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La duende

Por Rafael Sender


A Toño Cisneros

De fuera llegaba el estruendo de una marinera norteña y el petardeo de las mototaxis; de la rejilla del aire acondicionado, un rumor a aparato viejo y, cada quince, doce, cuarenta segundos –de un modo caprichoso–, oleadas de frescor con olor a insecticida. Por lo menos estoy en la selva, recordó el arquitecto Guzmán, y acá no se siente el verano, las estaciones siempre son iguales, solo hay lluvia o no, más zancudos o menos. En la glorieta del frente la orquesta municipal habrá iniciado su serenata para los niños y las parejas sentadas en El Tunche, para el grupo de ancianos que llegan a conversar a estas horas bajo los árboles del parquecillo, bajo las cagadas de los pájaros del crepúsculo.
Trató de defenderse contra la flojera y abrió los ojos dispuesto a reincorporarse a su papel, pero se le quedaron prendidos en la pantalla del televisor, donde vio, entrometiéndose en la habitación y en una fiesta a la que nadie le había invitado, el rostro de su amigo poeta.
Les andará seduciendo, seguro que les cuenta algo brillante, divertido, supuso el arquitecto, y sonrió amistoso, seducido a su vez aún sin oírle. Por un momento estuvo a punto de pedirles a las chicas que subieran el volumen. Se contuvo, no obstante, porque notó que la que tenía entre las piernas se hallaba demasiado concentrada, que la otra también debía de estarlo, pues acababa de introducirle la puntita de la lengua en la oreja, y se la lamía a un ritmo sincopado, esquivando con habilidad las primeras cerdas canas de treintañero largo.
«Es difícil hacer el amor pero se aprende». Ese verso que tanto éxito cosechaba en los recitales cuando el señor del televisor lo decía despacio, agitando los rizos desde su uno ochenta y siete en un país de chatos, le pareció mentiroso a Guzmán. No, decidió, estas no requirieron cursillos, ni vivir lo que llaman experiencias, ni aprendizaje alguno. Nacieron con una sabiduría y una experiencia innatas para el sexo. Las comparó entonces con aquellas antiguas jóvenes de su adolescencia –alumnas de Estudios Generales de Letras, de Artes Plásticas, alguna ocasional gringa del Cusco– y, aunque sintió nostalgia, se echó a reír en un intento por seguir interpretando a un hombre duro.
Luego levantó algunos centímetros la cabeza para observar a las que ahora trabajaban en su cama, y ahí fue cuando vio que había anochecido. Pero, como solía sucederle en aquel instante, comprobó también que el deseo se esfumaba, que la falta de luz solar lo derretía, porque al resplandor de la luz de las ventanas, las dos chiquillas de trece o catorce años, con sus labios pintados, sus mañas y su aplicación a la tarea, se le antojaron pequeñas mujeres. ¿Tan mayor me he vuelto?, se preguntó, ¿ando mendigando calor animal a estas alturas? Así que por cortesía, para agradecer el empeño de las pequeñas mujeres, se dejó ir. No hubo apenas placer, no sintió nada en la columna. Una vez más, de un modo mezquino, el sexo se había limitado a aliviarle pulsiones.
–¿Y? ¿Cómo le fue? –le preguntó el botero.
Estaba acodado a una de las mesas de El Tunche, frente a varias botellas de cerveza, en pantalón corto y camiseta.
–Más o menos –susurró Guzmán mientras se sentaba a su lado con objeto de encarar él también la vereda.
Por un momento gozó del aire de la noche, de la contemplación de las muchachas que caminaban cogidas del brazo, riendo a cada broma, a cada grosería proferida desde el anonimato de los bancos en sombra. Luego oyó hablar al botero, le conseguí Cusqueña, no es fácil acá, oyó que le explicaba, y para agradecerle aquel gesto –otro que se esfuerza, ironizó– vació los restos de espuma del único vaso, lo llenó y lo apuró de un trago.
Pero seguía pensando en las chiquillas del hotel. Las volvía a ver chapoteando en la piscina, en aquella modesta charca de cemento; las veía devueltas a su edad verdadera, felices de profanar un reducto reservado a los ricos. Veía también la sonrisa cómplice del recepcionista cuando recibió los veinte dólares con los que le recompensaba su tolerancia, la excepción a la regla, las ropas de baño que se había procurado para las pequeñas mujeres.
–No friegue, pues, doctor. No se me vuelva a amargar de nuevo. Palabra, mañana lo llevo. Total es feriado y andarán de resaca los madereros, no tendrán el cuerpo para negocios. Igual no iba usted a poder hacer nada.
El arquitecto echó una ojeada al tipo que ahora bostezaba a su lado, para calibrar si hablaba en serio. Le pareció que sí, que después de tantos años de porfiar alguien aceptaba de una maldita vez llevarlo al pongo, allí donde al río no le quedaba más remedio que abandonar su pose de indolencia y rugir, encajonarse y crear remolinos como un río cualquiera. Trató de controlar el nerviosismo; con dos dedos le hizo al mozo la señal de la paz, una uve con la cual pedir otro par de cervezas. Sin embargo, a la segunda no pudo refrenarse.
–Yo ya estoy listo –dijo.
–Y pasar la noche despiertos? Mejor salir mañana. Así llegaremos en la tardecita, que es su luz de ella. ¿Para qué tanto apuro?
Siguiendo el ritual, bebieron en silencio, por turnos, como viejos amigos que chupan en la noche del sábado. Pero la sonrisa de Guzmán le gustó tan poco al botero que se rebajó a explicar una evidencia.
–No es por miedo, es por la bulla. Allí no se puede dormir de lo que penan –hizo una pausa para escupir, luego añadió con desgana–: ¿No ve usted que se han ahogado cualquier cantidad tratando de atravesar el pongo?
Acelerado, insomne, el arquitecto le pegó volantín a la noche. Primero desde una terraza del centro, más tarde desde una chingana junto al río, hasta que vio anaranjarse el cielo y entonces regresó al hotel con el tiempo justo para poder ducharse.

***

El botero llevaba la ropa del día anterior cuando se dejó caer por el embarcadero. En cambio, Guzmán se había puesto un polo blanco y una gorrita que le confería aspecto pavo, como si, en vez de ir a la selva, se dispusiera a acudir a una cita a ciegas en La Quebrada o Pulpos.
Acaso para burlarse de los gringos –aquel año no habían venido, ahuyentados por el cólera y la guerrilla– los monos se dejaron ver muy pronto entre los árboles de la orilla izquierda, sin que ninguno de los dos hombres les prestara atención. Pero en cuanto alcanzaron el centro del río, la brisa despejó al botero, que comenzó a escupir y a murmurar lisuras.
De repente descubrió una piedra a flor de agua, donde una culebra engullía parsimoniosa a un pez escuálido.
–¡Mire doctor! ¡Fíjese en la víbora! –gritó.
Eso sí que es una muerte pequeña, y no esa cojudez de la pequeña muerte, se dijo Guzmán mientras se protegía del sol, que ya golpeaba duro, inclinando la visera de su gorra. ¡Pequeña muerte! Ocurrencias de franceses no más, de poetastros y atorrantes varios. Solo faltaría que, además de la grande, hubiera muertes pequeñas.
–Ya son más de las doce –informó–, las siete de la noche de los caballeros de acá, en el Trópico. Sáquese, pues, unas chelitas antes de que nos deshidratemos.
Bebió a pico la cerveza templada. Con la mano libre acarició la superficie del agua.
La sintió mansa en la contracorriente, perezosa como él mismo, el río y la vegetación que se pudría en las orillas. Oyó el motor del fueraborda, ni pájaros, ni rugidos de jaguar, ni siquiera zancudos. Pura selva, pensó, pura humedad y sudor, pura naturaleza.
Almorzaron unos sándwiches de pollo con palta mientras el calor aumentaba. El sol rebotaba contra la lancha, contra todo lo que podía. De a ratos se escuchaba la salpicadura de algún pez que brincaba inútilmente en busca de frescor.
Hacia la media tarde el río comenzó a achicarse; Guzmán lo comprobó por el progresivo acercamiento de las dos orillas. Ya era posible distinguir con claridad los árboles, ya no era solo aquella interminable pista de aguas pardas. Se aproximaban al pongo, muy lentamente, como la balsa en apariencia desierta –alguien debía dormir bajo su cabaña de cañizos–, que se les cruzó, acarreando una carga de plátanos, rumbo al mercado de los lunes.
Llegaron a los primeros roquedales casi una hora antes del crepúsculo, y atracaron en una calita donde había varios troncos varados.
–Servido, doctor –anunció el botero.
Nada más saltar a tierra, Guzmán escuchó el bramar del pongo. Supuso que comenzaba allí, que luego se angostaría más aún, y le echó una ojeada al río. Lo vio disimular, fingirse apacible para invitar a que lo remontaran.
–¡Río de mierda! -exclamó, y le volteó la espalda.

***

Les envolvió una mancha de zancudos que se conocían el camino y les siguieron por la trocha. Cuando esta murió, a algunos metros del río, muchos desistieron, quedaron solo los más sedientos, hembras pertinaces. «Esa infinita sed», recordó el arquitecto, tres palabras de un poema inédito que su amigo dejara escapar, ebrio de alcohol y sensación de desvalimiento, mientras contemplaban hundirse el sol en el mar, parados junto al faro, en el malecón de Miraflores.
Poco después, cuando desapareció el aguaje y tropezaron con terreno seco, el botero desertó también.
–Siga nomás, doctor. Yo lo aguardo acá. No se demore. De su luz de ella apenas queda nada.
La selva tardaba en espesar, de modo que algún rayo de sol iluminaba la maleza, le echaba parches de un blanco desleído al verde de abajo y al azul del cielo. El sudor le resbalaba al arquitecto por la nuca, empapándole el polo. A pesar de que no se detenía, los zancudos se ensañaban en sus brazos y cuello, en las mejillas afeitadas, en las orejas, y hubo uno que se coló en la media y le picó entre los dedos.
–¡Su madre! – exclamó entonces-. ¡Puto pongo y puta duende!

Se rendía, iba dar marcha atrás, en el preciso instante en que la vio atravesar un calvero, y reemprendió la caza. Al principio la siguió de lejos. Le costaba alcanzarla, tropezaba, y a cada caída iba perdiendo su prestancia. Estaba rasguñado y sucio, no quedaba ya ni rastro del desodorante, olía como su entorno Guzmán: a hedor de selva. Pero luego el camino se hizo más liviano porque regresaba el aguaje y raleaban los árboles. De nuevo el río, imaginó. Sin embargo, reparó en que era imposible, pues habían tomado la dirección opuesta. Además, desde allí no se escuchaba el bramar del pongo.
Y fue aquel momento, cuando su perseguidor se rendía por segunda vez, el que ella escogió para ponerse al alcance de su vista y permitir que admirara el rubio de su pelo, que casi se desaparecía de tan rubio. Le aguardaba, inmóvil y desnuda, a cuarenta metros apenas, a orillas de la cocha.
Por eso todo aquí rezuma humedad, pensó Guzmán, estamos donde el río quería, en territorio suyo, en el paraje que ocupó durante la crecida y del que se replegó a principios de verano, aunque cubriéndose las espaldas, dejando de retaguardia esta laguna. «Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos», recordó, «pero la arena gruesa es mejor todavía». De versos se acordaba ahora en lugar de los consejos que le dio el botero. A pesar del terreno fangoso ni se fijó en las huellas. Igual daba si estaban al revés o no, si eran o no humanas. «Poco reino es la cama para este buen amor», siguió recordando. Y en ese punto se atoró. Eso sí que no, alcanzó a protestar, ¡qué amor ni qué amor! Porque era deseo lo que sentía, un deseo infinito como la sed del poeta.
Por el color del cielo supo que quedaban solo segundos de luz, así que prescindió de preámbulos. Fue hacia ella, la abrazó sin dulzura y la tumbó de espaldas sobre la arena, de acuerdo a un modo de comportarse que le llegaba de muy lejos, de más allá de la memoria. Un último rayo de sol, ya muy tenue, se confundió con la mirada dorada que ella clavaba en los ojos del hombre que la poseía, y, antes de evanescerse, le atravesó limpiamente el rostro como dicen que hace siempre el sol con los duendes.
Cuando el botero lo encontró al otro día, el arquitecto Guzmán estaba desnudo, sonriente y plácido, con aspecto de hombre bien jodido por fin. También estaba muerto


Rafael Sender (Lleida, 1950). Es escritor, periodista, profesor universitario y ha sido director del Centro Cultural de España en Lima. Ha publicado cinco novelas, entre ellas Tendrás oro y oro, finalista del Premio Herralde de Novela, además de libros de cuentos y de viajes.