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Con Salter junto al mar

Un recuerdo póstumo en memoria del gran escritor estadounidense.

Por Ulises Gonzales


 

«El único problema de tomar el tren a Manhattan es que llegamos a Penn Station», me dice James Salter. Estamos sentados en su casa, a unos pasos de la playa, en el pueblo de Bridgehampton en Long Island, disfrutando del calor del verano con vasos de agua con limón. Es el año 2013 y nos hemos puesto a conversar sobre política. Salter ha mencionado las obras de Bloomberg, el alcalde que se iba después de 12 años en el cargo.

«Alguna vez mirarán hacia el pasado y lo recordarán, junto a Fiorello La Guardia, como uno de los mejores alcaldes que ha tenido Nueva York», dice Salter. En una contienda reñida, que ganó el candidato demócrata Bill de Blasio, los candidatos estaban prometiendo que renovarían Penn Station, la estación de trenes que fuera derrumbada en 1963 para levantar un esperpento arquitectónico entre las avenidas Séptima y Octava de Manhattan.

Penn Station es un mercado con estaciones de tren y un mega auditorio: el Madison Square Garden. Tiene una galería de tiendas, casi todas angostas y de mal gusto, donde se pueden encontrar desde hot dogs hasta corbatas. «La vieja Penn Station era bonita, pero Grand Central Terminal siempre fue única en su clase», dice Salter. Le digo que mi experiencia de entrada a Manhattan siempre ha estado asociada con Grand Central y las dos puertas que se abrían al empujarlas y me dejaban respirar el aire de las mañanas de la calle 42. Desde allí caminaba cruzando Madison Avenue hasta llegar a la Quinta Avenida, avanzaba hasta la 34 y doblaba para caminar otras dos cuadras largas hasta el Hotel Pennsylvania.

En el segundo piso de aquel hotel, rentaban espacio los dueños de la academia de inglés a donde llegué cuando mi único apuro era quedarme a vivir una temporada en Nueva York. Desde las ventanas, cruzando la calle, se podían ver los anuncios de la pantalla electrónica, con los conciertos y partidos que se llevaban a cabo en el Madison Square Garden. Desde la callecita lateral, donde un peruano, una checa, un serbio y una italiana salían a fumar cigarrillos, se presenciaba el maravilloso espectáculo de las 600.000 personas que salen todos los días de las escaleras de Penn hacia la Séptima Avenida, desde New Jersey (New Jersey Transit) y Long Island (Long Island Rail Road); mezclados con los pasajeros del subterráneo y las diversas líneas de trenes continentales que llegan a Penn Station en el tren Amtrak.

«¡Weiner!», dice con espanto Salter, al mencionarse el nombre del candidato Anthony Weiner que por ese entonces tenía más opciones de reemplazar a Bloomberg. A Salter le parecía escandaloso que este joven y carismático exdiputado judío, que renunciara a su cargo cuando se publicaron fotografías de sus intercambios sexuales por Internet, mostrándole el órgano sexual a una conquista ocasional, estuviera por esos días a la cabeza de las preferencias demócratas (poco después de aquella conversación aparecieron nuevas pruebas de conducta inapropiada y la candidatura se desbarrancó). «Ninguno de ellos tiene lo que tiene Bloomberg», repite Salter, mientras menciona que ha conocido al alcalde en persona en algún evento editorial, que es pequeño de estatura y que no tiene ningún carisma. «Pero lo que ves es lo que es, no es falso, no tiene otra cara».

Uno de los temas que nos espanta a quienes participamos de esta conversación política de playa, es el tráfico neoyorquino: la imposibilidad de manejar en la ciudad. De poco sirve que les diga que el peor día de tráfico en Manhattan es un chancay de a medio comparado con un embotellamiento limeño. «Soy tan viejo que puedo recordar una época en que uno se podía estacionar en cualquier calle de Manhattan sin ningún problema», dice el escritor. Hablamos sobre los intentos de Bloomberg para reorganizar el tráfico e imponer tarifas de peaje a los automóviles que ingresan al Bajo Manhattan, una medida similar a otra que ha funcionado en Londres. «Los dueños de los estacionamientos de Manhattan se levantaron a protestar y bloquearon la medida», dice Kay, la esposa de Salter. Mi esposa y yo asentimos: estamos acostumbrados a escuchar que soluciones inteligentes se frustran por la oposición de intereses económicos.
«¿Es cierto que van a renovar la Public Library?», pregunta mi esposa. Pensamos en el edificio en la Quinta Avenida, en los leones que reciben a quienes desean ir a leer en ese palacio llamado sala de lectura. «No, no. Lo han renovado, pero no van a hacer ningún cambio», dice Salter, quien también guarda buenos recuerdos de aquella esquina donde se atesoran los libros que han llenado su vida (entre otras maravillas: un ejemplar de la Biblia de Gutemberg y el manuscrito de un cuento de Borges).

Detrás de la Public Library está Bryant Park, el de los multitudinarios almuerzos de mediodía sobre la grama en Manhattan, una de las experiencias asombrosas de Nueva York. «Bryant Park era el centro de la droga en Nueva York. Todo el suelo estaba cubierto de jeringas», dice Kay. «Había una línea de prostitutas que llegaba hasta la Octava Avenida».

Menciono Taxi Driver, esa ciudad retratada por Scorsese que quisieran resucitar quienes asocian el peligro con el verdadero Nueva York. «El crimen ha bajado 25% desde el último año», digo, citando un último informe de la NYPD. «Es que si a la gente le muestras un lugar ordenado, no las calles llenas de grafiti, está menos propensa a cometer un crimen», dice Salter. Kay lo mira, sopesando la idea. Es un concepto muy amplio, sin embargo, cuando se cuestionan las tácticas de la policía por detener y revisar a los sospechosos sin motivo alguno –siendo los sospechosos en su mayoría hispanos y afroamericanos–, las cifras parecen probar que el sistema de prevención ha funcionado. Una ciudad donde todos los días se mezclan a vivir 20 millones de personas de diferentes razas y creencias parece un sinónimo de desastre. Sin embargo, en los doce años de dictadura de Bloomberg, las cifras parecen probar que algo se hizo bien.
Hemos aparecido en su casa con una botella de aceite de olivo de Acaville en Arequipa, el valle donde creció mi madre. Salter ha garabateado en un papel unas palabras de agradecimiento: «the best olive oil in the world», escribe. Me hace prometer que se lo enviaré a mi madre. Luego, con paso muy lento –tenía entonces 87 años– Salter sube las escaleras al segundo piso (es una casa estilo campestre, algo vieja, que deja entrar mucha luz) y reaparece unos minutos después con un ejemplar de la primera edición de Dusk, una de sus colecciones de cuentos. Se sienta con lentitud, abre la primera página y escribe una dedicatoria y su firma.
«Van a extrañar a Bloomberg», dice Salter, dando por concluida la conversación política. Hay una brisa fresca. Hablamos sobre aprender idiomas, de Francia, de Budapest, de viajes a Latinoamérica. Él menciona una visita que hizo con su esposa, invitados a un evento literario en la ciudad de Parati, en el Brasil. «El tráfico es horrible en Sao Paulo», dice. «Para llegar al aeropuerto te puedes demorar entre 9 y 17 horas. Nunca volvemos a ir a Sao Paulo», dice. Mira a su esposa. Ella asiente.

«Son una linda pareja los Salter», decimos, al salir de la pequeña calle de su casa y entrar en la ruta 27 (que siempre tiene problemas de tráfico durante el verano). Pienso en que lo volveré a ver. Ha ofrecido llevarme a pasear en su viejo Mercedes. Pienso en que conversaremos en otra oportunidad sobre esa película futurista que filmó acerca de Nueva York y que nunca llegó a presentar. El 2014 Salter estuvo viviendo en Virginia como profesor invitado. Le había llegado la edición de la Penguin de los poemas de Vallejo que le envié. Ofreció reunirse con nosotros en el verano «para practicar mi español», dijo.

En junio de 2015, a 20 minutos de su casa, en Sag Harbor, el pueblo de tradición ballenera donde Melville imaginó Moby Dick, donde John Steinbeck vivió sus ultimos años frente al mar, murió James Salter. Salía de sus ejercicios de terapia física. Tenía 90 años cumplidos y fue uno de los grandes escritores de los Estados Unidos


Ulises Gonzales (Lima, 1972) tiene una maestría en Literatura inglesa por Lehman College, donde es catedrático. Ha publicado ensayos y relatos en publicaciones de distintos países, así como la novela País de hartos.