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Mis últimos libros conjugan la influencia japonesa y la influencia criolla

Una charla con Augusto Higa

Por Yomi Principe


La aparición de La iluminación de Katzuo Nakamatsu en 2008 simplificó la ruptura de un silencio de catorce años para Augusto Higa (Lima, 1946), escritor de ascendencia japonesa, quien, hasta ese momento, había publicado dos libros de cuentos: Que te coma el tigre (1977) y La casa de Albaceleste (1987), la novela Final del Porvenir (1992) y el desgarrador testimonio Japón no da dos oportunidades (1994), libro que aborda su experiencia laboral de año y medio en la Tierra del Sol Naciente. La iluminación de Katzuo Nakamatsu llamó la atención de la crítica por la construcción sólida e impecable del protagonista, cuya complejidad es la aventura de una historia de locura, pulsión de muerte, frustraciones, desarraigo; es decir, es la historia de una crisis de identidad y existencial. Por ello, no fue gratuita su elección, en una encuesta, dentro de las diez mejores novelas más importantes del periodo 1990-2010. A este libro, le siguieron los cuentos de Okinawa existe (2013, Premio José Watanabe Varas) y las novelas Gaijin(2014) y Saber matar, saber morir (2014, Premio Cámara Peruana del Libro de Novela Breve). Sus últimos personajes lindan en los intersticios del desarraigo, la soledad, la muerte, lo marginal y la locura o el delirio. El año pasado, Campo Letrado también reunió sus relatos en el libro Todos los cuentos, aparición imprescindible que permitió a los lectores a sus dos primeros libros, actualmente inhallables. Todo lo dicho reafirma el buen momento que está pasando la narrativa de Augusto Higa y la importancia de su obra para nuestra literatura; merecido reconocimiento que se acentúa, pues nuestro autor está en plena iluminación de su ejercicio creador. Aprovechando este contexto, entrevistamos al escritor tratando de hacer un viaje itinerante por su obra y propuesta literaria. La entrevista que presentamos a continuación fue realizada en la apacibilidad silenciosa de su hogar.

¿Quién es Augusto Higa?
Lo que te podría decir, de la manera más inocente, es: soy un hijo de japoneses nacido en los barrios pobres de Lima. Por ello, tengo una influencia criolla y una influencia japonesa, que son las que he tratado de reflejar en mi literatura. Los primeros libros, justamente, hablan del mundo criollo, del mundo del barrio, del mundo de las patotas, del mundo de los esquineros, del fútbol. Mis últimos libros hablan de mi influencia japonesa. Faltaría una tercera en la cual ambos mundos, que están un poco separados, se concentren en una sólida estructura, y que es la nueva propuesta a partir de mi novela Gaijin.

Esta primera etapa, que está vinculada con lo criollo, los barrios populares y sus aspectos lingüísticos, ¿tiene cierta influencia del grupo Narración?
No, para nada. Antes de formar el grupo Narración, yo ya había ganado un premio literario. Hacia el 72 soy jalado al grupo Narración: conozco a Gutiérrez, a Gregorio Martínez, a los diversos componentes, y es así como me asimilo al grupo, pero ya mis ideas estaban bastante definidas, y con el grupo Narración, lo único que hicimos fue defender la cultura popular, la literatura popular. Y en este caso, Gregorio Martínez hace la literatura de la zona sur: Nasca, Ica, y la cuestión negroide. En mi caso, los barrios populares de Lima, el Cercado, Rímac, Malambito, etcétera. Por ahí se ubican mis personajes, conservando el habla, el gesto popular, el manejo de las anécdotas. En esa época una de las influencias patentes era la de Reynoso; pero yo, en realidad, me oponía al tipo de lenguaje-jerga que utilizaba Reynoso. Es decir, yo lo que quería era el lenguaje popular, no el tipo de literatura que se lee con aclaraciones marginales, con diccionarios a la mano para saber lo que quiere decir el autor, sino el contexto me tenía que dar lo que estaban diciendo los personajes. Trataba de situarme en un plano distinto.

¿Es así cómo se va gestando su primer libro Que te coma el tigre publicado en 1977?
Claro. Cuando sale el segundo número de Narración (el único en el cual participo), yo prácticamente tenía los cuentos completos de Que te coma el tigre. Lo que pasa es que el año de la publicación es posterior.

¿Por qué tardó la publicación?
En esa época no había muchas editoriales. Por ejemplo, Que te coma el tigre está publicado por Lámpara de Papel Editores, que fue una editorial que fundamos Nilo Espinoza y yo; por lo tanto, tuve que pagar la edición. En esa época no había editoriales suficientemente solventes como para poder publicar.

Su segundo libro, La casa de Albaceleste, sigue la línea del primero, pero con algunas diferencias.
Ahí la interpretación de lo popular y de lo criollo ya no está en el lenguaje, sino en el gesto, en la interioridad, por ejemplo, el cuento «Garrotillo», en «Corazón sencillo», en el propio La casa de Albaceleste. En este libro ya no hay lenguaje popular, no hay jerga, no hay giros locales: la dimensión de lo popular está en la historia y en una depurada estilización literaria. La casa de Albaceleste es el criollismo con tongo, con frac, elegante.

Esta nueva sensibilidad está vinculada al ensimismamiento, la soledad y la locura que padece el protagonista de «Corazón sencillo». ¿Berto Vargas sería el anticipo, el embrión de Katzuo Nakamatsu?
Claro, es un embrión. En realidad, ese es un cuento que ya está en los límites: no se sabe si es literatura realista, no se sabe si es literatura fantástica, no hay mucho de criollismo. La anécdota central es un poco absurda, la de un empleado del Ministerio de Educación que es el chulillo de los demás empleados, quienes lo insultan, lo discriminan; entre otras cosas, hace los trabajos de ellos. Finalmente, gracias a este sufrimiento, gracias a esta piedad e identificación con el trabajo, logra conquistar una especie de iluminación que lo hace elevarse hacia el cielo.

Su primera etapa narrativa se cierra con la novela Final del porvenir y pasa al relato testimonial Japón no da dos oportunidades, libro que trata el tema que viene desarrollando actualmente. ¿En qué momento decide escribir sobre su ascendencia japonesa?
Desde los dieciocho o diecinueve años. Desde que ingresé a la universidad, yo sabía que en algún momento tenía que escribir sobre los descendientes de japoneses en el Perú. Pero en esos años, en esa época de aprendizaje no sabía cómo hacerlo. Intenté varias veces, sin embargo, nunca me salió, hasta que finalmente cuando me fui al Japón, conocí el mundo tan desarraigado de los trabajadores peruanos en Japón. Todos ellos nikkeis. Es ahí donde adquiero la conciencia de cómo es que debo trabajar los personajes descendientes de japoneses en el Perú. Para eso ya había pasado más de veinte años: ya llegaba a la cincuentena. El periodo de aprendizaje fue demasiado largo.

Esta representación de los niseis se encarna de una manera catártica en la novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu. El personaje es muy complejo; toma como arquetipo a Martín Adán. ¿Cómo se llegó a configurar Katzuo Nakamatsu?
Desde un punto de vista personal, yo acaba de salir de una depresión muy fuerte, y es probable que eso haya influido en el relato. En esa depresión fuerte, tú estás en el límite de lo marginal, en el límite de la locura; estás con delirio de persecución, tienes esquizofrenia, sientes que no perteneces al mundo. Tal vez por esta proyección, el personaje Katzuo Nakamatsu se convierte en una especie de vagabundo de los bajos fondos de La Parada y del Agustino. En uno de esos erráticos paseos, surge la iluminación. Katzuo Nakamatsu es un personaje con crisis de identidad: identidad racial, identidad nacional o política, identidad sexual; está en crisis muy profunda. En pleno vagabundeo se encuentra con un muchacho hermoso, a quien lo siente como una maravilla por su belleza, y lo único que atina a decir es: «la belleza existe». ¿Qué significa este descubrimiento, «la belleza existe»? No se sabe. Es una especie de paradoja, podría ser todo o podría ser nada; es el descubrimiento de su peruanidad, o el descubrimiento de sí mismo. O sea, es como decir: nosotros hemos sido japoneses, durante muchos años hemos sido extranjeros aquí, pero ya nos encontramos, en esta tierra, en estas clases populares, y desde aquí tenemos que partir. Eso sería una posible interpretación, pero no la única y la última para aquella frase «la belleza existe». Se comprende que de las clases populares, en El Agustino, en San Juan de Lurigancho, Comas o en cualquiera de los barrios pujantes y pobres, ha surgido lo que ahora se llama la clase media peruana. Otro ejemplo es Gamarra; del emprendimiento de los conos Norte y Sur ha salido otra dimensión del país. Por lo tanto, ahí también existe la belleza, existe la ciencia, existe el comercio y la gran industria. Esa creencia, esa fe en el país al cual nos hemos integrado, es un potencial de creatividad. Naturalmente, en la novela eso coincide con la muerte de Katzuo Nakamatsu. Él recobra su normalidad, ya no es el vagabundo, su familia lo recoge, tiene un tratamiento psiquiátrico, y muere de una manera circunstancial.

Esta idea de iluminación y belleza que se plantea en el libro está ligada con el desarraigo, con la locura. Encontramos una poética de la locura. ¿Hacia dónde lo conduce esta poética de la locura a Katzuo?
Es una poética de la locura en la medida en que la propia realidad y el mundo real aparecen como algo incongruente. Para Ribeyro no se puede conocer esta realidad, es absolutamente imposible, y por lo tanto ingresa a un relativismo. Katzuo Nakamatsu no es un escéptico. Es un hombre que al final, dentro de su poética de la locura, entiende que hay algo razonable aquí en medio del caos, de la corrupción, de las drogas, en medio de las incongruencias que existen en el país, un país con un 70% u 80% de informales, donde la gente ha tenido que inventar su propio empleo. Y yo me he criado dentro de ese mundo de La Parada, de Gamarra, del mercado La Aurora.

En una entrevista manifestó que ser nisei en los ochenta era una manera de ser peruano. ¿Qué implica ser nisei en la actualidad?
Sigue igual: ya estamos insertos en la vida peruana, nos hemos amestizado, formamos parte de la cultura nacional, y como descendientes de inmigrantes japoneses tenemos figuras en el campo de las artes, las letras, la ingeniería, los negocios, el empresariado, los emergentes en pueblos jóvenes, tenemos alcaldes, congresistas: ya estamos cimentados. En la última huelga de los mineros informales había un dirigente Kusunoki, que es descendiente de japoneses. Estamos integrados a la vida nacional. Yo he querido retratar los traumas, el desarraigo. Nuestra misión como artistas no solamente es representar la vida tal como la vemos, sino ingresar a la estructura de las contradicciones sociales, culturales, nacionales.

Los traumas y el desarraigo están presentes en Japón no da dos oportunidades, y estos tópicos son los que reaparecen en su novela Gaijin que acaba de publicar. Parece ser que el personaje central, Sentei Nakandakari, de alguna manera, tiene el mismo desarraigo de Berto Vargas (de «Corazón sencillo», en La casa de Albaceleste), Katzuo Nakamatsu y Kinshiro Nagatani (del cuento «Polvo enamorado» del libro Okinawa existe).
Bueno, sí, como usted dice, probablemente tengan el mismo perfil de extraños, de no arraigados, y tal vez de desamparados. Esto es evidente en Gaijin, en donde el personaje central es un emprendedor japonés, que de vendedor ambulante en el Mercado Central, va a ascender a propietario de un surtido bazar en Mesa Redonda, y más tarde, tal vez por sordidez, va a fundar un burdel. Todos estos personajes entienden la vida como lucha, como tragedia, como sufrimiento, como agonía en el sentido unamuniano. Es decir, no se doblegan, tienden a persistir en el tiempo, aun cuando sean discriminados e insultados, o humillados, siempre van a aguantar las afrentas. La tragedia consiste en vivir en medios adversos, en circunstancias que no los favorecen, para ellos no hay el placer, están de cara contra la sociedad, solos frente al mundo.

En esta novela, por ejemplo, el japonés Sentei Nakandakari funda un burdel, ¿qué simboliza el burdel para este personaje?
Es un personaje bastante difícil, perverso, y tal vez amoral. ¿Por qué funda el burdel? Quizá porque pretende acrecentar su fortuna y su patrimonio. Y es una respuesta válida. Pero también por perfidia, por sus instintos perversos, por inescrupuloso. También es otra respuesta válida. Pero es probable que también por venganza, en la medida que es un discriminado social. ¿Cómo vengarse contra la ciudad que lo humilla? Simplemente funda el burdel. Para él, Sentei Nakandakari, como para muchos, el burdel es el lugar tan deseado, más allá de los límites, por encima del bien o de mal. ¿Qué hace allí Sentei Nakandakari? Atiende la despensa y el bar, y mira imperturbable, sin asomo de culpa o pasión, el entrecruzamiento de los sexos, el tiempo y la vida.

También se han compilado todos sus relatos en el libro Todos los cuentos. ¿Qué significado tiene para usted esta publicación?
Es una satisfacción y un reconocimiento el haber reunido todos mis cuentos en un solo volumen. Allí se puede observar toda mi evolución. El primer libro, Que te coma al tigre, son los cuentos del aprendizaje, de las colleras en los barrios populares, a partir de un lenguaje cuidadoso y que se asemeja o quiere ser de la calle, sin caer en la jerga. Después con La casa de Albaceleste, ingreso sin pudor al temperamento criollo que, dicho sea de paso, ha sido una de las matrices de mi narrativa. Con el segundo libro, dejo los problemas sociales inmediatos, la protesta, el compromiso social, para concentrarme en problemas humanos, como búsqueda, como conocimiento. Y en el tercer libro, Okinawa existe, asumo los problemas de la comunidad japonesa en el Perú desde un punto de vista universalizador, ya en mi etapa de madurez plena. Mi mundo criollo y mi mundo japonés están allí


Yoni Príncipe (Lima, 1980). Estudió Literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal. Su poemario Cantos arbóreos se publicó en el libro Premio Felizh 2014.