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No busco biografías, no busco personajes. Las novelas buscan al autor

Carmen Boullosa habla de México y sus fantasmas

Por Carolyn Wolfenzon


«La última maldad que hizo mi madrastra fue morirse, al poco tiempo se murió él», me dijo. Así comenzó nuestra charla en el auto, cuando la recogí del aeropuerto de Portland y estábamos en camino a Brunswick, Maine. Habló mucho de la pérdida temprana de su madre, a la edad de catorce años, y de su perversa madrastra, «peor que la de los cuentos de hadas». Y así, casi sin conocernos, comenzamos a hablar de temas personales y humanos. Conocí a Carmen Boullosa en abril de este año cuando decidí dictar un curso titulado «Pasado y presente: novelas históricas en América Latina» en Bowdoin College, universidad donde enseño hace nueve años, y decidí incluir su novela Duerme en las lecturas. Como quien la conociera de toda la vida, le escribí un correo electrónico preguntándole si podía viajar a Maine a conversar con los estudiantes sobre su novela. «Encantada», me respondió. Ahora que conozco a Carmen Boullosa y sé lo increíblemente recargada que es su agenda, que además incluye viajes entre México y los Estados Unidos, agradezco mucho más la visita a Maine. Sin embargo, su espontaneidad, sus ganas de compartir su trabajo, su ser extrovertido y ocurrente, su espíritu aventurero marcan, en mi opinión, las cinco características, que definen la personalidad de esta gran escritora mexicana. Ni bien la recogí del aeropuerto me contó tres cosas de ella, y las repito aquí, en este gorro periodístico, porque creo que sus acciones hablan por sí solas. Me habló de sus ganas de formar una familia desde que era casi una adolescente, en parte por la carencia familiar que ella tuvo. Y, en efecto, tuvo dos hijos que empezó a criar cuando tenía solo 18 años. El querer escribir, y decidir acompañar a su hija a los Estados Unidos cuando ella ya era «mayor y divorciada» para quedarse y empezar a ganar becas que le permitieran dedicarse íntegramente a la escritura. Y, en efecto, aunque sus hijos regresaron a México, Boullosa encontró en Estados Unidos el espacio para dedicarse a la escritura. Tercero, venir a Bowdoin un 20 de abril y hablar sobre Duerme en el día, y por la noche dar una charla a toda la universidad titulada My Roots, donde Boullosa habló de todas las mujeres que la habían inspirado para ser escritora, una charla personal donde le agradecía a cada una ese granito de arena que pusieron para que en el siglo XXI exista Carmen Boullosa, y unos días antes de todo eso, representar a México como país de honor en la feria del libro de Berlín. Pero en medio de este oleaje intelectual, de todo lo que hizo y haría esa semana, se dio el tiempo de ser niñera de mi hija de cuatro años por unas horas, para enseñarle a escribir Chin-Chon-Chan con tizas de colores y escarcha y goma. Detalles que muestran a Carmen Boullosa no solo como una gran escritora sino, y principalmente, como una gran persona.

Tus primeras novelas eran bastante personales y trataban sobre el crecimiento de una adolescente (estoy pensando en Antes y Mejor desaparece). ¿Eran un poco autobiográficas?
Sí y no; eran y no eran autobiográficas. Con mi primera novela intenté reescribir en clave México The Mysteries of Udolpho de la británica Ann Radcliffe. Quería encontrar en el paisaje y ambiente urbanos los elementos «góticos», crear el ambiente de desconcierto y miedo en Ciudad de México describiendo la casa y la calle -el ambiente doméstico, el tráfico, los lugares públicos- y encontrar ahí la presencia de lo inexplicable, lo sobrenatural. En esa novela que quise escribir, el personaje central era una púber. Estaba el padre viudo, la madrastra, la presencia de la muerte, el fantasma de la madre. Esa novela, que llamé Dulces afectos, sí era autobiográfica. Yo usaba mi casa, la de mi abuela, la muerte de mi mamá, etcétera, aunque con bastante libertad. Pedí la beca del Centro Mexicano de Escritores, envié varios capítulos muestra y el proyecto de novela, me eligieron para becaria, y antes de la primera sesión de lectura (con Rulfo, Elizondo y Francisco Monterde) me di cuenta de que mi acercamiento era equivocado, que mis páginas no levantaban, que las minuciosas descripciones entrampaban mi intención. Saqué del manuscrito al personaje de la adolescente, y la «aventé», la arrojé, la estrellé… De ella salieron todos los «personajes», las astillas de personaje que forman mi primer novela (Mejor desaparece), el terror, las memorias, el dolor, la furia, el espanto, el gobierno de la Muerte… Al estallar al personaje, el estilo, la lengua cambiaba, ella misma estallada. La escribí de un hilo, una primera versión que durante el año de la beca fui puliendo. Ya no era una novela literalmente gótica, con detalles naturalistas a lo Radcliffe, sino una explosión. En medio de esta, quedó (y no) lo autobiográfico. El proceso para mi segunda novela (Antes) fue diferente -pero similar-. Esta sí es una novela-Radcliffe de «fantasmas» en Ciudad de México. Pero es anti-Radcliffe en el sentido que las descripciones son «económicas», de mi siglo. No me forcé, como había hecho con esa primer novela que abandoné, al estilo dieciochesco, quise el mío, y lo encontré. El personaje tenía ya forma cuando la empecé a escribir, una forma «total», no de astilla. Contenía algo autobiográfico, pero, sobre todo, Ella era «Ella», la niña sin nombre, no yo. No es mi temperamento, no es mi historia puntual. Fue a mi escuela, vivió en mis barrios, es de mi generación, pero nuestras biografías son muy distintas.

Posteriormente cambias de género, y encuentro que sientes una pasión por las novelas históricas, sobre todo las que se centran en el período Colonial. Pienso en Duerme, Cielos de la Tierra, Llanto: novelas imposibles, Son vacas, somos puercos y El médico de los piratas. ¿Qué hizo que te interesara el género histórico?
No estoy segura de que cambiara de género. Después de mis tres novelas de «infancia», escribí Llanto: novelas imposibles. Necesitaba una mirada distinta al escenario que había escogido (la Ciudad de México), y quería seguir con la veta fantástica. Así, Moctezuma reaparece, sus partículas regresan vía hormigueros a formarlo, cobran cuerpo, y el Tlatoani encarna en Ciudad de México. Lo encuentran tres mujeres, ellas sí de mi siglo y ambiente. A él, la ciudad le parece de terror, por obvios motivos. Y para ellas, él es «sobrenatural», un fantasma encarnado. Yo seguí con mi proyecto-Radcliffe. En el momento de su despertar, Moctezuma entrevé imágenes de su mundo, el desaparecido Tenochtitlán. Sin largas descripciones, apenas entrevisto. Con la semiconciencia del que empieza a despertar de un largo sueño. Con el estilo que marcaba este despertar aún morfeano, reviví fantasmas de la ciudad. La narración no terminó por ser narrativa y eso me incomodaba. Quería «contar» -necesitaba el placer de armar hechos en el collar de la fábula (en Mejor desaparece, mi primer novela, no hay hilo en el collar, las cuentas quedan sueltas; en la segunda, Antes, hay hilo, y no es un hilo impuesto, las cuentas lo demandan, el hilo es carne de la carne del collar. Quería volver a conseguir un collar como el que había conseguido en Antes)-. Así escribí Duerme. Es la Colonia, en Ciudad de México, es los cuentos de hadas que leí de niña (y que sigo leyendo), que son narrativos por excelencia, y en los que los seres fantásticos a menudo se apoderan de la realidad. La representan tan fielmente que son los actoresreales.

Tus ficciones históricas son anacrónicas. Hay una yuxtaposición de tiempos donde se mezcla el pasado Colonial con el presente, simultáneamente, como en Llanto, donde Moctezuma aterriza en el México del siglo XX. ¿Hay un mensaje detrás de eso?
No todas las novelas «históricas» que he escrito son anacrónicas. Y ninguna es realmente «histórica». Son novelas. En La otra mano de Lepanto (que publicó Siruela en 2005), el juego narrativo no es anacrónico, consiste en que los personajes de Cervantes escriben a su autor y le exigen escriba sus verdaderas historias. En La virgen y el violín (Siruela, 2008) revivo a Sofonisba Anguisola -la pintora renacentista olvidada -,la extraigo de sus pinturas, la creo a partir de sus pinturas, y ya en la vida la sublevo, o la hago sublevarse a su tiempo, pintando un lienzo «herético». En el proceso de formarla a base de sus propias pinturas, incorporo al hacedor de violines, y a su acompañante por tradición, el demonio. La virgen y el violín es rescate de un personaje histórico olvidado, pero también leyenda, cuento de hadas, y subversión, sublevación.

O novelas históricas que son fantásticas como Duerme, donde el personaje se termina durmiendo a seis leguas de México, y solo se despertará si la llevan a la ciudad. ¿Cómo surge la idea de que la protagonista se convirtiera en una especie de Bella Durmiente en pleno argumento histórico?
Todos los días de mi infancia, camino a la escuela primaria, me quedaban visibles a mi izquierda, en la ventana del automóvil, dos volcanes, el Popocatépetl y el (o la) Ixtlaccíhuatl, apodado «La mujer dormida». La leyenda que se cuenta de esos dos volcanes es muy breve, e incompleta. Yo la quise contar. Los enormes volcanes están ahí desde tiempo inmemorial. En mi intuición, el ojo colectivo que interpreta al Ixtlaccíhuatl como una mujer dormida debe de haberse «abierto» en la Colonia, no antes. Conté así su historia, en la Colonia.

A mí me llama la atención la fascinación que te producen los piratas. Le dedicas más de una novela a este personaje. ¿Por qué te apasionan tanto?
Inexplicable si es por una sola razón. En realidad se combinaron varias. Me atrajo la utopía de los Hermanos de la Costa. Me intrigó su prohibición de las mujeres. Me magnetizó su tendencia a la acción, y que no fuera un proyecto «nacionalista» sino extra-nación, y su violencia. Hay más: su manera de viajar, su antihispanismo, su repugnancia por acumular, su desprecio por colonizar, su fasto y su severa. Escribí la misma trama, con los mismos personajes, dos veces (en Son vacas, somos puercos, y en El médico de los piratas), en dos niveles de lengua distintos, con dos diferentes narradores, en dos formas distintas; son dos novelas aunque sean exactamente la misma historia. Y escribí una tercera versión trasversal, en las páginas centrales de Son vacas, somos puercos, donde observo desde otra perspectiva la posibilidad de contar esa fábula con una trama diferente, que dejo en mera posibilidad. Después, escribí una tercer novela de piratas, dos veces, las mujeres piratas; una versión fue radioteatro (Pesca de piratas) que grabó Alejandro Aura para una estación de radio en México (Radio Educación); la otra está en papel e inédita, porque no tiene la misma fuerza que las anteriores, no la alcanzó.

Otro tema que me parece de interés es el de la ropa, el vestir y el desvestir. Creo que son elementos que nos permiten reflexionar sobre temas de género. ¿Es este tu interés? ¿O en ti provocan otro tipo de reflexiones?
Aquí el motivo es Lope de Vega (si no es que todo viene de Lope). Es lopiano el ejercicio. No es que me interesara expresamente hablar de género. Sí jugar con las identidades. Y remarcar que mis novelas tienen algo de «irreal»«fantástico», «sobrenatural», por esto los personajes pueden tener agua en las venas, los árboles hablar, o (como en Cielos de la Tierra) manipular sus propias vísceras como si fueran partes de la maquinaria de un reloj, por esto los personajes de Las novelas ejemplaresson más reales que su autor.

¿Cómo te enamoras de Sofonisba en La virgen y el violín?, ¿y de Nepomuceno Cortina en Texas? ¿Conscientemente habías buscado sus biografías para escribir sobre ellos o fue al revés?
No busco biografías, no busco personajes. Las novelas buscan al autor. Hay un ejercicio de cacería, en esa dirección ̶novela/autor ̶. Después el autor tiene que justificar sus atracciones. Nadie les pide a los personajes que presenten cuentas. Al autor, sí. Con Sofonisba y con Nepomuceno quise primero escribir ensayos, usarlos para hablar de temas que me interesan. Lo hice con Sofonisba (un largo ensayo que se llama «La falda de Minerva», y que algún día publicaré), con Nepomuceno en varios artículos para mi columna en el periódico. Mientras escribía esto, la obsesión dio cabida al mundo de sus novelas respectivas, y ahí empezó dicha persecución. En el caso de Nepomuceno, él termina casi por ser marginal, Lázaro es el imán mayor, también invisible. Gana la tierra, Texas es el personaje principal.

Yo pienso que estás en un momento muy creativo de tu vida por los recursos narrativos que estás utilizando recientemente. Por ejemplo, El complot de los Románticos es una novela de fantasmas. La idea que los personajes fueran fantasmas e hicieran un road trip entre México y Estados Unidos para buscar la sede de un congreso internacional de literatura es algo muy original ¿Cómo se te ocurrió esta idea?
Los fantasmas siempre han estado conmigo. Los escritores también. Y como vivo entre dos países, puedo decir que fue una novela «natural». Pero esto lo digo a la distancia. Fue una batalla mi relación con esa novela. No quería escribirla. La escribí peleando. El punto de conciliación entre la novela y la autora dio un tono de cabaret al texto. Cabaret literario y road-novel. No sé si estoy en un momento de oro. La compulsión por escribir está presente: eso soy yo. Pero las horas de sueño se han vuelto para mí un problema. Siempre he sido insomne. Es mi fuerza literaria, trabajar con la materia de los sueños (literalmente los sueños, las historias e imágenes y sensaciones que genera el dormir), un material no constituido del todo y que tiene tanto de personal como de colectivo, que es y no es racional, que es sabio y es absurdo, que contiene una cordura enloquecida. Pero mi cuerpo de sesenta años ya no soporta el cotidiano insomnio. Tomo barbitúricos. No sé si esta intromisión química en mi vida ha alterado mi escritura. Es posible. Es posible que me esté robando el llamado «oro». Que ahora no soy oro sino otra cosa. ¿Hueso? ¿Tierra?

Otra idea muy innovadora que he leído es la construcción de tu novela Texas. Toda la primera parte de la novela, es como poseer treinta segundos de película, donde un personaje insulta a otro y todo lo que leemos es el eco de ese grito. ¿Por qué escogiste construir toda la novela –algo muy difícil de hacer– en un solo grito?
Escribí las primeras doscientas páginas alrededor de una frase, un insulto espetado por el sheriff americano a un mexicano terrateniente y rico. La frase viaja, la novela sigue las reacciones y presenta a los personajes. Cada uno de ellos escucha, la frase entra en su historia, así también viajamos dentro de cada personaje. Rápido, al vuelo de un grito. Y regresamos a la escena original y a revisitar nuevas reacciones en los ya presentados. No es el eco, sino el ir y venir libre del sonido. Me interesó probarlo porque en la raíz de la novela está el Corrido, el nacimiento de ese género musical fronterizo que tiene de castellano, del resto de la península ibérica, de la costa méxicana –con el ingrediente afromexicano–, de indio, y de otros inmigrantes a la Gran Pradería. El imán de la novela es Lázaro, el vaquero y violinista que ya viejo es aporreado por el sheriff que insultará al terrateniente. Ese violinista que de niño viajó del brazo de unos músicos y en quien quise encarnar lo que hubo de México en Texas, y que en Texastermina por ser linchado –como cientos de mexicanos lo fueron en esas tierras–. Es una novela sobre un género musical, el Corrido. Sobre la Gran Pradería como fue percibida en el imaginario mexicano recién independizado del Imperio español, a ritmo de Corrido. Y es una novela de Carmen Boullosa. Tal vez mi sueño, mi ambición de escribir un cierto tipo de novela-Radcliffe, se cumple mejor que en ninguna aquí. Porque todo es ambiente doméstico y paisaje, y porque en ese paisaje y ambiente vibra una violencia amenazante. Aunque contradiga por completo el alma-Radcliffe: eso soñé hacer cuando era una muy joven escritora.

¿Qué es lo que te interesa de la frontera?
Yo vivo en la frontera, o en el puente que cruza la frontera de dos países, México-Estados Unidos (en estricto sentido, Ciudad de México-Nueva York, más preciso en Coyoacán-Brooklyn). La frontera México-Estados Unidos no es solo la frontera con tráfico y extensión para Record Guinness. Es la historia de una relación compleja. Yo cruzo en patines de ida y regreso. Ese cruzar en patines me interesa. Con Texas hice un cruce en patines literario. Festiva, cruel, violenta, amorosa: no es de un tinte o de otro. También es verdad que no cruzo nunca. Estoy siempre ahí. Mi marido es americano. Hablo en inglés con él. Es muy gringo. Vivo en él, y él vive en México, por mí, en mí. Nos conocimos ya maduros. No ha habido una transformación, sino una habitación en la frontera.

Por último, Carmen, ¿nos quisieras contar algo que nadie sospecha de Carmen Boullosa?
No puedo porque no me conozco. Sé que hay cosas en mí que no sospecho. Prefiero no saberlas. Prefiero que no me las diga nadie. Prefiero el silencio. Pero sobre todo prefiero ver a los otros. Soy curiosa insaciable. Una ventana que me muestre una ventana vecina es para mí una idea de paraíso. Mi lugar predilecto del mundo son las ventanas. Y estar del lado de adentro. Ver. Viajar para asomarme a la ventana del hotel y ver, ver, ver sin que me vean, y (sobre todo) sin verme


Carolyn Wolfenzon (Lima, 1975). Ensayista y profesora en Bowdoin College (Maine).