contenía ya ensayos como «Gustave Flaubert y el Bovarismo», «Del espejo de Stendhal al espejo de Proust» o «E.R. Curtius y la literatura francesa»; y crónicas tan sabrosas como la que titula «Peruanos en París». También destacan su sensible reseña de Los ríos profundos de Arguedas, su disertación sobre «Las alternativas del novelista» y el ensayo «Lima, ciudad sin novelistas», texto envejecido y a estas alturas solo de importancia histórica, desde que Vargas Llosa rompió fuegos en 1963 con La ciudad y los perros, abriendo brecha para que irrumpieran incontables novelas urbanas. Desde hace treinta y cinco años, este volumen estaba agotado y era exclusivo para coleccionistas. Pero hoy, debido a una justa y constante revaloración de nuestro gran cuentista en España y América Latina, acaba de aparecer en Chile una reedición de la Universidad Diego Portales, con el agregado de doce textos dispersos, entre los que destacan los dedicados a Maupassant y a Lezama Lima y Proust, y un acucioso prólogo del escritor Diego Zúñiga.
Austero, distante, escéptico, individualista, enemigo de lo pretencioso y cultor de las entrelíneas, Ribeyro, el hombre tímido, vivió a menudo leyendo y oyendo música, o fumando y bebiendo con delectación una copa de vino, ya fuese que estuviera asomado a una ventana o sentado en la terraza de un café, viendo silenciosamente pasar a la gente, viendo pasar al mundo. Su vida, en un sentido amplio, se afianzó en la observación, y ella, merced a su talento literario, transfiguró ese trance apacible en una aventura de caza mayor.

Por Fernando Ampuero

Fernando Ampuero (Lima, 1949) es periodista, editor y escritor. Como cuentista, destacan sus conjuntos Bicho raro y Malos modales. En 2011 publicó la novela El peruano imperfecto. En 2012, la chilena Tajamar editó su Trilogía callejera de Lima y, más recientemente, Punto de Lectura su Antología personal.

Recomendados:
Retratos y encuentros (Guy Talese)
Cuerpos secretos (Alonso Cueto)
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Volver a Zambra

Posted on octubre 31, 2012

Reseñas

Formas de volver a casa

Alejandro Zambra (Santiago, 1975) ■ Anagrama (2011) ■ 165 página


Volver a Zambra

Novela. Primero, en rápida secuencia, dos brevísimas novelas centradas en las relaciones de pareja, el trabajo precario, la vocación literaria, las historias mínimas de vidas sin grandes episodios (Bonsái, 2006; y La vida privada de los árboles, 2007). Segundo, una novela de mayor extensión que toca el asunto político, en este caso lo que significó pasar la niñez bajo el régimen de Pinochet (Formas de volver a casa). En el medio de estas dos etapas, la transformación en una repentina celebridad literaria: menos de doscientas páginas en total (con letra bastante grande, por lo demás) le habían bastado al hasta entonces crítico y poeta Alejandro Zambra para colocarse a la cabeza de la nueva narrativa latinoamericana. Y dicha posición, casi de manera inevitable, genera la presión tácita, o quizá no tan tácita, de abordar circunstancias políticas en la escritura, presión mucho mayor si tomamos en cuenta que el escritor nació y creció a la sombra de una dictadura trágicamente célebre.
Pero vamos por partes: el espectacular debut narrativo que significó Bonsái fue también el logro de un estilo propio y (casi) la invención de un nuevo concepto: la «novela bonsái», una a pequeña escala o lo que, visto borgeanamente, podría parecer el resumen de una novela inexistente. Julio y Emilia son una joven pareja normal. Se enamoran, se separan. Y al final, se adelanta ya desde el primer párrafo, ella muere. Eso es todo. Zambra cuenta esa historia pequeña, y no intenta adornarla o maquillarla para hacerla pasar por «gran» literatura. Por el contrario, hace de esa pequeñez una estética, y con un par de pinceladas construye la atmósfera triste donde se mueven sus personajes, y con pocas palabras y altas dosis de una rara nostalgia es capaz de delinear sus vidas grises, sin grandes peripecias. Un año después, en La vida privada de los árboles, Zambra reitera la apuesta y consigue resultados incluso superiores. Una noche, Julián, el protagonista, espera que su mujer vuelva a casa. Mientras tanto, le cuenta historias a la hija de ella esperando que se duerma. Esta novela supera a la anterior, quizá porque la tragedia final, que parece inevitable en la vida de sus personajes, no aparece revelada desde el inicio, sino que permanece en las sombras, como un grito ahogado, como una amenaza a punto de cumplirse, incluso después de la última línea.

 

Y así llegamos a la etapa anteriormente mencionada, el momento de saldar cuentas con la sombra temática que parece inevitable para todo escritor latinoamericano que nació o vivió bajo alguna de las dictaduras que reinaron el subcontinente hace menos décadas de lo que ahora parece. Zambra asumió el reto y, en honor a la verdad, durante las primeras páginas de su tercera novela el resultado no luce demasiado alentador. Formas de volver a casa parece, de partida, la historia forzada del escritor que arriesga en territorio ajeno. Lejos de la poética precisión en el lenguaje, de la suave intimidad y de la empatía con los personajes de sus dos primeras novelas, este nuevo libro parece divagar indeciso entre recuerdos que no llegan a encadenarse con la quieta nostalgia que solía provocar cuando escribía en un tono más lírico y menos épico. Pero de pronto, cuando el autor asume del todo que lo suyo circula por los personajes secundarios, como él mismo lo fue con respecto a la historia pinochestista; cuando lleva la historia a su terreno, el de la íntima y melancólica reflexión, esa aparente dificultad se termina convirtiendo en su fortaleza mayor. ¿Qué implica escribir una novela política, parece preguntarse Zambra, cuando el problema no es ya representar un pasado criminal oculto o no del todo asumido, sino que la cuestión es que no se sabe qué hacer con ese pasado ominoso del que somos perfectamente conscientes? Cuando el narrador asume que la «única culpa es no sentir culpa alguna» llegamos a los puntos más altos de la novela, atravesados todos por una pregunta que en el fondo es un asunto ético del ejercicio literario: ¿cómo escribir novelas intimistas, relatos que le den la espalda a un pasado oscuro por el que no se siente culpa? Al abordar estas cuestiones, el autor alcanza las mejores páginas no solo de este libro, sino del conjunto de su obra. Y de esa manera también se convierte en un aporte a una discusión que, tal vez, tendría que ser la más importante: ¿qué papel cumple el escritor en esta época en que la verdad ya ha sido revelada? ¿Qué hacer frente a las evidencias? ¿Se puede seguir escribiendo novelas después de las masacres, las guerras civiles y los crímenes estatales que han asolado América Latina en las últimas décadas? Además de estas preguntas, que considero necesarias, habría que rematar esta reseña resaltando lo más importante: hay que leer a Zambra. Cualquiera de las tres novelas. Y digo que se puede elegir cualquiera de las tres porque esa llevará inevitablemente a las otras dos. Por Francisco Ángeles


Recomendados: Maestra vida (Pedro Novoa)
El semental (Carlos Freyre)
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El libro uruguayo de los muertos

Posted on octubre 29, 2012

Reseñas

El libro uruguayo de los muertos

Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960) ■ Sexto Piso (2012) ■ 276 páginas ■ 52 soles


Novela. Crear porque la vida no basta. O generar una dimensión con sus propias leyes de funcionamiento, que relegue a este mundo banal y predecible. O acaso la búsqueda de Mario Bellatin sea algo más impulsivo y secreto: dejarse llevar por la intuición y activar una escritura que dé forma a una suerte de libro de las revelaciones. Quizá estas puntualizaciones sean inútiles y lleven al lector al desvío, a semejanza de las elecciones poco convencionales del narrador de El libro uruguayo de los muertos, quien, convaleciente, decide por su cuenta tomar la mitad de la dosis prescrita de una medicina. Más sucesos extraños: la investigación que emprende este narrador sin nombre –aunque las señales indican que es el mismo Bellatin– junto al escritor Sergio Pitol en La Habana, invadida por unos muñecos que han aparecido en la isla. El narrador cuenta estos hechos a un enigmático remitente. Se menciona con frecuencia México, aunque la sensación es que todo transcurre en un no lugar. Las acciones son directas, no es necesario leer entrelíneas, pero los fragmentos de texto más parecen direcciones hacia ningún sitio específico, como si este Libro fuera la antesala de un orden desconocido. Y de repente, se alude a un hijo que murió al caer por la ventana, a una perra suicida o a la publicación de Salón de belleza por la editorial City Lights. Un territorio anónimo del horror y de una rara hermosura, donde el narrador confiesa: «A veces me pongo a pensar en todo lo que he dejado por la escritura, y no creo que exista algo en mi vida que esté más allá de ella misma».
A algunos esta, acaso la obra más autorreferencial de Bellatin les parecerá una broma. Otros, los habituados al universo creado por el mexicano, se deslumbrarán por su escritura de tono espontáneo, sostenido por una estructura sofisticada e impresionante. Dejarse inocular por esas letras causará adicción y conducirá al lector a un sistema donde, por tramos, ideas en apariencia inconexas se juntan y generan su propio sentido. Una zona donde las palabras sobreviven aferradas a la misión de invocar una dimensión secreta. Por Philip Winter.


Lectura recomendada: El amante uruguayo (Santiago Roncagliolo)
El perseguido de la calle Gerard (Rafael Moreno Casarrubios)
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El bibliotecario de las catacumbas

Posted on octubre 29, 2012

Reseñas

El bibliotecario de las catacumbas

Carlos Calderón Fajardo (Juliaca, 1946) ■ (2012) ■ 150 páginas ■ 25 soles


Novela. Teniendo en cuenta la introspectiva La colina de los árboles (1981); la policial y metafísica La consciencia del límite último (1991) o la novela histórica y de viajes náuticos La conquista de la plenitud (2000), uno no termina de aceptar que la trayectoria de un escritor tan sólido como Calderón Fajardo no sea más reconocida, mejor comprendida.
Esta vez nos sorprende con una novela de desarrollo inesperado: El bibliotecario de las catacumbas describe la realidad «andina» de un pueblo castigado por el conflicto armado pero adoptando muchas formas, mezclando discursos.
La historia es sobre Sergio, un librero que después de haber pasado dos décadas en presidio acusado del delito de terrorismo, regresa a Huamanga para reencontrarse con una nueva realidad, conectarse con un pasado postergado por el desarraigo y las fallas. Y por el amor a dos mujeres: Martha, la esposa que poco a poco va perdiéndose en la enajenación, conducida por el conflicto y la violencia que van borrando a todos sus seres queridos; y Flor, la amante que lo ayuda a sobrellevar la vergüenza de la locura de la esposa, convirtiéndose en un refugio y en culpa. Divida en dos partes y un epílogo, el relato intercala dos tiempos y se ambienta en un escenario nebuloso que evoca a Pedro Páramo de Juan Rulfo, extrapolado a este «Rincón de los muertos» la palabra y el significado que dan sentido a la búsqueda. La descripción de una voz que se va diluyendo y que intenta encontrarse en el escrutamiento de sus actos: cumpliendo con la que promesa del retorno.
La novela es un ejercicio para explicar la intolerancia del Estado y la brutalidad de Sendero. Hay un giro interesante entre el compromiso de izquierda hacia una especie de «misticismo» como refugio para entender todos los acaecimientos de su poco afortunada existencia. El libro busca poner en duda el discurso en que se va asentando, y que evidencia el talento del autor. Una novela que reformula el tratamiento en que se aborda este periodo de nuestra historia reciente. Lectura exigente y recomendable.

Por Julio César Zavala.

Lectura recomendada: Las ovejas de Glennkill (Leonie Swann)
Prepucio carmesí y otras novelas cortas (Pedro Granados)

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