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Sobrevivientes

Por Jennifer Thorndike


1

A veces imagino tu cara en una mueca retorcida, a punto de reírse. Imagino que me miras y contienes una carcajada que quiere escaparse, una carcajada que se forma en tu pecho y emerge caliente, quemándote la garganta. Te ríes ante cada uno de mis fracasos: pones las manos en el estómago, tensas la mandíbula y comienzas con una risa casi inaudible, una torcedura de labios, una levantada de cejas. Luego abandonas el salón de clase y afuera ríes y ríes. Tu cuerpo se dobla de felicidad. No te contienes, sino que me llamas para hacerlo más evidente. Quieres que salga humillada y te mire rabiosa, quieres que explote por dentro, que las ganas de gritar me consuman hasta reducirme y convertirme en el ser insignificante que crees que soy. Así es el doctorado, así es la academia: violencia, competencia, capacidad de dañar. Dañar, golpear, lacerar. Tener más conocimiento, también más maldad.

Te ríes: la boca abierta, los ojos llorosos, la sensación de ahogo. Esta vez porque mi lectura del texto no solo no fue alabada, sino que fue refutada por el Advisor. Eso es biografismo, me dijo, no nos interesa discutir la intención de autor, continuó frotándose el mostacho y dándole la palabra a otro compañero. Cuando intenté defenderme, balbuceé una incoherencia y él dijo, dirigiéndose a la clase, que era mejor pensar un poco antes de hablar, sobre todo si no tenemos claros ciertos conceptos. Se levantó con dificultad de la silla y comenzó a dar una clase escolar sobre deconstrucción que estaba dirigida a mí. Incluso te consultó: Alessa, tú que sí has leído bien a Derrida, ¿podrías aclarar este punto? Y tú lo hiciste, hablaste casi quince minutos sobre On Grammatology. Cuando terminaste, apareció la mueca, el brillo en los ojos detrás de esos lentes que te has puesto para parecer intelectual, el codazo al compañero del costado, el dedo señalándome. Y la risa, esa risa que me golpea la cabeza y me hace apretar los dientes noche tras noche cuando intento taparme los oídos con la almohada para no escucharte. Entonces me envuelvo en la sábana y grito. Grito para que se calle tu risa. Pero sigue retumbando en las paredes, en el techo, en el suelo. Sin parar.

2

Siento arcadas al abrir la puerta de mi apartamento. Toso, me cubro la nariz. El hedor es insoportable. ¡Dónde estás, dónde estás!, grito. Busco al gato, ese gato peludo, gris, horrible que recogí de las calles para no sentirme tan sola. ¡Dónde estás! Gato asqueroso, se caga fuera de su caja de arena para ponerme peor de lo que ya estoy. No importa cuántas veces le haga oler los pedazos de excremento, cuántas veces le grite o le de palmazos en el lomo, siempre lo hace para vengarse porque no puedo jugar con él. No puedo, gato, no tengo tiempo. Tengo que escribir la tesis, tengo que leer, tengo que ser la mejor, tengo que ganarle. Lo veo en la ventana. Cuando repara en mi presencia, se esconde debajo de la cama. Sabe lo que ha hecho. Le grito más fuerte, lo insulto. Después me callo y él saca su cabeza. Le brillan los ojos. Yo le tiro las hojas tachadas de mi propuesta de tesis. Me las ha devuelto el Advisor con varias anotaciones, la mayoría de párrafos impugnados. El gato mira las hojas, luego me observa desafiante. Me siento una tonta por dejarlo abandonado, solamente para volver a fracasar, como tantas veces.
Recojo las hojas. De las veinte, hay doce que debo botar a la basura. Las demás, exceptuando una, necesitan cambios. Eso dijo el Advisor, necesitan cambios. Lee todo de nuevo porque no has entendido bien. Hay que leer varias veces, leer línea por línea, continuó mientras se frotaba el mostacho, gesto característico de su insatisfacción. Luego trajo un lápiz y una hoja en blanco y comenzó a hablar, a dibujar mapas, círculos, líneas, palabras inconexas. Yo no podía escuchar nada, no podía entenderlo. Minutos antes Alessa había salido de su oficina con el prospecto de tesis en las manos. Me abrazó al saludarme. Hipócrita, pensé. Estoy feliz, dijo sonriente, ya podré comenzar a escribir la tesis. Después me enseñó el pequeño signo aprobatorio en la esquina superior de la primera hoja. Un check en rojo, un check que yo esperaba, multiplicado. Cuando al Advisor le gustaba mucho un trabajo, ponía doble check. Lo había visto muy pocas veces, nunca en uno de mis ensayos. Me sacó de la oficina a los quince minutos, no tenía nada más que hablar conmigo. Con Alessa se había quedado casi dos horas.

Pongo las hojas tachadas sobre la mesa y voy al baño. Me pongo los guantes, busco el desinfectante y la escoba. Me dispongo a buscar los excrementos del gato. Miro en los rincones, también debajo del sillón. A los lados de la cama, en el clóset, en algún zapato. El animal está en la ventana y mira de reojo una imagen patética, enguantada y arrodillada en el suelo. ¡Dónde te has hecho!, le grito de nuevo. Entonces me acuerdo del Advisor, de su indignación al tachar las hojas, de su lapicero rojo que goteaba encima de las palabras que tanto me había costado escribir. Tu lectura es algo confusa, dijo cuando yo pensé que levantaba el lapicero para ponerme los dos checks. Otros estudiantes tienen las ideas mucho más claras que tú, continuó. Yo sabía que se refería a Alessa porque ella era la única que tenía decidido su tema de investigación desde el inicio. Siempre repetía: Al final del primer año me di cuenta de que seis de mis ocho ensayos trataban sobre enfermos o locos en la literatura latinoamericana. El tema llegó a mí. Llegó a ella, la más inteligente, la que aprendió sin parar desde que empezamos el doctorado, la que trabajaba solo tres horas al día y tenía el ensayo terminado antes que todos los demás. A partir de ese momento, Alessa se volvió monotemática: siempre hablaba de lo mismo, leía lo mismo, escribía sobre lo mismo. Y complementaba con algunas lecturas que le mandaba el Advisor para hacer más sólido mi marco teórico. Trabajaba con ambición, con las cosas claras. Ella sí sabía adónde quería llegar mientras yo solamente quería demostrarle que podía ser mejor que ella. Estudiaba para eso, trabajaba para eso, me destruía por eso. Pero nunca era suficiente: si yo iba a dos conferencias al año, ella iba a cinco; si yo me contactaba con algún académico, ella de inmediato le escribía para decirle lo mucho que admiraba su trabajo; si yo hablaba mal de su trabajo con los nuevos alumnos del doctorado, ella ya les se había contado lo malos que éramos todos los de su año y lo fácil que era hacernos llorar con una pregunta bien formulada. Yo era una mediocre que había destinado mi vida a acosarla mientras ella me destrozaba frente a todos. Soy una mediocre, pensé, arrodillada frente al gato, buscando sus excrementos. Y después de terminar la limpieza abro la ventana para disipar el olor y me siento en la silla del comedor para revisar las correcciones. Pero al sentarme una mancha asquerosa se esparce en mi ropa. El hedor sube por mis fosas nasales. He nacido para ser derrotada por unas hojas de papel y un gato que ha arruinado mis muebles y mi ropa. Por un check en lapicero rojo y una risa que no deja de sonar en mi cabeza.

3

Todas las mañanas intento peinarme con cuidado, pero es inútil. Una mata de pelo se desprende, después otra y otra más. Las miro y hago una bola con ellas, una bola grande que después tiro al tacho de basura. Una bola con mis manos inquietas, manos de quien toma demasiadas tazas de mal café cada día. Me voy a quedar sin pelo por culpa del doctorado, pienso cuando veo otras tres bolas de pelo que aumentan mis ojeras y mi estrés interminable. Calvicie y gastritis, esa gastritis que empeora cada día más. Estrés por la falta de tiempo, por lo que va a pensar el Advisor, por el siguiente logro de Alessa. Entonces mi estómago se manifiesta. Ardor y dolor. Y yo con la botellita de antiácido, cucharada tras cucharada. Pero no me alivia. Me sirvo un vaso de leche, intento tomarla mientras veo otra bola de pelo rodar por el suelo de la cocina.

Hubo tres suicidios en la universidad en menos de un mes. Una alumna se lanzó desde su apartamento, piso diecisiete. A un chico lo encontraron colgado en su dormitorio. Del último no hay mayor información. A través del periódico estudiantil, el Presidente de la universidad lamenta mucho las pérdidas y ofrece condolencias a las familias. Los difuntos aparecen sonrientes, se les describe como alumnos ejemplares, jovencitos llenos de energía que repartían su tiempo entre las fraternities o sororities, los deportes y otras actividades necesarias para su curriculum. Seguramente estaban inscritos en más cursos de los que debían, estudiaban sin dormir, comían en las clases. La universidad lo lamenta, dice la carta del Presidente, esa misma que fomenta la competencia, que engendra monstruos capaces de humillar para sobresalir, que se ríen a carcajadas del fracaso de sus compañeros. It is what it is, trabajar hasta que se te marquen las ojeras y no te reconozcas en el espejo, competir porque eso es tener ambición, eso es ser un auténtico ganador. Los amigos de los chicos muertos declaran a media voz en otros medios. Se repiten las palabras presión, ansiedad, Xanax. Hay que ser un aparato de producción, un cuerpo convertido en una máquina.

El Presidente manda emails. Busquen ayuda en el centro de apoyo psicológico, es gratis, escribe. Parece preocupado por los estudiantes, pero en realidad el problema es que el aumento de la tasa de suicidios no es bueno para la imagen de la universidad. Entonces, llega un email de nuestro Departamento. Nos citan a los estudiantes graduados, que también somos profesores, para hablar de los suicidios y discutir cómo lidiar con los alumnos que no aguantan la presión del sistema. Hay que estar alerta con los desadaptados, esos que todavía no aprenden cómo son las cosas. Las caras de las coordinadoras que nos hablan se muestran compungidas, en un gesto de dolor que más parece incertidumbre. Está claro que no saben qué hacer, sobre todo porque dos de los tres suicidas tomaron cursos en nuestro Departamento. Me limpio algunos pelos de la solapa y cuando los miro enredados en mis dedos quiero levantarme de la silla y decirles que dejen de pedirnos estupideces y que se den cuenta de que el sistema es una mierda. Todo está muy mal. Quisiera decir, por ejemplo, que la señorita sentada a mi lado, Alessa, lo único que hace es burlarse de lo mal que me va en las clases. Que desde que llegué al doctorado no he dejado de escuchar sus humillaciones, que no soporto su soberbia. Que por su culpa el pelo se me cae y he perdido varios kilos por esta gastritis que me quema la tripas. Que parezco una esqueleto con cuatro pelos en la cabeza, secos, débiles, quebradizos. Y entonces Alessa se levanta y, con su voz didáctica y profesional, expone ejemplos de lo que hace en su clase para que los alumnos no se agobien y se sientan bien. Ha llevado un Power Point para explicar los estúpidos juegos que comparte con sus alumnos. Alessa, además de ser la mejor estudiante, es también la mejor profesora. Y las coordinadoras, que no sabían qué hacer, ahora se sienten iluminadas. La aplauden, la felicitan mientras ella sacude su melena abundante sobre mi cara.

4

La universidad instaló una minúscula placa en una banca con los nombres de los tres chicos caídos durante el semestre. Yo quise juntar mis matas de pelo para ponerlas en su memoria, para decirles que los entendía y que estaba con ellos. Pero no lo hice. A cambio, llevé unas flores que en pocos minutos fueron destrozadas por las ardillas. Es que las ardillas siempre buscan qué comer entre la basura, entre los desechos que dejamos a nuestro paso.

5

Cuando me enteré, me costó creerlo. La noticia nos obligó a salir de nuestras casas, a tener contacto con los otros estudiantes que, en completo aislamiento, llevaban varios días solo dictando clase y escribiendo la tesis. Alessa estaba en el hospital. Había dejado de dar su curso durante una semana, algo muy raro para cualquier estudiante, pero mucho más para ella. Durante los cuatro años que llevábamos en el doctorado, Alessa no había faltado nunca, no se había permitido una mancha en su historial. Ella fue perfecta hasta que sus alumnos se quejaron por su repetida ausencia. No la veían desde el último viernes y, lo peor, recalcaron, era que habían perdido un examen. Los más exaltados reclamaban por su nota, otros hablaban de que una F no les permitiría tener A en el promedio final. Necesitamos la A para poder competir, para valer más. Solo dos alumnas se acercaron a preguntar si algo estaba mal. Algo estaba mal, sin duda, pero era mejor no alarmar a los alumnos. No se preocupen, vamos a averiguar, vamos a reemplazar el examen, vamos a ponerles A a todos, dijo la coordinadora, nerviosa. Con estos chicos es mejor no meterse en problemas, murmuró. Las secretarias llamaron a Alessa, pero ella no contestó el teléfono. Su número de emergencia era de una de nuestras compañeras que, como todos, llevaba varios días sin ver a nadie porque estaba muy atrasada con su proyecto de tesis. Avisaron al Director de Graduados. La fueron a buscar a su apartamento, pero Alessa tampoco abrió la puerta. Antes de que el Director de Graduados llamara al 911, llegó nuestra compañera y abrió el apartamento con la llave de repuesto. El olor a alcohol emergió desde el interior. ¡Alessa, Alessa!, gritó nuestra compañera mientras ingresaba, pero no obtuvo respuesta.

Un camino de botellas vacías que partía en la cocina y terminaba en el cuarto llevaba hasta su cuerpo. Botellas vacías de vodka, algunas quebradas con manchas de pintalabios en los picos. Alessa estaba en calzones, con el pelo revuelto, los brazos arañados y el aliento oliendo a alcohol. Un hilo de saliva había formado un pequeño charco en el suelo. Nuestra compañera se apresuró a cubrirla, mientras que el Director de Graduados volteó la cara y llamó a una ambulancia. Al escuchar el ruido, Alessa abrió lo ojos y alargó la mano buscando una botella de vodka que todavía no estaba vacía. Nuestra compañera estiró el brazo y la puso fuera de su alcance. Alessa balbuceó un insulto y cerró los ojos nuevamente. Era mejor no ver, no escuchar, no sentir.

No podía creerlo, nadie podía creerlo. Nuestra compañera dijo que Alessa ahora estaba bien, pero que la habían dejado unos días en observación. Un médico, una psicóloga y un psiquiatra le hacían pruebas. Alessa no quería hablar: se hacía la que no entendía el idioma. Convenientemente se había olvidado de ese inglés perfecto que nos mostraba cada vez que podía para que entendiéramos que esos seis meses desesperados aprendiendo el idioma antes de dar el TOEFL no nos habían servido de nada. Era mejor quedarse en silencio, hacerse la sorda, la ignorante. Pero nosotros queríamos escarbar, necesitábamos que nuestra compañera nos diera detalles, saber el chisme completo para poder formular teorías. Nuestra compañera sabía muy poco porque Alessa no se había comunicado con ella durante algunas semanas. Con la tesis cada uno está en lo suyo, se excusó. Entonces comenzamos a especular. Algunos dijeron que seguro el Advisor le había rechazado el primer capítulo. Otros pensaban que quizá se había vuelto loca por leer tanto. Alguien más sugirió que quizá su investigación estaba estancada. No tiene más que decir, murmuró. No tiene nada que decir, alguien contestó y varios asintieron. Alguien mencionó problemas de insomnio por la preocupación de que la beca pronto iba a acabarse. Yo dije que quizá Alessa tenía alguna enfermedad que ignorábamos y podía haber empeorado durante los años del doctorado. Y seguimos hablando por casi tres horas. Y en esas tres horas entendí que las conjeturas sobre la hospitalización de Alessa no eran más que confesiones. Que todos pasábamos por lo mismo. Yo no era la única. Confesiones que nunca nos habíamos hecho para no mostrarnos débiles ante el enemigo, para no exponer nuestro lado más vulnerable y no regalarles la manera más fácil de atacarnos. Estaba claro que éramos enemigos. Habíamos estado especulando sobre la hospitalización de Alessa, pero a nadie se le ocurrió sugerir ir a verla. Sentí asco, luego sentí lástima. Quizá no era nuestra culpa, quizá nos habíamos vuelto egoístas para poder sobrevivir, para golpear antes de ser devorados, para no ser unos mediocres. Eso nos habían enseñado y nosotros lo habíamos aprendido muy bien. Alessa también.

Entonces fui al hospital. Alessa se sorprendió al verme. Quiso cubrirse con una almohada, pero le dije que no lo haga. Que a todos nos pasa, que así es. Que también he perdido varios kilos y me han salido estas ojeras que ya no tienen arreglo. Que he envejecido, que estas arrugas y canas no son normales para mi edad. Que el agobio es inevitable porque escribir una tesis no es fácil. Que tengo gastritis y se me cae el pelo. Que muchas veces he tomado tanta cerveza que me he quedado privada en la cama. Para olvidar todo lo que tengo que hacer, para no sentirme estresada, para no sentirme mal con una clase en la que me fue mal. Este sistema es una basura, ¿entiendes? Entonces me callé, pensé que me había expuesto demasiado. Pero ella me miró con los ojos enrojecidos. Un par de lágrimas cayeron en las sábanas, otras encima de esa bata que la clasificaba de enferma o loca. No tenía que explicarme nada, yo entendía. También la perdonaba. Le acerqué un pañuelo, pero no pude contenerme. Y entonces las dos nos abrazamos, y empezamos a llorar sin parar


Jennifer Thorndike (Lima, 1983) Publicó su primer libro, el conjunto de cuentos Cromosoma Z, en 2007. Ha sido incluida en diversas antologías y traducida al portugués y francés. En el 2012 publicó su primera novela, (Ella).