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Por: Diego Abanto Delgado | December 1, 2021
Carmen Mc Evoy: «Hay que empezar a discutir los mitos y desconstruir a las figuras históricas»
Foto sobre Carmen Mc Evoy: «Hay que empezar a discutir los mitos y desconstruir a las figuras históricas»
'Terror en Lo Cañas' es más que un libro sobre una masacre desconocida. A propósito de todo lo que engloba, conversamos con Carmen Mc Evoy, quien junto a Gabriel Cid, ha escrito un relato que nos invita a volver al pasado con ojos -cada vez más- críticos.

Por Diego Abanto Delgado


Además de rescatar del olvido una masacre en el contexto de la Guerra Civil de 1891, Terror en Lo Cañas (Taurus, 2021) desvela la violencia inherente en la construcción del Estado chileno. Desde la banalización de la violencia, la deshumanización entre compatriotas, una clase política incapaz de estar a la altura de los tiempos hasta la revisión de algunas figuras históricas son solo algunos de los temas que propone. A propósito de todo ello, conversamos con la historiadora Carmen Mc Evoy, quien junto a Gabriel Cid, ha escrito este libro que nos invita a volver al pasado con ojos -cada vez más- críticos.

¿En qué momento decidiste escribir sobre Lo Cañas?

Fue un trabajo en equipo, con Gabriel Cid, un colega muy querido con el que he trabajado anteriormente. Fue un descubrimiento de un relato que escribe un periodista respecto a la matanza, él escribe capítulos pequeños que te van llevando a la historia de la masacre, a través de ejemplos muy concretos; empezando por cómo se logra convencer a los jóvenes para que vayan a la hacienda, en una situación de guerra civil, donde las libertades están suspendidas porque Balmaceda ha cerrado el congreso.

Entonces hay elementos que resuenan en nuestra imaginación. Es un enfrentamiento entre el Poder Ejecutivo y Legislativo, y, en el medio, están jóvenes idealistas, entre dieciocho y veintitrés años. La única persona mayor es el administrador de la hacienda que es asesinado, pero no participa, principalmente se trata de la juventud. Lo interesante es que no se trata solo de la élite, sino que hay un pelotón de artesanos que llegan a unirse a este lugar para hacer lo que se necesitaba, que era quebrar las comunicaciones para evitar que el ejército del norte, el constitucionalista, desembarcara cerca de Santiago.

Encontré este documento y lo conversé con Gabriel, pues se trataba de una historia fascinante que no había sido trabajada de manera detallada, luego nos encontramos con el expediente. Entonces, el libro recoge la conversación entre un testigo, que narra los hechos, y el expediente que se abre para juzgar a los oficiales que han cometido estos asesinatos.

No es común escritos «a dos manos», sobre todo en historia. Esto me recuerdo al proyecto que quisieron establecer García Márquez y Vargas Llosa, trunco, de hecho. ¿Cuán sencillo o dificultoso fue trabajar el libro con otra persona en pandemia?

Al inicio fue muy fácil, porque ya había trabajado con Gabriel. Creo que lo primero que tiene que existir entre dos autores es la confianza de que se está conversando en la misma clave. Este libro ha sido pensado a lo largo de una década: cada vez que iba a Santiago lo conversábamos y veíamos nueva información. Cuando presentamos nuestro proyecto a la editorial, le presentamos el capítulo de la descripción de la masacre y en ese momento nos pusimos de acuerdo en empezar realmente con el proyecto. Ahí vino el confinamiento global, lo que no nos permitió volver a vernos.

Entonces, el libro fue escrito en pandemia, en un momento terrorífico, cuando no había vacunas, cuando las personas morían por miles en Europa, en Latinoamérica veíamos este horror, totalmente desguarnecidos. Entonces, fue una situación muy especial: nos encontrábamos con la muerte al costado; que probablemente te da una sensibilidad para entender la muerte, un tema que nunca había trabajado. He trabajado la guerra, pero nunca me había detenido en la descripción de una matanza. Zoom nos permitió trabajar este proyecto durante la peste.

La manera en la que trabajaba con Gabriel, que es un gran colega, era dividirnos los capítulos y, después, nos lo mandábamos, el uno al otro, entonces nos los íbamos editando y comentando. Esto nos dio una pausa, y nos mantuvo entretenidos en tiempos muy difíciles.

Quiero mencionar que hay muchos documentos que ahora están digitalizados. Creo que la digitalización de las fuentes primarias, de los libros está permitiendo que ocurran los trabajos a distancia y que se puedan producir obras de calidad. Cuando escribí sobre la Guerra del Pacifico, me la pasé un año en Chile, yendo todos los días al archivo, desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Ahora lo puedes hacer en tu casa con todos los archivos digitalizados lo que te permite acceder a fuentes como la que logramos incorporar al libro: ubicamos que uno de los participantes en el asesinato de Orozimbo Barbosa es el hermano de una víctima asesinada en Lo Cañas. Entonces, a la par de una guerra civil, también nos encontramos con ajustes de cuentas.

Quiero detenerme en algo que acabas de mencionar. «Guerreros civilizadores», que habla de la cultura de la sociedad chilena en la Guerra del Pacifico, se empalma perfectamente con «Terror en Lo Cañas». Tratando de unir ambas narrativas, ¿cómo llegamos a esta cultura de guerra?, ¿qué explicaciones podrías encontrar?

Gabriel y yo ya estamos entrenados, acá se nota un libro que viene de un entrenamiento previo. Ya hay un conocimiento. Incluso de los actores, por ejemplo, ya conocemos a Balmaceda porque lo hemos mencionado anteriormente. Gabriel ha trabajado un libro sobre la Guerra de la Confederación, él conoce muy bien sobre la Guerra de la Araucanía. Tenemos el conocimiento del siglo XIX chileno. Yo aprendí mucho con «Guerreros civilizadores», hay un capítulo que lo dedico a la formación del Estado chileno, los que son los gestores de la guerra desde La Moneda.

Creo que nuestra apuesta ha sido cambiar los tiempos históricos, es decir, usualmente la historia de Chile comienza con su independencia y termina con la Guerra del Pacifico, y esta guerra no es parte de una secuencia. Lo que acá se aborda es la construcción del Estado y la violencia, es decir, la guerra es parte de la construcción del Estado, esta es una vieja difusión que no nace con nosotros sino con una serie de autores que se mencionan en la introducción, la cual es sobre la violencia y la política, la violencia política.

Entonces, partiendo de eso, reformulamos los tiempos porque ya los manejamos. Así que, empezamos con la Guerra de la Araucanía, y vemos a la Guerra del 91 como una suerte de conclusión lógica porque hay dos conceptos que han sido consolidados en el libro: Unos es el Estado itinerante, que es un Estado en guerra, que el Estado chileno se desdobla y manda a sus agentes los ha mandado a la Araucanía, al Perú (con Lynch, que es un representante del Estado), a las guerras del 91; y el segundo concepto es el de «comando fronterizo», donde los comandos fronterizos son los actores que están en las tres guerras, en la Araucanía, en la del Pacifico, y la del 91, por ejemplo, aquí esta Orozimbo Barbosa.

Hay una parte del libro que menciona a un participante de la Guerra del Pacifico, que está en la Araucanía y se acuerda de la entrada a la sierra del Perú. Entonces, se evidencia como en la mente de los soldados, las guerras se vuelven una guerra en la larga duración, no son guerras fragmentadas, sino son guerras que tienen una suerte de secuencias. Esto nos ha ayudado a romper los tiempos y volver a estos personajes en estas tres guerras. Por ejemplo, Baquedano, que su estatua fue totalmente pintada con símbolos mapuches hace poco, es otro personaje que va a destacar en la guerra.

Entonces, nosotros vamos viendo que van siendo socializados en la violencia extrema, estas guerras los van entrenando para lo que va viniendo después. Lo que ocurre con Lo Cañas, que es un momento que ha sido borrado de la memoria, es que la violencia llega a Santiago, porque los comandos fronterizos van a ser la Guardia Pretoriana del presidente Balmaceda. Entonces, lo que hacen ello es repetir este esquema de cacería, cercenamiento de cadáveres, quema de cadáveres, que habían practicado en otros lugares y que ahora llevaban a Santiago. Lo interesante de esta matanza es que no es una matanza de trabajadores o indígenas, sino es una matanza de la élite santiaguina combinada con artesanos. Esto hace que sea una matanza especial porque es totalmente inédito en la historia chilena.

Ustedes acuñan el término «la burocratización del mal», para hablar del estado que las personas que participaron en la masacre tuvieron que adoptar. Algo que la historia suele arrastrar es la excusa del sólo seguir órdenes, la evasión de culpa a través de la cadena de mando. ¿Puedes hablarnos más al respecto?

Es lo que más adelante se llamara la «obediencia debida». Por eso es que el libro resuena, te hace recordar a los sucesos, aunque nosotros no lo hacemos evidente, porque tampoco queremos caer en lugares comunes ni forzar al lector, ya que el lector mismo es quien debe crear sus propias conclusiones. Si piensas en lo que ocurre en Lo Cañas, es un lugar aislado, es un lugar en el que no es posible conseguir ayuda porque nadie te va a escuchar, donde la violencia puede desatarse sin límites, te hace recordar a a los centros de detención durante la época de la represión en Argentina, en Chile, en que ni los vecinos se enteraban de lo que estaba pasando, de las torturas, de los juicios sumarios, de las ejecuciones. Entonces estos lugares aislados son lugares que la violencia realmente puede llegar a los extremos del sadismo, como mencionamos en la introducción.

Allí, el soldado simplemente dice «nosotros hemos sido entrenados para esto, esta no es la primera vez»; por esto adquiere sentido el suceso de Lo Cañas. Cuando Alejo San Martín entra a la hacienda y dice «Mueran los futres», significa que ya hay una consigna de matarlos, ellos van con un objetivo muy claro: no es cuestión de detenerlos, ni escucharlos, simplemente se entra a matar.

Hay un episodio en el segundo capítulo sobre un general que participó en la Guerra del Pacífico y mientras iba cabalgando, junto con sus amigos, en un territorio de la Araucanía, mata a un indio con su rifle y resulta que era un cacique, lo que crea un problema en esa zona. Este entrenamiento para matar y quemar, lo que vemos en Moquegua, que es totalmente quemada, los sucesos en Lima, luego Valparaíso, que arde, los testigos se preguntan por qué están haciendo esto los chilenos. Esto sucede porque cuando uno ya entra en este entrenamiento para matar, se socializa una tropa, ya nada la puede detener.

También hay un tema de impunidad, además del tema del crimen. Cuando Alejo San Martín da declaraciones que huye, como huyen muchos de los oficiales o comandos, muchos se van a Lima, él dice «yo obedecía órdenes de Barbosa»; y Barbosa ya estaba muerto. Y cuando le preguntan a Barbosa, él dice: «Estas eran órdenes del presidente». Entonces hay una cadena de mando, por esto lo llamamos la burocratización, porque tú no decides, es como un patrón de comportamiento.

Recuerda cuando va el padre de uno de los detenidos, porque aún no habían matado a todos, a pedir perdón, a suplicarle a Balmaceda que le perdone la vida a su hijo, y sale un ayudante que le dice «mis más sentidas condolencias, su hijo ya ha sido ejecutado». Cuando le piden a Balmaceda que trate de detener esto, él dice «yo no quiero que me den los nombres». Entonces, es una violencia parte de un ritual de violencia, pero, también, es una violencia aleccionadora: si ustedes atacan al Gobierno, esto es lo que van a recibir, violencia extrema.

Hay que recordar que este momento es muy importante porque está desembarcando el ejercito enemigo; entonces, es una señal que se les da a los hijos de la élite, que está apoyando al constitucionalismo. Se entremezcla la violencia aprendida con la violencia de un Estado que tiene que mandar señales, que probablemente las ha mandado al Perú o a la Araucanía, un Estado acostumbrado a mandar señales de violencia extrema para que el enemigo sepa hasta dónde puede llegar el Estado, hasta donde puede actuar la burocracia en nombre del Estado. 

Quisiera que nos detengamos en Balmaceda, un personaje que atraviesa la responsabilidad del suceso de Lo Cañas. Es un presidente que se rehúsa a ser responsable y finalmente se suicida en la embajada. ¿Cómo evaluar a Balmaceda?

Balmaceda hereda, de acuerdo a un norteamericano que hace un análisis de lo que era Tarapacá, 500 millones de dólares solamente en reservas salitreras que obtienen del Perú. Entonces, es un Estado que se ha enriquecido de una manera impresionante, a comparación de lo que fue antes, empobrecido con Aníbal Pinto. Luego de la Guerra del Pacifico es un estado riquísimo. Creo que parte del conflicto es la distribución de este botín de guerra, Balmaceda lo va a usar en infraestructura, en fortalecer al Estado, así que se enfrenta a lCongreso, que era el poder que equilibraba al Estado. Él se atreve a amenazar. Ya con Santa María, el presidente anterior, el Poder Ejecutivo chileno estaba actuando fuera de control, ya no había contrapesos. Esto se debe a que este Estado subsidiario, este Estado itinerante se había desdoblado. Hay que pensar que, durante la Guerra del Pacifico, hay un Estado que se queda en La Moneda, pero hay otro presidente en campaña, entonces hay dos: uno que esta con los generales, está llevando la maquinaria militar a buen puerto, aquí esta Lynch, él es este Estado, especie de presidente clonado que gobierna sin congreso, sin opinión pública, y cobrando cupos a «cañonazo limpio».

Entonces, este Estado chileno fue socializado en una suerte de autonomía absoluta, es un Estado que habla consigo mismo. En los territorios ocupados, que son desde la región boliviana hasta el norte del Perú, es decir, Piura, ellos gobernaban con jefes político-militares. Creo que eso también ha ido socializando al Estado, para convertirse en lo que, finalmente, se convierte Balmaceda, un dictador. Entonces, se viene el enfrentamiento, a raíz de que no le aprueban el presupuesto, lo que no lo deja actuar. Lo que también ocurre con Balmaceda, al que le dedicamos un capítulo completo, es su viaje al campo de batalla al que no puede llegar porque las tropas constitucionalistas están ocupando toda la zona de Viña, y lo que él ve es el ejército en desbandada, entonces él ve el colapso del Estado, el Estado esta implosionando ante sus ojos. Lo que es una ironía, es que el Estado que esta implosionando era riquísimo y poderosísimo.

Pienso que lo que ocurre en la construcción estatal chileno, a pesar que está acompañada de guerras, violencia extrema, es que ese Estado se trata de despersonalizar, con el presidente Montt, con el monttmarismo, ya se va creando un abstracto, que es Chile. Este abstracto continua hasta que la guerra lo vuelve a personalizar, es decir, hay balmacedismo, Balmaceda se vuelve un personaje que está de viaje, inaugurando obras, personaliza al Estado y comienza a traer la animadversión de sus enemigos. Creo que los chileno a principios del siglo XX lo dicen, dicen «el salitre ha sido como el veneno de los Borgia, ha sido inyectado en el territorio peruano». Entonces, el salitre cambia el balance de poder y la relación entre las partes. Al final termina explotando todo el sistema frente a Balmaceda. Balmaceda, muy inteligente, entiende que, probablemente, su sacrificio, el día que le correspondía recibir la banda presidencial, le libraría de la culpa; porque en su testamento menciona Lo Cañas, menciona que no es responsable, que fueron decisiones que tomaron otros por él. Así que se limpia y el balmacedismo, a través de una serie de transacciones políticas, logra borrar la memoria de estos hechos.

Entonces un Presidente que hace implosionar al Estado, se libra de culpas y la historiografía chilena lo celebra como el hombre que representó al pueblo, a pesar que sabemos que había muchísimos miembros de la élite, incluso, su potencial sucesor que era uno de los hombres más ricos de Chile. Allí, lo que estamos haciendo es revisitando, reevaluando, esta santificación que se ha dado de Balmaceda, y poniéndolo en el «juego político» de varias décadas de construcción estatal chilena.

Ustedes insertan Lo Cañas dentro del proceso histórico, lo retiran de la narrativa aislada de la Historia. Además, toman en cuenta su legado y cómo ha sido olvidado convenientemente por -quizá- transacciones políticas. ¿Por qué crees que el caso de Lo Cañas se ha mantenido oculto bajo la neblina de la conveniencia política?

De hecho, se han escrito pequeños ensayos. Incluso descubrimos, en la fase final del libro, que un profesor norteamericano había escrito una pequeña tesis. Creo que Lo Cañas no está «descolgado», no es una locura de un grupo de oficiales. Lo Cañas es el desarrollo epigonal de un proceso histórico que se remonta a la irrupción del Estado chileno en territorio mapuche. Allí está, la lógica y los patrones de comportamiento de la matanza en sí. Hay que recordar que, al final de la matanza, cuando se están llevando algunos de los sobrevivientes de la matanza a Santiago, llega la orden de que deben regresarse, porque, para la ordenanza que ha dado Barbosa en esa ocasión, a los montoneros hay que matarlos in situ, ellos no tienen derecho a nada. Esto es lo que ocurrirá con la montonera cacerista. Es decir, nosotros no sabemos, no hemos investigado en toda su magnitud, lo que ocurrió en los Andes peruanos; hay libros, está el libro de Nelson Manrique (Las guerrillas indígenas en la Guerra con Chile) pero no sabemos cómo operaban estos procesos de aniquilamiento masivo, porque eran campesinos, porque, quizás, los metían en fosas comunes.

Hay que recordar que cuando Letelier, un comando fronterizo, que también estuvo en la Araucanía, entra a la sierra para robar, penetra en territorio de la sierra central y regresa a Lima con carneros, dinero, piezas que se ha robado de la iglesia; ¿qué le dice Lynch?: «nosotros no estamos por esto, estamos por el salitre», le hace un juicio. Estas eran las denuncias de las instituciones representantes de países extranjeros en ese entonces, sobre comandantes que robaron y quemaron. Entonces, se tenía que contener ese comportamiento en el Perú, porque si no, la opinión pública global no te iba a permitir llevarte el botín mayor que era el salitre de Tarapacá. Había una suerte de tensión permanente entre el ejército, socializado en estas prácticas, y el Estado, que tiene que contener al ejército. Lo que ocurre en Lo Cañas es que el Estado lo autoriza, el Estado permite que esto ocurra, y, luego, que se borren las huellas. Esta serie de sucesos se explica en «Las suaves cenizas del olvido» de Loveman y Lira, donde muestran que esta política, la política del olvido, se ha llevado a cabo institucionalmente.

Escribí un ensayo sobre el funeral de O’Higgins, él fue acusado de todo, fue deportado al Perú, y murió allí, no se le permitía regresar a Chile porque se le acusaba que había estado en contubernio para asesinar a los Carrera; pero, cuando se produce su funeral, todo se olvida, él regresa por tren, se detiene en todas las estaciones, es el gran héroe. Es decir, hay una política del olvido institucionalizada. Creo que es un tema entre la gobernabilidad y la justicia, y se apuesta por la gobernabilidad. Así que la justicia queda de lado, se tiene que olvidar, aunque los padres constantemente están demandando; pero se dan la amnistías donde prácticamente todos los oficiales quedaran libres de toda pena, argumentando que solo seguían ordenes, que los culpables eran Balmaceda y Orozimbo Barboso, los cuales ya estaban muertos. Con aquella lógica se produce una suerte de reconciliación nacional.

Recuerda que, luego de la matanza, el congreso dio un mensaje que decía «vivamos de nuevo, unidos y felices». Entonces la visión es: hay que olvidarlo, miremos hacia adelante, esto probablemente ha sido doloroso, pero en aras de la gobernabilidad y de los nuevos pactos políticos que están surgiendo con el balmacedismo -al que se tiene que atraer para ganar votos, para las leyes, para lo que fuere- es necesario olvidar.

Al final, se le echa la culpa a los muertos, en especial a Orozimbo Barbosa, que es uno de los grandes generales de la Guerra del Pacifico que asesinan, torturan y queman, después de la Batalla de Placilla. Entonces hay «chivos expiatorios». Pero ese Estado no va a reformularse, porque si movemos el escenario al estadio nacional o los centros de detención donde se ejerce la violencia extrema, donde los oficiales están operando impunemente, muchos de ellos terminaron siendo perdonados. A pesar que se dio la transición democrática con Aylwin, se le critica mucho que no todos los que participaron en la represión han sido castigados, todavía queda la sensación de la impunidad. Entonces, es una práctica que esta institucionalizada, y creo que viene de una decisión: para gobernar debemos llegar a ciertos pactos mínimos y debemos apostar por una suerte de reconciliación. No hay que olvidar que Balmaceda lleva esta represión contra los obreros, es un Estado violento, que no solo reprime a los jóvenes montoneros, sino también lleva a cabo represiones a diferentes niveles.

Quizás, la violencia que no cesa es la violencia normalizada que va adquiriendo el Estado chileno. Quizás una consecuencia, que se tuvo por pensar en la inmediatez, es el significado a largo plazo. Esto me lleva a establecer paralelismos entre el pasado y el presente. Como señalan en el libro, Lo Cañas no explotó de la nada, hubo una construcción, una violencia que esperaba que el Estado la autorice ¿Encuentras algún paralelismo del caso de los Cañas con la sociedad actual?

Lo Cañas es el paradigma de una experiencia en la larga duración, yo creo que allí está el valor del libro: poner a Lo Cañas como una conclusión lógica de una violencia socializada por un ejército que acepta que esto es posible, picotear las cabezas, una irreverencia hacia el cuerpo humano, la deshumanización. Creo que llega en buen momento este libro, porque ese Estado, es el que, ahora, está siendo cuestionado, desde las protestas, en las cuales todos los opositores se juntaban alrededor del monumento de Baquedano, un héroe de la Guerra del Pacifico que es parte de la historia de violencia, es parte de un comando fronterizo; recuerda que en el momento que se produce la crisis, se voltea la mirada a Baquedano para ver si asume la presidencia, es decir, hasta ese momento es una figura respetada, pero ahora sus bonos han bajado, entonces todo el tiempo se le pintaba el monumento, se le ponían banderas mapuches. Hay una toma de conciencia de que estos héroes han tenido una parte oscura en su vida preguerra del Pacifico, cuando actuaban con una violencia contra las poblaciones mapuches.

En Chile se está dando una relectura de esta historia heroica; que probablemente tiene sus momentos de gloria, rescatamos esto, el voluntarismo y coraje de los que mueren, sobre todo de Barbosa, que es una especie de infante, de los que van primero, viendo si hay minas, un tipo valiente que se enfrenta a la muerte con valor. Cuando lo acorralan a Barbosa él dice «perros», esto nos percata de la animalización del rival. La violencia va escalando, empieza verbalmente y termina con la matanza terrible de Placilla, no solamente Lo Cañas, en esa batalla murieron más chilenos que en San Juan de Miraflores.

Creo que hay lecciones de volver al pasado con ojos críticos, tratar de ver las tendencias en el tiempo, que para crear democracias lo que tiene que prevalecer es la conversación entre todos, el dialogo, poner a la violencia como un elemento que no se puede incorporar. Uno hace estudios de violencia para desactivar a la violencia. En este momento, la generación de jóvenes verá, en Lo Cañas, lo que se convirtió este Estado triunfante.

En una guerra todos pierden, los que ganan y los que pierden; a veces, los que ganan pierden más, porque no son autocríticos, no van sobre las verdaderas raíces de su triunfo, que, a veces, son la tiranía, el despotismo, el maltrato, la sensación de superioridad con la que se ve al rival. Así que, como la guerra ha elevado a una posición casi divina al Estado, este sigue operando bajo la misma lógica. La tragedia esta en que esta lógica termina matando a los que colaboraron a construirla.

Creo que los hijos de la élite, que son rebeldes porque están contra Balmaceda, no están allí porque se les ocurre sino porque están en contra del despotismo, que es un clave del republicanismo del siglo XIX, esta idea de tirano, el que no tiene contrapesos. Creo que deberíamos explorar esta juventud que le está dando una respuesta política pero también guerrillera a un Estado que se está volviendo totalitario, ordenando por decreto, que está mandando a la cárcel a sus opositores, que está matando jóvenes. Cuando vemos lo que sucede en Nicaragua, vemos los límites del autoritarismo, que lleva a tomar decisiones cada vez más crueles y violentas contra tus opositores. Creo que Balmaceda está en ese lugar, en esa ruta, que al final terminará autodestruyéndose, pensando en preservar su buen nombre, es un sacrificio para preservar su eternidad en el tiempo. Hay que empezar a discutir esos mitos, y deconstruir estas figuras históricas, que han terminado por convencer a muchos de que él era el padre de la democracia, y se enfrentaba a los ricos, cuando, en realidad, es un personaje que es parte de este proceso histórico complicado por los niveles de violencia que es capaz de expresar.

Terror en Lo Cañas
  • Autor: Carmen Mc Evoy y Gabriel Cid ,
  • Categoría: Día del Padre ,Ciencias humanas y sociales ,
  • Editorial: TAURUS ,
  • ISBN: 9786124256264
S/62.10
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