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Reseñas

La cúpula

Stephen King (Maine, 1947) ■ Debolsillo (2011) 1.130 páginas ■ 49 soles


Novela. Stephen King es reconocido como el rey del horror. Desde su debut con Carrie (1974) no ha parado de sacar a la luz las más estremecedoras oscuridades humanas con una prolífica obra (¡más de 50 títulos!), repleta de íconos literarios y cinematográficos, desde The Shining hasta Stand by Me, pasando por Misery, It o The Green Mile. La cúpula también ha seguido el camino transmedia y su tercera temporada ya está en producción.
Como George R.R. Martin con Juego de tronos, los puristas se han quejado por las diferencias entre la novela y la serie, pero King, como Martin, sabe que son dos maneras, con recursos distintos, de contar una misma historia. Ha sido productor de la primera temporada y ha escrito el primer capítulo de la segunda.

King suele trasladar sus propios temores a sus creaciones. En La cúpula, sin embargo, se trata de otro tipo de horror, menos personal y más global. Ya no es el miedo a la muerte, a la familia, a lo desconocido o al cumplimiento de nuestras pesadillas. Es todo eso combinado, un batido de angustias humanas que saltan cuando un pequeño pueblo de Maine –el ficticio Chester’s Mill– es cercado por un domo transparente e indestructible.

Al interior, King ahonda en las historias de casi todos los pobladores de Chester’s Mill («Me gustan las novelas con alta densidad de población», confiesa). Crea un ecosistema variopinto, con el exsoldado Dale Barbara y el ambicioso concejal ‘Big Jim’ Rennie como principales antagonistas al interior de este microcosmos donde se plantean, muy bien investigadas, preocupaciones globales: la contaminación, la escasez de recursos, las reacciones ante la reclusión y el caos y, finalmente, la lucha entre bandos. Un experimento, una probeta, en la que King, como demiurgo, pone a prueba a la humanidad entera, con un vértigo narrativo que hace volar sus más de mil páginas. Es su peculiar interpretación de lo que otros han explorado con apocalipsis nucleares o zombis: es la miseria humana, y no tanto los peligros externos, la que más horrores genera cuando la desconfianza acecha y el futuro se sostiene en la supervivencia. Miseria, pero también esperanza de que haya quienes, incluso en las peores circunstancias, terminen haciendo lo correcto. De que no siempre un pueblo chico sea un gran infierno. Por Armando Bustamante Petit


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