La ciudad de vapor

En esta entrega póstuma, uno de los rey Midas de la literatura española vuelve al universo de El cementerio de los libros olvidados para estirar y tensar sus hilos narrativos. Vuelve así a los andares y las cuitas de un puñado de personajes surgidos de esa exitosa saga inscrita entre los códigos del realismo mágico, el policial y el misterio.

No es exagerado pronosticar que disfrutarán los fans y no tan fans del autor barcelonés. Porque entre esa madeja de historias entrecruzadas siempre hay espacio para la sorpresa; siempre un guiño cómplice para el lector, que agradecerá las armas nobles con las que cada relato cobra vida y se hace entrañable. Y tal vez eso sea lo más destacable del libro: en estas creaciones breves, Ruiz Zafón parece encontrar el formato ideal para explotar con libertad su imaginación, su amor incondicional por la aventura y la historia, sin caer en esa ampulosa necesidad de cerrar todos los cabos sueltos que abren sus tramas, que afectaba algunos cierres de sus novelas.

Aquí la lógica desaparece: por encima de todas las cosas, se abraza y se celebra la capacidad talentosa de narrar. El germen de la lectura y de la invención está presente en cada uno de los once títulos que componen este libro. Creer o no en lo que se cuenta pasa a un segundo plano.

Harry Potter y la piedra filosofal (pop-up)

No creo exagerar si digo que Harry Potter es la saga fantástica más popular de todos los tiempos, un fenómeno literario que devolvió las ganas de leer a una generación que se iba malacostumbrando a pasar el tiempo frente a la computadora. Clave de su éxito es la habilidad de J. K. Rowling para crear seres fantásticos y lugares alucinantes, muy fáciles de recrear en la mente gracias a la habilidad de su autora J.K. Rowling.

“No se trata de una versión resumida y graficada de la obra, sino del texto integral, pero acompañado de excelentes ilustraciones y elementos como castillos o cartas que se despliegan de forma tridimensional ante los ojos del lector”.  

Si eres uno de los pocos que no sabe de qué trata, acá un resumen: Harry es un niño huérfano que vive con sus antipáticos tíos. Su vida da un vuelco cuando, el día de su undécimo cumpleaños, un extraño hombre de largos cabellos y barba lo visita para llevarlo a la escuela donde también estudiaron sus padres, Hogwarts, que resulta ser un colegio para magos, en el que hará entrañables amigos y también enemigos. Pero sobre todo, donde descubrirá la verdad detrás de la muerte de sus padres.

Harry Potter y la piedra filosofal Ed. Minalima Harry Potter 1: Amazon.es:  Rowling, J.K.: Libros

Las brujas

La madre de Roald Dahl era noruega y, además de llevarlo al país nórdico anualmente, le contaba historias fantásticas sobre trolls y brujas, tomadas del folklore de su país. En Las brujas, aparecido originalmente en 1984, el autor británico plasma muchos de estos relatos en una historia que yo describiría como “terror” para niños.

Un niño inglés de siete años queda huérfano y se va a vivir a Noruega, donde su abuela, una cazadora de brujas retirada. Ella le cuenta que en toda Europa hay brujas y que debe estar siempre alerta, pues odian a los niños. De regreso a Inglaterra, descubren que las brujas locales se han reunido para convertir a la mayoría de niños posibles en ratones. ¿Qué podrán hacer este pequeño y su octogenaria abuela para evitarlo?

“De regreso a Inglaterra, descubren que las brujas locales se han reunido para convertir a la mayoría de niños posibles en ratones”. 

Esta alucinante historia, que estrenó su segunda versión cinematográfica este año, ha sido adaptada al cómic por la francesa Pénélope Bagieu. Ella se hizo conocida entre los hispanohablantes en el 2008, con Mi vida es lo más: Antes muertas que sencillas (Océano), y hace un par de años con la publicación de Valerosas 1 y 2, Mujeres que hacen solo lo que ellas quieren (Dib Buks), cómics que reivindican el rol de la mujer en la sociedad.

Su adaptación de Las Brujas respeta la historia original y la desarrolla con su particular estilo caricaturesco y de caprichosas perspectivas. Trescientas páginas para el disfrute de niños y grandes.

Las brujas (edición cómic) - Megustaleer

Música, solo música

Con millones de seguidores y no pocos haters, ¿quién puede dudar de que Murakami es uno de los escritores más exitosos del mundo? En su nueva entrega la música se hace de nuevo presente, pero no como accesorio dramático o detalle cool al servicio de la historia, como pasa en sus ficciones. Esta vez el autor expone, con menuda sencillez y admiración, su afición melómana. Así, sin tramas enrevesadas ni fantasías sentimentales de por medio, el Murakami novelista se transforma en el Murakami oyente. Y en esta conversión, el libro gana.

Porque lo que encontrarán los lectores es, básicamente, confidencias muy amenas de dos amigos sobre un arte que le apasiona. Uno es Murakami y el otro es Seiji Ozawa, exdirector de la Boston Symphony Orchestra; ambos departen acerca de discos, piezas de ópera y de jazz, y gigantes clásicos de la talla de Beethoven, Mahler y Brahms. Lo hacen siempre desde la posición del consumidor especializado, y por eso mismo todo el libro está cargado de anécdotas, referencias a veces rebuscadas y apreciaciones muy personales que, por ratos y como es de esperarse, convergen hacia otros campos como la literatura y la creación plástica.

Es un libro que provoca simpatía hacia sus autores. Y eso es un mérito. Porque al pasar por sus páginas, queda la sensación de compartir ese lazo comunal, honesto y emotivo que es la música para tantas personas. Por eso este libro de no ficción del autor nipón se asume como una pausa, sutil y agradable, antes del gran “ruido” mediático que posiblemente traerá su siguiente novela.

Borges pop

Se ha instalado ya como un lugar común o una manía sacrosanta dentro de las tertulias y actividades librescas: hablar de literatura y citar a Borges. O, por lo menos, pensar en él o en algunas de sus frases. “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Sí, delicioso lugar común que establece cercanía entre los lectores pero que a la vez entabla una correspondencia secreta con una posible “sabiduría” venida del universo de los libros. “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. De nuevo Borges, y nadie más que él, con su figura encorvada y ciega capaz de resistir tanta muletilla y obviedad por parte del lector al conjurarlo, fomentando su grandeza que, con el paso de los años, parece haberse consolidado no tanto por su literatura, sino más bien por su imagen pop.

Circunstancia paradójica esta, pero no insólita. Son varios los casos de escritores que cuanto menos se los lee más célebres se vuelven en el imaginario popular, convirtiéndose primero en íconos y luego en indiscutibles clichés. Podríamos pensar así en David Foster Wallace y en su tan poco leída y excesivamente citada La broma infinita, o en Rimbaud o Kafka, autores cuyos rostros o frases aparecen hasta en tiradas de tacitas personalizadas (en camisetas, post de redes sociales, hoteles o cafés temáticos, copys de influencers, etcétera) y cuya obra la más de las veces se desconoce casi por completo.

Sin ninguna duda, Jorge Luis Borges pertenece a esta casta de escritores –casi siempre muertos–, los cuales no pueden faltar como materia de intercambio o esnobismo en todo lo relacionado con la cultura y las artes literarias. Es decir, Borges como absoluto arquetipo del lugar común. Es decir, Borges como elemento pop.

Carlos Fuentes en La nueva novela hispanoamericana decía acerca del lugar común: “Después de todo, el lugar común es un sitio de encuentro, una posibilidad inicial de diálogo y, como tal, posee ciertas virtudes que nuestro mundo de esferas aisladas no debe sacrificar”. Imposible sacrificar a Borges a estas alturas, pues –y permítase el cliché– Borges es la Literatura. Desde luego, este lugar común podría funcionar tranquilamente en James Joyce, en Kafka o en generaciones enteras de escritores y poetas, pero aplicándolo a Borges toma otra carga de especial significado. Y esto porque Borges tuvo algo que los otros –“sus mayores”– no gozaron: el registro audiovisual. 

A través de todo el material fotográfico y fílmico que se tiene de Borges, podemos estar muy cerca del mito, comprenderlo, asimilarlo, condescender a su universo literario por vías mucho más rápidas y seguras. De ahí que todo el mundo, a veces sin haberlo leído, sepa cómo hablaba Borges, qué autores le gustaban, cómo eran sus gestos, a quién desdeñaba, en fin, cómo era cada una de esas señas particulares que lo resumían. Alan Pauls ha dicho que los íconos alusivos de Borges –“los ojos estrábicos; las manos cruzadas sobre el puño del bastón; el pelo blanco y lacio” – son populares y ya están instalados en la memoria literaria como lugar común, y todo en él es “crecientemente masivo, condenado a terminar menos en un libro que en los suplementos culturales, la radio o la televisión”[1].   

En efecto, la era del Homo Videns ha convertido a Borges en una figura pop, en un mito accesible a todos, y, por eso mismo, en un cliché. Por paradójico que pueda parecer, el autor de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es dentro del universo literario/cultural el más popular de los escritores, incluso muchísimo más pop que los escritores llamados “populares”. Hoy ya no es posible decir “conjetura”, “conjunción” o “paradoja” sin pensar en Borges, del mismo modo que es inevitable prever plagios si se emplean sinécdoques como “la unánime noche” o “fatigar bibliotecas”.

Todas estas pequeñas promulgaciones hacen de Borges un lugar común en el imaginario literario y no necesariamente un escritor que, como diría J. M. Coetzee, renovó más que ningún otro el lenguaje de la ficción[2]. Pero quizá todo esto sea en principio culpa de Borges, pues a pesar de haber escrito condenadamente bien, es indudable que ayudó a forjar su destino pop, y no solo como figura, sino también en el plano artístico. 

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Cuando el crítico literario Javier Aparicio Maydeu escribió en 2002 un artículo sobre Historia argentina de Rodrigo Fresán, dijo algo que ahora puede parecer desconcertante: “¿Un Borges pop? Tal vez Borges y lo pop formen un oxímoron…”[3]. Bajo otro punto de vista diríase que en lugar de oxímoron, Borges y lo pop forman un absoluto pleonasmo. Esta misteriosa amalgama parece venir desde mucho antes de que Borges sea Borges, es decir, ese escritor tocado por la fama y recurrente visitante a programas televisivos. Casi como un sistema paradojal, el encuentro de Borges con lo pop se lleva a cabo cuando este precisamente no es nada popular.

Siendo un completo desconocido, Borges tiene un primer flirt con la cultura pop dentro de su propia literatura. Más allá de sus reconocidos signos vitales como escritor –la reflexión metafísica, las proezas técnicas o retóricas, la especulación, la erudición intolerable, la perfección del estilo, etcétera–, Borges es también un reivindicador de los géneros populares y utiliza sus formas no tanto ya como una expresión estética en sí misma, sino también como pura política. Alan Pauls nos vuelve a decir que Borges fue “el escritor más peleador de la literatura argentina” y convirtió “la literatura en un gran campo de batalla, los libros en armas, las palabras en golpes”. Según Walter Benjamin la política es sinónimo de oposición y bajo este precepto podría decirse que Borges tuvo gran esencia política, pues todo en su postura literaria es resistencia, contraste, provocación: Quevedo versus Góngora. Cervantes versus Quevedo. Dostoevisky versus Tolstoi. La alta literatura versus la “literatura popular”. Cita alegremente a Wells, a Chesterton, a Kipling, a Wilde, a Stevenson, solo para provocar y seguir haciendo política literaria. Agrega Alan Pauls: “La discordia y la violencia nunca ceden en Borges. El tango solo le importa en la medida que puede oponérsele a la milonga; escribe sobre Almafuerte solo para pelearse con Lugones, y se pelea con Lugones”. Oposición e irreverencia, quizá estas dos palabras podrían definir a ese primer Borges. De ahí que haya sido un defensor agresivo de los géneros populares sin proponérselo del todo; tal vez en primera instancia por oposición a la feligresía de la “alta cultura”, pero luego, quizá, por simple gusto estético.

De esta manera incursiona tempranamente en lo pop, apropiándose de sus sistemas formales solo para violentarlos dentro de su propia órbita. Hace relatos policiales –incluso inventa a Bustos Domecq, autor de cuentos detectivescos, y se burla del género–, compone milongas, explora en las ficciones sobre gauchos y guapos cuchilleros, escribe cuentos fantásticos desde la concepción popular anglosajona, erige poemas con palabras pop como “morfina”, “film cinemático”, “hambre sexual”, “plano ultra-espacial”, “anarquismo”[4], y, por supuesto, tantea con la oralidad argentina sin caer en lo estrictamente oral[5].

Pero ahí no queda todo. Otro factor que vincula a Borges con lo pop se encuentra definitivamente en sus conferencias literarias, donde su voz y su ritmo –a diferencia de la voz y el ritmo en sus escritos– admiten cierta condescendencia y se vuelven amables con el receptor. Es pues en este punto donde Borges toma conciencia por primera vez de que existe un público, una masa, y que ya no podrá escribir ni hablar más para sí mismo, sino para otros, para rostros extraños que no solo lo escucharán, sino también lo grabarán y, como en muchas de sus ficciones, lo volverán un ser infinito al reproducirlo[6].  

Consciente de estos protocolos de índole divulgativa, Borges se transforma, es decir, se vuelve pop una vez más. De inmediato aprovecha las posibilidades del registro sonoro y se establece desde entonces y para siempre como el escritor más oral y hablado de la literatura latinoamericana. Alan Pauls se hace aquí la siguiente pregunta: ¿Por qué el decir de Borges es más popular que su literatura? Se responde así: “En parte porque la voz viaja más y mejor que lo escrito, y porque es un material más sensible a la lógica reproductiva de los medios de comunicación (…) Borges escrito fascina pero es inapelable; el Borges oral propone un hechizo menos costoso y tal vez más conmovedor, el de una voz expuesta, siempre en peligro, desnuda. Dulce revancha del lector humillado: Borges, al hablar se da el lujo de necesitarnos”. En efecto, Borges por primera vez se entrega por completo a su público y se vuelve la versión más amable, más “humana”, más pop, de su literatura.     

Ahora bien, no puede olvidarse que Borges utilizaba todas estas categorías de la cultura popular para contrarrestar con ellas un discurso oficial y crearse un espacio literario propio que hoy por hoy lo redefine. A más de treinta años de su muerte, esto solo puede demostrar dos cosas inapelables: su enorme dimensión política y cómo lo pop en su universo no es un oxímoron, sino un absoluto pleonasmo.   

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El Borges público: esa figura que se paseaba con mucho gusto frente a las cámaras y sets de televisión; esa figura que, “al cabo de los años”, ha derivado inevitablemente en un ícono pop. De este otro Borges nunca puede saberse cuándo está hablando en serio o en broma, cuándo está aburrido o muy cómodo, cuándo agotado o enérgico. Hay un episodio que, como casi todo en Borges, se ha vuelto un lugar común para describir su conducta en la televisión live action. El suceso ocurre durante su segunda entrevista en el programa A fondo de La 2 (TVE), conducida por el periodista Joaquín Soler Serrano. Allí se le menciona algunos nombres de los autores jóvenes del momento. Se le pregunta por Julio Cortázar y Borges se disculpa por no haber seguido su obra luego de haberle publicado Casa tomada. Se le consulta por Gabriel García Márquez y alaba Cien años de soledad (aunque en otra entrevista diría que “con 50 años hubiera sido suficiente”). Se le menciona a Mario Vargas Llosa y lo desdeña sin asco. Finalmente, el periodista le pregunta por su autor favorito y Borges, entre sorprendido y feliz, le responde: “Bueno… hay un joven Virgilio que promete mucho, eh”, y se parte de risa ante la duda del entrevistador. En otra oportunidad, Borges muestra todo su esplendor mientras un periodista en Roma trata de ponerle en aprietos con la siguiente pregunta: “¿Borges, en su país todavía hay caníbales?”. A lo que el autor de Ficciones responde con algo mucho más provocativo todavía: “Ya no. Nos los comimos a todos”.

Travieso y divertido, Borges es la hilaridad personificada. “Siempre jodiendo” podría decirse sin ningún temor de caer en la ofensa, ya que son todas estas señas las que componen en parte la figura pública de Borges y muestran por qué a la postre ha derivado en tanta popularidad y lugar común.

Uno de los principales atractivos de su imagen pop es que a pesar de haber nacido en el siglo XIX, Borges parece un contemporáneo nuestro o, por lo menos, alguien muy cercano gracias a la ilusión de los medios tecnológicos. Nunca hemos visto ni veremos a James Joyce o a Marcel Proust, mucho menos a Franz Kafka, tomando el pelo a periodistas o meando en suntuosos urinarios mientras son fotografiados. Ni siquiera a Hemingway, el terrible y legendario Hemingway, quien siempre aparece solemne y manso en los pocos registros audiovisuales que se tienen de él. En cambio en Borges, pese a toda su estampa decimonónica y erudita, la travesura pública sí es posible. Así vemos en él no solo a la Literatura, sino también al humano o al Dios hecho hombre, y eso en definitiva lo populariza. De ahí que más allá de la admiración que deriva la figura de Jorge Luis Borges, también hay otra cosa que deriva de su nombre: el afecto puro.

He ahí la razón por la cual Borges ha proliferado fuera de su literatura, convirtiéndose prácticamente en una marca o un producto intercambiable. Desde frases imposibles adjudicadas a él hasta memes de burla con su gato Beppo. Desde polos con estampas de su rostro hasta tatuajes con sus versos más famosos. Desde creepypastas protagonizadas por su persona hasta canciones dedicadas a su honor. Si se googlea su nombre aparecen, según la analítica web, cerca de 40 millones de entradas de búsqueda, superando por mucho a las 21 millones de entradas de Gabriel García Márquez, 11 millones de Mario Vargas Llosa y 7 millones de Julio Cortázar.       

Algunos hechos han alimentado más esa popularidad. Por ejemplo, el saber por su viuda María Kodama que estaba encantado con Pink Floyd y que para celebrar su cumpleaños ponía “Run like hell” a todo volumen. Nada de Mozart, Brahms o Chopin. Solo Pink Floyd y, a veces, The Beatles. También están las graciosas selfies con Vasco Szinetar, fotógrafo venezolano, quien dijo que la foto con Borges iluminó su proyecto de “Retratos frente al espejo” como una opción de vida fotográfica en el tiempo[7]. Y, claro, también están las míticas fotografías de Borges meando en los suntuosos baños del antiguo Colegio de San Idelfonso en México D.F. El fotógrafo Rogelio Cuellar, responsable de las estampas, cuenta que había sido bautizado por Borges como “El Duende” y que cuando el autor de El Aleph sintió el click de la cámara dijo en doble sentido: “El duende ya está haciendo travesuras”. Cosas como estas, además de no tener problema alguno en dar su número de teléfono a la salida de sus conferencias y entrevistas, han colocado a Borges en el centro de la esfera pop.

Desde hace ya buen tiempo se volvió usual que músicos famosos mencionaran encuentros no comprobables con Borges en algún momento de sus vidas. Luis Alberto Spinetta, por ejemplo, cuenta en Mastropía. Conversaciones con Luis Alberto Spinetta que conoció a Borges y charlaron largo y tendido sobre literatura y política. Por su parte, Joaquín Sabina y Facundo Cabral aseguran haberse cruzado con Borges en algún bar de la ciudad. Incluso confiesa María Kodama que en un hotel de Madrid, Mick Jagger vio a Borges y se arrodilló a sus pies y dijo: “Maestro, he leído todos sus libros”. A lo que Borges, entre sorprendido y halagado, preguntó quién era. “Soy Mick Jagger”, dijo el cantante. “Ah, contestó Borges, uno de los Rolling Stones”[8].

Pero como si todo esto no bastara, algunos músicos y grupos musicales han llevado a Borges a sus propias creaciones. Charly García en “Córrete Beethoven”, Divididos en “Qué tal”, Ariel Leira  en “Sin tu amor”, Miguel Mateos en “Bar imperio” o Salta La Banca en un “Vals para Jorge”. A juzgar por su referencia inmediata a Borges, los casos más extremos en pleitesía son los de la banda argentina llamada literalmente Cuentos Borgeanos y los del álbum de hip-hop “Curso básico de poesía”[9] compuesta por Rapsusklei, Sharif y Juaninacka, en donde entre canción y canción se escuchan extractos de la voz de Borges recitando un poema o dictando una sentencia. Se sabe también que en 1999 Pedro Aznar llevó adelante el ambicioso proyecto de musicalizar varios poemas de Borges y tocar en vivo esa música en el Teatro Colón. El resultado fue un show con artistas invitados como Rubén Juarez, Mercedes Sosa, A.N.I.M.A.L. y otros.

De esta manera, Borges como ícono pop ha penetrado en campos que no son necesariamente los campos en los que se descarga el interés por la literatura: el cine, la televisión, el internet. Mick Jagger, en su debut como actor en la película Performance(1970), aparece recitando un extracto de El Sur; Umberto Eco basa un personaje principal de su famosa novela El nombre de la rosa en la figura de Borges; en internet se pueden hallar foros con creepypastas o historias de Borges en los que aparece en comisarías, programas de televisión matutina, bares de dudosa reputación e, incluso, peleando a cuchillo con un peronista.

Llegados a este punto, valdría recordar que Borges era un opositor del deporte más popular del planeta. Parte de su agenda política en la vejez fue desacreditar el fútbol y, cada que podía, soltar un dardo venenoso en su contra. Así aparece nuevamente el Borges peleador, contrincante, eterno disidente. Pero esta vez ya nada tiene que ver con la literatura ni con la oficialidad culta de su época, espacios que ha conquistado con mucha justicia, sino más bien entra en disputa con el gran público, con la canalla, con el gusto generalizado del mundo.

Durante la final del Mundial de 1978, reñido entre Argentina y Holanda, Borges se las arregla para cometer la herejía más grande a su patria: convoca, a la misma hora del encuentro, una conferencia sobre “La inmortalidad” en su biblioteca, la cual se llena de simpatizantes. Dos años después, en una entrevista para el programa televisivo “La gente”, dirigido por Augusto Bonardo, declara: “Qué raro que no censuren a Inglaterra su mayor pecado: la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol. Qué raro que nunca se critique esto. El futbol fue severamente condenado por Kipling y por Shakespeare en Hamlet. ‘Esos bajos jugadores de fútbol’, dice Shakespeare. Y Kipling muchas veces, desde luego. Dos máximos poetas de Inglaterra lo condenaron. Y aquí, en Argentina, la gente lo alaba”.   

Aunque parece no darse cuenta de lo que hace, esta nueva política en Borges –bajo los términos del marketing y la publicidad– arrastra una demagogia invertida, es decir, en lugar de entrar en populismos archiconocidos, ataca el populismo pero solo para disfrazar su misma búsqueda: captar la atención pública, entrar al mundo pop y ganarse, nuevamente, su propio espacio.    Con todo, quizá lo más evidente de la popularidad de Borges sea algo que Adolfo Bioy Casares previó como algo escandaloso: aquello de que hoy en día todo el mundo conoce a Borges, aunque muy pocos –poquísimos– lo lean. ¿Qué otra característica más pop que esa puede haber para identificarla? Francamente, ni una sola.


[1] Alan Pauls, El factor Borges.

[2] J. M. Coetzee, Costas extrañas.

[3] Javier Aparicio Maydeu, Un Borges “pop”. Diario El País. 02 de noviembre, 2002.

[4] Jorge Luis Borges. Insomnio. (1920)

[5] Recuérdese que en un ensayo mencionó que el Corán no hay camellos porque Mahoma no tenía por qué saber que para escribir un texto específicamente árabe tenía que haber camellos: los camellos eran para Mahoma parte de su realidad, no podía distinguirlos; por el contrario, “un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página”. Mahoma sabía que podía ser árabe sin camellos, al igual Borges sabía que podía escribir en argentino sin caer en una falsa o impostada oralidad. 

[6] Si se hace un rápido repaso de los audios en video de sus conferencias en YouTube, podrá verse que su disertación sobre Ulysses de James Joyce tiene más de 140 mil reproducciones; su ponencia sobre la Poesía, 350.748 mil reproducciones; su charla sobre La divina comedia, 143.565 reproducciones; su conferencia sobre el Budismo, 276.753 reproducciones; sobre la ceguera, 134.191 reproducciones; sobre Las mil y una noches; 73.778 reproducciones, etcétera.  

[7] Entrevista a Vasco Szinetar (Venezuela 1948), realizada por Almuneda Cruz. Diario El Día. https://cutt.ly/jgACDuC

[8] Entrevista a María Kodama. Diario La Nación.https://cutt.ly/qgA0ERe

[9] Aquí el enlace de YouTube del álbum “Curso básico de poesía”: https://cutt.ly/lgA9Mqa

Zen para distraídos

La autora es una de las figuras más representativas del  budismo zen en Brasil. Antes de eso, ejerció el periodismo en diversos medios; y esa experiencia se advierte claramente en la propuesta de este, su más reciente libro. Porque Zen para distraídos es, sobre todo, un testimonio personal sobre el poder de la meditación y el autoconocimiento; y hasta si se quiere, una crónica didáctica y masticada de cuanto significa el budismo para el bienestar emocional en la vida diaria.

"Zen para distraídos es, sobre todo, un testimonio personal sobre el poder de la meditación y el autoconocimiento."

Aquí repasa varias de las lecciones y pensamientos vertidos en “Momento zen”, su programa de radio cuya dinámica es conversar y responder preguntas de su enorme legión de seguidores. Y tiene sentido: porque si la comunicación de nuestros tiempos pasa por la inmediatez, Monja Coen se apoya mucho en una tradición narrativa muy oral, con una expresividad siempre reposada, compuesta de frases cotidianas de una profundidad aplastante, que saben a reflexión pero también a sabiduría ancestral.

Ya se sabe que nuestro ritmo de vida es una puerta directa a la distracción. Este libro representa una ayuda no para clausurar esa entrada, sino para tener las herramientas necesarias para poder traspasarla y salir indemnes, y quizás también un poco más sabios. Más humanos.

Lo que fue presente (Diarios 1985-2006)

Los diarios son un género singular. Pueden ser muy literarios o exageradamente personales. Algunos tienden a la reflexión. Otros son solo un recuento de lo vivido. Unos son osados y demasiado íntimos. Revelan muchos secretos, propios o compartidos, que son contados como una liberación o una forma de resarcimiento. Contienen hechos sin importancia o sobresalientes. No corresponden precisamente a la ficción, pero se los lee con la misma fascinación porque siempre son un descubrimiento. El personaje principal es el mismo autor. En este caso, el escritor que crea estos discursos como un método de escritura, ya sea a favor o en contra. Aquí lo confidencial se convierte en algo público. Puede ser una confesión o una infidencia, un testimonio o una venganza.

 “Lo cierto es que varios escritores escribieron diarios: Kafka, Tolstói, Nin, Pavese, Ribeyro, Sontag y Piglia, por dar un ejemplo. El colombiano Héctor Abad Faciolince se suma a esta lista”.  

Lo cierto es que varios escritores escribieron diarios: Kafka, Tolstói, Nin, Pavese, Ribeyro, Sontag y Piglia, por dar un ejemplo. El colombiano Héctor Abad Faciolince se suma a esta lista. Esta primera entrega va desde que tenía 27 años hasta cuando publicó su libro más importante: El olvido que seremos. Aunque otras cosas llegan a resaltar, como la muerte de su padre, sus estudios en Italia, sus primeras amantes, su temprano matrimonio y sus dos hijos. Se reitera el tema de las amantes, tanto en Europa como en su natal Medellín. Pues, como él mismo confiesa, no puede dejar de sentir una atracción hacia las mujeres, como tampoco puede dejar de obsesionarse por el sexo masculino, no en el plano homosexual sino en lo comparativo.

La descripción de sus actos sexuales también es otra reiteración. Una excepción es lo literario. Sobresale la mención de sus lecturas y la búsqueda constante de un espacio ideal para convertirse en escritor. Surgen sus primeras publicaciones y la amistad con editores. Se suman sus viajes y su relación con otros escritores. Imposible no comentar el viaje a Cuba con García Márquez, muy a pesar de haberle hecho una mala crítica. Se suma el premio Casa de América por su novela Basura, la violencia de su país y la familia.

LO QUE FUE PRESENTE (DIARIOS 1985-2006) -

La autoridad de la ignorancia

Hace ya varios años, sin que venga a cuento por qué, alguien me preguntó qué hacía falta para escribir un poema notable. Imaginé que esta persona se refería a aquello incuestionable, atemporal, necesario, aquello, en suma, que una vez insertado en la realidad no podría desaparecer de ella sin el riesgo de dejarla huérfana o incompleta. La pregunta, naturalmente, me tomó por sorpresa y me encontré desamparado, sin arma alguna con qué defenderme. Yo era entonces un veinteañero sin libro publicado y con una idea muy gaseosa de lo que significaba, en verdad, la poesía, a pesar de haber estudiado una carrera de letras en una universidad pública con varias promociones de distinguidos poetas y considerarme un lector, a carta cabal. Tras unos segundos de reflexiones infinitesimales dentro de mi cerebro sólo atiné a responderle a esta persona que hacía falta mucha suerte para lograr tal prodigio. Cuando mis recuerdos vuelven a ubicarme, con su torbellino inopinado, en ese preciso instante, me veo ofreciendo una diversidad de respuestas ingeniosas, cada cual más confusa, e intento hacerlas encajar con un candor que, presiento, siempre se mantendrá cuando aborde el tema en cuestión. ¿Existe, acaso una respuesta satisfactoria o que por lo menos arañe la superficie del asunto y logre desprender una incierta viruta dorada? Posiblemente no. Samuel Coleridge, como tantos antes de él, diría que el secreto radica en imitar a la naturaleza, lo cual me resulta una noción vaga, por no decir inabarcable. Valéry, siempre formal en sus ideas, podría decir que la respuesta es el trabajo indesmayable; Lezama, que son las empresas difíciles las que conducen a una poesía verdadera. Cualquier otro afirmaría que es una cuestión de temperamento, de tener agallas. Mi yo del pasado habló de suerte. Lo único que tenemos claro es que somos seres horribles y, por tanto, buscamos la belleza que la poesía promete. Se anhela lo que no se tiene. Podría afirmarse, socráticamente, que nada se sabe, y sería éste un primer paso, el único posible, ese lento y largo paso que, a velocidad geológica, nos acerca, nos hace sospechar. Otro tanto de incertidumbre brota de nuestro vulnerable ser cuando nos preguntamos qué es la poesía, qué, un poeta.

Siempre he desconfiado de quien, con un marcado anhelo afrodisiaco, se llama poeta sin el más leve remordimiento, o de quien dice escribir poesía o vivir en poesía, aunque esto último tal vez sea factible si es que se tiene buen tino para elegir las lecturas (lo digo, bajo el riesgo de sonar pretencioso). A lo mucho se llegan a escribir poemas, meras noticias de nuestros sentimientos u obsesiones sin que ello signifique haber traspuesto la valla de lo significativo; la poesía es, en último caso, el premio mayor: difícil que a uno le toque. Una de las probables evidencias de estar ante un timo es, precisamente, la declaración, explícita o no, de haber dado con esa respuesta inexistente, esquiva, y ufanarse de cierta exclusividad en cuanto artista. ¡Cuántas veces, en el pasado, se habrá jugado con la esperanza de los incautos al haberles vendido la piedra filosofal o la solución a la cuadratura del círculo!  W. H. Auden, en su libro de ensayos El arte de leer, ha escrito: “Ningún poeta ni novelista desearía ser el único escritor de toda la historia; a la mayoría, en cambio, le encantaría ser el único escritor de su tiempo, y un buen número cree ingenuamente que ese deseo le ha sido concedido”. Esta declaración, por cierto, pareciera menos válida entre narradores que entre “poetas” (sólo un poco), si concedemos a estos últimos un cierto aroma de merecimiento, de dignidad debido al reducido culto de su labor, de privilegiada singularidad (autoimpuesta, claro está), ya que no pocos, en una alucinación de trascendencia, llegan a pensar que la poesía, en verdad, logra mover montañas o revierte, célula por célula, la podredumbre de los cadáveres, cuando su valor es un hecho discutible y, en última instancia, misterioso.

“La poesía podría ser, en efecto, la gesta de una multitud de pueblos por rescatar a una mujer bella o el tenedor, ya sin brillo, que al sujetar con nuestra diestra mano durante el almuerzo se nos figura un monstruo fugado de un cuadro del Bosco, tal como sucede en un poema de Charles Simic”. 

A lo sumo, existe la duda, la intención de estar en el lugar preciso donde la poesía sucede o podría estar sucediendo, e intentar trasvasar, con temblorosa mano, la lección de lo entrevisto. La poesía podría ser, en efecto, la gesta de una multitud de pueblos por rescatar a una mujer bella o el tenedor, ya sin brillo, que al sujetar con nuestra diestra mano durante el almuerzo se nos figura un monstruo fugado de un cuadro del Bosco, tal como sucede en un poema de Charles Simic. En el capítulo III de La cartuja de Parma de Stendhal, Fabricio del Dongo, el héroe de la novela, intenta tomar parte de la batalla de Waterloo. Es un jovencito ingenuo, criado en las mieles de la aristocracia milanesa, y es la ignorancia de mundo el reactivo necesario para hacerle anhelar una hazaña valerosa, digna de la Jerusalén liberada de Tasso; su cuerpo aún no es el de un adulto listo para el combate cuerpo a cuerpo, y puede que su aliento puro y sin olor, como diría Montaigne, “semejante al de un niño saludable”, delate sus escasas posibilidades de sobrevivir a tan sangrienta cita, pero siente que su ánimo puede pulverizar a cualquiera como lo haría la metralla de una bomba.

 “Pues bien, no es mi intención hacer una parábola a partir de este fragmento de la Cartuja”. 

Obviamente, su participación es un fiasco, ni siquiera sabe que han empezado las hostilidades, ni mucho menos el aspecto de los hombres a quienes deberá enfrentarse a muerte ni la temperatura ni el sonido de las vísceras cuando van a dar el piso o la inolvidable pestilencia de la sangre, sólo escucha el ruido ensordecedor de los cañonazos, aunque en cierto momento de la batalla un sargento le grita al él y otros soldados despistados que el Emperador, junto a un cortejo de bien trajeados oficiales, está pasando cerca de sus posiciones; es formidable, desoladora, la forma en que Stendhal describe la reacción de Fabricio; “abrió unos ojos como platos”, afirma el narrador omnisciente, pero aún así el joven no logra ver sino a un grupo de hombres cuasi fantasmales alejándose en sus caballos, y se increpa con dureza porque el aguardiente que ha bebido ante de ingresar al campo de batalla para darse valor le impide ver con claridad. “¿De verdad ha pasado el Emperador por aquí?”, les pregunta a sus ocasionales camaradas. “Pues claro”, le responden. “¿Cómo es que no lo has visto?”. Días más tarde, mientras se recupera de sus heridas en una posada, se pregunta, bastante contrariado: ¿de verdad he presenciado una batalla?, ¿fue aquella la batalla de Waterloo de la que hablaban todos? Pues bien, no es mi intención hacer una parábola a partir de este fragmento de la Cartuja. Me seduce decir, como intenta explicarse Jules ante Vincent Vega al final de Pulp fiction, que la batalla (o el Emperador) es la verdadera poesía y Fabricio del Dongo es aquel ingenuo que se atreve a enfrentarla, y que los soldados, el decorado y demás utilería bélica son las circunstancias imprevistas e indesligables que asedian a quien osa atreverse, pero esto tampoco es exacto, ni tendría por qué serlo.

“Sólo pienso, aunque resulte un lugar común, que es mejor no tratar de explicarla”. 

Sólo pienso, aunque resulte un lugar común, que es mejor no tratar de explicarla. Es algo similar a la célebre frase consignada por Agustín de Hipona en sus Confesiones, cuando reflexiona sobre la naturaleza del tiempo (“Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”), enalteciendo, con esto, la autoridad que bebe de la ignorancia. Acaso quien, con humildad, intenta definir la poesía, de la misma forma que un rabino diserta sobre Dios sabiéndose impedido de pronunciar las sagradas letras del Tetragrámaton, acaso, digo, esta persona sea atendible, siempre que asuma lo insulsa, parcial e incluso cómica que puede resultar tal definición, pero no quien habla con una autoridad falsificada. ¿Por qué prestar oídos, entonces, a quien asegura que haciendo un dripping poético se alcanza el arte, o, aún peor, a aquel que presume, a ojos cerrados y sin permitirse siquiera pestañear, de un virtuosismo ex machina?

Sol de Medianoche (Crepúsculo 5)

Poco tiempo después de que Stephenie Meyer diera por concluida la saga Crepúsculo, en el 2008, se filtraron doce capítulos de lo que sería su siguiente libro, Sol de Medianoche. La decepción de la escritora fue tal, que decidió detener el proyecto de inmediato. Recién recobró la motivación para acabarlo a fines de esta década y el libro apareció en librerías a mediados del 2020, para la alegría de sus millones de fans.

 “Crepúsculo cuenta la embrollada historia de amor entre un vampiro, Edward Cullen, y una humana, Bella Swan”.

Crepúsculo cuenta la embrollada historia de amor entre un vampiro, Edward Cullen, y una humana, Bella Swan. Salvo algunas excepciones, los cuatro libros son narrados por Bella. Sin embargo, en Sol de Medianoche, Edward toma la palabra y nos narra los hechos del primer libro, Crepúsculo, desde su perspectiva. Una audaz movida, que fue copiada por otra popular saga, “Cincuenta Sombras”, lo cual desanimó aún más a Mayer, que dilató su publicación.

¿Qué aporta Sol de Medianoche a una historia ya conocida? Pues nos acerca más al hermético Edward y permite conocer más sobre su pasado: su relación con su madre y su hermana, o su deseo de pelear en la Primera Guerra Mundial. Incluso se cuenta que la lectura de los borradores de este libro sirvió al actor Robert Pattinson para encarnar mejor a Edward en la adaptación cinematográfica de esta inolvidable saga.

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Preferiría no hacerlo

Preferiría no hacerlo, contestaba siempre Bartleby, el imperturbable escribiente de Herman Melville. Se negaba a enfrentar los quehaceres cotidianos, a contar algo sobre sí mismo, a examinar sus propias notas, a opinar o, en general, a encontrar algún sentido a su vida más allá de la reproducción mecánica que le suponía su oficio de copista. Eventualmente, eludirá incluso eso. Desde una desfachatada pasividad, el amanuense se desentiende del mundo, abandona todo compromiso, todo proyecto. En ese sentido, con esta alegoría Melville no solo se adelanta —desde el absurdo— a la muerte que sobrevendrá al sujeto posmoderno, sino también nos ofrece las herramientas —y las fuerzas— para rechazarla y seguir preguntándonos, de manera vital, por lo humano.

Con esto en mente y ya situados en el mundo contemporáneo, descentrado y múltiple, ¿puede una creación, una mirada, una forma de articular el mundo, ser reflejo y al mismo tiempo tener una distancia crítica respecto de su lógica cultural? ¿Podemos recoger las lecciones de Bartleby para identificar o plantear una literatura posmoderna que, a la vez, esté orientada a un centro, a un significado? Obras icónicas como El gran Gatsby, de Fitzgerald, o El arco iris de la gravedad, de Pynchon, ya nos han mostrado desde la narrativa el desencanto por la modernidad, o la indistinción entre alta cultura y cultura de masas, un cambio de moral, a fin de cuentas, pero ¿es posible una crítica de ese cambio, o al menos un desafío a sus preceptos, desde su propio seno? ¿Podemos encontrar sentido en la época del sinsentido?

Abocada a rastrear la “literatura del No”, a esos escritores que prefieren no escribir, Bartleby y compañía (1999), del escritor español Enrique Vila-Matas, puede darnos luz al respecto. Junto a El mal de Montano y Doctor Pasavento, esta novela forma parte de una trilogía metaliteraria y, más aún, de la ruptura del Yo. Fragmentaria, compuesta por 86 notas al pie que “comentan un texto invisible y no por eso inexistente”, híbrida en los subgéneros que nos propone, intertextual, con la cita y la alusión literaria como principales referentes, con un sujeto fracturado del que vemos apenas la superficie, Bartleby y compañía es una muestra de la renuncia de Vila-Matas a la idea moderna de la novela como totalidad encabezada por un Yo-Sujeto. Y, sin embargo, acaso por negación, omisión o parálisis, se nos va revelando que la multiplicidad —que Calvino definió como arte— no tiene por qué carecer de profundidad. Exploramos un laberinto “sin centro” donde “hay tantos escritores como formas de abandonar la literatura”, cuyo recorrido en sí mismo es el que amplía las dimensiones de la búsqueda de sentido y, por tanto, su valor.

 “Vila-Matas no se entrega, pues, a lo posmoderno sin sentido, sino que habita sus márgenes, la frontera desde donde se pueden observar las dos orillas”.

Vila-Matas no se entrega, pues, a lo posmoderno sin sentido, sino que habita sus márgenes, la frontera desde donde se pueden observar las dos orillas. El narrador de estos comentarios de un texto fantasma nos lo advierte, con un guiño a Walser: “Escribir que no se puede escribir, también es escribir”. Esto es lo que podríamos denominar una resistencia “desde adentro”, un gesto de rebelión desde las maneras posmodernas, que niega la “abolición de la distancia crítica” de la pauta cultural contemporánea de la que hablaba Fredric Jameson, importante crítico de la posmodernidad, para hacer, creemos, todo lo contrario: persistir, dar un giro, afirmar el mundo en el acto de negarlo, reapropiarse del sujeto que se intuye está ahí, detrás de la reproducción y del simulacro que lo toma todo. Esto lo vemos, por ejemplo, en la figura del copista: transcribe, reproduce, pero al hacerlo también crea, quizá a su pesar, un texto nuevo desde su propia subjetividad. Pensando en el Pierre Menard de Borges y en su propia labor de transcripción de citas, el narrador, un oficinista solitario y jorobado, concede: “Ser copista no tiene nada de horrible”.

 “Es un artefacto de múltiples lados, donde los fragmentos nos permiten reconstruir una realidad”. 

Algo similar ocurre con la narrativa de la escritora rusa Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura 2018, defensora de la novela-constelación como un acto de reconstrucción del lector, una polifonía muy alejada de la literatura solista del yo lineal, pero literatura del sentido al fin, desde las maneras de lo posmoderno. En su novela Los errantes (2007) se vale también de lo fragmentario y de la hibridez genérica. Compuesta por 116 textos que nos llevan de una historia a otra, de una estación a la siguiente, evadiendo siempre la línea recta, la novela tiene múltiples ejes, como el viaje, el cuerpo y lo extraño. Es un artefacto de múltiples lados, donde los fragmentos nos permiten reconstruir una realidad. Una mirada poliédrica donde “la constelación, y no la secuencia, es la portadora de la verdad”, según sentencia la narradora.

Los errantes es una ventana para ver el mundo con los ojos del peregrino, que no son los mismos que los del turista”. 

Los errantes es una ventana para ver el mundo con los ojos del peregrino, que no son los mismos que los del turista. El viaje, el constante movimiento, el cambio de coordenadas espaciales, son un fin en sí mismo. Un descentramiento permanente, diría Jameson. “Quien duerme, al perder el sentido del lugar en el que se encuentra, pierde en ese momento también la noción del tiempo. Cuantas más pausas en el espacio, o sea, cuantos más lugares experimentamos, tanto más se dilata nuestro tiempo subjetivo”, claman los teóricos de la psicología del viaje apostados en los aeropuertos de Tokarczuk. En estaciones y aeropuertos, observamos personas en tránsito, desarraigadas, pero siempre a la caza de señales, queriendo orientarse. No es casualidad que los textos vengan acompañados por un buen número de mapas dispersos a lo largo del libro. Tampoco que se apele a la psicología del viaje y a la casualidad sincrónica, “prueba de que el mundo no carece de sentido, de que este magnífico caos irradia en todas direcciones hilos de significados, redes de lógicas extrañas”. La búsqueda del sentido sobrevive la desorientación del viaje constante.

“La gente que está de viaje lo percibe todo como nuevo y puro, virgen y —en cierto sentido— inmortal”, dice la narradora de Los errantes y podemos advertir el puro presente y la euforia posmodernos, pero también la sensación de que el espacio se come el tiempo: el lector se angustia a pesar de estar inserto desde siempre en esa lógica. Vemos que un avión despega de Irkutsk a las ocho de la mañana y aterriza en Moscú a la misma hora del mismo día: es un amanecer sin pausa. El tiempo se ha disuelto en un “Ahora inmenso”, un tiempo que, nos dice la narradora, “debería usarse para la confesión de toda una vida”. Lo súblime posmoderno, la incomensurablilidad, se hace presente en la imposibilidad de captar todo lo que está ocurriendo, pero se plantean alternativas. “Hay demasiado mundo, así que es mejor concentrarse en el detalle, no en la totalidad”, dice la narradora de Tokarczuk y reverberan ecos del narrador de Vila-Matas: “Ya que se han perdido todas las ilusiones de una totalidad representable, hay que reinventar nuestros propios modos de representación”.

El largo camino de Castilla

A puertas del bicentenario surgen varias preguntas. Principalmente plantearé dos. La primera, y más necesaria, es la de cuestionarnos si hemos logrado construir una República. La segunda, si acaso la hemos construido, es la de saber si lo que somos hoy tiene una semilla de origen.

El largo camino de Castilla de Eduardo González Viaña (Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo, 2020) se nos plantea como una ficción histórica necesaria, donde el caudillo recorre el país a pie, desde Brasil, mientras conoce de primera mano a ese país oculto en la espesa selva amazónica.

Castilla ve cómo pese a que el Perú lleva algunos años como Estado, aún no logra cohesionar a su territorio ni tampoco integrar a los pobladores de aquella naciente república ¿suena conocido? Por su puesto, y es que pese a estar ambientada dos siglos atrás, los problemas que presentaba el Perú de entonces parecen más vigentes que nunca. El centralismo, la poca efectividad de las nacientes instituciones públicas y la escasa identificación de algunas zonas del país con el gobierno central quedan demostradas a través de diálogos con aquellos pobladores. Es así que el joven Ramón Castilla cambia de paradigma y a cada paso que da, se hunde también en profundas reflexiones sobre lo que significa ser realmente libres, de lo que valió finalmente ser una república.

Y si acaso esa vigencia pasa también por los problemas que se identificaron ya desde aquel momento, la segunda premisa es ¿qué tanto le debemos, entonces, a Ramón Castilla?

La respuesta es mucho. Desde su afán por ir en contra de la esclavitud hasta su idea de formar un ejército competente. Esta preocupación nace, justamente, al ver la debilidad (y ambigüedad) con las que se manejaban los puestos fronterizos. Se nos plantea entonces a un caudillo, sí, pero también al hombre detrás de la máscara de líder y cuyos afanes por transformar al Estado surgen por aquellas convicciones que lo atormentaban en su diario quehacer por la selva peruana. Intimista, reflexivo y dado a una dualidad más que interesante (el viaje interior y el viaje exterior), González Viaña logra algo más que una biografía narrada. Nos guía a través de una prosa limpia por paisajes, hechos y soledades de alguien a quien le debemos algo más que la lucha directa contra la esclavitud sino también el intento de cohesionar a un país que nació fragmentado.

Cholito y el Niño Manuelito, Navidad en los Andes

Si la literatura infantil peruana tiene un personaje bandera, ese es Cholito. Este héroe proveniente de la sierra del Perú, ha pasado por una infinidad de aventuras desde que el gran Óscar Colchado Lucio lo creara a mediados de los años ochenta: ha enfrentado a explotadores de niños (Cholito tras las huellas de Lucero), ha conocido a seres mitológicos (Cholito en los Andes mágicos) y hasta ha viajado en el tiempo (Cholito y los dioses de Chavín).

Ahora le toca salvar la Navidad. Pocos días antes de celebrarse esta festividad, cosas enigmáticas suceden en el pueblo. Primero, aparece una bella y misteriosa mujer, que busca a su hijo perdido, y luego, la figura del niño Manuelito, como se conoce al Jesús recién nacido en la sierra peruana, de la iglesia del pueblo es encontrada llena de barro. ¿Existe alguna relación entre ambos hechos? ¡Cholito lo averiguará!

“El libro ha sido escrito por el mismo Óscar Colchado y dibujado por otro maestro, Roger Ycaza (Diez canciones infinitas, Así de simple y una larga lista)”.

 

El libro ha sido escrito por el mismo Óscar Colchado y dibujado por otro maestro, Roger Ycaza (Diez canciones infinitas, Así de simple y una larga lista). De manera muy entretenida, acerca a los más pequeños a las tradiciones costumbres de los pueblos Andinos y cómo estas se manifiestan en la fiesta más celebrada del mundo, la Navidad.

Cholito y el niño Manuelito -