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60 años en la Orilla

¿Quién soy yo,
 ser sin forma
que el océano roe?
François Mauriac

Si existe eso que se conoce como autores de culto en el Perú, Luis Hernández sería de todos modos uno de ellos. Su obra, compuesta de tres poemarios publicados en vida —Orilla (1961), Charlie Melnik (1962) y Las constelaciones (1965)—; y muchísimos cuadernos manuscritos que regalaba a sus amigos, compilados por primera vez, junto a los libros mencionados, en Vox Horrísona (1978), ha generado lectores que continúan leyendo con devoción los versos del único poeta que pudo ser Premio Nobel de Física si no lo hubieran impedido “el mar, la cerveza y un amor”.

En Vox Horrísona (una obra abierta, en continuo enriquecimiento a medida que se suman manuscritos hallados) suelen destacar, precisamente, esos cuaderno ológrafos, opacando la obra édita. Poco se recuerda Orilla, que acaba de cumplir 60 años desde su publicación por ese sello también legendario, La Rama Florida, dirigido por el gran Javier Sologuren.

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Para Teo Pinzás, editor de Pesopluma —la casa peruana que se propuso poner en papel nuevamente una obra que sobrevivía en viejos ejemplares y fotocopias—, Orilla, si bien un libro de aprendizaje, también permite prefigurar algunos tópicos a los que Hernández recurriría luego en su poesía. “Lo más notable, creo, sería la influencia de la Generación del 27 española y, muy concretamente, de Juan Ramón Jiménez, que se puede palpar no solo en la construcción de los poemas (por estancias numeradas) y la onda lírica que cruza todo el conjunto, sino sobre todo en la prosodia de los versos”, comenta.

La periodista Ana Nuñez, fan declarada de ese poeta al que se le tiene tanto cariño que la gente a veces no llama Luis, sino Lucho, incluso Luchito, también considera que aunque no sea parte de lo más representativo, Orilla sí nos revela algunos de los elementos principales del universo que iba creando Hernández para entonces.

Para ella, Hernández fue un hombre único y fuera de serie, en el estricto sentido de la frase. “Más que ‘solo’ un poeta, lo considero un polímata”. La periodista cree que su vida es tan fascinante como su poesía, la que considera evidentemente autorreferencial.

“Hay mucho que aún no se ha dicho sobre su soñada coherencia. Sobre su impecable soledad”. Para ella, la vida del poeta fue “una dedicada a la búsqueda y creación de la belleza. Arriba y abajo. Adentro y afuera”. Núñez recuerda que en la entrevista que le hace Alex Zisman en junio de 1975, a mucha insistencia del periodista, Hernández revela textualmente que escribe poesía porque “es lo único que contesta, lo único que hace que sufra menos”.

Para leer la entrevista de Alex Zisman a Luis Hernández, hacer clic aquí.

Para Teo Pinzás, una vez que conectas con la poesía de Hernández, “él pasa inmediatamente a ser un cómplice, pues plantea una poética de la cercanía, una poesía desacralizada e íntima que es difícil encontrar en otros autores”. Cercanía, además, explicada por ese salto que Hernández dio al empezar a confeccionar sus libros de manera artesanal con poemas escritos a mano. Ese salto, de acuerdo al editor, abrió para Hernández la puerta de la experimentación sin límites, y eso se aprecia claramente en sus escritos, que salen del tono y los tópicos convencionales para confeccionar una propuesta muy propia.

Sesenta años después de Orilla, Hernández sigue siendo uno de los poetas más originales, interesantes y subversivos de nuestra tradición, y eso se debe a que “no se parece mucho a nadie” (Zambra’s dixit), añade Pinzás.

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¿Cómo explicar su vigencia? Para Teo Pinzás, desde varios ángulos: por un lado, es una poesía “sin segundas intenciones” y profundamente humana (‘contra el dolor’, como decía él mismo), lo que resulta atípico en tiempos en los que vivimos dominados por la lógica de los algoritmos, el marketing personal y el imperio de los likes. Por otro lado, tenemos que considerar el mito hernandiano, que lo ha convertido en un autor de culto de la contracultura peruana; aunque esto, creo, es siempre secundario a su poesía. También se puede mencionar el hecho de que Hernández sea un poeta sumamente lúdico, como Nicanor Parra o Lizardo Cruzado, pues el uso del humor acerca su obra a un público que no consume poesía porque la considera ‘muy seria’, ‘muy hermética’ o ‘muy rebuscada’. O el hecho de que proponga una estética híbrida, adelantada a su tiempo, en la que echa mano de todos los lenguajes que están a su alcance: collage, pintura, reescritura, apropiación, música, ciencia, cultura pop, etc.”.

“La poesía de Luis Hernández es un continuum”, dice Ana Núñez, nunca perderá vigencia. “Como el propio universo, que siendo el mismo siempre se está expandiendo, así es la obra de Lucho Hernández”.